"No me da la vida" en Madrid

En las esquinas de Madrid resuena un lamento: "No me da la vida". Lo escuchamos en el trabajo, en nuestros grupos de amigos, en gimnasios y bares, incluso en los colegios. Repetimos esta frase como síntoma de un ritmo de vida imparable y fugaz. Avanzamos cada semana en una espiral infinita de aceleración. Vivimos con una inquietante normalidad meses de trabajo extenuantes, compromisos y planes ineludibles. Hacemos grandes y pequeños sacrificios para llegar a todo. Pero incluso en Madrid siempre existe una solución provisional al "no me da la vida": basta con sacar la cartera para recuperar tiempo. 

El tiempo es un privilegio en las grandes ciudades. Disponer de más tiempo no se logra fantaseando con una máquina del tiempo; se adquiere, entre otras cosas, mediante el gasto. Si quieres ahorrar tiempo al cruzar Madrid, abres una app, pagas y solicitas un coche privado; si quieres saltarte días o semanas de espera para que te atiendan en tu centro de salud, pagas un seguro privado y te atienden antes; si optas por estudiar una FP, pagas a una entidad privada que te ahorra meses de espera. Si puedes pagar un alquiler en la almendra central de Madrid, es probable que te ahorres muchas horas semanales en desplazamientos hasta tu centro de trabajo. No falla: en Madrid, si pagas, recuperas la soberanía de tu tiempo

Esta dinámica es extrapolable a los cuidados, la salud, la educación, las actividades extraescolares y a la mayoría de los servicios que vertebran nuestra vida. Estos servicios privados pueden ser mejores o peores, pero siempre nos acostumbran a ir más rápido. 

Es evidente que, en este modelo, a menor nivel de renta, menor libertad de elección y, por ende, menor tiempo de calidad

No es descabellada la idea de pagar por algunos de estos servicios; de hecho, algunos resultan accesibles para la mayoría. Pero la cuestión es otra: ¿quién es capaz de acumular semanalmente suficiente tiempo como para reconocer que disfruta de tiempo de calidad? Eso solo pueden permitírselo quienes pueden pagarlo. No quien se ahorra veinte minutos al día por coger un Uber. 

Disfrutar de “tiempo de calidad” se ha convertido, en Madrid, en algo realmente exclusivo. Tener tiempo se ha transformado en un deporte de riesgo que consiste en costear su acumulación para poder elegir cómo invertirlo. Nuestro tiempo no deja de ser un recurso limitado. Y mientras no tengamos un “giratiempo”, seguirá siendo así. 

Isabel Díaz Ayuso lo entendió perfectamente cuando articuló su campaña de 2021 en torno a una sola palabra: libertad. Ayuso hablaba, eso sí, de una forma muy concreta y limitada de libertad: aquella en la que, para aspirar a una “vida buena”, es necesario pasar por caja. En estos términos, tu tiempo como individuo solo te pertenece a ti. Invertirlo en irte de cañas, a los toros o a un concierto es únicamente tu decisión. La cuestión no se reduce al “qué”, sino también —y sobre todo— al “cuándo”. 

La disponibilidad del tiempo, entendida como un privilegio, nos interpela a todos como individuos, pero muy especialmente a quienes forman parte de las clases sociales más desfavorecidas. Es evidente que, en este modelo, a menor nivel de renta, menor libertad de elección y, por ende, menor tiempo de calidad. Pero ¿qué papel juegan aquí los servicios públicos, el mayor elemento de equidad de nuestros tiempos? ¿Son los servicios públicos un elemento de equidad temporal en Madrid? 

El imaginario colectivo proyecta sobre lo público escenas poco estimulantes: colas interminables, salas de espera abarrotadas en centros de salud, listas de espera, burocracia, ineficiencia… En términos de temporalidad, los servicios públicos se perciben como antagónicos. Conviene recordar que seguimos hablando de Madrid, una ciudad donde la aceleración social no deja de aumentar. 

Desde la izquierda madrileña siempre se ha luchado por la defensa de los servicios públicos; nadie puede ponerlo en cuestión. Pero ¿qué proyección de servicio público transmitimos en este ejercicio de defensa? ¿Es la misma imagen que demanda el madrileño o madrileña de clase media y baja? Son preguntas importantes, porque parte de esta disección crítica se topa con un problema: la dificultad de imaginar un servicio público notablemente mejor en términos temporales. 

Para lograrlo sería necesario generar un ideario colectivo que cambie la forma de pensar los servicios públicos, más allá de la calidad entendida solo como eficacia. La eficiencia es, por supuesto, clave. Pero, para el madrileño medio, los servicios públicos a menudo forman parte de aquello que ralentiza su ritmo de vida, y eso es un problema. La prosperidad de los negocios privados como alternativa se consolida en el imaginario colectivo de la eficacia: la aceleración social siempre favorece este modelo. ¡Madrid no espera a nadie! 

La izquierda madrileña debe volver a soñar con la utopía de los servicios públicos. (...) Una utopía de servicios públicos amables, que tengan en cuenta tu tiempo, la sencillez, la intuición, la personalización y la sostenibilidad

Pero ¿y si el tiempo fuera un elemento de contienda ideológica en las ciudades? Esto me recuerda a la película de ciencia ficción In-Time. En esta película sí que puede decirse que "no les da la vida", donde siempre tienen la opción de comprar tiempo. Desde la izquierda se defiende la reducción de la jornada laboral, la conciliación y una larga lista de medidas que buscan proteger nuestro tiempo de calidad, pero no ocurre exactamente lo mismo con los servicios públicos. Discursivamente hablamos de mejorar, revertir o aumentar los presupuestos públicos… y, como dinámica, eso es correcto. 

Pero no escucharás decir cosas como que vas a tardar menos en ir y volver del trabajo, que podrás ver al dermatólogo en menos de dos semanas, que dormirás quince minutos más al día gracias a mejores frecuencias del metro, que dejarás de recuperar horas en el trabajo por entrar más tarde porque disminuirán los atascos, que aumentarán las plazas en residencias y podrás ingresar a tu familiar a cargo, facilitando así irte de vacaciones unos días, o que tendrás tiempo para cocinar. A la gente le importa el tiempo: su tiempo. 

La izquierda madrileña debe volver a soñar con la utopía de los servicios públicos. Debemos pasar del mito a la utopía: una utopía de servicios públicos amables, que tengan en cuenta tu tiempo, la sencillez, la intuición, la personalización y la sostenibilidad, y en los que nunca te sientas solo. Servicios que te hagan volver a creer en unos servicios públicos estimulantes. 

La sociología del tiempo, tal como explica Hartmut Rosa, nos muestra una "aceleración social" de naturaleza imparable, pero también señala el fenómeno de la "resonancia" como un desacelerador de esta tendencia. Yo sostengo, sin ningún pudor, que los servicios públicos deben ser una herramienta para fomentar esa ralentización que nos acerque al tiempo de calidad. Madrid puede vivirse de muchas formas, pero nunca puede vivirse sin tiempo.

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Alejandro Lecumberri Herrera es Graduado en Ciencias Políticas por la UCM y experto en Diseño de Proyectos Sociales y Agenda 2030 por la Fundación José Ortega y Gasset - Gregorio Marañón.

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