La sangre de los tiburones
Esto me pasa en los últimos tiempos. Lo escucho todo —y lo veo— como si quienes hablan se hubieran convertido en una herencia de los Sex Pistols cuando el punk era más ruido que otra cosa. La música pop se construía con tres acordes, hasta que llegaron los Beatles y los pasaron a ocho o más y encima los colocaban magistralmente donde les salía de las narices en el palo de sus guitarras. “Las palabras que escuchas apenas te tocan”, escribía Cesare Pavese. El vocerío de Pablo Casado y su colega Isabel Díaz Ayuso me ha pasado de largo. Ni siquiera llegaban a los tres acordes para construir su discurso. Durante muchos días era como revisitar a Michael Douglas y Kathleen Turner en La guerra de los Rose. El PP se disolvía como un azucarillo en el café de las mañanas. De esa guerra sólo saldría uno vivo. O ninguno de los dos. Como en la durísima batalla de Little Bighorn entre el teniente coronel Custer y Caballo Loco, lo que se anunciaba en Madrid era una larguísima fila de ataúdes entre la Puerta del Sol y el número 13 de la calle Génova. Era como una gran representación con dos protagonistas de ínfima calidad, pero que acaparaban la atención del público como si fueran artistas de primera fila. Te mato. Y yo a ti más. Te abrazo. Y yo a ti más. Diálogo para besugos, pero sin las trazas del clásico. Nunca llegaron a los tres acordes. La sencillita Love me do ya era una obra maestra al lado del rifirrafe a que nos han sometido durante varios días ese par de nulidades musicales. Pero cuando llegó el final yo ya no estaba en la sala. Abandoné la butaca antes de que bajaran el telón y me fui a casa para ponerme cien veces seguidas Smoke on the Water y después toda la ruidosa y estupenda discografía de Black Sabbath.
“Les voy a contar una historia. Una vez, bordeando las costas del Brasil, vi el océano tan oscurecido por la sangre que parecía negro y el sol se ocultaba tras la línea del horizonte. Nos detuvimos en Fortaleza y algunos sacamos los aparejos para pescar un rato. Yo fui el primero en sacar algo. Era un tiburón. Luego apareció otro, y luego otro y otro, hasta que todo el mar se llenó de tiburones. No se podía ver el agua. Mi tiburón se había soltado del anzuelo y el olor de la sangre, o su mancha, hizo que los otros enloquecieran. Aquellos animales se devoraban entre sí en su locura, se comían unos a otros. Se sentía el frenesí de la sangre como el viento azotándole a uno en los ojos. Y se olía el hedor de la muerte que emanaba del mar. Nunca había visto nada peor. ¿Y saben una cosa? Ni uno solo de los tiburones de aquel rebaño enloquecido sobrevivió”. ¿Les ha gustado esta historia? No es mía. Es la que cuenta Michael O’Hara, el personaje que interpreta Orson Welles en La dama de Shanghai. No sé si en el PP se acordarán de esa película. Deberían.
Será presidente de su partido gracias al dedazo. El congreso extraordinario lo elegirá por aclamación. Es lo normal cuando los tiburones se han devorado entre ellos y sólo queda un rastro de sangre que anuncia la amarga posibilidad de la extinción
El the end provisional ha dado tres vencedores: Alberto Núñez Feijóo, Isabel Díaz Ayuso y la corrupción. El muerto principal —hay otros secundarios— es Pablo Casado. Me alegro. La tradición embustera fue bien conservada por el joven a quien siempre imaginé vestido de falangista. Las mentiras de Aznar y las de Rajoy tuvieron en el nuevo presidente del PP una acreditada continuidad. Nunca tuvo límites a la hora de dinamitar la convivencia democrática con otros partidos y sus representantes. Hasta asesino llegó a llamar —directa o indirectamente— al gobierno de coalición por pactar con Bildu. Lo suyo era una quiebra constante de la política democrática: declaró ilegítimo el gobierno del PSOE y UP. La Constitución se le deshacía en la boca pero se cerró en banda para impedir la renovación de la cúpula del Poder Judicial. Cómo olvidar sus arengas en Bruselas para bloquear la llegada a España de los fondos europeos. O la burla al esfuerzo que supone la obtención de un master cuando el suyo lo consiguió de estranjis sin abrir un libro. O cuando, disfrazado de ganadero, se retrató en el campo para humillar la dignidad de un oficio que sobrevive como puede, que casi nunca es fácil. Me alegro, pues, de su final. Aunque lo triste es que ese final no lo hayan provocado sus deleznables irregularidades democráticas, sino haber roto el silencio cómplice que lo ataba a su antes hermana Isabel Díaz Ayuso. Un silencio sobre la corrupción de su colega que no rompió para posicionarse al lado de la limpieza política, sino para impedir las aspiraciones de la presidenta madrileña a más altas responsabilidades dentro y fuera de su partido. Así que sí, su abrupto y humillante final me llena de contento. La compasión tiene muchas veces —sobre todo en política— las trazas del cinismo. Y decir, desde el posicionamiento democrático, que es una pena que la despedida de Casado haya sido como ha sido, sería —al menos por mi parte— un ejercicio de cinismo. Mi único adiós al caído y humillado Pablo Casado es el del desprecio. Y punto.
El que vuela por encima de toda la debacle es Alberto Nuñez Feijóo. Será El Elegido. Así, con la mayúscula de los dioses. No por el voto de la afiliación, sino por el dedo de la angustia que ataca ahora mismo al PP. Si queréis que os salve, quiero todo el poder. Al César lo que es del César y al César también lo que es de Dios. Es su proclama salvadora. Será presidente de su partido gracias al dedazo. El congreso extraordinario lo elegirá por aclamación. Es lo normal cuando los tiburones se han devorado entre ellos y sólo queda un rastro de sangre que anuncia la amarga posibilidad de la extinción. El horizonte lo tiene próximo, el nuevo mandatario: las elecciones generales de 2023. Si no gobierna, se volverá a Galicia con las orejas gachas. Y si para entonces Isabel Díaz Ayuso sigue viva políticamente (tampoco sería raro que la justicia le hubiera perdonado sus numerosas corrupciones), ahí estarán ella y Miguel Ángel Rodríguez para tomar al asalto —seguramente también por aclamación— los destinos de su partido. El PP, aventando con entusiasmo el nombre de la presidenta madrileña, ha seguido una vez más su larga tradición de partido forjado en las cloacas. Viene Díaz Ayuso de lo que lamentablemente fue Esperanza Aguirre, de la política curtida en la corrupción y el autoritarismo, de sus nada disimuladas afinidades con la extrema derecha. Una joya.
Dije que abandoné la butaca antes de que se acabara el espectáculo. Sé que la representación seguirá bastante tiempo. La prensa que hasta ahora alimentaba los desagües de las derechas seguirá arengando cada día el asalto a la democracia. Yo andaré donde siempre: escarbando en una realidad que la alta política esquiva en sus grandes titulares. Con pocos días de diferencia, han muerto en València dos hombres ghaneses que trabajaban en el campo como temporeros. Malvivían, con muchas otras personas castigadas por la exclusión, en una fábrica abandonada. En todas partes existen esas fábricas y quienes las habitan porque la suerte no tiene que ver con el azar sino con la desigualdad, esa desigualdad impuesta por un capitalismo cada vez más cerril y más cruel con la fragilidad. Abraham y Richard habían dejado su país y llevaban años buscando una vida mejor por esa España que Casado, Díaz Ayuso y Abascal dicen que aman con locura. Será con la locura de los tiburones de La dama de Shanghai, digo yo. Será con esa locura. ¡Malditos sean!
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Alfons Cervera es escritor. Su último libro es Algo personal (Piel de Zapa, 2021)