Maduro en los caucus de la derecha Víctor Guillot
PLAZA PÚBLICA
China se confesó “conmocionada” por la captura y secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro por parte de tropas de EEUU, una acción calificada de “extremadamente reprobable”.
La interpretación de Beijing de lo sucedido confirmaría la percepción de que la Casa Blanca está dispuesta a todo con tal de reafirmar su hegemonía en la región y en el mundo. En el caso de Venezuela, sin duda, China ve peligrar sus intereses directos pero en la medida en que las capitales de la región le habrán visto las orejas al lobo, es su estrategia para la zona en su conjunto la que está ahora sujeta a múltiples interrogantes. El propio tercer documento de política para América Latina y el Caribe, dado a conocer hace unas semanas, podría quedar en papel mojado, al menos en aspectos sustanciales, pendiente de que, a la postre, EEUU apruebe o rechace tal o cual operación. El propio marco de las exportaciones petroleras de Venezuela a China, su cliente más importante, se verá afectado: a priori, podrían seguir comprando el crudo pero pagando en dólares y no en yuanes y a saber qué pasa con los préstamos pendientes. Por más que Beijing hable de “continuidad”, dificilmente las cosas volverán a ser como antes.
Hasta ahora, se admitía que el campo de batalla decisivo en la competencia entre EEUU y China se situaba en la economía y las tecnologías de vanguardia (IA, cuántica, biotecnología..). Lo seguirá siendo, muy probablemente (el último caso, de hace unos días, es el HieFo-Emcore, una compra vetada por preocupaciones de seguridad nacional relacionadas con China). EEUU promoverá la reconstrucción de la capacidad industrial y de defensa para ampliar la brecha de capacidades con el tiempo. Pero el factor estratégico desempeñará un papel crucial. La flamante estrategia de seguridad de la Casa Blanca se ha diseñado para permitir que Estados Unidos se recupere, reconstruya y regrese con mayor capacidad. Es por ello que seguirá presionando a los aliados, alineándolos con sus tesis y modelando gobiernos interfiriendo activamente —también en Europa— en todo tipo de procesos —también los electorales— para cerrar filas, mientras endurece la disuasión en el Indo-Pacífico. En este contexto, la clave es no perder de vista la movilización de los subyugados “aliados” para limitar a China económica, tecnológica y militarmente. La política estadounidense seguirá teniendo como blanco a China, también en Venezuela.
Lo ocurrido, por tanto, marcará un punto de inflexión en la relación de China con América Latina. Sus estrategias y operaciones se verán afectadas. La “expulsión” de China pasa de ser una retórica a una exigencia activa y los gobiernos de la zona tendrán que auscultar sus inversiones y reconsiderar su futuro al albur de las sensibilidades estadounidenses. Hasta donde pueda, China protegerá sus intereses, pero ¿quién osará enfrentarse a EEUU haciendo negocios con esa China a la que Trump ha mostrado la tarjeta roja? El reconocido pragmatismo oriental buscará su propio acomodo al tiempo que se afanará en evidenciar ante el mundo los contrastes de su política con la de EEUU. Pero podría saber a poco ante el duro intento de reducir su participación económica global, objetivo del contraataque estadounidense. América Latina, como otros espacios geopolíticos, se ve arrastrada de lleno a la rivalidad.
Hasta donde pueda, China protegerá sus intereses, pero ¿quién osará enfrentarse a EEUU haciendo negocios con esa China a la que Trump ha mostrado la tarjeta roja?
¿Hará China con Taiwán lo mismo que EEUU con Venezuela?
Trump ansía llegar a abril próximo, cuando visite Beijing, con los deberes hechos, un alto poder de negociación y con las bases instituidas para un nuevo equilibrio estratégico que le confiera el poder de plácet en el hemisferio occidental. ¿Se lo reconocerá Xi Jinping? No es ese el juego de China y esa fragmentación del mundo a tres bandas es una quimera.
China y Estados Unidos llevan tiempo auscultando la posibilidad de alcanzar un gran acuerdo. Washington necesita tiempo para poner orden en sus asuntos. China exige a la administración Trump que reconozca y acepte la legitimidad de su sistema político y que respete el conjunto de sus intereses centrales. Un problema clave sigue siendo Taiwán.
La Estrategia Nacional de Seguridad de EEUU contempla el reforzar su primacía en el entorno inmediato de China, reafirma la primera cadena de islas y el papel de Taiwán, al tiempo que transfiere costos a Japón, Corea y Australia a través de la venta de armas, utilizando a Taiwán como palanca y aumentando el riesgo de una escalada. China no puede aceptar que la incorpore a su arquitectura de seguridad del Indopacífico, transformando la isla en un aliado de facto.
Un acuerdo amplio con EEUU, dificil en la gestión y no menos problemático en la ejecución, podría convenir a China para centrarse en lo que considera más importante: su desarrollo, el fortalecimiento de su poder económico, convencida de que hoy EEUU, pese a las insolentes chulerías de Trump, es un gigante con pies de barro. Pero esa estabilización de las relaciones bilaterales es compleja por no decir imposible si no incorpora sus intereses en el ajuste de la estrategia de seguridad de la administración Trump, incluido el freno all renovado militarismo nipón de la mano de Sanae Takaichi.
Estos días, muchos en las redes sociales chinas apelaron al modelo para manejar el problema, sin descartar una “decapitación” de Lai Ching-te al estilo Maduro. Nadie duda que lo sucedido sienta un precedente que argumentar para alterar el statu quo mediante el uso de la fuerza.
En su discurso de Año Nuevo, el presidente Xi volvió a insistir en lo inevitable de la reunificación. Las últimas maniobras militares se desarrollaron más cerca de Taiwán que ejercicios anteriores. Ahora también podría incautar aquellos barcos que llevan armas para Taiwán y conducirlos a sus puertos, ¿con qué autoridad podría criticar eso Trump o incluso esta deprimente UE?
China seguirá manteniendo sus ejercicios militares en el Estrecho, cada vez más incisivos, pero no parece probable que lo ocurrido con Venezuela altere su visión de largo plazo. El marco de la Ley Antisecesión, aprobada en 2008, sigue vigente. Por el momento, apuesta porque el soberanismo abandone el poder en 2028 y, externamente, que las tendencias internacionales confirmen su fortaleza nacional. Si hay cambios de guión que precipiten acontecimientos no será por Venezuela sino por motivos internos o porque EEUU ha infravalorado la determinación china en este aspecto.
¿Puede Taiwán fiarse de Trump? Sí, en la medida en que siga suponiendo un buen negocio (ventas de armas, multimillonarias inversiones, relocalización industrial, altos aranceles, etc). Lo cual equivale a un no, si hay otra transacción que estime más jugosa.
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Xulio Ríos es asesor emérito del Observatorio de la Política China.
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