Mundial de fútbol

El Mundial como anestesia: el fútbol suspende el conflicto, la victoria prolonga el adormecimiento social

Pedro Sánchez, Óscar Puente, la Copa del Mundo, Miguel Tellado y Alberto Núñez Feijóo.

“Pan y circo” no es solo una expresión acuñada por el poeta romano Juvenal. Resume una idea que la literatura académica sobre deporte y poder sigue desarrollando y en torno a la cual se van acumulando evidencias.

Hace tiempo que existe consenso en la comunidad científica: los grandes fenómenos deportivos globales, como los Mundiales de fútbol, actúan como anestésicos sociales incluso en los momentos de mayor tensión. Y cuando el resultado favorece al propio país, ese efecto puede transformar crisis profundas en relatos de unidad, con consecuencias más duraderas.

España, sometida a una tensión política sin precedentes, fruto de la debilidad de las mayorías que apoyan al Gobierno y de la presión a la que le someten las derechas, parte de la judicatura y el ecosistema mediático afín —“el que pueda hacer, que haga”—, ofrece estos días un escenario ideal para observar hasta dónde el fútbol es capaz de adormecer el conflicto.

El fútbol no es solo un juego. En términos de la sociología, es un hecho social total, un concepto del antropólogo Marcel Mauss para describir fenómenos que atraviesan a la vez la economía, la cultura y la política de un país.

La magnitud de ese fenómeno se refleja en la propia FIFA. La organización agrupa 211 federaciones nacionales de fútbol, 18 más que los 193 Estados miembros de la ONU. El fútbol llega a territorios que la diplomacia internacional ni siquiera reconoce como países, como Curazao, Escocia o Inglaterra.

En ese contexto, el Mundial funciona como un potente sedante para la realidad social. Una pieza esencial de la industria del entretenimiento cuya capacidad para actuar como vía de escape se explica por el rol que desempeña como tregua colectiva.

Durante un Mundial, en la sociedad manda el nacionalismo banal, un término acuñado por el sociólogo Michael Billig que describe cómo los símbolos nacionales —como la bandera, el himno o incluso el color de la ropa de la selección— se integran de forma inconsciente en la vida cotidiana, convirtiéndose en una presencia constante y pasiva.

Sentido de pertenencia

Durante un Mundial de fútbol, este fenómeno se maximiza extraordinariamente: la bandera aparece en ventanas, coches, terrazas y pantallas de móviles, creando un sentido de pertenencia continuo que, paradójicamente, desplaza temporalmente las diferencias políticas, de clase o ideológicas que normalmente dividen a la sociedad. En teoría, también en España.

Esta cohesión por identificación se explica mediante las teorías de identidad social desarrolladas por Henri Tajfel y John Turner, que proponen que el individuo se identifica profundamente con su endogrupo (en este caso, la selección nacional y el país que representa). Durante un Mundial, las divisiones internas —sociales, económicas, políticas— se minimizan temporalmente porque toda la población enfoca su energía emocional en un objetivo común y compartido: apoyar a la selección. La identidad nacional se sobrepone a otras identidades fragmentarias, creando una ilusión de unidad que rara vez se mantiene en situaciones cotidianas.

El concepto del circo romano, analizado por los sociólogos Norbert Elias y Eric Dunning en su obra The Passionate Game, describe cómo el deporte permite canalizar las tensiones y agresividades de la sociedad de manera reglamentada, segura y simbolizada.

El Mundial funciona como una válvula de escape contemporánea que disminuye momentáneamente el nivel de conflictividad social y política real. Las emociones intensas, la adrenalina y la pasión se dirigen hacia el juego, liberando tensiones que en otros contextos podrían manifestarse como protesta, conflicto o confrontación política.

La construcción del “enemigo externo” es otro mecanismo fundamental: el enfrentamiento deportivo contra otros países fomenta una identidad colectiva defensiva y de superioridad simbólica que une a toda la población bajo una misma bandera.

Este “nosotros contra ellos” deportivo oculta las fracturas internas reales (desigualdad económica, tensiones políticas, conflictos territoriales) porque redirige la atención hacia un adversario externo, aunque sea simbólico y no amenace de verdad la identidad interna del país. Durante un Mundial, la polarización política normal se vuelve secundaria frente a la identidad nacional compartida, y fenómenos que en situaciones cotidianas parecen insalvables —como conflictos entre partidos políticos, tensiones entre comunidades autónomas o divisiones sociales— pasan a un segundo plano temporal.

Esta pausa temporal hace que asuntos que normalmente dominarían la agenda informativa pasen a un segundo plano, silenciados por el ruido de los estadios. Los problemas no desaparecen, pero durante un tiempo amortiguan su impacto.

De la dictadura a la democracia

Los regímenes autoritarios han usado este efecto durante décadas para proyectar una imagen amable del país anfitrión. En el Mundial de Italia de 1934, el régimen de Mussolini convirtió la competición en propaganda fascista. En el de Argentina de 1978, la dictadura militar buscó que la sociedad solo hablara de fútbol para tapar las violaciones sistemáticas de los derechos humanos.

Este efecto no se limita a las dictaduras. En democracia, los gobiernos también aprovechan los éxitos deportivos para reforzar su popularidad. Durante la celebración de un Mundial se aceptan medidas que en otro momento generarían más resistencia. Y los gobiernos sometidos a asedio se benefician de una pérdida de presión.

El Mundial de Brasil de 2014 es un ejemplo. Superó con creces un gasto de 10.000 millones de dólares en estadios, aeropuertos y movilidad urbana. El torneo financió sus costes operativos, pero dejó un intenso debate económico por los elevados fondos públicos utilizados en contraste con las necesidades sociales.

El desplazamiento del interés público hacia el fútbol deja en segundo plano, durante varias semanas, prácticamente cualquier asunto de interés general. La política, según esa lectura, pierde peso emocional. El ciudadano vuelve la mirada hacia el éxito deportivo como referencia de estabilidad y deja a un lado la desconfianza hacia las instituciones.

La evidencia, sin embargo, sugiere que este efecto es transitorio. La euforia suele durar lo que dura la competición, en torno a un mes.

Cuando el torneo termina, los problemas estructurales regresan a la conversación pública. A veces lo hacen agravados por el coste económico de la organización o por expectativas que no se cumplieron. Es una pausa que no resuelve las fracturas sociales. Solo las posterga, sobre todo cuando esas fracturas tienen una base real.

Pero ese efecto también puede interrumpir procesos políticos en marcha. A veces, el malestar social responde a una acumulación deliberada de descontento que busca alcanzar la masa crítica necesaria para forzar un cambio de Gobierno a través de un relato compartido. Si el Mundial llega en ese momento, la pausa puede hacer desaparecer esa oportunidad. Y da un margen de respiro al Gobierno que estaba bajo presión.

La relevancia de la victoria

Y cuando la competición termina en una victoria relevante, el efecto cambia de naturaleza. Deja de ser una simple pausa y puede convertirse en un estímulo para la identidad nacional.

Existe incluso un correlato económico. Un análisis del banco HSBC encontró que, desde 1966, las bolsas de los países campeones del Mundial subieron en promedio un 9% más que el resto. Entre 1990 y 2014, el PIB de cada Estado campeón creció, de media, 1,6 puntos más que el año anterior.

Los economistas, sin embargo, no encuentran una relación de causalidad clara entre la victoria y esa mejora. Para explicarla recurren al concepto de “espíritus animales”, una expresión del economista John Maynard Keynes para referirse al optimismo que influye en las decisiones de consumo e inversión.

La victoria puede actuar también como una compensación frente a la desconfianza hacia las instituciones. Permite que la sociedad se vea a sí misma como una comunidad unida en torno a un éxito compartido.

El concepto que mejor explica este efecto es la communitas, un término acuñado por el antropólogo Victor Turner. Describe el sentimiento de comunidad que aparece en torno a un objetivo compartido, cuando las diferencias internas de una sociedad pierden relevancia.

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Durante un Mundial, los jugadores son percibidos como representantes de todo el país. El triunfo se vive como una victoria colectiva. Las divisiones políticas o sociales habituales quedan, al menos durante un tiempo, en un segundo plano.

Pero los efectos de una victoria mundialista no duran lo mismo en todos los planos. La euforia inmediata tiende a disminuir con el paso del tiempo. Este proceso se conoce como adaptación hedónica, el mecanismo por el que las emociones intensas, buenas o malas, pierden fuerza a medida que pasan los días.

El recuerdo de la victoria, sin embargo, puede permanecer activo durante décadas en la cultura popular. Ese tipo de recuerdo se convierte en parte del relato que un país hace de sí mismo, como sucedió en España con el Mundial de Sudáfrica, y la sociedad vuelve a él en momentos de incertidumbre.

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