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    <title><![CDATA[infoLibre - La película de la semana]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - La película de la semana]]></description>
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      <title><![CDATA[‘Mother Mary’: Anne Hathaway, estrella pop en una confusa reflexión sobre la creatividad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/mother-mary-anne-hathaway-estrella-pop-confusa-reflexion-resortes-creatividad-inspiracion-artistica_1_2231860.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6c4cae09-8b0f-4718-8645-38498ccec0ca_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Mother Mary’: Anne Hathaway, estrella pop en una confusa reflexión sobre la creatividad"></p><p>En la medida en que <strong>los macroconciertos son lo más grande y absurdo</strong> a lo que la industria cultural aspira hoy día, es normal que sus entresijos interesen cada vez más a los cineastas. No tanto por la relevancia mediática o la escala que demandan sino, quizá, <strong>por la ironía</strong> que los envuelve. Convocan multitudes, los estadios tiemblan con el furor fan y, sin embargo, la estrella queda atrapada en algo parecido a una burbuja. <strong>O, mejor, una isla</strong>. Una isla rodeada de gente que la adora, pero que no es capaz de comunicarse con ella, convertida en una masa informe de alaridos y pantallas de teléfonos móviles. Todas esas personas han sido cautivadas por la obra del artista —que en estos contextos suele ser una mujer—, pero<strong> el diálogo es poco menos que imposible.</strong></p><p>La artista supone que su música habrá significado mucho para cada uno de esos rostros anónimos, acompañándolos en momentos vitales ignotos, y de forma tan determinante como para favorecer <strong>un desembolso económico crecientemente exagerado</strong>. Así que debe haber gratitud en todo <strong>ese horizonte oscuro</strong>, desde luego. También hay, sin embargo, algo intimidante en su ambigüedad, en las potencialidades que encierra, y es ahí cuando <strong>la épica de la estrella pop</strong> se antoja hoy mucho más elocuente que cuando eran las bandas y <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/timothee-chalamet-busca-bob-dylan-terminar-encontrarlo-complete-unknown_1_1950125.html" target="_blank">el rock levemente contracultural</a> los que guiaban los sentidos de la época. Este otro tipo de música es, en fin, el que sigue acaparando los <em>biopics</em> de Hollywood, con un regusto inequívocamente añejo y el deseo de relanzar la impronta de sus artistas para, quizá, combatir justamente el arraigo de <strong>estas nuevas (y solitarias) voces contemporáneas</strong>.</p><p>Entretanto, otros cineastas, más jóvenes y espabilados que <strong>el James Mangold de turno</strong>, intuyen que hay algo valioso en estos contextos tan ridículamente aparatosos. En <a href="https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/nuevo-conservadurismo-ensenar-tetas-bailar-casita-leon-xiv_129_2205716.html" target="_blank">la Casita de Bad Bunny</a>, en la boda de Taylor Swift en el Madison Square Garden. En el gigantismo que se da la mano con la frivolidad, <strong>la trágica ligazón entre la soledad vulnerable y el baño de masas</strong>. Energías tan fecundas como para que cada cual las pueda llevar donde quiera. Brady Corbet, antes de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/adrien-brody-estremece-the-brutalist-prodigio-absoluto-mejor-tradicion-hollywood-clasico_1_1932277.html" target="_blank"><em>The Brutalist</em></a> y en lo que podría ser el asalto definitivo al tema —no así el más comprendido—, se preguntó con <em><strong>Vox Lux</strong></em> por <strong>la posibilidad mesiánica</strong>: la capacidad ilimitada de una diva pop para significar y guiar fuerzas históricas que escapaban trágicamente a su control. Y daba miedo, bastante más que cuando Parker Finn quiso exprimir el horror que escondía tanta adulación en <a href="https://www.eldiario.es/cultura/cine/smile-2-supera-primera-entrega-terror-gamberro-despiadado_129_11741006.html" target="_blank">la secuela de </a><a href="https://www.eldiario.es/cultura/cine/smile-2-supera-primera-entrega-terror-gamberro-despiadado_129_11741006.html" target="_blank"><em>Smile</em></a>.</p><p>Ese mismo año, 2024, <strong>M. Night Shyamalan</strong> realizó el acercamiento más cándido al tema en <em>La trampa</em>, aun cuando su película estuviera protagonizada por un asesino en serie que se había llevado a su hija a un concierto de <em><strong>The Eras Tour</strong></em>. Le interesaba la conexión de la estrella con el público y el poder que esta podía llegar a tener, mas que <strong>aquello que pudiera pasarle a la </strong><em><strong>popstar</strong></em><strong> por la cabeza</strong> mientras enfervorizaba de tal modo a las masas. <strong>David Lowery</strong>, por su parte, lidia en <em><strong>Mother Mary</strong></em> con asuntos más complejos, pero igualmente pone en pantalla estampas muy hábiles con las que representar <strong>esta inopia extraordinaria</strong>. Reaparece la oscuridad, donde el brillo de los teléfonos parece proceder de estrellas distantes. Y Lowery enfoca a su cantante de perfil en el escenario, avanzando hacia la derecha en toma continua como quien ha de superar obstáculos. Como quien juega a <strong>un videojuego </strong><em><strong>beat’em up</strong></em>, ese género apodado en España “yo contra el barrio”.</p><p>Yo contra el barrio. <strong>Sola contra todos</strong>. El aislamiento demanda una demostración de fuerza, que la protagonista del filme de Lowery intensifica —muy al modo de Natalie Portman en <em>Vox Lux</em>— con <strong>los ropajes de una figura religiosa</strong>: una Virgen María, una madre celestial que<strong> secretamente teme a sus hijos</strong> porque no los entiende. O, peor aún, porque no sabe si se merece esa reverencia. Partiendo de los estrafalarios temores de una voz artística a medio camino entre <strong>la explotación y la introspección, </strong>Lowery lo tiene fácil para llevárselo todo a su terreno. No deja de ser un cineasta de ínfulas elevadas que, de vez en cuando, ha tenido que <strong>“venderse”</strong>: ha firmado <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/nueva-lilo-stitch-evidencia-contradicciones-problemas-remakes-disney_1_2000361.html" target="_blank">dos</a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/nueva-lilo-stitch-evidencia-contradicciones-problemas-remakes-disney_1_2000361.html" target="_blank"><em> remakes</em></a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/nueva-lilo-stitch-evidencia-contradicciones-problemas-remakes-disney_1_2000361.html" target="_blank"> en acción real para Disney</a>. La misma cantidad que Jon Favreau, para que nos hagamos una idea.</p><p>Así, <em>Mother Mary</em> vendría a ser una indagación en los resortes creativos una vez la persona que los necesita está sometida a<strong> una extenuante hipervisibilidad</strong>. Lowery se infiltra entre bambalinas y en el interior de un penoso proceso de indecisión artística, huyendo, por fortuna, de los alegatos de autoayuda estilo <strong>la película de Bruce Springsteen</strong> que vimos el año pasado, <em>Deliver Me From Nowhere</em>. Esta pertenecía, evidentemente, al linaje de los <em>biopics</em> que ya no saben leer la contemporaneidad. <em>Mother Mary</em>, en cambio, mira de frente el vacío, la confusión del artista cuando <strong>ya se ha convertido en un espectáculo en sí mismo</strong>, y lo hace sin interés alguno en perdonar a Mother Mary. Porque <strong>quien debería perdonarla es su antigua diseñadora</strong>, Sam Anselm.</p><p>La película de Lowery se articula a partir de la relación entre ambas, interpretadas por <strong>Anne Hathaway y Michaela Coel</strong>. El personaje de Hathaway está sufriendo una crisis cuya naturaleza se irá desvelando progresivamente y necesita la ayuda de aquella persona que le acompañó en los momentos más boyantes e ingenuos de su carrera. Fue alguien a quien despreció en el pasado y a quien ahora debe acercarse con total arrepentimiento. Así, el  estudio de la creatividad que Lowery quiere desarrollar abandona el escenario para atender a quien nunca llegó a subirse a él.<strong> Al menos, en persona</strong>. Sam Anselm puso <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/retrato-moda-couture-deja-frivolidad-diablo-viste-prada_1_2188806.html" target="_blank">mucho de sí en los vestidos de Mother Mary</a>. Esta estrella es una creación tan suya como de la abatida mujer a la que encarna Hathaway.</p><p>De ahí que los primeros compases de <em>Mother Mary</em> (los mejores, cuando Lowery experimenta con <strong>formas casi teatrales</strong> y las estiliza eficazmente a través de la música) se reduzcan a un diálogo cargado de reproches entre las dos mujeres. Sam reclama su parte de autoría sobre el fenómeno y reduce el talento de Mother Mary a una suerte de <strong>magia escénica</strong> para que la cantante, por toda respuesta y en una secuencia realmente memorable, pase a ejecutar la coreografía de uno de sus números… sin música. Los movimientos y jadeos espasmódicos que lanza entonces no solo nos muestran a <strong>una actriz que lo está dando todo</strong> —y es sin duda el trabajo de Hathaway, junto a la verborrea sardónica de Coel, lo más potente del filme—, sino también a un ser enajenado, cuya identidad puede confundirse en un fogonazo artístico que le dará a <strong>cada persona, cada testigo y cada feligrés</strong>, justo aquello que necesita sentir. Mientras ella misma, claro, no sabe exactamente cómo sentirse.</p><p>Seguramente porque cuando más atinadamente lo intuía era <strong>en conexión con su diseñadora</strong>; la cocreadora, en fin, de su imagen. La persona con la que, a diferencia de la muchedumbre que espera ahí fuera, podía dialogar. <em>Mother Mary</em> plantea entonces la creatividad desde<strong> un trabajo conjunto</strong>, matizando la figura solitaria iluminada por los focos, y a continuación decide<strong> </strong>que ese trabajo conjunto<strong> pasa por la gestión, asimismo conjunta, de la inspiración</strong>. Lo más misterioso, lo más inexplicable que existe. Es entonces cuando <em>Mother Mary</em>, tristemente,<strong> empieza a perder pie</strong>. </p><p>El director, acaso por encontrarse ante su filme más personal, fuerza el rumbo hacia una de sus inquietudes recurrentes: <strong>los fantasmas. </strong>Y traza un puente metafórico entre ellos y el motor creativo de ambas protagonistas. El resultado no es desechable en absoluto. Tiene mucha gracia, de hecho, que las miradas de Mother Mary y Sam confluyan en <strong>un fantasma de color rojo</strong>, frente a las figuras de <strong>rutilante esmeralda</strong> que centraron <em>Peter y el dragón</em> o <em>El caballero verde</em>. Entonces, el color verde nos hablaba de la naturaleza y de un afán de trascendencia, mientras que el color rojo —que exhibe un amasijo de trapos asimismo remitente a <em>A Ghost Story</em>— ahora implica <strong>pasión y salvajismo</strong>. Algo que no se puede controlar, con lo que únicamente se puede negociar: <strong>la imaginación creativa</strong>. </p><p>El problema es que, cuando <em>Mother Mary</em> empieza a seguir <strong>la estela de este peculiar fantasma</strong> —y se aleja de las intimidades de la estrella y Sam—, la película se sumerge en <strong>una deriva narrativa tan esotérica</strong> como bien pueden ser las fuerzas que guían la inspiración, sin el vértigo o la electricidad de estas. En su lugar tenemos minutos más bien aburridos y soluciones pueriles para que la película pueda abandonar el drama de cámara perdiéndose en <strong>los recuerdos de las protagonistas</strong>. <em>Mother Mary </em>sacrifica todo aquello que podría haberle convertido en una película emocionalmente satisfactoria —aun cuando el <em>soundtrack</em> a cargo de gente como <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/cumbres-borrascosas-adaptacion-audaz-tipo-miedo-ridiculo_1_2144117.html" target="_blank">Charli XCX</a>, Jack Antonoff y FKA twigs nunca llegue a calar del todo— para encadenar fugas oníricas e insistir en <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/sonido-caida-criptico-fascinante-retrato-fantasmas-no-terminamos_1_2180429.html" target="_blank">las contradicciones de la figura del fantasma</a>, obedeciendo más al capricho que a un desplazamiento orgánico.</p><p><strong>Y todo se queda un poco en nada</strong>. En potencialidad, ideas y energías veladas que laten de principio a fin, atenazando la película de Lowery e impidiéndole en su parálisis ser todo lo iluminadora que podría haber sido,<strong> que por instantes logra ser</strong>. El misterio de la estrella pop es irresoluble porque es uno de los grandes misterios de nuestro tiempo y está bien que así sea, pero da pena que un director tan imaginativo como Lowery se haya quedado tan a medias <strong>solo por ensimismarse</strong>. Por dar la espalda al público desde un escenario enorme y vacío. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 30 Jul 2026 04:00:24 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <title><![CDATA[‘Motor City’, un experimento espantosamente fallido entre el musical y la película de acción]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/motor-city-experimento-espantosamente-fallido-musical-pelicula-accion_1_2227882.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/3ec6b379-ce4f-42ec-94cc-5a4dad887995_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Motor City’, un experimento espantosamente fallido entre el musical y la película de acción"></p><p>Entre que Disney afrontara el proyecto más arriesgado de su carrera con <em><strong>Fantasia</strong></em> y que MTV estandarizara <strong>el videoclip musical</strong> pasaron cuatro décadas. De 1940 a 1981. No es que, desde luego, en todo este tiempo hubiera quedado suspendido<strong> el avance de los diálogos cine-música</strong>. El musical de Hollywood inspirado por Broadway se había ido sofisticando cada vez más, por ejemplo. Y antes de <em>Video Killed the Radio Star</em> habían ido surgiendo un puñado de piezas que, cada una a su manera, se preguntaban cómo realzar el talento de los músicos para impulsar su carrera musical. Pero ahí estaba justo la clave. Antes de<strong> la homogeneización de MTV,</strong> el eje ya se había invertido.</p><p>Así que, dejando de lado <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/television-videoclip-granujas-ritmo-le-quito-seriedad-le-quedaba-musical_1_2033874.html" target="_blank">las diversas fases del musical</a> como género —género, a fin de cuentas, más históricamente asentado en el teatro que en el manejo de las formas cinematográficas—, nos topamos con un rechazo frontal a lo que Walt Disney se había propuesto con <em>Fantasia</em>, pues pasamos a hablar de distintos objetivos de venta. Los videoclips quieren vender la música de los artistas utilizando la imagen. Los cortos que componían <em>Fantasia</em>, a cambio, <strong>querían vender la imagen en sí</strong>. El talento de los animadores. Una capacidad nunca lo bastante explorada de que <strong>su arte evolucionara al ritmo de la música</strong>, aprovechando <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/tipos-malos-2-frenetico-entretenimiento-le-saca-gran-partido-animacion_1_2038321.html" target="_blank">la infinita maleabilidad de la animación</a> para posibilitar <strong>experiencias estéticas imprevisibles</strong>. Sublimes, llegado el caso.</p><p>Todo era posible con la animación, y si <em>Fantasia</em> no hubiera fracasado quizá la trayectoria del medio <strong>habría sido distinta</strong>. Quizá, en lugar de asimilar convenciones narrativas para asentar comercialidad, se hubiera aferrado a lo intuitivo, y el diálogo hubiera podido prosperar más equitativamente. Por su parte la acción real (el audiovisual habitado por personas y no por dibujos) hubo de resignarse a este papel subsidiario si hablábamos de <strong>industria musical</strong>, y a breves instantes de armonía dentro del cine. Sergio Leone componiendo imágenes con la música de Ennio Morricone en mente. O <strong>Edgar Wright engrasando </strong><em><strong>Baby Driver</strong></em> con su virtuosismo escénico y su melomanía. </p><p>Quizá sea <em>Baby Driver</em>, como ocurrencia desgajada de <strong>los caminos no tomados por el cine tras </strong><em><strong>Fantasia</strong></em>, el título que más convenga tener en cuenta al arrimarse a <em><strong>Motor City</strong></em>. <em>Baby Driver</em> se erigía en la carrera de Wright como alegre coartada para reafirmar intereses expresivos: una patente de corso desde la que limitarse a <strong>explorar</strong> <strong>la acción estilizada por su música favorita</strong>. Con el montaje, los movimientos de cámara, el ritmo interno del plano. <strong>Un videoclip gigantesco </strong>cuyo <em>soundtrack</em> se fundamentaba en las filias del británico con irresistible personalidad: sin duda la intriga criminal era de lo más trasnochada —como lo es, vamos avisando, la de <em>Motor City</em>—, pero parecía deberse más al atolondramiento de <strong>haber escrito cualquier cosa </strong>en pos de agilizar trámites.</p><p>Pues <strong>el guion era lo de menos</strong>. Lo que importaba era jugar con imágenes y sonidos, entrelazándose </p><p>con un afán lúdico que amparaba la dulce combinación de<strong> </strong>gusto musical y talento cinematográfico. Que <em>Motor City</em> sea entonces <strong>una película tan fallida</strong> (tan irritante, espantosamente fallida) se debe a que ambos brillan por su ausencia. Empecemos por el gusto musical.</p><p>Dejando de lado la banda sonora incidental de Steve Jablonsky —flagrantemente plana, insistiendo en un <em>crescendo</em> emocional que no respalda ni su talento compositivo ni la escasa trama con la que estamos lidiando—, <em>Motor City</em> viene presumiendo de contar con <strong>Jack White</strong>, de los White Stripes, como <strong>“director musical”</strong>. Es decir, que cabría responsabilizarle a él de elegir <strong>las canciones no originales</strong> que pueblan la película. Cabría echarle la culpa a él de la selección más genérica del mundo y de una notable pereza a la hora de pensar qué debería sonar en una película de acción ambientada en<strong> el Detroit de los años 70</strong>. La respuesta es, evidentemente, canciones más o menos contemporáneas. Estando las susodichas en buena parte trilladísimas, <strong>sobadas a más no poder.</strong></p><p>La <em>playlist</em> de White adolece de falta de curiosidad hasta el punto de que sus canciones no parecen venir de una escucha atenta, sino de haberse topado con ellas en otros films anteriores. <strong>David Bowie, Donna Summer, Fleetwood Mac o los Moody Blues</strong> desfilan por <em>Motor City</em> con sus temas más famosos, tan cargados de una memoria iconográfica propia como para que, al irrumpir en el film, no puedan expresar absolutamente nada. <strong>Una antología plastificada de Rock FM</strong>, que clama al cielo que se le haya ocurrido a un artista como White, en lugar de a un ejecutivo cualquiera que ha averiguado cómo montar de forma impactante <strong>el tráiler de una futura película de superhéroes. </strong></p><p>Para engarzar música y cine hay que amar la música. Como hallazgo, como juego. <strong>Hay que sentir entusiasmo por la mezcla</strong>. Tener, en fin, buen gusto, y ya que aparentemente White carece de él —o no ha querido darle media vuelta al encargo—, el artefacto habría sido mínimamente digno si hubiera alguien con ganas de hacer cosas con la puesta en escena. Ninguno de los temas enumerados son malos, evidentemente. Si causan hastío es justo porque son muy buenos y muchos grandes cineastas se han querido servir de ellos antes. Sería absurdo pedirle entonces a<strong> Potsy Poncirolli</strong>, director de <em>Motor City</em>, que se mantuviera a la altura de Tarantino, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/batalla-paul-thomas-anderson-alia-dicaprio-pelicula-divertida-esperanzadora_1_2067341.html" target="_blank">Paul Thomas Anderson</a> o James Gunn. Por citar a unos pocos directores que se hayan servido antes de estos temas.</p><p>Y no se lo vamos a pedir, desde luego. Pero tan clamorosa como la vaguería de White es la inacción de Poncirolli, la completa desorientación —o el completo desinterés, que nunca hay que descartar al evaluar todas las deficiencias de este film— a la hora de encabalgar de forma sugestiva la imagen con esta<strong> música para cuñados</strong>. La tragedia se veía venir desde el momento en que observamos los compases previos de la carrera de este director estadounidense, por otro lado. <em><strong>Old Henry</strong></em><strong> y </strong><em><strong>Fuera de la ley</strong></em> ya eran totalmente incapaces de sustraerse de la referencia. Entre el <em>western</em> y el humor negro de los Coen, los dos primeros films de Poncirolli representaban<strong> los extremos más vulgares de un posmodernismo tardío</strong>. Imágenes de saldo, reverberaciones conservadoras.</p><p><em>Old Henry</em> y <em>Fuera de la ley</em> no tenían en definitiva <strong>nada genuino</strong>, pero al menos se quedaban lejos de la debacle de <em>Motor City</em> gracias simplemente a contar con guiones que, mejor que peor, pudieran reclamar nuestra atención. Nos distraían de <strong>la pobreza de las imágenes y los pensamientos</strong>, algo que <em>Motor City</em> es incapaz de hacer puesto que no hay guion digno de ese nombre. En su lugar hay una servilleta según la cual Alan Ritchson (<strong>el fortachón de </strong><em><strong>Reacher</strong></em>) es un buen hombre al que tienden una trampa para alejarle de su amada (Shailene Woodley), y ansía salir de la cárcel para emprender acciones vengativas contra quienes le metieron ahí. Es una servilleta, en fin,<strong> incluso más misógina que </strong><em><strong>Baby Driver</strong></em>, y tan simplona que carece de mérito que se sostenga sin diálogos.</p><p>Porque sí, ese es el gran eslogan de <em>Motor City</em>. Que es una película <strong>casi enteramente muda</strong>, consagrada a la acción y guiada por la música de White y Jablonsky. Con lo que toda su capacidad de impacto descansa en la puesta en escena, y todo viene a depender de <strong>un director de tan escasas virtudes como Poncirolli</strong>. La discreta banda sonora busca entonces imágenes que estilizar y manipular, pero no encuentra nada. Aparte de la anemia narrativa a la que se ha limitado orgullosamente la servilleta (firmada por un tal Chad St. John de quien se nos asegura que tuvo el proyecto durante años dentro de la Black List, <strong>cual broma de pésimo gusto</strong>), Ponciroli es incapaz de diseñar estrategias u organizar secuencias de forma que algo brille o impacte.</p><p>Lo más sencillo habría sido recurrir a <strong>un montaje así como impresionista</strong> para adecuarse al ritmo de cada canción —es, por otro lado, aquello que más pulió Wright—, pero <em>Motor City</em> lo descarta tanto como otras dialécticas más complejas, por ejemplo<strong> un contraste irónico</strong> propio de Tarantino y Scorsese. En realidad, las canciones inciden sobre la acción de <em>Motor City</em> como si fuera cualquier otra película.<strong> Linealmente</strong>, solo distinguiéndose porque acostumbran a sonar en toda su extensión pero incluso rigiéndose, a veces y de forma caprichosa, por imperativo de la diégesis. En otra muestra de <strong>lo arbitrario que es el mecanismo del film</strong>, los volúmenes suben y bajan como si los personajes escucharan los temas desde radios cercanas, según se mueven de un lado a otro.</p><p>Así que también la inmersión se pierde por ahí. Y no queda otra que afrontar <em>Motor City</em> en todo su vacío y, especialmente, <strong>toda su incompetencia</strong>. La sensación que impera es que la película es tan mala porque <strong>nadie ha querido entusiasmarse con lo que estaba haciendo</strong>: ni con la mezcla musical, ni con la acción violenta —totalmente contenida y arrítmica—, ni con la ambientación —¿para qué ceñir todo a Detroit como “ciudad del motor” si no se quiere hacer nada con su bagaje cultural?—, ni con una realización que resulta <strong>angustiosamente lenta y morosa</strong>, obligando a las imágenes a arrastrarse de espaldas a una música con la que ni quiere ni sabe dialogar. </p><p><strong>Lo que viene siendo un desastre</strong>, en resumen. Cuando lidiamos con experimentos es normal toparse con fracasos, y que esos fracasos retengan cierta dignidad al haber querido ir más allá de lo esperable. No es el caso de <em>Motor City</em> porque nunca ha querido ir a ningún sitio, y porque lo único inesperado que alberga es que una escena con temazo incorporado sea <strong>lo más aburrido del mundo</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 23 Jul 2026 04:01:05 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Cultura,Estados Unidos,Películas]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Christopher Nolan logra en ‘La Odisea’ una adaptación magnífica pero alejada de lo mejor de su carrera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/christopher-nolan-logra-odisea-adaptacion-magnifica-ligeramente-alejada-mejor-carrera_1_2225399.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/10c65a9a-ecaa-4c60-87f1-ac947c9d68c9_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Christopher Nolan logra en ‘La Odisea’ una adaptación magnífica pero alejada de lo mejor de su carrera"></p><p>En la tradición de la Antigua Grecia resulta básico el concepto de <strong>la </strong><em><strong>xenia</strong></em>. Se trata de <strong>un contrato de hospitalidad</strong>, un catálogo de buenas prácticas para guiar la interacción entre anfitriones y huéspedes, que tiene su ancla en la religión. La <em>xenia</em> es —y así se refieren a ella los personajes de <em><strong>La Odisea</strong></em><strong> de Christopher Nolan</strong>— la "<strong>Ley de Zeus"</strong>, pues remite a la costumbre del dios griego de bajar del Olimpo y camuflarse entre los seres humanos como un vagabundo. Conviene tratar bien al huésped, en resumidas cuentas, porque nunca sabes si ese huésped podría ser <strong>un dios disfrazado</strong>. </p><p>No cabe leer la <em>xenia</em>, sin embargo, como una prevención para <strong>el engañoso chantaje de los dioses</strong>. En realidad es <strong>un mandato de virtud</strong>, alrededor de un código ético que los filósofos griegos solían articular con sus dioses como referencia. La <em>xenia</em> no es más que tratar a los humanos<strong> (tratarnos) </strong>como dioses. “No hay que seguir los consejos de quienes dicen que debemos tener pensamientos humanos y mortales puesto que somos hombres y mortales somos”, escribió Aristóteles en <em>Ética a Nicómaco</em>. “Sino que debemos, en la medida de lo posible, <strong>inmortalizarnos</strong>, y hacer todo lo que esté en nuestra mano por vivir de acuerdo con lo más excelente que haya en nosotros”.</p><p>Así que la Ley de Zeus no es de Zeus, <strong>sino nuestra</strong>: es la que mueve a pensar en el humano como más que un humano, como <strong>algo mejor</strong>, alentando la solidaridad y la convivencia. También es <strong>un impulso innato de trascendencia</strong>, que podría tanto garantizar la organización de las sociedades con las leyes —leyes, recomendaba Aristóteles, que debieran apuntar a la excelencia de los dioses antes que a la falibilidad de los mortales— como, en instancias posteriores de la Historia, el surgimiento de<strong> individuos extraordinarios</strong>, que no precisen rezarle a nadie. La historia de Occidente puede cifrarse en esta creciente y egoísta voluntad de poder, <strong>siendo Dios sustituido por el Sujeto</strong>, y siendo este Sujeto susceptible de delirios prometeicos. Como <strong>el protagonista de </strong><em><strong>Oppenheimer</strong></em>.</p><p>Como otros protagonistas de la obra de Nolan, en realidad. El director inglés ha prestado una atención progresiva a personajes mesiánicos, que aceptan sobre sus cabezas el peso de la civilización con <strong>un rictus tan solemne como torturado</strong>. Individuos con una energía maníaca que les impulsa hacia adelante, hacia arriba, y acaban traicionando la <em>xenia</em> <strong>al rechazar la idea de Dios en el prójimo</strong> por erguirse ellos mismos encima de él. Con lo que no resulta extraño que, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/oppenheimer-nolan-salva-clase-pelicula-bomba-atomica-senalar-japon-mapa_1_1554214.html" target="_blank">tras </a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/oppenheimer-nolan-salva-clase-pelicula-bomba-atomica-senalar-japon-mapa_1_1554214.html" target="_blank"><em>Oppenheimer</em></a> (su película más unánimemente alabada, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/oppenheimer-impone-oscar-pasan-sociedad-nieve-robot-dreams_1_1738130.html" target="_blank">según los Oscar recibidos</a>), Nolan haya vuelto sobre los pasos de Ulises. O de Odiseo, como se le conoce en todo momento en su film. </p><p><em>La Odisea</em> de Homero, en contra de lo que pudiera parecer, no le interesa a Nolan por <strong>el viaje del héroe</strong> que tanto ha llegado a enamorar al cine de Hollywood, ni siquiera por <strong>ese </strong><em><strong>nóstos</strong></em> (la vuelta a casa) que también es clave en el poema.<strong> A Nolan le interesa </strong><em><strong>La Odisea</strong></em><strong> por la </strong><em><strong>xenia</strong></em>.</p><p>Es algo que se ha estudiado mucho, aunque no posea el atractivo inmediato de cíclopes y sirenas. <em>La Odisea</em> reafirma la necesidad de <strong>la Ley de Zeus como índice vertebrador del mundo</strong>, ante las transgresiones que esta pueda sufrir. El ejemplo central serían los groseros pretendientes que Penélope acoge en Ítaca <strong>mientras Odiseo está ausente</strong> y, a la vez que le exigen que se despose con uno de ellos, abusan de su cortesía indefinidamente. También ha tenido su pábulo el episodio con Polifemo, por si este pobre cíclope merecía quedarse tuerto, y no les estaba bien empleada a los hombres de Odiseo <strong>la posterior maldición de Poseidón</strong>. Nolan, por su parte, va algo más allá.</p><p>De ahí que <em>La Odisea</em> cuente a grandes rasgos lo mismo que <em>Oppenheimer</em>, gracias al énfasis que Nolan hace como guionista en la infracción de la <em>xenia</em> a manos de Odiseo, y cómo plantea a partir de ahí todo el poema como <strong>una épica consecuencia de su pecado contra los dioses</strong>. La culpa de Odiseo, la progresiva pérdida de sus hombres en su largo camino a casa y, aún más, su secreta reticencia a volver a Ítaca —esa alargada estancia junto a Calipso con la que empezaba el poema y también empieza el film—, son<strong> un eco de los ojos conmocionados de Cillian Murphy</strong> en la película anterior. La aterrada consciencia de haber iniciado algo cuyas repercusiones durarán siglos.</p><p>No es esta <em>Odisea</em> una revisión ni una actualización, por tanto (y aunque hayan dado que hablar hasta tal punto las decisiones del diseño de producción), en favor de simplemente <strong>una adaptación lucidísima</strong>. La ingeniosa aportación de <strong>un verdadero entusiasta de los mecanismos de la cultura</strong>, un artista que se siente partícipe de una tradición milenaria no tanto en su cambiante definición del espectáculo —que también, desde luego—, como <strong>en su condición de bardo y narrador</strong> que va registrando amorosamente la sensibilidad estética de sus semejantes. Hablamos de <strong>ambición megalómana</strong>, sí, pero también de algo más encomiable como es el simple hallazgo de unas preocupaciones comunes en <strong>un poema fundacional</strong>, y de la hábil explotación de las mismas.</p><p><strong>Nolan había nacido para adaptar </strong><em><strong>La Odisea</strong></em>. Por su fijación por los personajes de ambición trágica. También por su forma de escribir. El poema es un caótico caudal de saltos temporales y testimonios enfrentados. <strong>Polifónicos relatos que se entrecruzan</strong>, ¿y no es eso justo el cine de Nolan? ¿No es bellísimo, en ese sentido, que su narración más lineal hasta la fecha sea igualmente un revoltijo por querer adaptar a Homero con lealtad extrema? El estilo de Nolan tiene en esta obra milenaria un encaje de lo más orgánico, y sumando afinidades era impensable que pudiera fracasar.</p><p>Así que no lo hace. <em>La Odisea</em> es una película estupenda, con <strong>algunos puntos realmente sublimes </strong>—cuando el Odiseo de <strong>Matt Damon</strong> abandona por fin a Calipso, cuando gracias a un <em>flashback</em> de absurda complejidad arquitectónica descubrimos cuál fue en realidad la primera falta del protagonista—, y sirve de cabo a rabo para revalidar a Nolan como <strong>el gran narrador popular de nuestro tiempo</strong>. También el que tiene una vocación más masiva, y es cuando tristemente nos topamos con una serie de problemas que<strong> alejan a </strong><em><strong>La Odisea</strong></em><strong> de la excelencia</strong>.</p><p>Problemas, por otra parte, achacables a buena parte de la carrera de Nolan, cimentando esa esencial imperfección —hay quien la llamaría, ante el volumen de las voces de sus detractores,<strong> esa dulce vulnerabilidad</strong>— que suele disimularse cuanto más robusto es el conjunto aledaño. Nolan nunca ha sido un buen director de acción <strong>ni ha tenido sentido de la escala</strong>. Dentro del linaje inglés al que pertenece quizá le gustaría ser <strong>David Lean</strong> pero se queda en <strong>el gran relevo humanista de Alfred Hitchcock</strong> (siendo mucho peor realizador que este, por otro lado) y, al tiempo que su dependencia del montaje le hace indiscutiblemente contemporáneo, también <strong>coarta la sugestión de sus imágenes</strong>. Todo lo cual lo sufre esta <em>Odisea</em>. La historia de la que surgen todas las historias, la película de la que surgen todas las películas de Nolan… <strong>sin ser en absoluto la mejor de estas</strong>.</p><p>Ocurre entonces que el montaje de <em>La Odisea</em>, si bien tan capacitado como siempre para <strong>entretener con ferocidad</strong> y aclimatarse como un tráiler de tres horas, es bastante desastroso. Los diálogos se superponen ruidosamente entre cortes, dificultando su digestión y entendimiento, y abocando a una intensa sensación de desorden en función a <strong>la familiar necesidad de un clímax eterno</strong>. Este desorden infecta tanto las escenas de acción como la mera descripción del espacio, convirtiendo en algo así como superfluo el empeño de Nolan de presumir de<strong> localizaciones reales y formatos IMAX</strong>. ¿De qué sirve rodar con cámaras pioneras, descartar efectos digitales sencillos y apostar en resumen por <strong>la fisicidad</strong>, si la edición va a emborronar todo lo que se pueda retener de ello?</p><p>El guion de Nolan, por otra parte y contagiándose de esa innecesaria urgencia en la planificación, no siempre es afortunado al traducir las distintas peripecias del poema, ni logra prosperar del todo en sus decisiones más llamativas de adaptación (caso de <strong>los personajes de Elliot Page y Robert Pattinson</strong>, estupendamente engarzados con el discurso homérico pero pésimamente explicados). Curiosamente tratándose de un director tan dependiente del solaz del público, es<strong> en sus pasajes más ásperos cuando mejor funciona </strong><em><strong>La Odisea</strong></em>. Cuando el diálogo se suspende, se privilegia lo atmosférico a caballo de <strong>la banda sonora (extraordinaria) de Ludwig Göransson</strong>, y las andanzas de Odiseo se antojan no solo amargas o melancólicas, sino también ¿terroríficas?</p><p>El ingenio siniestro que traslucen segmentos como el de Circe o los Lestrigones —así como la tétrica racionalización del encuentro de las sirenas o la sombra formidable de Agamenón— insiste, por encima del mejorable ensamblaje, en proclamar la personalidad de <em>La Odisea</em>, y <strong>la fructífera felicidad de su diálogo con la imaginación de Nolan</strong>. Cabe preguntarse si esta película sería mejor (o al menos más depurada) si se hubiera rodado en compases más anteriores o posteriores de la carrera del cineasta, prudentemente alejados de este momento de esplendor absoluto. Si hubiera servido de prólogo tentativo, o de epílogo crepuscular para toda una forma de contar historias.</p><p>Pero se ha estrenado hoy, en 2026, con Nolan convertido en el único cineasta capaz de que <strong>el </strong><em><strong>blockbuster</strong></em><strong> siga presumiendo hoy día de audacia y originalidad</strong>. Y tampoco está mal. No hay un solo segundo, en toda su extensión, en que <em>La Odisea</em> no quiera ser grande, <strong>que no quiera ser mejor y más virtuosa que sí misma</strong>. Y eso, bien lo sabían los griegos, es todo lo que importa. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 16 Jul 2026 04:01:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Christopher Nolan logra en ‘La Odisea’ una adaptación magnífica pero alejada de lo mejor de su carrera]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Películas,Cine,Cultura]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[‘Las corrientes’, el fascinante estudio de una conciencia que se desacopla del ritmo de la vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/corrientes-fascinante-estudio-conciencia-desacopla-ritmo-vida_1_2220800.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/44a93223-1860-4258-ae17-e94588d29d09_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Las corrientes’, el fascinante estudio de una conciencia que se desacopla del ritmo de la vida"></p><p>Las voces más benévolas con <strong>esa posmodernidad</strong> que sigue marcando nuestras sociedades aseguran que, nos guste o no, esta solo es <strong>una consecuencia lógica de la modernidad</strong>. Una intensificación, en realidad, de algunos elementos básicos de la misma, suficientes para considerar lo que vino luego como poco más que una fase. Saldremos de aquí, nos dicen. Es solo lo que toca. Pero claro, llevamos tanto tiempo atrapados en el laberinto posmoderno como para considerarlo <strong>una aberración histórica</strong>, forzándonos a aceptar alternativas de desigual convicción a partir de ahí. </p><p>Sean los nuevos fascismos, sea <strong>el tímido metamodernismo</strong> que empieza a latir <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/spielberg-recuerda-dia-revelacion-merece-pena-creer-plena-conspiranoia_1_2206720.html" target="_blank">en ciertos rincones</a>, es fácil aceptar la teoría de que lo posmoderno solo sea un estadio avanzado de lo moderno si acudimos a las vanguardias, hace justo un siglo, y recordamos que el buque insignia del modernismo literario fue el <strong>“monólogo interno”</strong>, también llamado <strong>“corriente de conciencia”</strong>. La corriente de conciencia fue la herramienta preferida de <strong>James Joyce o Virginia Woolf </strong>para, rompiendo con cualquier ortodoxia, acercarse a <strong>una verdad profunda en sus personajes</strong>. A través de ella se introdujeron en su cerebro, emularon el ritmo y velocidad de los pensamientos, y deformaron todo lo que había fuera de ellos en una exaltación subjetiva tan prometedora como, finalmente,<strong> peligrosa</strong>.</p><p>Porque, cuanto mejor conocíamos esas cabezas, <strong>más borroso era lo que les rodeaba</strong>. Más deforme, confuso, posmoderno. Más alejado, en fin, del registro de algo trascendente que armonizara tantas perspectivas distintas. Woolf afrontó directamente las consecuencias en su novela <em><strong>Al Faro</strong></em> a través de las tribulaciones de la señora Ramsay. “Tenía una clara percepción de que ahí estaba la vida y era algo que no compartía ni con sus hijos ni con su marido. <strong>Ella estaba a un lado, la vida al otro</strong>, y a veces parlamentaban (...) Podía haber grandes escenas de reconciliación, pero tenía que admitir que lo que llamaba vida era <strong>terrible, hostil, y se abalanzaba sobre ti </strong>si le dabas oportunidad”.</p><p>La corriente de conciencia bien podría habernos alejado de<strong> las corrientes de la vida</strong>. Así que Woolf, sin dejar de lado esta valiosa herramienta, intentó que su voz literaria acogiera volumen acuático. Por eso escribió una novela titulada <em>Las olas</em> a continuación, con un uso del monólogo interno aún más radical. Y luego, en una triste ironía, sucumbió<strong> a las propias aguas</strong>, arrojándose al río Ouse de Sussex. <em><strong>Las corrientes</strong></em><strong> de Milagros Mumenthaler</strong> recuerda lo suficiente a Woolf —afortunadamente, disculpando así la frivolidad— como para que los ecos vayan mucho más allá de que su protagonista <strong>se tire igualmente a un río </strong>en los primeros minutos del film. </p><p><strong>A la senda de Virginia Woolf</strong></p><p>En <em>Las corrientes</em> <strong>también hay un faro</strong>, por ejemplo. Es un faro que, en los minutos más bellos de la película de Mumenthaler, ilumina la ciudad ante los ojos de la protagonista, Lina (<strong>Isabel Aimé González-Sola</strong>), y su hija. La luz del faro incide sobre el espacio urbano mientras suena la sinfonía de <em>Los planetas</em> de Gustav Holst y las imágenes, completamente identificadas con la mirada de Lina hasta ahora, hacen una tentativa <strong>por acercarse a otros sujetos, otras vidas</strong>. Bien podría haber una salvación en ello pero es una tentativa efímera, como tantas otras que hace la protagonista durante el film para superar su malestar. <strong>“Intento no sentirme tan efímera, como imagino que intenta todo el mundo”, </strong>le ha explicado poco antes Lina a su psicólogo. </p><p>¿Por qué Lina se siente efímera? ¿Por qué, tras ganar un premio por sus logros profesionales en Ginebra, ha querido saltar de un puente, sobreviviendo por poco a este intento de suicidio? Debería haber, desde luego, mucho de rechazo a la hipocresía de estos entornos, a la necesidad de convertir lo social en <strong>una pantomima engañosa</strong>, pero lo interesante verdaderamente es que, antes del salto, Lina se ha topado en un escaparate con una obra que le sugestiona mucho: un tapiz que muestra a tres ancianas tejiendo, <strong>los hilos confundiéndose en los contornos de sus cuerpos</strong>. La mirada de Lina se ha visto seducida por la contundente expresión visual de lo que, a fin de cuentas, persigue su existencia: <strong>un diseño armonioso, perfecto, matemático</strong>. Lina es <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/retrato-moda-couture-deja-frivolidad-diablo-viste-prada_1_2188806.html" target="_blank">estilista de moda</a>. El premio que le han dado es por ser una gran diseñadora en su campo.</p><p>En sintonía a esto, en alguna escena posterior veremos cómo Lina llena su despacho de <strong>ingenios mecánicos</strong>, manivelas y aparatitos que construye metódicamente y con los que se siente agredida en el momento que alguien (su marido, por ejemplo) los toca sin permiso. Parece claro, entonces, que Lina es <strong>una obsesa del andamiaje</strong>. Ansía organizar los materiales en formas reconocibles y funcionales. Su obsesión es la de la señora Ramsay por ejercer de casamentera, o la de <strong>la señora Dalloway teniendo que ocuparse ella misma de comprar las flores</strong>, y son obsesiones que de repente afrontan un fracaso mortal. Tan sencillo como pararse a observar el agua de un río. El desorden de las olas, las corrientes que fluyen ajenas a todo lo que ella quiera o pueda hacer. <strong>Así que esta era la vida</strong>. Podemos intuirlo porque no la estamos viviendo, sino que la tenemos enfrente.</p><p>Mumenthaler describe, entonces, un <strong>desajuste con la realidad</strong>. Su heroína se ha sentido tan violentada por el agua porque debe haber dejado de seguirle el ritmo, y por eso su primera reacción tras el intento de suicidio es una suerte de alergia a la misma (provocando, a su vez y en <strong>una rima visual muy lograda</strong>, que su cabello sucio y encrespado persiga una cualidad semejante). La argentina, en el marco de<strong> un proyecto artístico inequívocamente woolfiano</strong> —sus dos primeras películas, <em><strong>La idea de un lago </strong></em><strong>y </strong><em><strong>Abrir puertas y ventanas</strong></em>, ubicaban sus conciencias en recuerdos juveniles de casas inolvidables, como aquella que no dejaba de centrar <em>Al Faro</em>—, vuelve a acercarse en <em>Las corrientes</em> al fallo moderno por antonomasia: <strong>el desacoplamiento del yo con respecto a la vida</strong>. Qué sale de ahí, en cuanto al aislamiento y <strong>la depresión</strong>, es algo que todos conocemos bien.</p><p>La mayor virtud de Mumenthaler como cineasta es que, teniendo muy claro sus intereses estéticos, trata de cubrirlos acorde a <strong>unas sensibilidades oportunamente modernistas</strong>: antes que lo referencial —los relatos previos que se hayan acercado canónicamente a estas tensiones— prefiere <strong>lo sensorial</strong>, que la cámara se haga una con los progresos de la protagonista e intente seguir, al compás de sus éxitos y fracasos,<strong> el verdadero ritmo de las aguas</strong>. Se articulen estas como un río, como una ducha o como una lluvia pertinaz. Es lo que necesita la atormentada Lina, es lo que busca la directora, y las cimas de <em>Las corrientes</em> se cifran en todas las veces que <strong>atinan a coincidir</strong>.</p><p>Que son muchas, felizmente. A Mumenthaler le hace algo de daño que, aun contando con el mismo fotógrafo que en <em>La idea de un lago</em> —<strong>Gabriel Sandru</strong>—, la factura de <em>Las corrientes</em> sea mucho más rutinaria que la de su película previa. Tampoco terminan de funcionar esas alucinaciones que se cortan abruptamente —estableciendo algo así como una horizontalidad expositiva que contradice los propósitos de la obra— y unas concesiones al <strong>psicologismo más obvio</strong>, cuando Mumenthaler se acaba viendo en la necesidad de “justificar” la deriva de su heroína con traumas maternos. Apuntan a ser inercias de nuestra coyuntura, pasajes manchados de presente que emborronan la, por lo demás, admirable autonomía de Mumenthaler, su compromiso con<strong> una modernidad rediviva</strong>.</p><p>En este regreso providencial a formas de expresión que todavía siguen cargadas de futuro, Mumenthaler conecta la corriente de conciencia con otras estrategias de inicios del siglo pasado como<strong> la escritura automática </strong>—volcada en una intuición que no hace prisioneros—, y blinda su tercer largometraje contra reproches y explicaciones simples. Conduciéndolo todo como si tal cosa a <strong>un plano final inolvidable</strong>, mientras nos fuerza a dejar de ver la vida como algo que tenemos delante de nosotros,<strong> o con lo que hay que negociar</strong>. Revelándola, simplemente, como algo que hay que aprender a nadar.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 09 Jul 2026 04:01:10 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <title><![CDATA[‘La muerte de Robin Hood’, una deconstrucción del mito mortalmente aburrida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/muerte-robin-hood-deconstruccion-mito-mortalmente-aburrida_1_2217337.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d705607a-5483-42f4-89e8-853e6410817d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘La muerte de Robin Hood’, una deconstrucción del mito mortalmente aburrida"></p><p>Richard Lester quería que su película se titulara <em>La muerte de Robin Hood porque</em> era lo más lógico y respetuoso con la fuente: al fin y al cabo la idea central del desenlace se inspiraba en la balada inglesa <em>Robin Hood’s Death</em>, datada del siglo XVII, y ambas <strong>compartían su vocación de despedida trágica</strong>. En Columbia Pictures no lo vieron comercialmente prometedor, sin embargo, y la película llegó a cines en 1976 como <em>Robin y Marian</em>. Se prefirió enfatizar un carácter dual, que erigía como pareja de protagonismo equivalente a los personajes de Sean Connery y Audrey Hepburn.</p><p>Igualmente, y sin desdeñar el asunto amoroso, el planteamiento se mantenía: <em><strong>Robin y Marian</strong></em><strong> estaba consagrada a la muerte de Robin Hood</strong>, el film ceñía su razón de ser a la última escena y nunca se apartaba del elemento fúnebre. <em>Robin y Marian</em> hablaba de un final y lo hacía acorde al <em>western</em> crepuscular de los años 60, combinándose con el espíritu del nuevo cine comercial de los 70. Esto es, que <strong>Robin Hood no podía tener una muerte tranquila, ni encomendada al amor de Lady Marian</strong>. Robin Hood tenía que morir peleando y esta muerte no podía ser heroica o sacrificial, sino levemente patética, propia de un viejo <em>cowboy</em> que no sabía morir sino con las botas puestas. </p><p>Un <em>cowboy</em> <strong>incapaz de abandonar su modo de vida aventurera</strong> incluso cuando el motor ideológico que la había legitimado quedaba en suspenso. En el caso de Robin Hood, la justicia redistributiva (robarle a los ricos para dárselo a los pobres) y la lealtad al rey Ricardo Corazón de León. Esta segunda noción era la primera que desmantelaba <em>Robin y Marian</em>, presentando al rey de Robin como un gobernante déspota y ridículo, a escasos grados de separación de su hermano Juan sin Tierra. Una vez moría y Robin regresaba a Sherwood habiendo perdido su brújula, él podía <strong>escoger entre una vida plácida con Marian o volver a la acción</strong> porque sí, por mera inercia. Como su eterno enemigo, el <em>sheriff</em> de Nottingham (Robert Shaw), estaba tan desorientado como él, le daba la excusa que necesitaba para seguir luchando. Luchar por sus botas, por quien había sido.</p><p>Así de lúcidamente enterró <em>Robin y Marian</em> a Robin. Así de triste pero majestuosamente —no dejaba de ser una película espectacular— despidió Robin y Marian al mito, pues así lo exigía la época. Los 70 exigían la cariñosa ridiculización de Robin Hood tanto como la Modernidad había exigido en su día que <strong>aquel héroe legendario posibilitara una reparación ciudadana ante los crímenes de los poderosos</strong>, entre su oportuna recuperación a manos de Walter Scott con <em>Ivanhoe</em> (1883) y la euforia de Howard Pyle al recopilar las baladas como ágiles cuentos en <em>Las alegres aventuras de Robin Hood</em> (1883). La alegría de Robin Hood ha tenido que ir variando según los tiempos.</p><p>El Robin Hood de Errol Flynn era bastante alegre. <strong>Cómo no serlo, con el Technicolor y la bisoñez del Hollywood de los años 30</strong>. Y también lo era el Robin Hood animal/animado de Disney, algo antes de <em>Robin y Marian</em>. Luego estuvo aquel de Kevin Costner representando los excesos optimistas del blockbuster de los años 90, el Robin Hood de Russell Crowe como paliducha ampliación de lo que había sido <em>Gladiator</em>, e incluso un Robin Hood superheroico, <a href="https://www.youtube.com/watch?v=tzp8TZphFeE"  >interpretado por Taron Egerton</a> en la última iteración antes de que le tocara el turno a Michael Sarnoski.</p><p>Sarnoski, por su parte, se ha salido con la suya ahí donde Lester no pudo. Su película se titula <em>La muerte de Robin Hood</em> y <strong>quiere ser tan revisionista como </strong><em><strong>Robin y Marian</strong></em>, solo que ajustándose —eso es lo que acostumbra a hacer el personaje— a la época que toca. Y en esta época ocurre algo ciertamente lamentable: Robin Hood, en su construcción arquetípica, no tiene mucho sentido. De alguna forma, <strong>los aristócratas y gobernantes millonarios del presente han logrado hacerse pasar por los nuevos Robin Hood</strong>, reclamando para sí la rebeldía del hombre de verde. Donald Trump y compañía se hacen pasar por los justicieros del pueblo contra unos endebles muñecos de paja —lo woke, la corrupción de la socialdemocracia, el gran reemplazo, lo que sea— y sacan rédito electoral por ello. El príncipe Juan es hoy por hoy el arquero de Sherwood.</p><p>Así que <strong>¿cómo diantres va a funcionar Robin Hood en esta época?</strong> La respuesta es que no lo hace, que no puede. Sarnoski debe ser consciente de ello hasta cierto punto, y por eso la jugada fundamental de esta nueva <em>Muerte de Robin Hood</em> pasa por extirpar cualquier heroísmo que le quedara. <strong>Este Robin Hood, bastante más viejo de lo que fue Sean Connery, nunca ha sido nada parecido a un héroe</strong>, no necesita desengañarse como le pasó a la versión de Lester porque nunca fue más que un forajido y un asesino sin coartada: su mayor aprieto moral viene de comprobar cómo las canciones y la cultura popular le han convertido en alguien que no es, y de los mínimos remordimientos esperables a una vejez solitaria y apartada del mundo.</p><p>No diremos que <em>La muerte de Robin Hood</em> es una actualización oportuna del personaje —francamente, ¿necesitamos algo así a estas alturas?—, aunque sí parece ser lo que debe, lo que toca. <strong>Otra cosa es lo bien que funcione el enfoque de Sarnoski</strong>. A primera vista este director parecía adecuado para un proyecto así. Sus dos películas previas —la fabulosa <em>Pig</em>, la algo más discreta <em>Un lugar tranquilo: Día 1</em>— ya habían jugado con escenarios de catástrofe y derrota, habitados por personajes agotados que deambulaban con el ansia desesperada de encontrar una razón para seguir viviendo. En <em>Pig</em> era una cerdita la que determinaba los pasos de Nicolas Cage, en <em>Un lugar tranquilo</em> el deseo de comerse una pizza en el fin del mundo. El problema fundamental de <em>La muerte de Robin Hood</em> es que esta razón hipotética está totalmente diluida.</p><p>Ahora es <strong>Hugh Jackman</strong> quien interpreta a Robin Hood. Y tiene su gracia porque nos acordamos inevitablemente del citado (y horrendo) Robin Hood superheroico de Taron Egerton, <strong>estrenado cuando el género no daba la grima que da ahora</strong>. Entonces todavía podían estrenarse películas estupendas como <em>Logan</em> —protagonizada igualmente por Jackman antes de que destruyera del todo al personaje en <em>Deadpool y Lobezno</em>, la <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/hugh-jackman-vuelve-mutante-deadpool-lobezno-penoso-simulacro-pelicula_1_1848758.html"  >farsa correspondiente a la tragedia</a>—, y estas películas, aun queriendo ser crepusculares y “adultas”, se las apañaban para reivindicar unos valores, un disfrute por contar historias desde el ímpetu hipersticional: si seguíamos creyendo en la grandeza de los cómics, esta grandeza se haría realidad. <em>La muerte de Robin Hood</em> quiere efectuar, frente a <em>Logan</em>, el vaciado de estos remanentes, porque este Robin no tiene ningún heroísmo que recordar. </p><p><strong>Robin solo quiere, en fin, morir. Arrastrarse, buscar una zona cómoda donde expirar</strong>. Y puede ser una decisión tan interesante —seguramente a Sarnoski le haría ilusión que mentáramos cosas como el <em>Lancelot du Lac</em> de Robert Bresson, por su austeridad antiépica—, como finalmente arbitraria. Sarnoski se la ha jugado a que como espectadores contemporáneos miremos a este Robin Hood ferozmente contemporáneo —esa es una de las escasísimas virtudes del film— y <strong>nos preguntemos de qué sirve</strong>. Qué podemos sacar de él, ya que es un espejo de la nada y no se esfuerza en convencernos de que merece la pena observarle deambular, acompañarle en su muerte.</p><p>Y <em>La muerte de Robin Hood</em> es una película aburrida. Espantosamente, obscenamente aburrida. Tal es el resultado, y no lo es tanto por la voluntad crepuscular heredada de Lester y <em>Logan</em> como por la <strong>ausencia de un relato que estructure esta agonía</strong>, uno que Sarnoski ha sido incapaz de encontrar. La prueba está en cómo <em>La muerte de Robin Hood</em> transita por lugares ya vistos en <em>Robin y Marian</em> —Jodie Comer es la priora de un convento a poca distancia de los hábitos que había tomado Audrey Hepburn, mientras que la susodicha muerte vuelve a realizarse en términos similares a los de aquella balada—, <strong>sin lograr dar con una iconografía estimulante</strong>. </p><p>Sarnoski reutiliza los entornos desérticos y nublados de <em>Pig</em> y <em>Un lugar tranquilo</em> para ambientar la vejez de su personaje, en una continuidad estética que nuevamente (pese a antojarse adecuada para el material) se termina revelando de lo más estéril. <strong>Tras unos primeros minutos de violencia impactante y mal iluminada</strong> —lo necesarios para que Robin encare este viaje final— el film golpea al espectador con una arrítmica sucesión de diálogos apesadumbrados y secuencias rutinarias, que apenas rascan una mínima entidad psicológica. <strong>El film, en resumen, no saca partido del sugerente trabajo fotográfico</strong> o de la entrega de Jackman, y se resigna a esperar una muerte anunciada que, para cuando llega, parece más la prórroga de una siesta que el final de una existencia.</p><p>Se resigna, así las cosas, a una defunción totalmente carente de rebeldía. Lo que sin duda es lo peor que podía pasarle al personaje y la prueba, pese a todo, de que <strong>no hay mejor título para lo que acabamos de ver</strong> que <em>La muerte de Robin Hood</em>. Nunca una muerte había parecido tan definitiva. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 02 Jul 2026 04:00:51 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘La muerte de Robin Hood’, una deconstrucción del mito mortalmente aburrida]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘Letras robadas’, Nick Jonas y Paul Rudd se enfrentan por los derechos de autor (y por el significado del éxito)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/letras-robadas-nick-jonas-paul-rudd-enfrentan-derechos-autor-significado-exito_1_2213370.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2758d907-01e5-4643-80bf-e85f053e0022_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Letras robadas’, Nick Jonas y Paul Rudd se enfrentan por los derechos de autor (y por el significado del éxito)"></p><p>En las inmediaciones del tercer acto de <em><strong>Letras robadas</strong></em> asistimos a<strong> un anticlímax </strong>ciertamente frustrante. Ocurre al poco de que Rick Power (<strong>Paul Rudd</strong>) haya decidido viajar a Los Ángeles para pedirle explicaciones a Danny Wilson (<strong>Nick Jonas</strong>) por la canción que ha impulsado su carrera musical.<strong> </strong><em><strong>How to write a song</strong></em> es el título del <em>hit</em> y resulta que ambos lo compusieron juntos tiempo atrás, durante la memorable noche en la que se conocieron y forjaron algo parecido a una amistad. Pero Wilson no acreditó a Power.<strong> Le “robó” la canción</strong>, y esta traición ha devastado a Power. La escena a la que nos referimos, el anticlímax susodicho, alude a<strong> la reconciliación final de ambos</strong>.</p><p>Danny Wilson admite en uno de sus conciertos que <em>How to write a song</em> no es únicamente suya, para que acto seguido aparezca Power en el escenario y<strong> ambos interpreten el tema</strong>. Es una escena preciosa, definitivamente catártica… que sin embargo es falsa. <strong>Solo es un sueño</strong> que Power tiene en el vuelo Dublín-Los Ángeles. Su reencuentro real con Wilson será mucho más difícil, y las conclusiones se alejarán de lo que esperaba. O, desde luego, de lo que podía esperar un seguidor de <strong>John Carney</strong>. El anticlímax parece contradecir los intereses de este cineasta irlandés, aquellos que ha paseado durante<strong> varias comedias musicales</strong> desde hace 20 años, cuando estrenó <em>Once</em>.</p><p>El protagonista de aquella película, Glen Hansard, es el líder de la popular banda dublinesa The Frames. Y justamente Carney fue el bajista de una de sus formaciones previas, durante los años 90. Así que <strong>la música deviene central en su filmografía</strong>, y no solo la música sino el hecho de <strong>componerla y tocarla</strong>, pues Carney ha deducido que las relaciones humanas entabladas a la medida de estos verbos han de ser de lo más emotivas. Por supuesto, <strong>tiene toda la razón</strong>. Desde <em>Once</em>, y ayudado de una serie de canciones originales a cual más exquisita —normalmente compuestas por él en compañía de Gary Clark—, Carney ha construido <strong>una obra de eficacia demoledora</strong>.</p><p>Y lo ha hecho proclamando una y otra vez <strong>el poder de la música para construir vínculos</strong>. Dos músicos callejeros en <em>Once</em>, cantautora y productor en <em>Begin Again</em>, adolescentes marginados en <em>Sing Street</em>, una madre y un hijo en la oportunamente titulada <em>Flora y su hijo Max</em>… las relaciones siempre fluyen al compás de una expresión determinada de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/rondallas-daniel-sanchez-arevalo-demuestra-nuevo-rey-comedia-comercial-espanola_1_2120634.html" target="_blank">la </a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/rondallas-daniel-sanchez-arevalo-demuestra-nuevo-rey-comedia-comercial-espanola_1_2120634.html" target="_blank"><em>feel good movie</em></a> (de un cine cuidadosamente cursi y empeñado <strong>en hacerte sentir bien</strong>) que Carney ha aprendido a manejar a la perfección como director, guionista y propiamente músico. Por eso<strong> es tan disruptiva</strong>, y a tanto volumen, <em>Letras robadas</em>. En los primeros minutos, incluso, el personaje de Jonas le regala a Rudd una guitarra, tal y como Flora hacía con su hijo en el film anterior de Carney. </p><p>Esta guitarra es un regalo posterior a la larga secuencia en la que Power y Wilson, intercambiando alcohol y porros, se funden en <strong>una </strong><em><strong>jam session</strong></em> mostrándose sus canciones, tocándolas y haciendo sugerencias sobre la marcha. Forjando una amistad, en resumen, con tal espontaneidad y camaradería como para remitir a los mejores momentos de la filmografía de Carney, y<strong> producir velozmente esa emoción </strong>que con tanto denuedo busca como cineasta (¿como artista pop?). </p><p>El problema, claro, es que los minutos más logrados de <em>Letras robadas</em> preceden la traición, y a la película no le queda otra que hacer suya la angustia del personaje de Rudd, su desengaño y cómo este va mutando en <strong>rabia y desazón</strong>. Porque Power es un músico frustrado que toca versiones en bodas. Así es de hecho como ha conocido a Wilson, en el crepúsculo de su vida.</p><p><em>How to write a song</em> no ha sido solo, para él, la traición de alguien a quien consideraba un espíritu afín. También es un giro que a Power —justo el tipo de personaje, perdedor y entrañable, que <strong>Rudd ha nacido para interpretar</strong>— le lleva a reexaminar su vida, comparando el triunfo de Wilson con sus fracasos vitales así como las decisiones que un día tomó y le alejaron de ser<strong> la estrella de </strong><em><strong>rock </strong></em>que acaso estaba destinado a ser. Esta aceptación del fracaso es retratada al detalle en los minutos iniciales que presentan a Power junto a su banda actual, unos viejos rockeros cuyos años de optimismo creativo han quedado bien atrás, transmutados en<strong> inagotables </strong><em><strong>covers</strong></em><strong> de las canciones más trilladas del mundo</strong>. Power tiene razones de peso para odiar a Wilson, en definitiva.</p><p>Entonces, ¿qué nos dice todo esto del momento vital de Carney como narrador? ¿Acaso ha descubierto, con el paso del tiempo, que <strong>sobrevaloró la capacidad de la música para unir destinos</strong>? ¿Que la música, al estar mediada por lógicas mercantiles, a veces no es suficiente para paliar<strong> el egoísmo humano</strong>? Sin duda <strong>algo huele a viejo</strong> en el corazón de <em>Letras robadas</em>, y no cabe la menor duda de que Carney se identifica con el personaje de Paul Rudd. <em>Letras robadas</em> bien puede ser la película que haría un músico fracasado, como <strong>cuando Damien Chazelle dirigió </strong><em><strong>Whiplash</strong></em> una vez se había dado por vencido en el conservatorio. Pero hay una diferencia sustancial.</p><p>Y es que Carney es alérgico a la amargura. Por lo menos, es alguien que quiere mantenerse<strong> alejado en lo posible del cinismo</strong>, bien porque no va en su carácter, bien porque es consciente de que la eficacia de sus propuestas radica en esquivarlo y decantarse siempre por la ruta más luminosa. <em>Letras robadas</em> se acerca a ella en una escena que, sin embargo y para nuestra consternación, es un pasaje onírico, así que ha de dar <strong>un rodeo más</strong> para ello. Buscar la luz con un recorrido alternativo, aceptando que el paso del tiempo puede matizar el optimismo, y que todo cueste un poquitín más.</p><p>Es algo que le viene estupendamente a <em>Letras robadas</em>. Porque, mientras que <em>Flora y su hijo Max</em> evidenciaba<strong> cierto agotamiento de la fórmula</strong>, la nueva película de Carney no da nada por supuesto y se pregunta si la música (y, con ella, la amistad y el amor) puede resistir a los egoísmos que promulga la industria cultural, que el guion de Carney asocia a Wilson. Un personaje triste y trágico, en absoluto malvado de forma monolítica —por suerte el cineasta no cae en esa tentación— frente al que inevitablemente <strong>se reivindica el modo de vida de Power</strong>, y la forma de entender la música que ha ido madurando a lo largo de sus años de adultas desventuras.</p><p><strong>La música, entonces, sigue siendo capaz de modular relaciones</strong>. Que luego todo salga como salga no le quita la honestidad, el vértigo de la comunicación recién descubierta, a esa absorbente <em>jam session</em> de Paul Rudd y Nick Jonas. Y, sobre todo, no evita que Power haya formado su familia gracias a ella: <strong>una mujer y una hija </strong>por quienes decidió tomarse con más calma su carrera. Este tipo de apuntes argumentales centran <em>Letras robadas</em>, añadiendo a la ecuación la pregunta de si la trascendencia de la música se mide por el dinero o la cantidad de gente que escucha. La respuesta de Carney, naturalmente,<strong> es la más ingenua posible</strong>.</p><p>De esta forma, su última película coge cuerpo en <strong>una llamada al conformismo </strong>ciertamente anticlimática (volvemos a las frustraciones que entraña la relación de los dos protagonistas), para al mismo tiempo beneficiarse de todo<strong> lo inspirador y cotidiano</strong> que tenga dicho conformismo. Para tratarse de una trama considerablemente más elaborada que las obras previas de Carney, es admirable <strong>la ligereza</strong> que el cineasta logra conjurar. Hay una sensación de ingravidez, <strong>de plácida aceptación de cualquier eventualidad</strong>, que se traduce incluso en elementos tan llamativos como que <em>How to write a song</em> <strong>ni siquiera sea el tema más memorable de la banda sonora original</strong> del film, en favor de algunos de los versos sueltos que improvisa Rudd con la guitarra.</p><p>Mientras que el motor de Carney sigue rindiendo estupendamente y todo fluye al ritmo de <strong>canciones proverbialmente estimulantes</strong> —sin librarse, por otro lado, de algún artificio dramático demasiado estridente o de <strong>una realización ciertamente descuidada</strong> cuando no hay instrumentos de por medio—, <em>Letras robadas</em> nos permite conocer a Carney en lo que debe ser <strong>su fase otoñal</strong>.</p><p>Una fase tardía más interesada en una humildad existencial que, al atender a la música y su recepción antes que a su elaboración, recuerda a los logros de otra fabuloso melodrama reciente como era <a href="https://www.youtube.com/watch?v=JCgkpDbtP98" target="_blank"><em>Song Sung Blue</em></a>. Si ahí eran Hugh Jackman y Kate Hudson quienes, con <strong>su imitación de Neil Diamond</strong>, defendían que el poder de la música nada tiene que ver con la firma sino con la comunicación, aquí Rudd ha de entender algo similar, y conectarlo con una noción del éxito que le haga reafirmarse en estar viviendo <strong>la mejor vida posible</strong>, junto a su familia y sus amigos.</p><p>De tal forma que con su serenidad, al tiempo que con sus ligeros desvíos, <em>Letras robadas</em> se antoja un raro caso de <strong>obra formulaica que, sin embargo, cobija un avance expresivo</strong>. Carney, sin dejar de ser fiel a sí mismo, ha sabido renovar el calor que ya había fraguado de sobra en nuestros corazones con <strong>estas películas tan pequeñas y tan bonitas</strong>, hoy un paso más cerca de dar con<strong> la verdadera esencia </strong>de la música. Una búsqueda que desde luego es bien complicada, pero que sin duda nunca podremos completar solos. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 25 Jun 2026 04:01:26 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Letras robadas’, Nick Jonas y Paul Rudd se enfrentan por los derechos de autor (y por el significado del éxito)]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Películas,Cultura]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[‘Viva’, una exuberante y anárquica inmersión en todo lo que tiene de contradictorio vivir]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/viva-exuberante-anarquica-inmersion-contradictorio-vivir_1_2209891.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b36223b7-875a-499b-89ce-c5567016f525_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Viva’, una exuberante y anárquica inmersión en todo lo que tiene de contradictorio vivir"></p><p>Los millonarios y tecnooligarcas del presente tienen una coartada intelectual para todos sus excesos en lo que el filósofo Nick Land ha denominado<strong> Ilustración Oscura</strong>. Bajo este paraguas se sitúa el empeño compartido de edificar <em>freedom cities</em> (ciudades en medio del mar donde eludir la presión fiscal del Estado), posibilitar el viaje a Marte o, por supuesto, <strong>alcanzar la vida eterna</strong>. Esa es la gran obsesión de, por ejemplo, Peter Thiel, siniestro fundador de PayPal y Palantir. “Cuando muera ha establecido que debe ser criogenizado para señalar que hay una posibilidad abierta para la tecnología del futuro”, detalla Carlos Fernández Liria en su libro <em><strong>Contra la Ilustración Oscura</strong></em>.</p><p>“Es decir, la muerte ya no es encarada como una misteriosa condición existencial, sino como<strong> una deficiencia o una impertinente avería </strong>destinada a ser superada técnicamente”. El pensamiento compartido por el linaje de Thiel, Elon Musk y Silicon Valley apunta por tanto a una fe irredenta en la tecnología como contrapartida al rechazo a condicionantes terrenales, de los cuales creen que podrán distanciarse<strong> gracias al privilegio económico</strong>. Tanto la Tierra como la vida que entendemos —la que posee un inicio y un desenlace— <strong>se le quedan pequeñas a estas élites</strong>, rechazando la existencia de cualquier clase de final y contentándose con, más que una vida, una <em><strong>huida eterna</strong></em>.</p><p>Se trata entonces de alargar la vida sin ningún fin aparente, entendiendo “fin” aquí como desenlace… <strong>y como propósito</strong>. Resurge <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/domingos-adolescente-quiere-monja-marca-panfleto-accidental-iglesia-catolica_1_2084771.html" target="_blank">el nihilismo</a> que pende sobre otros rincones de la sociedad actual, y que buscando todo tipo de relatos acomodaticios se fundamenta en un amplio sentimiento de <strong>futuro cancelado</strong>. El planeta, en efecto, se muere, y eso no es lo peor sino que ni siquiera sabemos <strong>por qué motivo vivir</strong> lo que nos queda hasta que todo se muera. Una estructura de sentimiento que <em><strong>Viva</strong></em><strong> </strong>refleja desde tres ángulos: el paisaje, el trabajo y la experiencia concreta.</p><p>El paisaje: una sequía de signo distópico que asola Barcelona. El trabajo: un ambicioso proyecto científico para alargar<strong> los años de existencia humana</strong>. La experiencia concreta: una doctora que vive en Barcelona, que trabaja en el proyecto susodicho además de ser docente, y que acaba de superar<strong> un cáncer de mama</strong>. Estos tres ángulos confluyen en Nora (<strong>Aina Clotet</strong>) y se caracterizan por su definición negativa: la muerte acecha a todos ellos, determinándolos y amenazándolos. En <strong>la impactante escena inicial</strong> de <em>Viva</em> Nora descubre, para colmo, que puede tener un tumor en el otro pecho. El que le queda tras la mastectomía que debería haberle ayudado a superar el cáncer.</p><p>Así que la pregunta es sencilla a la vez que intimidante: <em><strong>por qué</strong></em><strong> aferrarse a la vida</strong>. Es la pregunta que la Ilustración Oscura no puede responder sin recurrir a <strong>un egoísmo categóricamente fascista</strong>, y la que mueve a Nora a comportarse de un modo tan errático como para <strong>desafiar cualquier empatía </strong>que pudiera inspirarnos su historial clínico. Debido a unas circunstancias que parecen a todas luces agónicas —la sequía como índice de un mundo al borde del colapso donde de poco va a servir <strong>alargar los años humanos</strong>—, y que ahora se ven asaltadas por la inquietud de un final todavía más cercano y directo, Nora siente que lo único que puede hacer es sumergirse en un “feroz <em>carpe diem</em>”. <a href="https://www.vogue.es/articulos/aina-clotet-entrevista-viva" target="_blank">Así lo ha descrito Clotet</a>, que además de su intérprete es<strong> la directora y guionista de </strong><em><strong>Viva</strong></em>.</p><p>Un feroz <em>carpe diem</em>. El propósito de vivir el presente de forma desenfrenada, ante la abismal consciencia de que todo se acaba. Así que Nora <strong>abraza la irresponsabilidad</strong>, le da la espalda a todo lo que no suponga un placer instantáneo, y vagabundea por el desierto barcelonés sin desechar ninguna pulsión, sin meditar nada ni darle media vuelta a quién podría hacer daño con esta conducta. El guion se centra sobre todo en <strong>sus caóticos avatares sentimentales</strong>: en cómo al poco de saber que la muerte no se ha alejado abandona a la pareja que le cuidó durante su convalecencia previa, para arrojarse a los brazos de un escultural bailarín mucho más joven que ella.</p><p>La puesta en escena de Clotet nos propone ajustarnos a la perspectiva de su protagonista y, si es posible,<strong> no juzgarla con dureza</strong>. Aunque, de hacerlo, tampoco perdería la película impacto por ello. La propuesta pasa por verlo todo con sus ojos, lo que implica tanto imaginar el rostro de su nuevo <em>crush</em> repetido entre los alumnos de su clase (en una escena bastante ridícula, todo hay que decirlo), como sentir que<strong> la sequedad de la tierra se coordina con la libido</strong>. Dentro de esta fusión del calor y el frenesí sexual, el deseo irrefrenable, Clotet alcanza momentos realmente valiosos, remitentes al <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/daniel-craig-entrega-forma-suicida-queer-lamento-soledad-luca-guadagnino_1_1922168.html" target="_blank">cine de Luca Guadagnino</a> y a una textura visual propia.</p><p><strong>La cálida fotografía de Nilo Mur</strong> modula el paisaje por el que se mueve Nora de forma claustrofóbica, debido a lo mucho que la protagonista se contagia de él y a cómo<strong> cada mala decisión resuena sobre la piedra y la arena</strong>. Fortalece en varios sentidos la sensación de que <em>Viva</em> sería como <strong>el </strong><em><strong>Sirat</strong></em><strong> barcelonés</strong>, rindiendo incluso <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/rave-resistencia-neoliberalismo-oliver-laxe-sacude-cimientos-cine-prodigiosa-sirat_1_2007012.html" target="_blank">mejor que Oliver Laxe</a> cuando toca <strong>problematizar su nihilismo</strong>, y las cuentas pendientes de aquella producción con el conflicto del Sahara occidental aquí se asientan en <strong>la crisis ecológica</strong>. Es decir, en el planeta terminal que viene vehiculando tanto las desmesuras de la Ilustración Oscura como <strong>la desorientación de Nora</strong>. </p><p>Porque, en cierto momento, el periplo de Nora pasa por desperdiciar dramáticamente el agua de la casa que comparte, en<strong> un gesto extremo de negligencia</strong>. Clotet asume que cada persona es un mundo y que cada persona puede hacer tanto daño a otra persona<strong> como al mismo mundo</strong>, sin por ello dejar de cederle margen de equivocación a su antiheroína. De hecho, y aunque la ficción de <em>Viva</em> se aparte de los cauces autobiográficos por los que pasan buena parte de las óperas primas del último cine español —el mayor rasgo en común que tiene Clotet con Nora es que su padre sea efectivamente un médico de enorme reputación en Cataluña, aquí con el rostro de <strong>Guillermo Toledo</strong>—, es significativa <strong>la visceral conexión</strong> que la cineasta persigue con el personaje.</p><p>Secuencias como la del hotel cerca del final, cuando termina de estallar la relación con Tom (Naby Dakhli) ejemplifican una meritoria entrega de Clotet a la protagonista, habiendo depositado en ella dudas existenciales de <strong>lo más interesantes y urgentes</strong>. Pues si bien <em>Viva</em> no es una historia de redención —es más bien una historia de<strong> confusión y vagabundeo</strong>, de ahí que los excesos y arritmias en el desarrollo se antojen inevitables—, la brújula ética que organiza Clotet (y que se comunica con todo lo que la protagonista tiene alrededor) <strong>sí es firme y dialogante</strong>.</p><p>Es, sobre todo, <strong>un ejercicio de libertad reflexiva</strong>, que no queda sino celebrar por muy pasada de vueltas que resulte en algunos compases del vagabundeo (los montajes musicales, <strong>su indefinición tonal de comedia romántica</strong>). Hay que celebrar <em>Viva</em> entonces por la independencia que ha salvaguardado Clotet, dándole un nuevo matiz al cine español que triunfa extramuros —su película ganó un premio revelación en<strong> la Semana de la Crítica del último Festival de Cannes</strong>, reclamando su propio foco junto a Rodrigo Sorogoyen, Almodóvar y los Javis— y un empaque mucho menos encorsetado que el visto <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/no-morire-amor-discreto-drama-domestico-impacto-familiar-alzheimer_1_2188191.html" target="_blank">en otros debuts</a> que hoy día atraviesan laboratorios y residencias.</p><p>Y hay que celebrar <em>Viva</em>, sobre todo, <strong>por venir cargada de presente</strong>. Por una ambición que no teme ahondar en cuestiones filosóficas de plena actualidad, por aceptar que no tiene las respuestas pero sí las preguntas, y por su lúcida asunción de que esto <em><strong>no puede ser todo</strong></em>. De que hay tanto vacío en la muerte singular como en ese nihilismo que llegue a separarnos de los demás según <strong>deseos inmediatos o caducos</strong>. <em>Viva</em>, por los caminos más enrevesados y caóticos, deduce que el sentido de vivir es que el vivir se acaba y que no hay que negarlo, sino asegurarse de que el placer que pueda llegar a proporcionar durante su brevedad tenga <strong>un valor auténtico y trascendente</strong>.</p><p>Nora, en algún que otro momento de su viaje, vislumbrará ese sentido. Comprenderá que no sirve de nada vivir si el motivo se reduce a una angustia egocéntrica, que<strong> no se trata de negar la muerte sino de afirmar la vida</strong>. Con un poco de suerte, dejando atrás a todos <a href="https://www.theguardian.com/us-news/ng-interactive/2025/apr/13/end-times-fascism-far-right-trump-musk" target="_blank">esos fascistas del fin de los tiempos</a>, quizá también lleguemos a comprenderlo junto a ella.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 18 Jun 2026 04:01:42 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Viva’, una exuberante y anárquica inmersión en todo lo que tiene de contradictorio vivir]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Películas,Cine]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘Iván & Hadoum’ es todo un paso adelante para la representación ‘queer’ del cine español]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/ivan-hadoum-paso-adelante-representacion-queer-cine-espanol_1_2207715.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8b446156-d766-4db1-8d71-faa16c0ac4e3_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Iván & Hadoum’ es todo un paso adelante para la representación ‘queer’ del cine español"></p><p>El aparente interés del cine español por <strong>la representación </strong><em><strong>queer</strong></em> tiene un molesto pecado original: dos títulos fundacionales cuyo recuerdo, a día de hoy, sigue siendo conflictivo, matizado por un aliento conservador. Por un lado está <em><strong>La llamada,</strong></em><strong> de 2017</strong>. Quizá ahí empezase todo. El fenómeno de los Javis, que alcanza su clímax este mismo año gracias al <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/javis-emparentan-bunuel-berlanga-saura-almodovar-exito-cannes_1_2198467.html" target="_blank">premio a Mejor dirección del Festival de Cannes</a>, fue inaugurado hace casi diez años por una sorpresiva alianza de <strong>la vocación religiosa con la sexualidad disidente</strong>. Si a día de hoy la religión parece tan pop, si pareciera <strong>renacer al ritmo de las redes sociales</strong>, ahí estaría <em>La llamada</em> como exponente iniciático.</p><p>Lo de <em><strong>Carmen y Lola</strong></em> es más grave. Antes de que se consagrara como cineasta con la victoria en los Goya de <em>La infiltrada</em> y un discurso de su productora llamado a <a href="https://www.20minutos.es/noticia/5682047/0/santiago-segura-se-queja-que-se-tilde-todo-como-ultraderecha-gente-se-le-ha-ido-pinza-totalmente-iros-cagar/" target="_blank">enfervorizar a la turba ultraderechista</a>, <strong>Arantxa Echevarría</strong> ya se había ganado ingentes reproches con <em>Carmen y Lola</em>. Un romance lésbico que también fue asimismo celebrado por la Academia en 2019, y que terminó de servir de desencadenante para <strong>una aglomeración de nuevas ficciones </strong><em><strong>queer</strong></em>… y planeando sobre ellas como ejemplo de <strong>la miopía de clase</strong> que bien podía acechar al movimiento. Porque el romance lésbico de <em>Carmen y Lola</em> se sucedía en el marco de una comunidad gitana, incurriendo en <strong>diversos estereotipos</strong> y articulándolos como baches para la emancipación de las protagonistas.</p><p>“Ahora podemos <strong>discriminar y rechazar aún más a los gitanos</strong> porque hemos visto, gracias a la película, que son homófobos y lesbófobos”. Javier Sáez abordó la cuestión <a href="https://www.pikaramagazine.com/2018/09/carmen-y-lola/" target="_blank">en </a><a href="https://www.pikaramagazine.com/2018/09/carmen-y-lola/" target="_blank"><em>Pikara</em></a>, proponiendo que Echevarría, como narradora alejada de estas vivencias, había incurrido en lo que denominaba <strong>“payonacionalismo”</strong>. “El espectador payo queda a salvo, no se cuestiona el patriarcado de su propia comunidad, ni <strong>la lesbofobia generalizada</strong> que existe en España por todas partes”. El peligro de <em>Carmen y Lola</em> radicaba, entonces, en asumir las violencias contra la experiencia <em>queer</em> como <strong>algo muy concreto y localizado</strong>, en franco desinterés por expandir el estudio del problema.</p><p>De modo que en estos dos casos fundacionales se aunaba <strong>la celebración acrítica</strong>, la despolitización de instituciones históricamente opresivas como la Iglesia católica, y sobre todo, la asunción voluntarista de una normalidad, de una tranquila convivencia al margen de escenarios específicos (o tan sumergidos en <strong>una cómoda otredad</strong>) como la cultura gitana. Y este viene a ser el peligro inevitable de cualquier ficción <em>queer</em>: aislar estas identidades en función del prejuicio interesado. Algo contra lo que felizmente se revuelven películas como <em><strong>Iván & Hadoum</strong></em>.</p><p>El efecto de dejar de lado este condicionamiento pasa por meter la realidad <em>queer</em> en burbujas cómodas y selectas que, ante la falta de problemas colindantes, generan una fuerte disonancia con respecto a lo que se pueda estar experimentando realmente, <strong>materialmente</strong>, en el Estado español. Por muchas ficciones pendientes del colectivo que hayan recorrido el audiovisual patrio —sobre todo entre 2022 y 2025—, lo cierto es que <strong>el auge ultraderechista</strong> y los crímenes de odio aparejados se mantienen impertérritos. Y apetece cada vez menos celebrar o aceptar esas burbujas de<strong> falsa seguridad</strong>.</p><p>Siendo una película con ideas valiosas, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/querida-senorita-actualiza-sobreexplica-pionera-representacion-intersex-cine-espanol_1_2177905.html" target="_blank">el reciente </a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/querida-senorita-actualiza-sobreexplica-pionera-representacion-intersex-cine-espanol_1_2177905.html" target="_blank"><em>remake</em></a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/querida-senorita-actualiza-sobreexplica-pionera-representacion-intersex-cine-espanol_1_2177905.html" target="_blank"> de </a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/querida-senorita-actualiza-sobreexplica-pionera-representacion-intersex-cine-espanol_1_2177905.html" target="_blank"><em>Mi querida señorita</em></a> no podía evitar que su desenlace se ubicara en una celebración del <strong>Orgullo madrileño</strong> a finales de los 90, encomendándose al optimismo del gesto y rehusando entrar en lo mucho que esta festividad se devaluaría en años posteriores precisamente a costa de <strong>su despolitización y su mercantilización</strong> (encontrando como respuesta la creación de <a href="https://www.instagram.com/p/DX6y86oDOpt/" target="_blank">un Orgullo crítico</a>). Porque tales son las tentaciones de estos discursos: no desafiar el <em>status quo</em> y reafirmar el carácter nacional español como un ente <strong>abierto y tolerante</strong>, cuyas beligerancias pertenecen al pasado.</p><p>La mejor baza para evitarlo reside, simplemente, en <strong>la interseccionalidad</strong>. <em>Te estoy amando locamente</em> (2023) es uno de los mejores exponentes de este nuevo cine <em>queer</em> español que, caracterizado por <strong>su afán populachero y el encaje industrial</strong>, ha venido fluyendo a partir de la dupla <em>La llamada/Carmen y Lola</em>. Lo es gracias a su vocación aglutinante, absorbiendo siglas y proyectándolas al activismo callejero sin que la solemnidad de sus objetivos implique que <a href="https://www.youtube.com/watch?v=N5UKsTWXzmI" target="_blank">tengamos que dejar de bailar a Rigoberta Bandini</a>.</p><p>Teniendo fresca la euforia de <em>Te estoy amando locamente</em> —junto a la complejidad dialéctica de <em>Maspalomas</em> y los diversos (auto)descubrimientos que retrataban <em>20.000 especies de abejas</em>, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/extrano-rio-debut-sensorial-desigual-claret-muxart-funde-adolescencia-naturaleza_1_2070933.html" target="_blank"><em>Extraño río</em></a> y <em>Muy lejos</em>—, nos topamos felizmente con un cine <em>queer</em> que se ha ido preocupando de la contextualización y <strong>el encuentro con el otro</strong>. Un cine <em>queer</em> que, por lo demás, tiene una adición muy estimulante en el primer largo de<strong> Ian de la Rosa</strong>. El director de <em>Iván & Hadoum</em> compitió con sus dos cortometrajes previos en Cannes y los Goya. <em>Victor XX </em>exploraba el género desde un punto de vista autobiográfico, y más tarde <em>Farrucas</em> no se iría muy lejos de ahí.</p><p>Así es como el proyecto final de De la Rosa quiso ceñirse simultáneamente a su experiencia <strong>como hombre trans en un pueblo de Almería</strong>, en paralelo a la situación de las <strong>comunidades migrantes</strong>. La combinación de ambas preocupaciones ha acabado por tomar<strong> un molde shakesperiano</strong>: <em>Iván & Hadoum</em> adapta un esquema estilo<strong> </strong><em><strong>Romeo y Julieta</strong></em><strong> </strong>para narrar el dificultoso romance entre un chico trans a punto de ser ascendido como gerente de un invernadero (<strong>Silver Chicón</strong>), y una compañera de trabajo marroquí (<strong>Herminia Loh</strong>) empeñada en defender sus condiciones laborales frente a unos jefes con los que su amante ansía congraciarse. En este contexto, la identidad <em>queer</em> de Iván solo es uno de tantos <strong>condicionantes de clase</strong> que registra De la Rosa.</p><p>La narrativa de <em>Iván & Hadoum</em> es consciente de que, en el momento que hay intersección, <strong>hay contradicción</strong>. Y de que está bien que así sea. El personaje de Chicón, gracias a su amistad con la clase dominante, considera que está parcialmente a salvo de la transfobia —o que al menos, si bien le sigue costando socializar, tiene apoyos para<strong> eludir la violencia</strong>—, lo que a su vez redobla la servidumbre hacia los líderes de la empresa y ha de separarle inevitablemente de Hadoum. Ella no está en absoluto a salvo del racismo, ni puede sobreponerse a las condiciones de pobreza de su propia familia: las mismas que la empujan a<strong> la lucha sindical</strong> y recrudecen el conflicto.</p><p>El guion de De la Rosa se centra entonces en las dudas de Iván mientras va desplegando una estructura dramática llena de recovecos, donde tan fácil es hallar chispazos de armonía como pequeños roces y disputas. Reclama para sí<strong> una agradecida complejidad</strong> —hasta cierto punto excepcional en este tipo de ficciones, que no suelen contar con tantos ingredientes—, a la vez que dirigida hacia coordenadas clásicas. Porque no dejamos de hablar de Shakespeare, en efecto, tanto como de exhortaciones a la dignidad. El arco de Iván se pregunta justo por eso: de qué forma puede mantenerla, de qué forma <strong>puede respetarse a sí mismo</strong> y que le respeten quienes más le importan.</p><p>Con esta mezcla de elementos canónicos e inusuales, <em>Iván & Hadoum</em> se revela como una narración de intenciones transparentes (quizá, ligeramente previsibles). Se introduce en las ligas de Ken Loach y de <strong>un cine social</strong> cuya genealogía trasciende con mucho<strong> la reciente explosión </strong><em><strong>queer</strong></em>, y a su favor cuenta tanto con las peculiaridades de la experiencia retratada, como con unas formas que buscan canalizar <strong>el vértigo romántico </strong>dentro de un ambiente tan viciado, con tantas fuerzas cruzadas.</p><p>Este aparato visual comporta alguna irregularidad que otra —sobre todo, alguna fuga abstracta que no termina de funcionar— pero, al menos, se distancia de las últimas óperas primas del cine español, que tan encorsetadas parecen a fuerza de haber atravesado <strong>laboratorios de guion y tutorías contumaces</strong>. Puede que De la Rosa tampoco se haya librado de pasar por estos lugares —así lo insinúa el desarrollo algo mecánico de la película, sobre todo llegada su parte final—, pero el joven director puede enorgullecerse al menos de controlar completamente el film cuando más importa: cuando los amantes se encuentran,<strong> cuando se redescubren</strong>.</p><p>Así es que <em>Iván & Hadoum</em> cuenta con <strong>una secuencia de sexo</strong> que bien podría ser ya historia del cine <em>queer</em> español: un intervalo frente al mar tan armonioso como desafiante en su ternura y gesto indómito. Una secuencia tan libre, a la vez que recargada de significado, que lleva a pensar en los asertos de Vicente Molina Foix <a href="https://cinedivergente.com/visibilidad-lgtbi-en-el-cine-espanol/" target="_blank">que parafraseaba Manu Argüelles</a>: “El cine <em>gay</em> se consolidará cuando <strong>no haya que utilizar la etiqueta</strong>”. Es lo que apunta a hacer <em>Iván & Hadoum</em>, porque no parece haber etiquetas suficientes para definir su propuesta. O, por lo menos, etiquetas que no parezcan redundantes si asumimos que <strong>estamos hablando de clase</strong>. Y que con eso ya hablamos de todo lo existente.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 14 Jun 2026 04:01:24 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <title><![CDATA[Spielberg nos recuerda en ‘El día de la revelación’ en qué merece la pena creer en plena era conspiranoica]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/spielberg-recuerda-dia-revelacion-merece-pena-creer-plena-conspiranoia_1_2206720.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/788fa9a6-ae1b-4a9c-977d-620b6fe3a79c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Spielberg nos recuerda en ‘El día de la revelación’ en qué merece la pena creer en plena era conspiranoica"></p><p>Con la posible excepción de <em>Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal</em>, todas las historias de Steven Spielberg sobre alienígenas antes de <em>El día de la revelación</em> han sido metáforas. <em>Encuentros en la tercera fase</em> era un <strong>viaje a través del autodescubrimiento artístico</strong> con el que hacía justicia a los inicios de su carrera —cuando a mediados de los 60 había debutado con una película casera de ambición desmedida, <em>Firelight</em>, ya dedicada entonces a la confraternización alienígena—, mientras que E.T. El extraterrestre exorcizaba una infancia traumatizada. Y, por último, <em>La guerra de los mundos</em> acometía una <strong>radiografía del </strong><em><strong>shock</strong></em><strong> estadounidense tras el 11 de septiembre</strong>. </p><p>No es de extrañar que un cineasta tan interesado en los ovnis haya acostumbrado a <strong>utilizarlos como excusa para hablar de otras cosas</strong> porque, en fin, la ufología siempre ha consistido un poco en eso. Desde finales del siglo XIX, antes de que H.G. Wells ideara su visión original de <em>La guerra de los mundos</em> como una crítica al imperialismo británico. Entonces los primeros avistamientos se limitaban a <strong>cuerpos celestes ciertamente reconocibles</strong> <strong>para los estándares culturales</strong> de la época: su diseño solo parecía, entonces, levemente más avanzado que los primeros dirigibles. La imaginación ufológica no se iba muy lejos de lo que hubiera alcanzado la ciencia entonces, en una dinámica que se iría repitiendo a lo largo del siglo posterior. Intensificada, claro, por esos conflictos bélicos donde la carrera tecnológica/armamentística devenía central, propulsada hacia las estrellas.</p><p>Así que no es ninguna casualidad que la II Guerra Mundial y la Guerra Fría enmarquen los puntos cumbre del rastreo de platillos volantes, del incidente de Roswell en 1947 a la obsesión por el Área 51 avivada en 1989 por Bob Lazar. La preocupación por la existencia de los aliens —y, a veces más importante, por lo mucho que las altas esferas están empeñadas en ocultarla— se acelera en <strong>momentos de incertidumbre, momentos donde el presente se tambalea</strong> y precipita la desconfianza hacia los constructos sociales junto al cuño de nuevos relatos que puedan canalizarla. La ufología sirvió muy bien a estos objetivos, hasta que en 2019 pasó algo trágico. El movimiento “<a href="https://www.clarin.com/mundo/-invadamos-area-51-broma-misteriosa-base-podria-terminar-desastre_0_i0ttFDr.html"  >Invadamos el Área 51, no pueden pararnos a todos</a>”, según el cual varios creyentes en los ovnis ocuparían esta instalación gubernamental, fue un sonado fracaso. <strong>Un ridículo mortal</strong>.</p><p>Y entonces vendría la pandemia. Y, en tanto que teoría de la conspiración, la ufología quedaría totalmente desfasada. Perdida en medio de una miríada de <strong>nuevos relatos igual de excéntricos pero mucho más agresivos</strong>, más beligerantes con el presente. Se pasó de los platillos volantes a los chemtrails. La conspiranoia legó nuevos y peligrosos cultos como el Q-Anon o, bajo la urgencia del coronavirus, los dictados antivacunas. De modo que hoy día, a la hora de querer retomar su pasión por los aliens (o por la metáfora de los aliens), Spielberg lo tenía todo en contra. No solo porque la ufología haya perdido aplomo en la tribuna pública, sino porque la conciencia colectiva, mundial, deviene segregada en un <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/bugonia-lanthimos-emma-stone-rien-conspiranoia-eficaz-comedia-macabra_1_2092839.html"  >catálogo inabarcable de sectas y creencias</a> reforzadas. </p><p>¿El día de la revelación? Spielberg se ha empeñado en titular así esta nueva película y su <strong>actitud parece entre arrogante y tristemente ingenua</strong>: en todo caso, el mundo actual solo sería capaz de albergar “un día con revelaciones”. Una pluralidad caótica, por cuanto hoy por hoy no existen garantías de que la humanidad vaya a ponerse de acuerdo en mirar a un mismo sitio. Así que el esfuerzo de Spielberg, con un paisaje así, <strong>no deja de ganar connotaciones</strong>. Puede ser valiente, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/megalomania-megalopolis-bochornosa-genial-inmolacion-director-padrino_1_1875138.html"  >puede ser metamoderno</a> en su vocación de prensar todos los relatos en uno solo. Y también puede ser tremendamente irresponsable desde el punto de vista político. De esto parece haber sido consciente.</p><p>Así que ha tomado precauciones. La principal es que ya no hay metáfora que instrumentalice el contacto con los aliens: <em>El día de la revelación</em> va realmente de un contacto con los aliens y eso es todo: la revelación es tan sencilla como que no estamos solos en el universo y al fin va a hacerse público. Ahora bien, la importancia de esta revelación va más allá de la revelación en sí. <strong>No es contingente ni ocurre en cualquier momento, ocurre ahora</strong>. Cuando más la necesita el mundo, con la mirada perdida en multitud de direcciones que precisan converger. En <em>El día de la revelación</em> es necesario además porque hay un conflicto geopolítico en ciernes. Conscientes de lo peliagudo que es esto, <strong>Spielberg y el guionista David Koepp imaginan un enfrentamiento con Corea del Norte</strong>. Acaso razonan que hoy es el lugar más fácil de mirar, con la imagen más plana y distante.</p><p>Seguimos, en fin, instalados en una subjetividad yanqui, que de forma voluntarista <strong>extrae algunas nociones así como esenciales del atolladero global</strong> de nuestros días (hasta que Donald Trump tenga una nueva ocurrencia). No merece la pena darle muchas vueltas a ello —<em>El día de la revelación</em> pertenece a las mismas coordenadas idealistas/escapistas de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/mision-imposible-sentencia-final-excelente-cierre-mejor-saga-accion-historia-hollywood_1_1999229.html"  ><em>Misión imposible: Sentencia final</em></a>— , aunque sí reparar en otra precaución algo más jugosa: una relectura de la psicosis anti-estatal que siempre había guiado la imaginación ufológica.<strong> “El gobierno nos miente”, y demás</strong>. Con la que está cayendo no es necesario desacreditar más al Estado, así que El día de la revelación nos plantea que el problema no ha sido tanto del gobierno como de una empresa privada que lo secuestró.</p><p>¿Podríamos respirar aliviados, en ese sentido, de que ningún indeseable vaya a apropiarse del trasnochado mesianismo de <em>El día de la revelación</em>? Aun asumiendo que algo así pudiera suceder —que una película tan romántica y llegada de otra época como la de Spielberg hallara encaje fértil en las infinitas paranoias contemporáneas—, pasa que <strong>hablamos sobre todo de una película de autor</strong>, que solo le rinde las cuentas imprescindibles (las ya citadas, básicamente) al presente. El temperamento artístico de Spielberg ha cimentado su película alrededor de la necesidad de creer —se ha abalanzado al “quiero creer” noventero de <em>Expediente X</em>, vaya—, y de una fe primordial que dentro de su cine ha transitado alternativamente de la religión a los extraterrestres.</p><p>Ambos entes resultan ser complementarios en <em>El día de la revelación</em>: posibles remedios contra la enfermedad del último hombre nietzscheano —ese al que, cuando se murió Dios, no se le ocurrió otra cosa que <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/domingos-adolescente-quiere-monja-marca-panfleto-accidental-iglesia-catolica_1_2084771.html"  >volverse nihilista</a>— que en la esfera del presente <strong>se antojan tan problemáticos a efectos políticos como nutritivos a nivel cinematográfico</strong>. La temeridad no solo cobra forma en el rostro de Eve Hewson como una antigua novicia que perdió la vocación y duda si la humanidad necesita saberlo todo —su personaje es el más interesante del film, aunque no el mejor utilizado—, sino que se proyecta un torbellino expresivo que justifica cada halago que haya recibido nunca Spielberg como gloriosa metonimia de todo a lo que puede aspirar Hollywood.</p><p>Lo cierto es que, como narración audiovisual, <em>El día de la revelación</em> es un escándalo. Un <strong>derroche de virtuosismo</strong>, de soluciones audaces de planificación, de atemperamiento de fuerzas emotivas, que confluye admirablemente con la necesidad de la trama por empujarnos hacia el momento decisivo. La impaciencia que sienten <strong>Josh O’Connor </strong>y<strong> Emily Blunt</strong> en sus dos fenomenales composiciones como mensajeros de la verdad contagia cada apartado de la producción, la sumerge en un frenesí apabullante —<em>El día de la revelación</em> es, a grandes rasgos, una persecución de dos horas y media—, que no se libra de trastabillar sin embargo por un guion que podría haber definido mucho mejor algunos de sus rincones, y que a veces sepulta a la película en una ingrata inercia.</p><p>Elementos como los poderes que Blunt recibe como emisaria o la naturaleza de cierto <strong>talismán heredado de los alienígenas</strong> adolecen de falta de reescrituras. Tanto como una transición hacia el tercer acto que aunque sirva de bello homenaje de Spielberg a sus pálpitos infantiles —mezclando <em>Encuentros en la tercera fase</em> con el aliento nostálgico de <em>Los Fabelman</em>— no rectifican la sensación de que <em>El día de la revelación</em> es una narración más guiada por el sentimiento a flor de piel que por la construcción meticulosa. <strong>Lo que tampoco llega a ser muy grave</strong>. Se dignifica por la energía del conjunto, por la visión segura y grandilocuente de quien, habiendo sido el más grande de los narradores, no puede concebir que el ejercicio de narrar se vulgarice. </p><p>Porque es lo que, en sus ángulos más brillantes y conmovedores, proclama <em>El día de la revelación</em>. Que lo grave no es tanto que hayamos dejado de mirar a las estrellas como que hayamos depositado la mirada en otros lugares anecdóticos, <strong>conformándonos con lo fácil y lo cercano mientras el mundo se fragmentaba de forma irreparable</strong>. Tanta preocupación hay por esta tesitura, por un presente que el viejo Spielberg no entiende del todo —y tal vez sea mejor así—, que todo acaba replegándose no tanto sobre la dualidad entre creer y no creer, como sobre la simple voluntad de creer. Pero creer en las cosas que lo merecen. No solo en el cine de Spielberg, sino también en la trascendencia compartida de la humanidad y el universo. Que a veces, de forma milagrosa, parecen lo mismo.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 11 Jun 2026 04:01:03 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <title><![CDATA[‘He-Man y los Masters del Universo’, firme candidato a peor taquillazo del año]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/he-man-masters-universo-firme-candidato-peor-taquillazo-ano_1_2203271.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/365b2816-07eb-4b47-8984-95224831421c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘He-Man y los Masters del Universo’, firme candidato a peor taquillazo del año"></p><p>El daño que Marvel le ha infligido a la industria del cine es bastante incalculable. Le bastó poco más de una década para ello, entre que <em>Iron Man</em> inaugurara la franquicia en 2008 y <em>Vengadores: Endgame</em> cerrara la Saga del Infinito en 2019. Causa vértigo pensar en todas las carreras de prometedoras estrellas que <strong>quedaron truncadas</strong> (no a nivel económico, claro) por sus disfraces y sus contratos de varias películas. También es desagradable reparar en cómo la obsesión por la serialidad y la dependencia de la propiedad intelectual que marcan hoy el <em>blockbuster </em>vienen de ahí. O resignarse ante la imposibilidad de que el espectáculo apoyado en efectos digitales vuelva a causar un mínimo asombro, tras la <strong>carrera tecnológica emprendida entre los 70 y los 2000</strong>.</p><p><strong>El </strong><em><strong>blockbuster </strong></em><strong>está en crisis</strong> porque ya no emociona, porque ya no es excepcional. ¿Cómo va a hacerlo, cómo podría serlo, si cada <em>blockbuster </em>es la antesala a otro mediando escena poscréditos, y el avance del CGI —la imagen generada por ordenador— está congelado en función a <strong>producciones descuidadas y funcionariales</strong>, donde más que por el sentido de la maravilla se aboga por un sentido del reconocimiento? La fruición por la secuela y la IP —la propiedad intelectual— viene de aquí, del desinterés por el riesgo y el acomodo del público, y por supuesto que hay otros culpables aparte de Disney o Kevin Feige en tanto a director creativo de Marvel Studios. Simplemente es inevitable centrar en ellos gran parte de los lamentos, sobre todo cuando la enfermedad se enquista, y descubrimos nuevas consecuencias de su tóxico imperio.</p><p>Ocurre entonces que <strong>la infección de Marvel Studios llega incluso a ser autoral</strong>. Porque hay algunos cineastas que han militado en sus filas y lo han hecho con una personalidad propia, que al dialogar inmejorablemente con los presupuestos de Marvel posibilitaron una combinación letal. Ahora mismo en Marvel no hay autores —como no contemos la continuada labor de terrorismo audiovisual de Joe y Anthony Russo—, pero hubo un tiempo en que sí hubo algo parecido.</p><p>Joss Whedon, James Gunn, Taika Waititi. Cuando hablamos de plantilla de Marvel también hablamos de sus temperamentos creativos entrelazados. Whedon se traía su whedonismo, la sorna pop tanteada en<em> Buffy cazavampiros </em>que hoy retienen títulos como <em>Proyecto Salvación</em> —una de tantas películas que promueven engañosamente un nuevo horizonte para el <em>blockbuster</em>—, mientras que <strong>Gunn aportaba una introspección psicológica alineada con un creciente estudio del lenguaje del cómic</strong>. Esto último, en el caso de Waititi, quedó reforzado por un estallido de colorines que podía ser muy convincente a la hora de disimular lo esquelética que se iba quedando la plantilla de Marvel. Tanto Gunn como Waititi añadieron, para rematar la jugada, mucho rock viejuno.</p><p>Y amplificaron el daño. Una <strong>reformulación de los atractivos estéticos marvelitas</strong> que ni siquiera tenía que ceñirse al superheroico —aunque Gunn ha preferido quedarse ahí, y quizá por ser el más honesto de los cineastas citados sigue siendo capaz de brindarnos alegrías como su último Superman—, para afianzarse en otros terrenos, otras coordenadas del cine IP que según va alejándose de las viñetas debe tantear otras fuentes. <strong>Videojuegos, juguetes, juegos de mesa…</strong> franquicias multimedia, en fin, que si se arriman lo bastante a este código fuente alcanzarían a disimular que solo son artefactos robóticos sin capacidad real de competir con cualquier cosa que vomite la inteligencia artificial. Es lo que intenta la nueva Masters del Universo. Sin lograrlo.</p><p><em>He-Man y los Masters del Universo</em> es otro caso de cine IP tan definido por sus condiciones corporativas que más que en salas debería proyectarse en una reunión de accionistas o como si fuera un anuncio de televisión de tantos, para vender juguetes en vísperas de Navidad. A primera vista, más que en el amasijo de simulacros narrativos de Marvel nos recordaría a <em>Barbie</em>: <strong>otra</strong> <strong>orgullosa película-anuncio con la que comparte empresa juguetera</strong>, Mattel. Su CEO Ynon Kreiz dijo en el verano de 2023, al poco de que <em>Barbie </em>hubiera empezado a arrasar, que tenían previsto hacer hasta 45 películas más basadas en sus juguetes. Es una amenaza a la que aparentemente le ha costado coger forma, porque en estos tres años solo han podido hacer esta Masters del Universo.</p><p>No se han alejado mucho de <em>Barbie </em>para ello. La intención de hacer otra película en acción real de esta línea de juguetes —luego de un film de serie B de los años 80 con Dolph Lundgren que por supuesto es homenajeado en la obra que nos ocupa— lleva mucho tiempo desfilando por los despachos de Hollywood. <strong>Ha dejado multitud de posibles directores por el camino</strong>, y parece haberse concretado gracias justamente al influjo de la muñeca de Mattel: Greta Gerwig planteó su adaptación como un anuncio que se burlaba de sí mismo y es más o menos lo que hace Masters del Universo. Consciente de la <strong>ridiculez de su universo y sus personajes</strong>, la película nunca se toma en serio para, desde esta distancia segura, perseguir la complicidad del espectador. </p><p>Lo peor no es que sea una estrategia cobarde —y, a estas alturas, más que sobada— sino que no hay más decisiones al margen de esta. Las lecturas más voluntaristas apuntarían al director y guionista contratados para que <em>He-Man y los Masters del Universo</em> reclamara algún tipo de distinción: <strong>dirige Travis Knight y escribe Chris Butler, ambos llegados de un estudio de animación tan prestigioso como Laika</strong>. Sus marcas respectivas pretenden implantar una narrativa concreta: han concebido su adaptación de <em>He-Man y los Masters del Universo</em> como una película de dibujos animados, llena de color y reminiscente a la popular serie de Filmation emitida a principios de los 80.</p><p>¿Es, entonces, <em>He-Man y los Masters del Universo</em> cine de animación camuflado? <strong>¿Una bufonada adorable y festiva, cuyos personajes quisieran parecer dibujitos antes que seres de carne y hueso? </strong>Posiblemente es lo que le gustaría ser y lo que algunas críticas desesperadas le concederían (¿quién podría culparles a estas alturas, por otro lado?), pero va a ser que no. Está dirigida por Travis Knight, sí, pero en este caso su firma aludiría, antes que a la celebración artesanal de Kubo y las dos cuerdas mágicas, al hecho de ser el hijísimo del fundador de Nike y un ejecutivo todoterreno.</p><p>Porque <em>He-Man y los Masters del Universo</em> es otra <strong>emanación de tantas de un sistema en bancarrota</strong>: un producto deshumanizado que se aferra a estrategias de éxito probado para ir encadenándolas todas sin imaginación ni vergüenza alguna. En su propósito de regurgitar cualquier cosa que se mueva ahora mismo en Hollywood el anuncio listillo de <em>Barbie</em> se le queda pequeño, y ha de recurrir a Marvel. <strong>Siguiendo la estela de artefactos previos como </strong><em><strong>Dungeons & Dragons: Honor</strong></em><strong> </strong><em><strong>entre ladrones</strong></em><strong> o </strong><em><strong>Borderlands</strong></em> —con cuya miseria extraordinaria parece querer batirse esta He-Man—, la producción de Mattel vuelve a rebuscar en el legado de Whedon, Waititi y Gunn, a la espera de que el cinismo chatgepetero de la operación se transmute en encanto y jovialidad.</p><p>Así que ahí tenemos a Nicholas Galitzine como el príncipe Adam: <strong>actor penoso</strong> que por supuesto se crecerá en sus flaquezas haciendo de guapo tontorrón que no puede gritar con confianza aquello de “por el poder de Grayskull”. Y a una <strong>Alison Brie que no sabe dónde meterse</strong>. Y a un <strong>Idris Elba que nunca va a cansarse de acumular chatarra en el currículum</strong>. Y también a Jared Leto, este ofreciendo casi lo único de Masters del Universo que no sería completamente deleznable (que ya hay que fastidiarse), gracias a la atolondrada expresividad de su Skeletor. </p><p>Todo este reparto, embutido en <strong>trajes horteras de los que se burlarán los propios personajes</strong>, ha de arrastrarse por una duración que además resulta intolerablemente extensa. Porque la película se ambienta en su mayor parte en Eternia, el planeta donde Adam ha de combatir a Skeletor, pero también hay bastante metraje en nuestro planeta sin apenas justificación argumental: solo sirve para sumar minutos, <strong>meter temas ochenteros</strong> y alumbrar chistes sobre la difícil inserción terráquea de Adam. En este caso para encima exhibir un leve talante anti-woke ironizando con los pronombres de He-Man y la jefa racializada que tiene que aguantar. <strong>Por si fuera poca la infamia</strong>.</p><p>Poco después desfilan los <strong>chistes sobre la masculinidad</strong>, se alivia cualquier gravedad dramática para aceptar el mamarracheo, y la película completa su transformación en un trasnochado híbrido de Gunn y Waititi. <em>Guardianes de la galaxia</em> se da la mano con las películas de <em>Thor</em>, los cromas de colores chillones se alinean con presuntas <em>splash pages</em> de cómic, y todo fructifica en una alegría tan impostada como finalmente temblorosa. La contundencia esporádica de algunos golpes en las peleas no logra disimular que <strong>la planificación es nula, que el guion es terrible</strong>, y que la valía de la firma de Knight y Butler solo es un efecto visual de tantos, tan cutre como cualquier otro.</p><p>La sensación final que depara <em>He-Man y los Masters del Universo</em> es una <strong>mezcla de indignación y hastío</strong>. Y también mucha angustia, angustia lacerante por el hecho de que ya hemos perdido la cuenta de todos los años que llevamos con este <em>blockbuster </em>falso y degradado. Con esta agonía interminable. Esta muerte que no llega.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 04 Jun 2026 04:01:19 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘He-Man y los Masters del Universo’, firme candidato a peor taquillazo del año]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Películas,Cine]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘¿Qué te dice esa naturaleza?’, una joya más a cargo del director coreano más ridículamente prolífico]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/dice-naturaleza-joya-cargo-director-coreano-ridiculamente-prolifico_1_2198963.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/408e49fa-dfb3-47c2-9d03-e8e6e43e2d8a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘¿Qué te dice esa naturaleza?’, una joya más a cargo del director coreano más ridículamente prolífico"></p><p>Una de las grandes señas de estilo de <strong>Hong Sang-soo</strong> es el zoom. Resulta fácil de percibir incluso mediando un público neófito, que se esté arrimando por primera vez a la extensísima filmografía del coreano. Porque este zoom no es gradual ni se ajusta suavemente a algún signo de la trama. Parece más bien caprichoso y, sobre todo, <strong>irrumpe tan ruidosamente que no hay forma de escapar de él</strong>. Guía la atención de un modo casi despótico, hacia adelante o hacia atrás, <em>zoom in</em> o <em>zoom out</em>. Y es tan desestabilizador, fundamentalmente, porque llega en el marco de larguísimas tomas fijas. Conversaciones plácidas entre tres o cuatro personajes que se van extendiendo en el tiempo, solo interrumpidas cuando alguien pide un poco más de sake. O cuando llega el susodicho zoom.</p><p>La capacidad enfática del zoom de Hong ha llegado a ser proclive al meme, cómo no. En <em>La mujer que escapó, </em>de 2020, el zoom <strong>privilegiaba la visión de un gato adorable</strong>, bromeando sobre la rúbrica del coreano sin por ello atentar contra el principio, más o menos riguroso, que guía estos bruscos acercamientos o alejamientos. El zoom de Hong se revelaría como la <strong>punta de lanza de una exploración constante</strong> y de, a la vez, una mirada capaz de alterar el ritmo interno de cualquier secuencia en función al pálpito y la intuición. Una escena de <em>¿Qué te dice esta naturaleza?</em>, el nuevo film que Hong estrena en España —ocho títulos median entre esta película y <em>La mujer que escapó</em>— podría ser tan ilustrativa de esto como lo ocurrido con el gato. Aunque no tan graciosa.</p><p>Donghwa (Ha Seong-guk) acaba de conocer al padre de su pareja (Kwon Hae-hyo), y ambos han salido a pasear por el monte. Se sientan, conversan, y en un momento dado <strong>Donghwa se queda solo contemplando el horizonte</strong>. Entonces saca su cuaderno, Hong procede a su <em>zoom out</em>, y el joven se pone a escribir. Una vez vuelve el padre de la novia, trae con él un <em>zoom in</em> que acerca el plano a ambos personajes mucho más que en la composición original, antes de que se separaran. Ya que el joven protagonista es poeta, y que se ha puesto a escribir inspirado por la visión de esa naturaleza, la lectura parece obvia. El zoom reflejaría su aliento poético. Hong se estaría identificando con Donghwa, como tantos otros protagonistas previos de su obra que son escritores y directores de cine.</p><p>Siendo obvia, <strong>esta lectura entraña problemas</strong>. Aceptando alegremente que ese último <em>zoom in</em>, tan anclado en la subjetividad del protagonista, obedece a una forzada resituación en el ahora tras haber dejado volar la imaginación, ¿merecían estas vistas tan excitada escritura? Conviene subrayar, en este punto, que el <strong>desaliño de Hong no se limita de un tiempo a esta parte a la distancia focal</strong>: en los últimos años ha ido recurriendo a una fotografía cada vez más pobre. Ni siquiera hablamos de ocurrencias estilo Radu Jude, que filmó la excelente <em>Kontinental ‘25</em> con un iPhone: Sang-soo utiliza cámaras desfasadas, sustancialmente peores de las que dispondría hoy día cualquier usuario promedio de un teléfono móvil. La capacidad entonces de <strong>registrar imágenes con matices y cualidades cinematográficas se ha reducido mucho</strong>, y Hong parece divertirse de lo lindo con ello. Buena parte de otro de sus últimos films, <em>In Water</em>, estaba totalmente desenfocada.</p><p>Así que, ¿cómo es la naturaleza que ha visto Donghwa, y que le ha movido a improvisar versos a la espera de que vuelva su suegro? Pues un <strong>amasijo informe de colores chillones y planos</strong>. Un imaginario impresionista, nos atreveríamos a sugerir, si no fuera porque su ubicación en el cuadro está tan destrozada por la luz que no hay un mínimo espacio para pinceladas de belleza. Todo luce quemado, y que Donghwa crea atisbar algo poéticamente estimulante en ello acaso podría dar cuenta de un presupuesto que <em>¿Qué te dice esta naturaleza?</em> va a trabajar a conciencia: <strong>Donghwa es un tipo esencialmente ridículo</strong>. Un intensito, un cursi. Alguien muy poco serio.</p><p>Varias de las interacciones que Donghwa tiene con la familia de su pareja aluden al bigotillo que se está dejando, frente al que todos contienen la risa. El argumento de <em>¿Qué te dice esa naturaleza?</em>, entonces, viene a articularse según unas coordenadas dramáticas bastante más sólidas que la media de Hong —durando poco más de 100 minutos, vendría a ser asimismo de las películas “largas” del coreano— <strong>apelando a la comedia de enredo</strong>, a algo estilo <em>Los padres de ella</em>. La película gira en torno a la <strong>accidentada visita del protagonista a la casa familiar de su pareja</strong>, conociendo a sus padres y a su hermana, y demostrando durante el proceso una inmadurez que terminará avergonzando a todo el mundo. Así es el planteamiento, así de difícil lo tiene la poesía.</p><p>No solo es el bigotillo o la fruición por paisajes desenfocados: también ocurre que <strong>Donghwa es un niño bien que ansía desligarse de su privilegio</strong> recurriendo a la creación artística. Empeñado en disimular, entonces, que tiene una red de apoyo tan capaz de permitirle todos los devaneos improductivos que quiera como de, llegado el caso y una vez fracase su aventura romántica, acogerle y reintegrarle en la sociedad mundana. Esta frivolidad integral chocará con el <strong>desordenado temperamento de la hermana de su pareja</strong> y con la sencilla honestidad de los padres. Siendo la madre, además, poeta (interpretada por Cho Yun-hee, otro rostro fetiche del cine de Sang-soo).</p><p><em>¿Qué te dice la naturaleza?</em> se empecina entonces en la toma de conciencia de Donghwa de su propio patetismo sin que esta tenga por qué darse en unos términos de realismo impuesto o cínico. <strong>Esta familia política no busca enseñarle a Donghwa lo superfluo del ejercicio poético</strong> —el personaje de Cho es tan sereno y positivo como el de Kwon—, sino dialogar con una poesía propia, distinta, y utilizarla para tensar las contradicciones inherentes a una concepción estética del mundo. Las estrategias de Hong remiten entonces a las de otros poetas que quisieron problematizar la poesía con las mismas armas de la poesía. Resurgen los versos del argentino <strong>Atahualpa Yupanqui</strong>: “Vive junto al pueblo/ no lo mires desde afuera/ que lo primero es ser hombre/ y lo segundo, poeta”.</p><p>Y antes de esa célebre conclusión: “Tú piensas que eres distinto/ porque te dicen poeta/ y tienes un mundo aparte/ más allá de las estrellas”. Donghwa se ha querido encaramar a una distinción y a un mundo aparte más bien falsario, fabulado a partir de esa naturaleza desordenada y vulgar que la rudimentaria cámara de Hong había registrado para él. <strong>Se ha quedado con la imagen que no debía</strong>, se ha buscado una más alternativa y elevada, y ese es el error que la película sancionará durante el metraje restante. Hasta que Donghwa, totalmente derrotado y gimoteante, abrace a su amada al día siguiente farfullando solo que la quiere, que la quiere. Asumiendo que se le ha agotado la poesía.</p><p>Pero, ¿por qué habría de agotarse la poesía? Hong sabe que esta nunca podría hacerlo si observáramos el mundo de otra forma, <strong>alérgica a más embellecimientos de los imprescindibles</strong> (o los sencillos). <em>¿Qué te dice esta naturaleza?</em> podría entonces legitimar en retrospectiva buena parte de lo que Hong ha hecho en los últimos años, darle una coartada filosófica bien definida a sus extravagancias. Remitiría entonces, por anclarnos a una tradición asiática, a una suerte de <strong>reflejo negativo de Yasujiro Ozu</strong>: si el japonés se había obsesionado con depurar y pulir su estilo al máximo, Hong ha querido empobrecerlo, enguarrarlo. Hacer películas cada vez más feas con una intención análoga a la del director de <em>Primavera tardía</em>: extraer la poesía en su auténtica pureza.</p><p>Para Hong, la poesía no reside en la escritura ornamental de Donghwa sino en la <strong>capacidad de esa familia de ver las cosas tal cual son</strong>, y no tanto conformarse con ello como estar a su altura. No es una concepción estética fácil de calibrar con los convencionalismos del cine —más afines, en realidad, a los que emanan del privilegio del protagonista—, y por eso a Hong no le queda otra que ir ensayando, probando cosas, haciéndose preguntas. <em>¿Qué te dice esta naturaleza?</em> es un <strong>título maravilloso por la facilidad con la que se transmuta en un simplísimo:</strong> <strong>¿Qué es la poesía? </strong></p><p>También porque se trata de una <strong>pregunta irresoluble</strong> al encomendarse a las perspectivas y a los estados de ánimo. Hong ha resuelto dedicar íntegramente su cine a esta pregunta, y es un verdadero placer seguir sus progresos.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 28 May 2026 04:01:36 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘¿Qué te dice esa naturaleza?’, una joya más a cargo del director coreano más ridículamente prolífico]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Corea del Sur]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘Love Me Tender’, un doloroso drama familiar que lleva la autoficción a límites desgarradores]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/love-tender-doloroso-drama-familiar-lleva-autoficcion-limites-desgarradores_1_2196027.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fba81cc4-3315-4796-894c-4617f9500bfd_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Love Me Tender’, doloroso drama familiar que lleva la autoficción a límites desgarradores"></p><p>La publicación de <em>El precio de la sal</em> a principios de los 50 tuvo un gran impacto no solo por su retrato de un romance lésbico sino, sobre todo, por el hecho de que este careciera de <strong>un final “triste”</strong>. Esto resultaba, en realidad, lo más triste de todo. <strong>La novela de Patricia Highsmith</strong> (firmada como Claire Morgan para diferenciarse de su literatura de misterio) se habría distinguido de otras obras aledañas por el simple hecho de permitir que sus protagonistas llegaran con vida al final de la historia y<strong> pudieran continuar su romance</strong>. Lo que no implicaba que fuera un desenlace “feliz” pues se acercaba más a una tragedia. Sin duda, muy satisfactoria dramáticamente. </p><p>En su decisión de vivir abiertamente como mujer lesbiana, Carol iba a resignarse a perder <strong>la custodia de su hija Rindy</strong>, reclamada por un padre y un ex marido despótico que no soportaba ver a su antigua pareja rehacer su vida con otra mujer. Que así concluya una historia pionera a la hora de aliviar el sufrimiento de personajes <em>queer</em> debe ser sintomático, <strong>reflejar una injusticia profunda</strong> a la que Todd Haynes, llegado el momento, iba a poner a su servicio una maquinaria cinematográfica de primer orden. <em><strong>Carol</strong></em><strong> bien puede ser una de las grandes obras maestras del siglo XXI </strong>por el dolor que la embarga, y el perfecto maridaje de este con aquel<strong> melodrama hollywoodiense </strong>que justo, en su etapa clásica, había alternado con los esfuerzos de Highsmith.</p><p>Es fácil acordarse de lo orgánicamente que encajó el grosor melodramático con este tipo de desdicha en los primeros minutos de <em>Love Me Tender</em>, así como en restantes momentos de intensidad arrebatada (y desigualmente conseguida) en la segunda película como directora de <strong>Anna Cazenave Cambet.</strong> Si antes teníamos las exquisitas sinfonías de Carter Burwell, ahora son versiones instrumentales de Elvis Presley —de ahí el título — y <strong>orgías de sintetizadores </strong>las que puntúan el drama de Clémence. Una madre, como Carol, cuya recién revelada homosexualidad mueve a que su exmarido haga todo lo posible, <strong>acusándole de negligencia y cosas peores, </strong>para que desaparezca de la vida del hijo de ambos, cuya custodia compartían sin problemas en los inicios de la ruptura.</p><p>Clémence sufre una injusticia flagrante y lo peor es que ocurre a varias décadas del vía crucis de Carol, en<strong> una sociedad supuestamente menos homófoba o machista</strong> que los EEUU de mitad de siglo. También, en lo que supone uno de los ingredientes más potentes de <em>Love Me Tender</em>, está el agravante de que todo se basa en una historia real, narrada con pelos y señales por<strong> la misma mujer que lo sufrió todo</strong>. Se trata de <strong>Constance Debré</strong>, antigua abogada francesa que en 2015, además de salir del armario, cambió su profesión por la literatura. Sus primeras novelas pertenecen al nutrido <strong>corpus de la autoficción</strong>, y el que haya saltado al cine una de ellas mueve a apuntes muy interesantes sobre la subjetividad femenina y cómo viene encontrando <strong>nuevos vehículos expresivos</strong>.</p><p>En particular si nos ceñimos al paisaje francés. Fue aquí donde una escritora especializada en autoficción ganó<strong> el Nobel</strong> hace unos años y donde ya había sido adaptada al cine: <em>El acontecimiento</em> tenía a Anamaria Vartolomei interpretando a la posteriormente galardonada Audrey Diwan en uno de los episodios más difíciles de su vida. Como pasa ahora con Vicky Krieps —actriz portentosa que tuvo que descubrir <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/batalla-paul-thomas-anderson-alia-dicaprio-pelicula-divertida-esperanzadora_1_2067341.html" target="_blank">PT Anderson</a> desde el otro lado del Atlántico (en <em>El hilo invisible</em>) para que Europa empezara a darle papeles más jugosos— remitiendo a la propia Debré, en el papel de esa madre ultrajada que <strong>empleó la literatura</strong> para que el mundo supiera lo que estaba sucediendo. </p><p>En <em>El acontecimiento</em> y <em>Love Me Tender</em> la autoficción respalda <strong>un afán contestatario</strong> al que el cine ha de venirle de perlas, aunque aún hay otras posibilidades. En Francia se estrenó igualmente hace poco <em><strong>Little Amélie</strong></em>, donde el fragmento de biografía referido era tan extravagante —los años en que <strong>Amélie Nothomb apenas era un bebé</strong>— como para permitir una febril búsqueda de nuevas formas, beneficiándose además de <a href="https://www.youtube.com/watch?v=nPudkmyllE4" target="_blank">la libertad de la animación</a>. No es que <em>Love Me Tender</em>, en este sentido, sea<strong> tan experimental </strong>como la estupendísima película de Mailys Vallade y Han Jin Kuan nominada al Oscar, pero cada elemento de la propuesta que puede resultar disonante o pretencioso no deja de redundar en que el punto de partida sea algo tan sumamente caótico como<strong> un flujo de memoria</strong>. </p><p>Uno marcado por el dolor,<strong> por la euforia ocasional</strong>, por la rabia. Uno que permite planteamientos tan chocantes como la ambigüedad en que sumerge al exmarido —una sombra imprevisible a cada aparición, <strong>autoritaria a la vez que patética</strong> en su imagen rigurosamente determinada por la percepción de la protagonista— o la escasa intención de que el personaje de Krieps caiga simpática. Clémence (alias Constance) <strong>se comporta erráticamente</strong>, con una angustia que no deja de crecer, y una de las cosas más potentes de <em>Love Me Tender</em> es la forma en que la reafirmación de libertad personal con la que empieza todo va deviniendo <strong>un autocontrol contra ella misma </strong>(contra el disfrute de su sexualidad) que sufre tanto ella como las mujeres con las que se cruza.</p><p>La lucha por la custodia genera una paranoia constante en Clémence y forja un carácter inestable, al borde de la quiebra total, que nunca parece más violento que cuando tiene esos encuentros (asimismo controlados) con el hijo. Es en estas secuencias —planificadas normalmente con largas tomas fijas— donde <em>Love Me Tender</em><strong> consuma su hondura dramática</strong>, coreografiando una dolorosa sucesión de abrazos torpes, preguntas trémulas y suspicacias sin respuesta. Aun basándose en una autoficción —entendiendo esta como una obra cerrada que ha seleccionado y reconstruido un episodio vital en formato novelado—, llama la atención lo cómoda que se encuentra <em>Love Me Tender</em> <strong>en la incertidumbre</strong>. Lo resignadamente que asume el desencuentro, la decepción o el traspiés.</p><p><em>Love Me Tender</em>, por mucho que narrativice una vida, no contempla que esa narración sea satisfactoria. Que tenga una cierta linealidad, <strong>un crescendo sentimental</strong>, porque<strong> normalmente no es así como vivimos</strong>. Y menos si vivimos <strong>un asunto tan penoso y frustrante </strong>como un error judicial que se alarga en el tiempo. Concienciada con esta gramática, <em>Love Me Tender</em> se permite tener una duración desorbitada,<strong> acumulando arritmias y redundancias</strong> y diluyendo ese impacto directamente dramático que ya tiene más que ganado.</p><p>Seguramente sea una decisión consciente de Cambet como directora y guionista, que en líneas generales muestra mucha confianza en sí misma a la hora de <strong>dialogar con la escritura de Debré</strong>. Esta confianza, sin embargo, no impide que a <em>Love Me Tender</em> le pese la indefinición, y sobre todo que no atine a reflejar convincentemente el poso literario: la faceta de Krieps como escritora naufraga en función a <strong>apéndices sobreexplicativos y reflexiones poéticas de muy bajos vuelos</strong>. Aun acudiendo a refrendar la deuda que tiene con la autora, son pasajes que iluminan con mucha menor fortuna ciertos ángulos de la trama que los minutos de silencio entre esta madre y su hijo, <strong>siempre vigilados de forma asfixiante</strong> por dos representantes de los servicios sociales.</p><p><em>Love Me Tender</em> es, en fin, <strong>muy irregular</strong>. Por cada ramalazo de sutileza humana hay un estallido cercano a la zafiedad, por cada segundo contemplativo en contacto con caudales infinitos de emoción hay <strong>un giro abrupto </strong>que condena a la lejanía. Todo lo cual puede contribuir por otro lado a la experiencia que más genuinamente debe parecerse a asistir al periplo vital de una persona cualquiera… atrapada en <strong>unas circunstancias grotescas</strong>. Un laberinto tanto judicial como psicológico, que fuerza los arrebatos indecisos y una sucesión de impedimentos al borde de lo kafkiano para que algo tan natural como amar a un hijo termine siendo <strong>lo más extraño del mundo</strong>. </p><p>Cambet hace entonces un trabajo realmente encomiable a la hora de retratar esta extrañeza y sabe hacerlo tan frontalmente como para lograr refrendar pese a todos sus problemas <strong>el gran valor de la autoficción como género literario</strong>: que esa vida, tan lejana y exótica que parece, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/querida-senorita-actualiza-sobreexplica-pionera-representacion-intersex-cine-espanol_1_2177905.html" target="_blank">la sintamos nuestra y nos apele</a>. Y entonces nos enfademos, y queramos zafarnos de cualquier romanticismo para que, llegado el siglo XXI, ni siquiera apetezca ver los avatares de Carol y Clémence<strong> como “trágicos”</strong>. Ahora los vemos como lo que son, como lo que siempre han sido: solo <strong>un asco total e indignante</strong>, del que se antoja imperativo exigir responsabilidades.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 21 May 2026 04:01:29 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Love Me Tender’, un doloroso drama familiar que lleva la autoficción a límites desgarradores]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Cultura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Jennifer Lopez se cree una diva del Hollywood clásico (con mal resultado) en ‘El beso de la mujer araña’]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/jennifer-lopez-cree-diva-hollywood-clasico-mal-resultado-beso-mujer-arana_1_2192714.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a7473fbd-bf6e-4afc-869c-47d8f3fe6854_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Jennifer Lopez se cree una diva del Hollywood clásico (con mal resultado) en ‘El beso de la mujer araña’"></p><p>Siendo como es una novela tirando a experimental y, por tanto, complicada de adaptar,<strong> </strong><em><strong>El beso de la mujer araña</strong></em> se benefició en 1985 de una decisión muy afortunada al saltar al cine. Dejando de lado cambios llamativos como el escenario —de una prisión en la dictadura militar argentina a otra de <strong>la dictadura militar brasileña</strong>—, el guion de Leonard Schrader limitó a dos el número de películas descritas en <strong>el libro de Manuel Puig</strong>, y solo le dio prioridad a solo una de ellas. Un film ficticio, salido de la propaganda nazi durante la Francia colaboracionista de Vichy. </p><p>Molina había quedado fascinado por el trágico romance que narraba esta película, entre una espía francesa aficionada y un alto mando del ejército de Hitler. Así se lo aseguraba a su compañero de celda, Arregui, topándose con el desprecio del mismo por haberse tragado un producto tan engañoso, que disfrazaba como romance hollywoodiense<strong> la más absoluta barbarie</strong>. Que <em>El beso de la mujer araña</em> le concediera tanta importancia a este film —marcando de forma indeleble la relación del Molina de <strong>William Hurt</strong> y el Arregui de<strong> Raúl Juliá</strong>— respaldaba su propósito de reflexionar sobre <strong>el ambivalente potencial político del cine</strong>. Tan capaz de desactivar cualquier <strong>pulsión de rebeldía</strong> contra el sistema como de, ajeno a sus objetivos, encender esta misma pulsión.</p><p>Es lo que terminaba ocurriendo entre los presos: Arregui era un prisionero político, enemigo del régimen, que terminaba fascinado por<strong> los relatos cinéfilos de Molina</strong>. Y Molina era un hombre <em>queer</em> que, por el amor hacia Arregui que habían macerado tantas conversaciones sobre<strong> películas reaccionarias</strong>, era absorbido por su revolución. Esta dualidad resultaba tan jugosa como para no poder limitarse a una novela o un largometraje —uno por cierto muy exitoso, nominado a cuatro Oscar principales y dándole uno interpretativo al <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/muere-actor-estadounidense-william-hurt_1_1222284.html" target="_blank">fallecido Hurt</a> por su retrato de Molina—, y así acoger nuevas adaptaciones. Tras inspirar una obra de teatro, en 1992 tomó la forma de <strong>un musical</strong>.</p><p>Y el musical cayó en las manos indicadas. John Kander y Fred Ebb, responsables de la música y las letras de las canciones que ahora sazonaban la relación de Molina y Arregui, eran conocidos por obras como <em>Chicago</em> o, sobre todo, <em><strong>Cabaret</strong></em>. Es decir, obras que explicitaban la vocación escapista de su misma condición de musicales, incluso como en el caso de <em>Cabaret</em> haciendo dialogar este espectáculo contra<strong> la gravedad del auge de los nazis</strong>. Al igual que <em>El beso de la mujer araña</em>, se preguntaban hasta dónde podía llegar esta evasión una vez<strong> era acorralada por la urgencia política</strong>. Así que esta historia se ajustaba como un guante a sus preocupaciones.</p><p>Que esta versión musical de <em>El beso de la mujer araña</em> salte ahora al cine no debería, entonces, extrañar a nadie. Sigue contando<strong> algo relevante </strong>y además anda por medio un director como <strong>Bill Condon</strong>, que justamente se había encargado de adaptar a guion cinematográfico <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/musical-salto-calles-west-side-story-spielberg-cima-genero_1_2042178.html" target="_blank">el mencionado musical de </a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/musical-salto-calles-west-side-story-spielberg-cima-genero_1_2042178.html" target="_blank"><em>Chicago</em></a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/musical-salto-calles-west-side-story-spielberg-cima-genero_1_2042178.html" target="_blank"> a principios de los 2000</a>. El problema, claro, es que esta nueva película tiene a <strong>Jennifer Lopez</strong> como protagonista. Y se ha propuesto devorarla de arriba abajo.</p><p>En <em>El beso de la mujer araña</em> Jennifer Lopez interpreta a la actriz con la que está obsesionado Molina: la actriz que en el film de 1985 tenía el rostro de <strong>la brasileña Sonia Braga</strong>, y que al reconvertirse este en musical ha acogido<strong> la identidad de Ingrid Luna</strong>. Ingrid Luna protagoniza todas esas películas que obsesionan a Molina y que comienzan a encender la imaginación de Arregui, haciéndole sucumbir a los oropeles de Hollywood. Lopez es <strong>el rostro de estos oropeles</strong>, pero siendo de partida un rostro adecuado también entraña ciertas servidumbres ingratas.</p><p>Servidumbres hacia<strong> la impronta mediática de Lopez</strong>, claro. A lo largo de una carrera cuyos inicios se remontan a mediados de los 90 Lopez se ha esmerado en triunfar tanto en la música como en el cine. Los resultados, sobre todo en el segundo ámbito, <strong>han sido desiguales</strong>: Lopez blindó su fama a través de éxitos comerciales sin respaldo crítico —sus comedias románticas de los primeros 2000 y antes de eso un film como <em>Anaconda</em>, cuyo culto irónico fundamentó <a href="https://www.eldiario.es/cultura/cine/anaconda-vuelve-clasico-cine-cutre-reirse-torpeza-crisis-hollywood_129_12868018.html" target="_blank">una secuela asimismo irónica</a> hace unos meses beneficiándose de un cameo de la actriz—, si bien nadie podría negar que tuvo unos inicios prometedores. Protagonizó con George Clooney <strong>un film tan glamuroso como </strong><em><strong>Un romance muy peligroso</strong></em>, y fue nominada al <strong>Globo de Oro </strong>por el <em>biopic</em> de la cantante Selena.</p><p>De esta nominación muchos se acordaron a finales de la década pasada cuando de repente Lopez quiso volver a postularse como una actriz seria, que incluso merecía el Oscar. <em><strong>Estafadoras de Wall Street</strong></em> le dio en 2019 una segunda nominación al Globo de Oro y estuvo más cerca que nunca de ser reconocida por la Academia, pero el Oscar no llegó. Fue <strong>un espejismo de respetabilidad </strong>aún más breve que el de los 90, si bien en este caso precedió una fase muy distinta: una más autoconsciente, que por ejemplo le llevaba a interpretar en <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/comedia-romantica-sigue-viva-hollywood-recuerda-volvernos-enamorar_1_1689180.html" target="_blank">la comedia romántica </a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/comedia-romantica-sigue-viva-hollywood-recuerda-volvernos-enamorar_1_1689180.html" target="_blank"><em>Cásate conmigo</em></a> a una cantante pop cansada de la fama y de cómo esta invadía su vida privada. </p><p>Esto ocurría en 2022, cuando todo el mundo hablaba de <strong>su reencuentro romántico con Ben Affleck</strong> tras una breve relación (igualmente muy mediática) veinte años atrás. Entonces Affleck había llegado a aparecer en un videoclip suyo confirmando el amor que se profesaban (<a href="https://www.youtube.com/watch?v=dly6p4Fu5TE&list=RDdly6p4Fu5TE&start_radio=1" target="_blank"><em>Jenny from the block</em></a>), y este gesto tuvo una estrambótica continuidad con<strong> </strong><em><strong>This is Me… Now</strong></em>. Un nuevo disco, una nueva gira, que en 2024 vino acompañado de <a href="https://www.youtube.com/watch?v=Osu2N9gysYk" target="_blank">una película de Amazon</a> totalmente definida por la megalomanía de la cantante. Lopez estaba deseosa de compartir con el mundo su entusiasmo y, sobre todo —pues insistía en que no era un álbum dedicado a Affleck, con quien de todas formas <strong>volvería a romper poco después</strong>—, la fe que tenía en sí misma. En su talento y personalidad.</p><p>Así es como llegamos a <em>El beso de la mujer araña</em>. Una película que ha producido la misma Lopez y surge, a priori, de una admiración por los musicales hollywoodienses que ya rastreábamos en el<strong> delirio audiovisual</strong> que es <em>This is Me… Now</em>. Una película donde lo más llamativo no es tanto el rotundo fracaso comercial que ha sido en EEUU —apenas ha recaudado <strong>dos millones de dólares</strong>, hundiendo cualquier oportunidad de que Lopez vuelva a aspirar a premios interpretativos—, como la forma en que la identidad de la estrella lo ha fagocitado todo.</p><p>Es decir. <em>El beso de la mujer araña</em> <strong>no es una mala adaptación</strong> de la historia de Puig. Hasta cierto punto conserva sus temas, y los números musicales pertenecientes a la película que le refiere Molina a Arregui tejen una relación análoga con <strong>esta trama de amor homosexual y despertar político</strong>. Los problemas tienen más que ver con la ejecución, achacables casi por entero a la supina incompetencia de Condon con la puesta en escena —con ecos inequívocos al <strong>lamentable </strong><em><strong>remake</strong></em><strong> de </strong><em><strong>La bella y la bestia</strong></em> que pergeñó en 2017— y al modo en que esta perfila un producto de hechuras extremadamente cutres. Poco pueden hacer <strong>Diego Luna y Tonatiuh</strong>, intérpretes de los presos, contra un aparato formal que parece salido del<strong> fondo más abismal del pozo </strong><em><strong>streaming</strong></em>.</p><p>Lo único interesante de la película tiene que ver, entonces, con su carácter de <strong>vehículo de lucimiento para Lopez</strong>. Ella es la estrella de cine con la que sueñan los protagonistas, que atrae su imaginación confundiéndose con<strong> su sueño de libertad</strong> entre los barrotes, y al transmutarse en esta tal Ingrid Luna la actriz es consciente de todas las reverberaciones icónicas que va a atraer sobre sí. <strong>Cómo se está disputando un imaginario popular </strong>donde, antes que la Sonia Braga del film de los 80, brillan nombres como<strong> Rita Hayworth, Audrey Hepburn, Judy Garland o Cyd Charisse</strong>.</p><p>Es decir, <strong>divas del cine clásico</strong> de Hollywood. En particular, y desde su raigambre latina —la familia de Lopez es portorriqueña—, es muy posible que se identifique con Rita Hayworth. El nombre real de Hayworth era Margarita Carmen Cansino, hija de un inmigrante español en Brooklyn, y su rutilante estrellato hollywoodiense ha tenido <strong>un encaje cultural </strong>muy productivo al margen de sus películas. Antes de que Lopez interpretara a Ingrid Luna siguiendo sus pasos, Hayworth había inspirado el argumento de<strong> </strong><em><strong>La condesa descalza</strong></em> en 1954, con el rostro de Ava Gardner. Y entrado el siglo XXI, fue una de las referencias para la protagonista del <em>bestseller</em> de Taylor Jenkins Reid <em><strong>Los siete maridos de Evelyn Hugo</strong></em>, una estrella de cine de origen cubano.</p><p>Lopez corre entonces a situarse en esta constelación de divas latinas. <em>El beso de la mujer araña</em> la erige como heredera, y la utiliza como portal hacia <strong>el musical de los años 50</strong>: la edad de oro del género, a la que Condon quiere remitir tanto como a <em>Chicago</em>. Los números de <em>El beso de la mujer araña</em> tienden ecos entonces con la Garland de <em>Repertorio de verano</em>, los <strong>vestidos verdes</strong> que portó Charisse entre <em>Cantando bajo la lluvia</em> y <em>Siempre hace buen tiempo</em>, y el baile de Hepburn junto a Fred Astaire (ahora con el rostro de Diego Luna) en aquel cuarto oscuro fotográfico de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/retrato-moda-couture-deja-frivolidad-diablo-viste-prada_1_2188806.html" target="_blank"><em>Funny Face</em></a>.</p><p>Lopez quiere invocar todo esto. Una tradición rutilante, que sin duda le fascina tanto a ella como a Condon, y a la que se esfuerzan en remitir de una forma verdaderamente triste. El vínculo que buscan estos números con las grandes obras maestras del género subraya su mediocridad o, aún peor, <strong>una vulgarización concienzuda</strong>. La vulgarización inevitable que implica el malentendido fundamental de Lopez a la hora de releer el musical de los 50: todas esas divas utilizaron el musical <strong>para esconderse</strong>, para envolverse en el misterio y que las imágenes permanecieran inagotables. Lopez, en cambio, <strong>quiere mostrarlo todo</strong> y devenir un producto consumible acorde a su necesidad de reconocimiento. Y como resultado, pues en fin. <strong>Todo da bastante vergüenza</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 15 May 2026 04:00:51 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Jennifer Lopez se cree una diva del Hollywood clásico (con mal resultado) en ‘El beso de la mujer araña’]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Películas,Actrices]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘Movida celestial’, Keanu Reeves es un ángel desorientado en la versión deprimente de ‘¡Qué bello es vivir!’]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/movida-celestial-keanu-reeves-angel-desorientado-version-deprimente-bello-vivir_1_2191219.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/5b16201d-03fa-4ad4-b2ce-042d36e3506a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Movida celestial’, Keanu Reeves es un ángel desorientado en la versión deprimente de ‘¡Qué bello es vivir!’"></p><p>Frank Capra decidió que<strong> </strong><em><strong>¡Qué bello es vivir!</strong></em> iba a ser la primera película que rodara una vez terminaran sus compromisos patrióticos con los Estados Unidos. A lo largo de la Segunda Guerra Mundial el mítico cineasta se había visto obligado a firmar documentales promocionales y anuncios para animar a la ciudadanía a alistarse, de forma que ponerse con <strong>este cuento de Navidad </strong>—estrenado finalmente en el invierno de 1946— se antojara un soplo de aire fresco. También, inevitablemente y manteniendo el influjo patriótico, una celebración del final de la guerra.</p><p>Pues la historia de George Bailey (interpretado por James Stewart al igual que en<strong> otras fábulas americanísimas </strong>de Capra, de <em>Caballero sin espada</em> a <em>Vive como quieras</em>) no dejaba de ajustarse a los principios nacionalistas de EEUU: los ideales que, ahora en 1946 podíamos proclamarlo, se habían impuesto al nazismo como <strong>garantes de la libertad y la democracia</strong>. Que <em>¡Qué bello es vivir!</em> se transformara en un clásico le venía bien, entonces, a EEUU. Nacía incrustada en<strong> su código identitario</strong> y, además, inauguraba la capacidad del país para guiar de forma irreductible la imaginación occidental. Representando a una potencia de hegemonía política, económica y estética.</p><p><em>¡Qué bello es vivir!</em> aseguraba desde el título que la vida merecía ser vivida (en EEUU). Como <strong>ingeniosa reformulación de Charles Dickens</strong>, lo que aprendía Bailey a diferencia de Scrooge no era cómo vivir mejor en adelante, sino que su vida pasada ya había sido en sí misma maravillosa —<em>“It’s a wonderful life”</em> es el título original del film— y lo que había que hacer era, simplemente,<strong> darse cuenta y seguir viviendo</strong>. Para eso recibía la ayuda de un ángel, Clarence, mostrándole lo mal que le habría ido al mundo si él, tan triste que se encontraba ahora, nunca hubiera existido. </p><p>George Bailey era<strong> un ciudadano estadounidense ejemplar</strong>. Su biografía refrendaba la movilidad social y el individualismo heroico con los que el país ansiaba verse identificado a su reciente victoria en la Segunda Guerra Mundial, precediendo <strong>una masiva producción cultural </strong>que se extiende a nuestros días. Días, no obstante, en los que ya nadie se cree que EEUU posea estas garantías democráticas —peor aún, <strong>ni EEUU puede creérselo</strong>—, y por eso tras la época de <em>¡Qué bello es vivir!</em> nos toca lidiar con revisiones tan obvias como <em><strong>Movida celestial</strong></em>. Otra comedia de preocupaciones éticas en la que un ángel intenta ganarse sus alas.</p><p>Este ángel es interpretado por<strong> Keanu Reeves </strong>y es mucho (mucho) más inepto que Clarence, si bien en la confusión que desencadena el argumento de <em>Movida celestial</em> ya localizamos el trauma básico: todo lo que ha cambiado en los 80 años transcurridos desde 1946. Este ángel quiere ayudar a otro hombre muy desdichado que ha dejado de verle el sentido a su vida, Arj. Arj (interpretado por<strong> Aziz Ansari</strong>, que también escribe y dirige) duerme en su coche, encadena trabajos basura y envidia completamente la vida de su antiguo empleador, Jeff. <strong>Seth Rogen interpreta a un hombre rico</strong> que apenas sabe explicar convincentemente el origen de su fortuna —tan pronto cuenta vagamente que es algo relacionado con internet como insiste en que sus padres ricos apenas le han ayudado a consolidar privilegio— , y que para su desgracia termina envuelto en esta <em>Movida celestial</em>.</p><p>Porque al ángel de Reeves se le ocurre cambiar su vida por la de Arj, pensando ingenuamente que así el protagonista aprenderá a valorar lo que tenía antes <strong>al más puro estilo </strong><em><strong>capriano</strong></em>, experimentando un forzoso rechazo contra la lujosa vacuidad de Jeff. Ahí llega, entonces,<strong> el giro bajonero de </strong><em><strong>Movida celestial</strong></em>. La señal de que vivimos otros tiempos y estos son mucho peores: Arj está<strong> encantadísimo </strong>de dejarlo todo atrás. Adora su nueva vida, toda esta riqueza vacía y superficial, y por supuesto rechaza frontalmente devolvérsela al personaje de Rogen.</p><p>Nos hallamos, entonces, ante<strong> una actualización escéptica de </strong><em><strong>¡Qué bello es vivir!</strong></em><em> </em>Una, por suerte, no bañada enteramente en cinismo. Este parece algo más presente de forma exógena a la película, alrededor de una ligera controversia que acompañó su estreno en EEUU a finales del año pasado. Ansari, mientras aseguraba haber aprendido la lección tras incurrir en esa conducta sexual inapropiada de las que se le acusó en <a href="https://elpais.com/elpais/2018/01/15/icon/1516034198_916720.html" target="_blank">el punto álgido del MeToo</a> —alrededor de 2017, cuando estaba fresco el éxito de <strong>su serie </strong><em><strong>Master of None</strong></em>—, no había tenido problema tampoco en actuar en un <a href="https://elpais.com/opinion/2025-10-02/te-vienes-al-festival-de-comedia-de-arabia-saudi-dicen-que-te-matan-de-la-risa.html" target="_blank">festival </a><a href="https://elpais.com/opinion/2025-10-02/te-vienes-al-festival-de-comedia-de-arabia-saudi-dicen-que-te-matan-de-la-risa.html" target="_blank"><em>stand-up</em></a><a href="https://elpais.com/opinion/2025-10-02/te-vienes-al-festival-de-comedia-de-arabia-saudi-dicen-que-te-matan-de-la-risa.html" target="_blank"> de Arabia Saudí</a> junto a varios cómicos estadounidenses que suelen lamentarse de haber sido cancelados, haciendo caso omiso de las infracciones de derechos humanos de este país. </p><p>Todo esto, sin embargo, es ajeno a la construcción dramática de <em>Movida celestial</em>. Pues hablamos fundamentalmente de una comedia preocupada por la marcha del mundo (por la marcha de EEUU, en concreto), que examina <strong>la precarización de la clase trabajadora</strong> entre botellas para orinar y menciones textuales de la <em>gig economy</em>. Asegura que, siendo realistas, las promesas de <em>¡Qué bello es vivir!</em> están desfasadas, y lo hace entre complicados juegos de equilibrio para esquivar este talante cínico. No hay que alejarse tanto de Capra, <strong>seguimos hablando de una comedia hollywoodiense</strong>. </p><p>Las formas en que lo intenta son evidentes. Por un lado, tenemos la nobleza torpona de Gabriel, empeñado en conservar el optimismo incluso cuando su pifia le hace convertirse en mortal y experimentar en carne propia<strong> los sufrimientos mundanos</strong> de sus coprotagonistas. Por otro, el empeño del interés romántico de Arj (interpretado por la actriz Keke Palmer) en mejorar sus condiciones laborales impulsando <strong>un sindicato</strong>. Y, por último, el comprensivo retrato de Jeff, con el que <em>Movida celestial</em> trata de resistirse a <strong>la gruesa caricaturización de las élites</strong> que nos había legado <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/bugonia-lanthimos-emma-stone-rien-conspiranoia-eficaz-comedia-macabra_1_2092839.html" target="_blank">la moda </a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/bugonia-lanthimos-emma-stone-rien-conspiranoia-eficaz-comedia-macabra_1_2092839.html" target="_blank"><em>eat the rich</em></a> (también mencionada textualmente en la película) alrededor de 2020.</p><p>Rogen, un actor cómico de veteranía infalible, simboliza tanto la continuidad de <em>Movida celestial</em> <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/vida-perra-si-futuro-comedia-guarra-americana_1_1595017.html" target="_blank">con aquella Nueva Comedia Americana</a> de los 2000 como la degradación que, desde este otro lado, han sufrido asimismo sus presupuestos. Tampoco nos sigue valiendo ya el atolondramiento de esos hombres inmaduros cuya generación convino en representar Rogen y otros como él: esos hombres no han impulsado<strong> una sociedad mejor</strong>, su rebeldía juguetona no ha llevado a nada.</p><p>Así que <em>Movida celestial</em> es interesante como <strong>claudicación ideológica</strong>. Todo en ella nos remite a la crisis que vive EEUU, todo en ella apunta a enfermedad social y <strong>vagabundeo depresivo</strong>. Y quizá por eso —como lo que tiene más a mano es la miseria y la desorientación— resulta<strong> una comedia tan apagada</strong>, tan falta de energía. Ansari podría haber aprovechado un esqueleto así de prometedor para acudir a la raíz del problema y poner en solfa la premisa de que EEUU (o, lo que viene a ser lo mismo, el capitalismo) sí fue una vez un lugar vivible. En lugar de eso, se toma el legado de <em>¡Qué bello es vivir!</em> como <strong>una retórica del idealismo aspiracional</strong>, empeñada en alcanzarla desde otros lugares para retener para sí una bondad y un mínimo talante luminoso. </p><p>Por eso, el debut a la dirección de Ansari —iba a ser su segundo largometraje pero su proyecto anterior tuvo que suspenderse, <a href="https://www.elmundo.es/cultura/cine/2022/04/22/6262711321efa0312e8b457a.html" target="_blank">irónicamente</a>, por las acusaciones de conducta sexual inapropiada a Bill Murray— es tan poco convincente. Es decir, lo es porque falla en instancias básicas e instrumentales como vendrían a ser la realización y la escritura: tampoco tiene demasiada suerte al encomendarse a<strong> la supuesta vis cómica de Reeves </strong>—agotada a los tres minutos—, ni en general a la hora de hacer chistes con una mínima imaginación. Cuesta visualizar a Ansari escribiendo algún <em>gag</em> de <em>Movida celestial</em> siquiera esbozando una sonrisa en la boca, <strong>de tan mustio que es todo</strong>.</p><p>No es una buena comedia y tampoco parece que lo hubiera sido de haber afrontado sus temas desde <strong>un ángulo más dicharachero</strong>. Y aún así, cuesta no ver estas preferencias discursivas como algo consustancial a los problemas del film: como si, en el momento en que se quiere hacer una comedia estadounidense <strong>desde coordenadas distintas a Capra o Judd Apatow</strong>, sea imposible que la cosa rinda bien. Sea imposible, de hecho, no caer en imposturas de distinto pelaje, como <strong>la ridícula romantización de la pobreza</strong> a la que se obliga a sí misma <em>Movida celestial</em> o el ímpetu moralista, casi de autoayuda, que invade profusamente el film una vez se aproxima el desenlace.</p><p>EEUU es un país con tanto cine y tanto espectáculo en las venas que, por ahora, se las va apañando para que su declive <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/imperio-ruinas-nominadas-oscar-mejor-pelicula-ilustran-declive-estadounidense_1_2159138.html" target="_blank">siga siendo estimulante</a> en términos cinematográficos. <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/batalla-paul-thomas-anderson-alia-dicaprio-pelicula-divertida-esperanzadora_1_2067341.html" target="_blank"><em>Una batalla tras otra</em></a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/batalla-paul-thomas-anderson-alia-dicaprio-pelicula-divertida-esperanzadora_1_2067341.html" target="_blank"> es un buen ejemplo</a>. Pero <em>Movida celestial</em> insinúa que este declive no rinde igual de bien en términos cómicos o alejados de <strong>la épica sardónica de Paul Thomas Anderson</strong>. En estos términos es más bien desagradable, no tiene gracia ni resulta particularmente entretenido. Lo que igual no está mal del todo. Con más películas como <em>Movida celestial</em> este país acabaría recibiendo <strong>el golpe más doloroso posible</strong>: que consiguiéramos dejar de mirarlo. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 14 May 2026 04:00:09 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Movida celestial’, Keanu Reeves es un ángel desorientado en la versión deprimente de ‘¡Qué bello es vivir!’]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Cultura]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA['Yo no moriré de amor', discreto drama doméstico sobre el impacto familiar del alzheimer]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/no-morire-amor-discreto-drama-domestico-impacto-familiar-alzheimer_1_2188191.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0be40598-e507-451a-8e5b-959d9b8d0ca4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Yo no moriré de amor', discreto drama doméstico sobre el impacto familiar del alzheimer"></p><p>Se ha hablado mucho de la atención prominente que el último cine español deposita<strong> en lo rural</strong>. El trasvase campo/ciudad o ciudad/campo, con sus correspondientes traumas, alinea el estado de nuestra expresión cinematográfica con un título tan fundacional como <em>Surcos</em> de Nieves Conde (1951) y conduce a pensar en <strong>un proyecto de modernidad fallido</strong>. Un imaginario de tensiones inagotables y escepticismo hacia el paisaje urbano, donde tantas identidades se disuelven y tanta necesidad resurge de <strong>algo más sencillo</strong>. Mejor dicho, más reconocible. </p><p>Así que es fácil toparse con un ángulo complementario de este repliegue rural, que vendría a ser<strong> el repliegue doméstico</strong>. El énfasis en el espacio hogareño, tan inestable ahora mismo como la habitabilidad de la ciudad que lo circunda —el modelo neoliberal tras<strong> la presente crisis de vivienda </strong>impele a que primero nos expulsen de las calles y acto seguido de nuestras casas— y que puede transitar de lo confortable a lo claustrofóbico con una facilidad pasmosa. Sobre todo si hablamos desde <strong>la perspectiva de las mujeres</strong>. El espacio hogareño es también un espacio feminizado, confundido entre<strong> la calma de la habitación propia</strong> y la violencia que ha forzado su construcción.</p><p>Esta es la tensión que trabajan varias mujeres cineastas destacadas de años recientes. Las óperas primas de <strong>Alauda Ruiz de Azúa y Celia Rico</strong> —<em>Cinco lobitos</em> (2022) y <em>Viaje al cuarto de una madre</em> (2018)— inauguraban una preocupación por problematizar <strong>esos “cuidados”</strong> con los que terapéuticamente se nos llena la boca de un tiempo a esta parte. Están muy bien los “cuidados”, pero parece que siempre los tienen que dar ellas y siempre en un mismo lugar: una esfera privada cuya cerrazón se supone que hay que respetar dentro de las sociedades liberales. Estas directoras se han metido de lleno en ella para <strong>mostrar sus vergüenzas</strong>, y lo han seguido haciendo luego de su debut.</p><p>Las dos obras posteriores de cada una —<em>Querer</em> y <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/domingos-adolescente-quiere-monja-marca-panfleto-accidental-iglesia-catolica_1_2084771.html" target="_blank"><em>Los domingos</em></a> en el caso de Ruiz de Azúa, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/adriana-ozores-maria-vazquez-conmueven-madre-e-hija-pequenos-amores_1_1733924.html" target="_blank"><em>Los pequeños amores</em></a> y <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/buena-letra-lobrego-drama-desengano-posguerra-espanola_1_1985613.html" target="_blank"><em>La buena letra</em></a> en el caso de Rico— evidencian por su parte una voluntad expansiva: la convicción de que el hogar es la base desde la que se constituyen cada una de las asimetrías cotidianas. Este hallazgo tiene una tradición que trasciende con mucho la del cine español, y por eso <a href="https://www.elespanol.com/el-cultural/cine/20260313/no-morire-amor-buena-hija-elevan-nivel-recta-final-festival-malaga/1003744167495_0.html" target="_blank">Enric Albero</a> estuvo muy entonado al asociarle a <em><strong>Yo no moriré de amor</strong></em><strong> </strong>cierto <strong>“colosalismo akermaniano”</strong>. El crítico se estaba acordando obviamente de la cineasta belga Chantal Akerman y de la geografía doméstica de <em><strong>Jeanne Dielman, 23, quai du Commerce, 1080 Bruxelles</strong></em>, de las que habría visto retazos en el debut a la dirección de la madrileña <strong>Marta Matute</strong>.</p><p>En la cocina y las patatas que pelaba épicamente Delphine Seyrig de cara a la secuencia más famosa de este film de 1975 estaba, en efecto, <a href="https://www.20minutos.es/cinemania/noticias/quien-es-jeanne-dielman-y-por-que-de-repente-protagoniza-la-mejor-pelicula-de-la-historia-5082013/" target="_blank">“todo”</a>. Es lo que le dijo a Akerman su propia madre, muy orgullosa, y lo que han convenido en asumir muchas discípulas después de ella. Matute ganó la Biznaga de Oro en <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/no-morire-amor-mejor-pelicula-espanola-palmares-malaga-sabor-latino_1_2161879.html" target="_blank">el último Festival de Málaga</a> por una película que, curiosamente, había concebido durante la pandemia. Fue seleccionada para desarrollarla en 2020 dentro del programa de Residencias de la Academia de Cine, indagando en el espacio doméstico justo cuando lo tenía más a mano y más asfixiante podía resultar, pelando sus propias patatas <strong>en pleno confinamiento</strong>.</p><p>Lo que define <em>Yo no moriré de amor</em> dista de ser, sin embargo, este espacio doméstico como objeto de estudio unitario. Se trata más bien de un efecto colateral —uno, como atiende Albero, que garantiza <strong>los momentos más brillantes</strong> de la película— por cuanto lo que quiere Matute es destilar <strong>una experiencia diametralmente personal</strong>. Se está remontando a cuando a su madre le diagnosticaron alzheimer, y el terremoto familiar que esto provocó la forzó a quedarse en casa para adquirir unas responsabilidades extraordinarias para alguien de su edad.</p><p><strong>Júlia Mascort</strong> —Biznaga de Plata por su primer papel para cine— sería el álter ego de Matute: una joven lesbiana en pleno cuño de carácter a quien la enfermedad de su madre empuja a unas angustiosas ambivalencias. Su voluntad individual —la sensación de que <em><strong>se merece</strong></em><strong> tener una juventud normal </strong>y a sus anchas— troca tanto en rebeldía egoísta como en un sentimiento de culpa que le acerca a su hermana mayor. El personaje de<strong> Laura Weissmahr </strong>comparte estos dilemas, con la diferencia de contar con un privilegio del que la protagonista carece: esta crisis le ha pillado adulta, independizada, y con sus propios deseos de formar una familia. Al mismo tiempo, y como mujer madura que es, se permite afearle a su hermana<strong> su supuesta irresponsabilidad.</strong></p><p>El paisaje psicológico que teje <em>Yo no moriré de amor</em> —completado por un padre/marido cuyo mutismo insinúa<strong> un profundo colapso</strong>— no es especialmente complejo, aunque quizá solo se le pueda valorar así por la rapidez con la que sabemos leer a cada personaje. Matute cubre un drama que en mayor o menor medida hemos vivido todos o en el que todos nos podemos reconocer, exponiéndose por eso mismo a que se lean como <strong>exageradas o sobreescritas</strong> ciertas reacciones que puntúan la trama. Aun ajustándose a <strong>las tendencias estéticas del cine festivalero europeo</strong> —por suerte no hay planos de seguimiento desde la nuca, pero no nos libramos de <strong>elipsis bruscas</strong> y diálogos entrecortados—, <em>Yo no moriré de amor</em> peca de alguna estridencia tonal que otra, sobre todo cuando toca calibrar<strong> la frustración de la protagonista</strong>.</p><p>Puede que esto se deba, por otra parte, a un arrepentimiento sincero por parte de Matute, otorgándole a <em>Yo no moriré de amor</em><strong> una atractiva pátina de </strong><em><strong>work in progress</strong></em>. Hay recuerdos plasmados a la vez que una duda esencial rodeándolos: la inquietud de haber cometido errores o de no haber leído bien la situación. La narración no busca sentar cátedra sobre nada, no quiere juzgar a nadie severamente porque tampoco sabría cómo hacerlo —el misterio que envuelve al padre, interpretado estupendamente por el también galardonado <strong>Tomás del Estal</strong>, es la expresión más elocuente de esto—, y así se crece en el esfuerzo tentativo, capaz de implantar<strong> una comunicación fértil </strong>con cada espectador que haya identificado al instante los dilemas del personaje de Mascort. </p><p>Lo que hace entonces Matute es envolver el espacio doméstico no tanto en<strong> una crítica feminista </strong>similar a la de Rico y Ruiz de Azúa, como en un foco de interrogación más amplia. Las nociones de <strong>refugio y claustrofobia</strong> que siempre aparecen entremezcladas en este tipo de ficciones se acicalan con un recuerdo autocrítico de lo más interesante, si bien la consecuencia última de este compuesto es que <strong>la duda se impone como principio de articulación</strong>. Es <strong>la duda</strong> a la hora de ajustar la puesta en escena y el desarrollo dramático, cuando <em>Yo no moriré de amor</em> incurre en improvisaciones desde la inercia: soluciones facilonas replicadas de otras propuestas —no ya del entorno industrial español, sino también del <em><strong>Amor</strong></em><strong> de Haneke </strong>incluso— que no atinan a retener su organicidad.</p><p>Y también es<strong> la duda discursiva</strong>, a la postre lo más lamentable del trabajo de Matute. <em>Yo no moriré de amor</em> se preocupa de la dialéctica de género ante las crisis —cómo reacciona el padre frente a cómo reaccionan las hijas—, indaga en <strong>la pulsión individualista</strong> propia de la ideología contemporánea —la sensación de la protagonista de no estar viviendo como debería hacerlo— y por último se arrima al estado de las residencias y la cuestionable asistencia para personas como la madre enferma que encarna Sonia Almarcha. Transitando de un tema a otro con descuido, porque toca y porque sin duda es importante para la historia, pero sin superar<strong> la mera enunciación</strong>.</p><p>Lo cual, si bien encaja con<strong> el compromiso dubitativo</strong> de Matute, le acaba otorgando una ingrata sensación a <em>Yo no moriré de amor</em>. La de que es <strong>un testimonio incapaz de resonar más allá de sí mismo </strong>o de iluminar otros rincones fuera de los que conocemos de partida, ya que tantos dramas semejantes nos acechan cada día a cada rincón. <em>Yo no moriré de amor</em> recorre la crisis familiar hasta consumirla y lo hace <strong>de forma exasperantemente lineal</strong>, ajustándose a la penosa y lánguida condena que cualquiera asume que le espera en cuanto a un familiar le diagnostican alzheimer. Y volvemos a lo mismo, quizá fuera la forma adecuada, pero por muy centrales que sean en el film de Matute<strong> los muros domésticos</strong>, para hacer un cine relevante es necesario salir un poco de casa.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 07 May 2026 04:00:38 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA['Yo no moriré de amor', discreto drama doméstico sobre el impacto familiar del alzheimer]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Mujeres,Alzheimer]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[¿Ha muerto el cine? 'Resurrection' es un colosal viaje que demuestra que está lleno de vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/resurrection-monumental-viaje-historia-cine-celebrar-vigencia_1_2184762.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/75d71c32-2ad6-4af9-9fbf-9cb5d9c6a54d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Resurrection’, una monumental indagación en la historia del cine para proclamar que sigue lleno de vida"></p><p><strong>¿Cuándo murió el cine?</strong> Depende de a quién le preguntes. El director británico <a href="https://medium.com/tim-noakes/peter-greenaway-80240e8d7f7f" target="_blank">Peter Greenaway</a> sostiene por ejemplo que fue en 1983, con <strong>la llegada del mando a distancia</strong> a gran parte de los hogares del mundo. Aunque tampoco habría que ponerse tan apocalíptico. Quizá fuera algo después, <strong>propongamos que entre 2011 y 2012</strong>. Ahí fue cuando el cine occidental empezó a percatarse de que algo sucedía, tal y como demostraba la llegada de unas cartas de amor al medio que más bien parecían elegías: tanto <em>The Artist</em> como <em>La invención de Hugo </em>fueron candidatas al Oscar, si bien el gesto realmente significativo vino de Leos Carax<strong> estrenando </strong><em><strong>Holy Motors</strong></em>.</p><p><em>Holy Motors</em> planteaba una sospecha aterradora: ¿y si la última gran revolución del cine había sido en realidad<strong> el último clavo de su ataúd</strong>? ¿Y si la llegada del cine digital, con su flexibilidad y su “libertad”, había despojado la experiencia cinematográfica de unos determinados valores que ya podíamos empezar a echar de menos? La película de Leos Carax aparecía justo en la víspera de que estos síntomas empezaran a ser apreciados a nivel global, reforzados por <strong>una sucesión de crisis </strong>que iban mucho más allá de la disminución de asistencia a las salas. Tenían que ver con su legitimidad a la hora de <strong>dispensar imaginarios culturales</strong>, con los mismos términos de su fruición colectiva.</p><p>Técnica, estética y economía compartiendo colapso una vez llegaba <strong>la crisis del coronavirus</strong>, que fue cuando <strong>Bi Gan</strong> empezó a preocuparse. Solo que este jovencísimo director chino, que ya había despuntado en 2015 con un debut sumamente excesivo como <em><strong>Kaili Blues</strong></em>, no se preocupó desde el ángulo biográfico en que estaban coincidiendo tantos cineastas occidentales por la época —tejiendo autoficciones tan estimables como <strong>inevitablemente solipsistas</strong>—, sino que se puso a trabajar desde <strong>una historiografía de las imágenes</strong>. Acaso tenía a mano un referente más afín y prematuro en Taiwán —en 2003 Tsai Ming-liang había estrenado <em>Good Bye, Dragon Inn</em>—, pero tampoco le interesaba tanto la materialidad del escenario. <strong>Esa sala de cine trágicamente vaciada</strong>.</p><p>En vez de eso, Bi Gan iba a anclarse en el registro de la francesa <em>Holy Motors</em>. En el registro de estas imágenes, en <strong>los fértiles diálogos </strong>que podían seguir estableciendo entre ellas. Era el terreno más apropiado para él, según la apertura de miras europeas donde busca incrustarse. Bi Gan se ha hecho un nombre internacional en poco tiempo gracias al<strong> desenfrenado barroquismo</strong> de su obra sostenida sobre una coartada onírica, tan convincente como hasta cierto punto limitada por parecer complementaria a lo que viene sucediendo en <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/black-dog-evocadora-reflexion-traumas-historicos-china_1_2024095.html" target="_blank">el cine comercial de China</a> de un tiempo a esta parte. Bi Gan no deja de perseguir una ampulosa grandeza, y gracias a eso <em>Largo viaje hacia la noche</em> puede ser recomendada como una “experiencia” <strong>(¡en 3D y todo!),</strong> mientras <em>Resurrection</em> le da algo parecido a la consagración con un premio especial del Jurado en el Festival de Cannes de 2025.</p><p><em>Resurrection</em> es la película que le ha querido dedicar a la muerte del cine, siguiendo un esquema <strong>notablemente parecido a </strong><em><strong>Holy Motors</strong></em>. Como pasaba con Denis Lavant en la película francesa, aquí tenemos a un único personaje (interpretado por <strong>Jackson Yee</strong>) que vagabundea a través de diversas expresiones, más o menos definidas, de lo que ha venido siendo el cine <strong>durante el último siglo y pico</strong>. Yee cambia de aspecto según el segmento que toque. Es un ser metamorfo que dentro del mundo distópico donde comienza <em>Resurrection</em> se distingue por su obsesión por seguir soñando. En este mundo distópico, al parecer, <strong>ya no se sueña</strong>. Pero el protagonista se empeña en hacerlo, y gracias a su ambición podemos repasar junto a él algo similar a la historia del cine.</p><p><strong>Si suena ridículo es porque lo es</strong>. La capacidad de soñar del protagonista se fundamenta en que, vamos a decirlo rápido, lo que bombea su organismo es un rollo de celuloide, de modo que a <em>Resurrection</em> no le queda otra que ser <strong>mucho más simplona </strong>—al menos por punto de partida— que los films previos de Bi Gan. No es en sí mismo un problema, porque la vocación es la que es y el cineasta no quiere engañar a nadie. Es la angustia por ver algo amado sumido en esta supuesta agonía lo que mueve <em>Resurrection</em>, así como el entusiasmo altisonante de <strong>proclamar dicho amor</strong>. </p><p>Aceptando estos términos se le pueden echar ciertas cosas en cara a Bi Gan, por qué no. Se le puede afear<strong> la obviedad</strong>, casi propia de un ensayo de YouTube, con el que emula <em>La dama de Shanghai</em>. O algunos minutos especialmente relamidos, cuando su apasionamiento deviene algo parecido a <strong>una regañina</strong> en los minutos finales de la cinta —terminando de alejarse, entonces, de la brillantez intelectual que sí consumó Carax— y la película se queda indefensa ante nuestra condescendencia. Pero eso es todo. Difícilmente se le pueden sacar más pegas, cuando la quijotesca misión que Bi Gan ha reclamado para sí está anclada en <strong>la sensualidad y la artesanía antes que en la tesis</strong>.</p><p>Si bien la cinefilia personalista de Bi Gan no le aleja demasiado de sus homólogos europeos —<strong>la sombra de Tarkovski</strong> siempre ha sido acusada, casi nunca para bien, en todo lo que hace—, es la puesta en escena de la misma lo que aleja a <em>Resurrection</em> del fracaso embarazoso que podía haber sido, para transformarse en <strong>una obra realmente memorable</strong>. Porque sí, es cierto que Bi Gan parte de la cita y de lo que parece ser <strong>una síntesis académica</strong> de los hitos del Séptimo Arte: <em>El regador regado</em> de Louis Lumière es citado hasta dos veces, la encarnación original de Yee deriva del expresionismo alemán, se emplean técnicas y formatos distintos según la época... Con tal afán de completitud imposible como para acordarse de <strong>aquel hilarante montaje final de </strong><em><strong>Babylon</strong></em>. </p><p>Todo eso es cierto, y lo que importa sin embargo es <strong>el destino</strong>. La ejecución. También los pensamientos casuales entrelazados alrededor de la cita,<strong> mucho más juguetones</strong> de lo que el talante solemne de <em>Resurrection</em> podría dar a entender. Hay un segmento dedicado a los efectos especiales y a lo que podríamos entender como el cine espectáculo contemporáneo disfrazado de cuento picaresco de timadores y<strong> magos aficionados</strong>. Hay un ejercicio de cine negro ambientado en una sombría estación de tren cuyo <em>macguffin</em> bien podría ser <strong>la invención del sonido</strong>. Y cada uno está construido con un afán lúdico encomiable, transmitiendo a cada plano lo mucho que se ha disfrutado al invertir <strong>tal cantidad de energía (física, plástica, mental)</strong> en unos pocos minutos de arrebato.</p><p>Quizá parezca redundante, teniendo en cuenta los inequívocos presupuestos de Bi Gan, asegurar que a <em>Resurrection</em> solo le mueve<strong> el amor por las películas</strong>. Pero es lo que pasa, y en unos términos finalmente distintos a aquellos que han guiado la mayoría de cartas de amor (o defunción) de los últimos años. Porque lo que <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/amarga-navidad-magnifico-regreso-almodovar-senda-confesional-dolor-gloria_1_2163829.html" target="_blank">Almodóvar</a>, Cuarón, Spielberg, etcétera, hicieron en su momento fue una celebración de<strong> </strong><em><strong>su </strong></em><strong>cine</strong>. El cine que había guiado su trayectoria vital, el cine sin el cual no podían entenderse y que, ahora que estaba en peligro, <strong>impelía a la nostalgia</strong>. Bi Gan, a cambio, celebra<strong> </strong><em><strong>el </strong></em><strong>cine.</strong> La gravedad de <em>Resurrection</em>, con todos sus defectos e imposturas, sale de ahí. De una voluntad megalómana encaminada a la conclusión feliz por el gozo supremo de, simplemente, haber querido encaminarse a ella. <strong>De haber aceptado esta misión idiota</strong>.</p><p>Bi Gan, por lo demás, la ha aceptado según el interés que subyace en su filmografía, que viene a ser la lógica de los sueños y cómo esta puede desfigurar <strong>el espacio y el tiempo</strong>. Su afición por los <strong>planos secuencia</strong> bombásticos sale de ahí, en realidad, y es cuando este interés se funde frontalmente con la dimensión cinematográfica cuando <em>Resurrection</em> alcanza <strong>sus minutos más gloriosos</strong>. Por supuesto, uno de los segmentos de la película consiste en un único y complejísimo plano secuencia. Es el correspondiente a la llegada del siglo XXI, y es también donde con mayor tino Bi Gan combina el caudal referencial con<strong> sus propias indagaciones espaciotemporales</strong>.</p><p>Es ahí cuando la presencia de la actriz <strong>Shu Qi</strong> como acompañante recurrente del protagonista brilla con otra luz, remitiendo a cuando el rostro de esta misma actriz ya había inaugurado previamente el nuevo milenio —con <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/grandes-sorpresas-mayores-decepciones-cinematograficas-2025_1_2118334.html" target="_blank">su cambio de signo hegemónico hacia Asia</a>— en aquella <em>Millenium Mambo</em> de Hou Hsiao-Hsien, estrenada en 2001. En estos minutos magistrales Bi Gan funde los dos polos de la cinematografía mundial y obtiene una verdadera épica de los malabares entre <strong>significantes y referentes</strong>. El plano secuencia difumina el tiempo, falsea su paso e ironiza sobre su condición, mientras una historia de vampiros de neón se dirige al amanecer de una nueva época para rimar con otra de tantas obras esenciales que, según el director, lo empezaron todo. <em><strong>L’atalante</strong></em><strong>, por qué no</strong>.</p><p>Hay mucho capricho en <em>Resurrection</em>. También mucha belleza, mucha alegría por<strong> habitar un mundo con tanto cine dentro</strong>. Sobre todo hay mucha alegría encarnada en la pulsión contradictoria de darlo por muerto usando las herramientas que le son propias y <strong>exhiben lo mejor que él</strong>. Porque ya llevamos bastantes años con estas neuras y es evidente que<strong> el cine no ha muerto</strong>. Simplemente lo que ocurre —por eso <em>Resurrection</em> tiene tantas figuras de cera derritiéndose— es que el cine es como una vela. <strong>Necesita brillar para morir. O morir para brillar</strong>. Y así. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 30 Apr 2026 04:01:17 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <title><![CDATA[‘El sonido de la caída’ es un críptico y fascinante retrato de los fantasmas que no terminamos de dejar atrás]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/sonido-caida-criptico-fascinante-retrato-fantasmas-no-terminamos_1_2180429.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6ef65b0f-10ee-4043-83e1-0cf210c3a084_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘El sonido de la caída’ es un críptico y fascinante retrato de los fantasmas que no terminamos de dejar atrás"></p><p>Uno de los grandes conceptos que acuñó <strong>Walter Benjamin</strong> es, también, uno que nadie entiende del todo. En aquel<em> Libro de los pasajes</em> que el filósofo alemán nunca terminó <a href="https://www.infolibre.es/club-infolibre/librepensadores/camino-frontera-walter-benjamin_1_1208678.html" target="_blank">a causa de su suicidio</a> (empezó a escribirlo en 1927, hace casi un siglo) nos topamos con la<strong> “imagen dialéctica”</strong>. “No es que lo pasado arroje luz sobre lo presente, o que lo presente arroje luz sobre lo pasado; la imagen dialéctica sería aquello donde lo que ha sido se sintetiza como un relámpago con el ahora<strong> para formar una constelación</strong>”. Pues vale. “Mientras la relación del presente con el pasado es puramente temporal y continua, la relación entre lo que ha sido con el ahora es dialéctica”.</p><p>“No es una progresión sino una imagen, <strong>súbitamente emergente</strong>”. Stuart Jeffries se enfrentó a este galimatías en su fabulosa biografía coral de la Escuela de Frankfurt (<em>Gran Hotel Abismo</em>, 2018) y afirmó que eso de imagen dialéctica sonaba a oxímoron, <strong>a contradicción en sí misma</strong>. La dialéctica describiría una relación <strong>entre conceptos y argumentos</strong>, mientras que las imágenes son singulares e inmediatas. ¿Cómo podrían armonizarse estos términos? Por fuerza,<strong> recurriendo al arte</strong>. Recurriendo por ejemplo a ese joven arte en cuyo potencial Benjamin creyó con tanto entusiasmo: <strong>el cine</strong>. En tanto que integrado por imágenes en movimiento, el cine debía ser capaz de generar esa dialéctica en sus imágenes, que dejaban de ser singulares para pasar a ser constituyentes.</p><p>Pero seguiríamos hablando de un potencial, <strong>no necesariamente desarrollado</strong>. El cine puede abrazar la imagen dialéctica, aunque rara vez lo hace suscribiendo los épicos objetivos marxistas de Benjamin, obsesionado con redimir el pasado a través de las huellas que este deja en el presente y, desde ahí, proyectar ese presente hacia un horizonte emancipador. De ahí que sorprendan tanto los logros de <strong>Mascha Schilinski</strong>, paisana de Benjamin. En los primeros minutos del segundo largometraje de esta cineasta berlinesa, una niña contempla<strong> la foto de otra niña muerta</strong>. Un cadáver que no solo se parece a ella, sino que también se llama Alma y está ataviada con el mismo vestido que lleva la Alma actual. Nadie le explica a qué se debe esto.</p><p>A decir verdad, <em><strong>El sonido de la caída</strong></em><strong> </strong>es una película <strong>parca en explicaciones</strong>. Lo central de esta secuencia es la lógica turbación que experimenta Alma al toparse con esa imagen, y cómo reverbera en los minutos siguientes. Tiempo después, Alma se verá forzada misteriosamente a emular la imagen ella misma, mientras en paralelo otra chica, ya adolescente, emulará de forma involuntaria un ángulo diferente de esa misma foto, donde vemos el rostro de la madre de Alma (¿de las Almas?) sumido en <strong>un borrón de movimiento</strong>. A esta chica adolescente le separan de la niña inicial, por cierto, décadas y décadas. Intuimos que les une un parentesco, pero no se explicita. Lo más prudente es hablar de una imagen que ha sugestionado a ambas.<strong> Una imagen transmutada en fantasma</strong>.</p><p>A Benjamin también le pareció que la fotografía era revolucionaria, así que encaja que Schilinski ancle en una foto fúnebre el origen de los extraños acontecimientos que narra (o algo así) <em>El sonido de la caída</em>. Si la fotografía deja el pasado <strong>en suspenso,</strong> es inquietante toparnos en ella con impresiones de movimiento que la cámara no ha podido congelar. Esos borrones que difuminan a la madre de Alma, a la otra adolescente y, en cierto momento, también a una anciana —en este caso, según se nos cuenta, porque <strong>no hay un recuerdo nítido</strong> de ella—, evidencian la contradicción esencial de la fotografía. Su imposibilidad de embalsamar el movimiento (y la historia). En el mismo instante en que pretende acometer esa tarea, nacen los fantasmas.</p><p>Los fantasmas no son solo<strong> una aberración existencial </strong>—ser conscientes de su presencia mueve a que pongamos en cuarentena las nociones teleológicas de nuestra vida, la frontal división entre vida y muerte—, sino también, aventuraremos, la expresión más pura de la imagen dialéctica de Benjamin.<strong> Fotografía, fantasmas, cine</strong>. Este triángulo sintetiza toda la propuesta de <em>El sonido de la caída</em>, y justifica <strong>el andamiaje tan complejo </strong>de Schilinski. Porque esta indómita película de dos horas y media se ubica en una misma granja alemana a lo largo del siglo XX (y un poco del XXI), y discurre a través de las vivencias y traumas de cuatro generaciones de mujeres. </p><p>Estas vivencias fluyen sin orden aparente en <em>El sonido de la caída</em>. Saltamos entre épocas, rápidamente nos damos por vencidos a la hora de cartografiar parentescos, y la única oportunidad de captar un significado ordenado —que por otra parte<strong> no sería una prioridad de la imagen dialéctica</strong>— es a través de <strong>las rimas</strong>. Comportamientos que se repiten, ideas que resuenan. Ocurre sobre todo que estas mujeres sienten<strong> una atracción febril por lo macabro</strong>. Ya sea la mutilación, ya sea la fantasía de suicidio, ya sea el abuso patriarcal, todas las vivencias comparten sabor, y parecen determinadas por el pasado. Aunque, dada <strong>la dislocación temporal </strong>a la que se compromete el guion de Schilinski y Louise Peter, ni siquiera podemos hablar en puridad de un “pasado”.</p><p>La idea central que comparten las mujeres de <em>El sonido de la caída</em> es, consustancialmente a esta visión caótica que se destila entre ecos y profecías, la de <strong>la mirada</strong>. Son mujeres que miran, que se inquietan por quiénes las podrían estar mirando y que, acaso por esta alienación, no son capaces de mirar dentro de sí mismas. Al hacerlo solo encontrarían otras miradas, ajenas y propias.<strong> Huellas de fantasmas</strong>. Es lo que —por si no fuera ya bastante intimidante el bagaje filosófico con el que trabaja Schilinski— lanzaría <em>El sonido de la caída</em> a las problemáticas en torno a <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-adelanto-medio-siglo-metoo-reaparece-manteniendo-rabia-angustia_1_1729972.html" target="_blank">la representación cinematográfica de la mujer</a>, en una suerte de feminismo ontológico que tampoco por este camino va a alumbrar respuestas claras. A este film no podrían interesarle menos dichas respuestas.</p><p>Lo que le interesa, entonces, es remontarse a una idea de cine rabiosamente dialéctica, que de forma inevitable ha de sorprender —y con un poco de suerte,<strong> sobrecoger</strong>— en una época muy lejana a aquella en la que Benjamin filosofaba con tanto entusiasmo e imprudencia. Es como si <em>El sonido de la caída</em> quisiera regresar a un momento en que el cine aún no había desarrollado <strong>sistemas ni industrias</strong>, en que simplemente la cámara se hubiera quedado con la posibilidad de registrar otra cámara a la que ofrecerle un espejo, para pasar a registrar las energías que surgieran entonces.</p><p>Con tal desmantelamiento de leyes narrativas, tan sumo desinterés por que alguien <em>entienda </em>algo —es de estas películas que para leerlas como requieren hay que sumergirse (¿con resignación?)<strong> en un registro poético</strong>—, a <em>El sonido de la caída</em> no le queda otra que ser arrogante y antipática. Las únicas muestras de clemencia radicarían en<strong> su portentosa belleza plástica</strong>, esa fotografía de texturas infinitas a cargo de Fabian Gamper que acepta tanto los pesos históricos —la memoria iconográfica de cada época alemana— como los subjetivos —la sensualidad del paisaje que rodea a la granja, la importancia del agua como <strong>metonimia de la fluidez</strong> que persigue el film—, en un gesto de coherencia extrema junto a la gramática que busca Schilinski.</p><p><em>El sonido de la caída</em> es una película que parece inventar <strong>sus propios movimientos de cámara</strong>, que a cada secuencia busca una solución nueva y vibrante, simplemente por su compromiso de rastrear qué hace a un fantasma ser un fantasma y<strong> cómo podría abordarlo el cine</strong>. Sus preocupaciones, por otra parte, no son radicalmente nuevas —en Hollywood nos topamos recientemente con películas como<strong> </strong><em><strong>Here</strong></em><strong> de Robert Zemeckis</strong> y <a href="https://www.eldiario.es/cultura/cine/steven-soderbergh-cuenta-pelicula-terror-ojos-fantasma-ultima-travesura-presence_129_12108389.html" target="_blank"><em>Presence</em></a><a href="https://www.eldiario.es/cultura/cine/steven-soderbergh-cuenta-pelicula-terror-ojos-fantasma-ultima-travesura-presence_129_12108389.html" target="_blank"> de Soderbergh</a>, cada una preguntándose a su manera por cómo fundir imagen digital y ectoplasma—, aunque sí se acerca a serlo<strong> su lenguaje</strong>. </p><p>Porque a veces, en sus extremos más hipnóticos y felices, <em>El sonido de la caída</em> apunta a ser una refundación de todo lo que creíamos saber del arte cinematográfico, abriéndose hacia <strong>un horizonte alternativo</strong>. Otras veces, en cambio, lidiamos con <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/agente-secreto-atipico-thriller-confusos-recovecos-memoria-historica_1_2146425.html" target="_blank">el caprichoso y familiar </a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/agente-secreto-atipico-thriller-confusos-recovecos-memoria-historica_1_2146425.html" target="_blank"><em>shock</em></a> —la película de Schilinski ganó el Premio del Jurado en el último Festival de Cannes junto a <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/rave-resistencia-neoliberalismo-oliver-laxe-sacude-cimientos-cine-prodigiosa-sirat_1_2007012.html"  ><em>Sirât </em></a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/rave-resistencia-neoliberalismo-oliver-laxe-sacude-cimientos-cine-prodigiosa-sirat_1_2007012.html"  >de Oliver Laxe</a>— y con la necesidad de no volar demasiado lejos del suelo. Aún así, hay en la película una voluntad definida y encomiable, la de <strong>agitar y desafiar</strong>, animándonos a dialogar sobre qué es el cine <strong>(o qué podría ser)</strong> como si volviéramos a los años 20 del siglo pasado.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 23 Apr 2026 04:01:52 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘El sonido de la caída’ es un críptico y fascinante retrato de los fantasmas que no terminamos de dejar atrás]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Directores cine,Industria cine,Taquilla cine,Películas]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[‘La momia de Lee Cronin’ es la revisión gozosamente libre y creepy de un mito de Hollywood]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/momia-lee-cronin-revision-gozosamente-libre-creepy-mito-hollywood_1_2180005.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/393cc27f-f047-4430-889c-9f791c99c766_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘La momia de Lee Cronin’ es la revisión gozosamente libre y creepy de un mito de Hollywood"></p><p>¿Qué habrá hecho<strong> Lee Cronin</strong>? ¿Quién será ese tal Lee Cronin para reclamar la propiedad de <em>La momia</em> en la última versión de esta longeva saga (por llamarla de algún modo) de Hollywood? La película se titula <em><strong>La momia de Lee Cronin</strong></em> así que, a la vez que pensamos en el rostro macilento de Boris Karloff o en cierto querido <em>blockbuster</em> de finales de los años 90, pensamos en cuando Guillermo del Toro<strong> logra ser tan autor</strong> como para que su film se titule <em>Pinocho de Guillermo del Toro</em>. O, aún mejor, nos acordamos de aquella engañifa publicitaria de<strong> </strong><em><strong>Drácula de Bram Stoker</strong></em><em>, </em>cuando Coppola utilizó <strong>el nombre del novelista</strong> en la adaptación menos fiel posible de su novela.</p><p>Lee Cronin debe ser alguien. Aunque la propiedad intelectual a la que se ha arrimado apenas tenga <strong>un peso definido</strong>. Dentro de aquella saga monstruosa iniciada en los años 30 por Universal, al primer film de <em>La momia</em> le pasa como <strong>a </strong><em><strong>El hombre lobo</strong></em>: no se basa en ninguna novela canónica, surgió entre la mezcla de referentes y el oportunismo —la leyenda urbana de que el hallazgo de la tumba de Tutankamón había desatado una maldición—, y así ha fluido mejor o peor desde entonces. Es tan endeble su encaje industrial que acaso la flamante firma de Cronin se deba a <strong>motivaciones más bien pedestres</strong>: no quiere tener nada que ver con esa saga de <em>La momia</em> que pronto va a prolongarse en una cuarta entrega <a href="https://www.20minutos.es/cinemania/noticias/momia-4-brendan-fraser-rachel-weisz-confirma-regreso-mas-esperado-familia-john-hannah_6952000_0.html" target="_blank">con Brendan Fraser</a>. Además proviene de productores distintos.</p><p>Hay que separar a esta <em>Momia</em>, por último, del <strong>ridículo Dark Universe</strong> que iba a haber iniciado Tom Cruise hace casi diez años, con su propia versión de <em>La momia</em>. Pero no lo negaremos. Por mucho que esta sea solo la tercera película que dirige —nadie alcanzó semejante rúbrica <strong>habiendo hecho tan poco</strong>—, el apellido de Cronin significa algo. Lo confirmamos en 2023 cuando se hizo cargo de una entrega de <em>Posesión infernal</em> con aplomo encomiable. Este cineasta irlandés dejó claro que tenía unos intereses propios: <strong>una fijación por el entorno familiar</strong>, por la brutal manipulación de las imágenes confortables de dicho entorno, a través de la violencia y la deformación física.</p><p>Así que, ¿es Lee Cronin un autor? ¿Es justificable <strong>la bombástica firma</strong> de esta<em> Momia</em>? Aún es pronto para confirmarlo, pero desde luego hay embarcados aquí intereses más fuertes que una <strong>propiedad intelectual</strong> o una franquicia histórica de la que haya que respetar imágenes concretas.</p><p>Lo que está haciendo Cronin casi pasaría como una desactivación de la solemnidad del último cine de terror —había quien antes lo llamaba “terror elevado”, <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/si-pudiera-daria-patada-perturbador-retrato-maternidad-brutal-rose-byrne_1_2127792.html" target="_blank">aunque pocos se acuerdan ya</a>—, y hallaría afinidad con <strong>el éxito reciente de </strong><em><strong>Weapons</strong></em>, también distribuida por Warner Bros. Por lo demás, hay tal cantidad de sufrimiento infantil en el cine de Cronin como para pensar asimismo en el cine de los hermanos Philippou, <strong>entre </strong><em><strong>Háblame </strong></em><strong>y </strong><em><strong>Devuélvemela</strong></em>, y modular una angustia contemporánea ante las incertidumbres del futuro que podrían representar los infantes torturados. Aunque mejor no irse muy lejos de <strong>la diversión desacomplejada</strong> de <em>Weapons</em>.</p><p>Como en el caso de Zach Cregger, la ambición de Cronin se limita al impacto instantáneo. <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/agente-secreto-atipico-thriller-confusos-recovecos-memoria-historica_1_2146425.html" target="_blank">Al </a><a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/agente-secreto-atipico-thriller-confusos-recovecos-memoria-historica_1_2146425.html" target="_blank"><em>shock</em></a>, entendido según la imagen horripilante y el más difícil todavía que pueda inspirar la complicidad del fan del género. <strong>O el humor, directamente</strong>. Cronin no se toma demasiado en serio lo que está haciendo, guiado por <strong>un afable nihilismo</strong> que pasa por desactivar los conflictos y las temáticas al poco de que se enuncien. Ya pasaba en su película de <em>Posesión infernal</em> según había que tirar de guiños a los fans. Y ocurre en <em>La momia de Lee Cronin</em> cuando los significantes en torno al <strong>drama familiar, la culpa o la religión </strong>se evaporan tiempo después de desplegarse. </p><p><em>La momia de Lee Cronin</em> no habla de nada en particular. Aún así ha recabado el interés de dos sellos reconocibles especializados en terror (la Atomic Monster de James Wan y Blumhouse, según una reciente alianza) y, sobre todo, <strong>dura más de dos horas</strong>. Esto último nos daría la verdadera clave de por qué es una película tan contundente, y por qué tiene unos valores de producción tan encomiables. El film se desarrolla<strong> entre varias localizaciones</strong>, se toma su tiempo en arrancar y cuida mucho tanto la atmósfera como cada secuencia donde el horror estalle. Cronin, realmente, ha cuidado su película. No quiere hacer <strong>un producto de derribo</strong> destinado al videoclub.</p><p>Hay una escala, una dignidad, <strong>un goce artesanal</strong>. También algo parecido a una libertad, favorecida por el hecho de que hacer una película de “la momia” hoy día<strong> no implica servidumbre alguna </strong>y Cronin ha podido escribir el argumento que le dé la gana: aunque sigamos lidiando con maldiciones egipcias, buena parte de la acción se desarrolla en un hogar estadounidense al que ha regresado una hija en estado catatónico, descubierta <strong>en un extraño sarcófago</strong> tras ocho años desaparecida. Gran parte de los sobresaltos del film tienen que ver con el enigma de la niña, alrededor de la cual van materializándose fenómenos cada vez más extraños y grotescos.</p><p>No cuesta, entonces, echar la vista atrás. Y, antes que pensar en otras momias, rememorar un momento muy interesante de la industria estadounidense. Cuando, entre finales de los 60 y principios de los 70, el cine de terror religioso se permitió por una vez alardear de presupuestos y directores de renombre. Fue el tiempo de <em>La semilla del diablo</em>. Sobre todo,<strong> de </strong><em><strong>El exorcista</strong></em><strong> y de </strong><em><strong>La profecía</strong></em>, siendo el esquema argumental de estas últimas mucho más determinante en <em>La momia de Lee Cronin</em> que cualquier momia previa. Entonces el terror quiso ser ambicioso y monumental, explotando temores recónditos de la sociedad de la época de la mano de amplias producciones.</p><p>Estos referentes le quedan grandes a <em>La momia de Lee Cronin</em> pero no dejan de tener un eco. Resulta que, en cuanto a <strong>terror de estudio entusiasta y de factura impecable</strong>, <em>La momia de Lee Cronin</em> se</p><p>apoya en la gratísima experiencia que fue <a href="https://www.eldiario.es/cultura/cine/primera-profecia-mejor-pelicula-saga-original-solido-ejercicio-terror-blasfemo_129_11262385.html" target="_blank"><em>La primera profecía</em></a> hace un par de años (otro gran <em>flashback</em> setentero), y propone un feroz entretenimiento que no toma prisioneros. Que sorprende a cada punto del camino, que se pregunta a cada instante cómo tensar la acción <strong>del modo más retorcido y salvaje posible</strong>, y que en resumidas cuentas se presenta como un espectáculo militantemente generoso, al que no dan muchas ganas de poner pegas.</p><p>Desde luego que la interpretación de<strong> nuestra Laia Costa</strong>, como madre de esta niña momificada, queda diluida entre tantos fuegos artificiales. Desde luego que la investigación sostenida entre Egipto y EEUU —por más que constate el influjo de <em>La profecía</em> y utilice un poco de <strong>metraje encontrado</strong> para inquietar por ese lado también— no da mucho de sí. Y desde luego que la propuesta narrativa de <em>La momia de Lee Cronin</em><strong> es escasísima</strong>, marcada por las ganas antes que por la ejecución. La película al final sufre de<strong> estas carencias intestinales</strong> y se hace algo larga, sin que aún así dé pie a los reproches. Nos lo estamos pasando tan bien. Se lo está pasando tan bien.</p><p>He aquí una suerte de fallo en el sistema, una película de aspiraciones honestas que se cuela en <strong>el inhumano andamiaje de las IPs</strong> de Hollywood —de esas propiedades intelectuales que, sin importar el género, están pudriendo la expresividad del cine popular— y aprovecha todos los recursos disponibles para no hacer más que guarradas y tonterías. Con<strong> unos efectos prácticos fenomenales</strong>, un voluminoso sentido de la puesta en escena, <strong>y un humor negro</strong> que va macerándose poco a poco hasta estallar sofocando todas las coartadas dramáticas del mundo.</p><p>Es un terror convencido de su valía y su capacidad para asustar. Lo que, afortunadamente, no significa que sea elevado <strong>ni particularmente serio</strong>. Cronin no debe ser de esos. El terror que hace solo quiere echarse unas risas y apenas termina de creerse que le hayan dado tanto dinero para hacer esta movida. <strong>Bienaventurado sea el reinado de la IP</strong>. Solo por esta vez.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 20 Apr 2026 04:00:58 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘La momia de Lee Cronin’ es la revisión gozosamente libre y creepy de un mito de Hollywood]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Películas,Cultura,Cine]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[‘Buena suerte, pásalo bien, no mueras’: el director de ‘Piratas del Caribe’ vuelve al cine cargando contra la IA]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/buena-suerte-pasalo-no-mueras-director-piratas-caribe-vuelve-cine-cargando-ia_1_2173699.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/158b9623-ead2-4807-ba15-ff8ada45d54d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Buena suerte, pásalo bien, no mueras’: el director de ‘Piratas del Caribe’ arremete contra la IA en un formidable regreso al cine"></p><p><strong>A Gore Verbinski sin duda le interesa la tecnología</strong>. Pero no necesariamente le interesa como "tema" sino como herramienta, como condición de posibilidad. Es la razón por la que acaso nadie quiera considerarlo un autor (afortunadamente), aunque tampoco sería descabellado incluirlo dentro de una derivación tardía de lo que los críticos Diego Salgado y Elisa McCausland apodaron "<em>Nouvelle Vague</em> tecnológica": ese grupo de cineastas estadounidenses (Spielberg, George Lucas, James Cameron, Robert Zemeckis) que desde finales de los años 70 experimentaron con los efectos visuales y <strong>las posibilidades expresivas de la tecnología digital</strong>. Verbinski estaría en esa onda.</p><p>Por eso conviene escuchar sus opiniones sobre el estado tecnológico del cine. A finales del año pasado Verbinski propuso que la culpa de que hoy día el CGI (imágenes generadas por ordenador) del cine de Hollywood luzca tan mal<strong> </strong>—o, lo que es lo mismo, haya perdido la capacidad de sorprender al público que había atesorado hasta entrados los 2000— <strong>la tienen los videojuegos</strong>. El director de <em>Piratas del Caribe</em> lo explicó someramente <a href="https://butwhytho.net/2025/11/gore-verbinski-good-luck-have-fun-dont-die/" target="_blank">en una entrevista en </a><a href="https://butwhytho.net/2025/11/gore-verbinski-good-luck-have-fun-dont-die/" target="_blank"><em>But why tho?</em></a>: películas recientes han incorporado a su desarrollo un motor gráfico procedente de los videojuegos —el <em>Unreal Engine</em>, inseparable, por ejemplo, del <em>Fortnite</em>— y eso, junto a la costumbre establecida de rodar en digital y pantallas verdes, <strong>lo ha aplanado todo</strong>.</p><p>Verbinski describió una<strong> "estética de videojuegos" uniforme e infiltrada en el cine</strong> cuya consecuencia definitoria es la ausencia de matices y sentido de la maravilla. Esta estética ha implantado una suerte de dimensión autónoma, donde creaciones de gran virtuosismo digital como el <a href="https://piratasdelcaribe.fandom.com/wiki/Davy_Jones" target="_blank">Davy Jones de </a><a href="https://piratasdelcaribe.fandom.com/wiki/Davy_Jones" target="_blank"><em>Piratas del Caribe</em></a> —uno de los hitos técnicos de los que más se puede enorgullecer Verbinski— ya no pueden brillar, al no poder contrastar con su entorno. <strong>Se ha perdido verosimilitud, cercanía con la realidad inmediata del espectador</strong>, al tiempo que esta realidad amenaza con ser contaminada por los márgenes del videojuego. Si las imágenes ficticias con las que nos relacionábamos se aplanan, ¿cómo no va a aplanarse nuestra realidad también?</p><p>Verbinski quizá erró al centrarse en el <em>Unreal Engine</em> —que no se ha infiltrado en el cine lo suficiente como para erigirle culpable total—, pero atinó al advertir <strong>lo peligrosas que pueden ser estas realidades asépticas y uniformes</strong>, vulnerables a trucajes tan evidentes y veloces como… los que puede efectuar la inteligencia artificial (IA). En aquella entrevista no arremetió contra la IA aunque igualmente fue para promocionar <em><strong>Buena suerte, pásalo bien, no mueras</strong></em>, y su discurso apocalíptico encajó a la perfección con los propósitos del primer <em>film </em>que dirige en diez años. Si nuestra realidad ya es inseparable de la simulación, <strong>¿cómo no va a venir la IA a hacer estragos?</strong></p><p><em>Buena suerte, pásalo bien, no mueras</em> es <strong>una película anti-IA</strong>. De forma militante y, como insinuarían las declaraciones de Verbinski sobre los videojuegos, algo trasnochada. Lo bueno es que es anti-IA de una forma que no atiende tanto a <strong>la emancipación de las máquinas</strong> —tratada en <em>Terminator</em>, de la que esta película retoma los viajes en el tiempo con sus inevitables paradojas—, como a la capacidad de esta tecnología para enfangar<strong> nuestra percepción del mundo</strong>. Verbinski, partiendo de un guion que Matthew Robinson escribió hace ocho años —que de hecho se ha rodado a toda velocidad ahora que el debate sobre la inteligencia artificial está candente—, quiere tratar esta incertidumbre. Es algo que sin duda le preocupa.</p><p>De lo que deduciríamos que <em>Buena suerte, pásalo bien, no mueras</em> es la película más personal de Verbinski hasta la fecha, tan personal como para declararla una "<strong>propuesta de autor"</strong>. Y eso que no es la primera vez que prefiere mirar de frente la tecnología en lugar de limitarse a usarla como herramienta. Hace 24 años dirigió <em>The Ring</em> y ahí ocurrió algo interesante. Por entonces, el director debía importar a Hollywood uno de los últimos grandes éxitos del terror japonés que, abanderado por figuras <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/cloud-retorcido-analisis-linchamientos-internet_1_1902029.html" target="_blank">como Kiyoshi Kurosawa</a>, justo habían insinuado <strong>la indefinición de la realidad </strong>a la que condenaba (todavía incipientemente) Internet y el paradigma hipermedia.</p><p>Surgían entonces los espacios vacíos y trémulos. Y sobre todo surgían imágenes-misterio, avanzadillas del <a href="https://cadenaser.com/emisora/2016/04/29/ser_madrid_norte/1461929416_715976.html" target="_blank"><em>creepypasta</em></a> y esos conflictos ontológicos que se han exacerbado con el paso de los años. Pero Verbinski las tradujo eliminando cualquier ruido: cada plano del vídeo maldito que centraba la historia de <em>The Ring</em> solo era <strong>experimentalismo de diseño</strong> (<em>videoclipero</em> y publicitario, que era a fin de cuentas de donde Verbinski había salido en los 90), y el cineasta había exacerbado a su alrededor el melodrama visual, desdeñando cualquier posibilidad de sugerencia. El planteamiento de <em>Buena suerte…</em>, ceñido a la lucha contra<strong> una IA que nos absorbe y engaña sistemáticamente,</strong> podría haber favorecido un repliegue hacia el J-Horror <em>dosmilero</em>. No es el caso.</p><p>No es el caso porque Verbinski sigue siendo Verbinski. Sigue siendo un creyente confeso en <strong>la materialidad de las cosas</strong>, en el despliegue de la puesta en escena como mundo inmersivo a la vez que chocante, en <strong>un espectáculo que engrandece el mundo</strong>. Con esa vocación maximalista, a la película no le queda otra que aferrarse a un pesimismo tecnológico que hubiéramos considerado reaccionario hace dos décadas… pero que ahora <strong>ha de parecerse mucho al heroísmo</strong>. </p><p>En función a ese desdén por los trampantojos de la imagen digital, <em>Buena suerte, pásalo bien, no mueras</em> <strong>arremete también contra los videojuegos</strong> —la frase titular que usan en el videojuego ficticio al que se enganchan algunos personajes se ha escuchado antes en uno de verdad, <em>Apex Legends</em>— y se sumerge en <strong>un imaginario orgullosamente paranoico</strong>, destilado en los varios <em>flashbacks</em> que explican el pasado de los aliados de<strong> </strong>Sam Rockwell<strong> </strong>(el hombre que viene del futuro) en su lucha contra la IA. Estos <em>flashbacks</em> funcionan a su vez como <strong>estridentes episodios de </strong><em><strong>Black Mirror</strong></em>, y si bien conllevan algunas arritmias, nunca llegan a abocar a graves problemas para la película: <strong>Verbinski sigue estando a los mandos</strong>. Y eso significa grandes cosas.</p><p>Significa reencontrarse con<strong> un narrador superdotado</strong>, uno de los que mejor ha aprehendido la imagen-espectáculo acuñada por la <em>Nouvelle Vague</em> tecnológica. La narración de <em>Buena suerte…</em>, con su fluidez avasalladora y su movimiento continuo —recordando en todo momento que Verbinski siempre ha entendido el cine como una forma de animación, y que por eso <em>Rango</em> es una de sus obras maestras—, bastaría por sí sola para celebrar<strong> el regreso providencial del cineasta</strong>, e intensificar el lamento por estos diez años de experiencias coartadas.</p><p>Bastaría, pero <em>Buena suerte</em>… es mucho más. Es una obra febril, salida de las entrañas de un artesano que ha tenido que convertirse en autor<strong> prácticamente obligado por la época</strong>, presumiendo de una integridad creativa capaz de hacer enrojecer a cualquier figura que hoy afirme dedicarse al cine popular. Y eso que ni siquiera hablamos de cine de amplio presupuesto: lejos han quedado los tiempos de <em>Piratas del Caribe</em> y <em>Buena suerte…</em> es <strong>un proyecto humilde</strong> con escasísimas opciones de convertirse en un fenómeno de taquilla. Su constitución, incluso, parece favorecer que se le acuse de obra desfasada, atropellada en su talante ingenuo por la contemporaneidad.</p><p>En su vulnerabilidad al escepticismo también estriba<strong> una grandeza muy particular</strong>, por supuesto. Una energía indómita capaz de eclipsar las deficiencias de un guion no demasiado bien cerrado, mientras erige a Verbinski como una suerte de héroe trágico. <strong>Un romántico, a fin de cuentas</strong>. Un caminante sobre el mar de nubes que, con los ojos abiertos de par en par y en un rictus inevitablemente desquiciado, proclama que<strong> esas nubes siguen siendo reales</strong>. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 09 Apr 2026 04:00:54 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Cultura,Películas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sorrentino huye en ‘La grazia’ de todo lo que le hace ser Sorrentino y logra una de sus mejores películas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/pelicula-semana/sorrentino-huye-grazia-le-sorrentino-logra-mejores-peliculas_1_2170535.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7061d2fd-549e-4b8e-9ab0-a9bb0f40d291_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sorrentino huye en ‘La grazia’ de todo lo que le hace ser Sorrentino y logra una de sus mejores películas"></p><p><a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/susan-sontag-metafora_1_1187410.html" target="_blank">Susan Sontag</a> falleció antes de que <strong>Paolo Sorrentino </strong>se diera a conocer, así que nos quedamos con las ganas de saber si este cineasta italiano habría movido a la ensayista a matizar sus famosísimas <em><strong>Notas sobre lo camp</strong></em>. A la hora de definir esta sensibilidad, allá por 1964, Sontag había sentenciado que forzosamente <strong>había algo homosexual en ella</strong>, pero hete aquí que llegaba Sorrentino mostrando una afinidad extrema hacia lo <em>camp</em>… <strong>siendo extremadamente hetero</strong>. Presumiendo de mirada masculina, colocando al hombre y su deseo sexual por la mujer en el centro.</p><p>Difícilmente habría algo <em>camp</em> en Sorrentino. Sugerirlo solo sería una travesura y puede que ni el mismo Sorrentino aceptara la idea: él, sin duda, persigue <strong>algo más sublime </strong>con <a href="https://www.infolibre.es/temas/cine/" target="_blank" >su cine</a>. Y aún así parece perseguirlo<strong> como un dandi</strong>, como un sofisticado vagabundo de la decadencia europea. Sontag también hablaba del dandi en su texto: “El dandi es el discípulo decimonónico del aristócrata y lo <em>camp</em> es <strong>dandismo moderno</strong>: la respuesta a cómo ser dandi en la cultura de masas”. Es imposible no pensar en<strong> el Jep Gambardella de </strong><em><strong>La gran belleza</strong></em> al releer estas palabras. </p><p>Y más. “El <em>camp</em> lo ve todo entre comillas: no será una lámpara sino una ‘lámpara’, no será una mujer sino ‘una mujer’”.<strong> Una “mujer”</strong>, entre comillas, era la escultural protagonista de uno de sus films menos apreciados, <em>Parthenope, u</em>n personaje agobiado por el peso de representar la Belleza (o la “belleza”) que buscaba <strong>un replanteamiento de su ser</strong> más allá de los límites de la enfervorecida puesta en escena de Sorrentino. Lo lograra o no, alrededor de ella se evaporarían las dudas para declarar <em>camp</em> a Sorrentino, sofocándose del todo en otra de las conclusiones de Sontag: simplemente, lo <em>camp</em> sería “experimentar el mundo <strong>como si todo él fuera un fenómeno estético</strong>”.</p><p>Ni Sorrentino negaría eso. No podríamos negarlo, desde luego, al observar la peculiar trilogía que viene a culminar <em><strong>La grazia</strong></em><strong> </strong>y que el cineasta ha dedicado a<strong> una serie de mandatarios italianos</strong>. Todos ellos, interpretados por su actor fetiche<strong> Toni Servillo</strong>. En<strong> </strong><em><strong>Il divo</strong></em><strong> y </strong><em><strong>Silvio (y los otros)</strong></em> se aferró a la vida de dos siniestros personajes que ocuparon la cartera de Primer Ministro durante un tiempo prolongado, antes de que diversos escándalos de corrupción les apartaran de primera línea. De <strong>Giulio Andreotti y </strong><a href="https://www.infolibre.es/temas/silvio-berlusconi/" target="_blank" ><strong>Silvio Berlusconi</strong></a><strong> </strong>pasamos a Mariano de Santis en <em>La grazia</em>, que curiosamente ya no es Primer Ministro sino Presidente de la República y además…<strong> es ficticio</strong>.</p><p>Es decir. Por lo que se nos cuenta de este personaje, por las “seis crisis de gobierno a las que ha sobrevivido sin hacer nada”, sería inevitable pensar <strong>en Sergio Matarella</strong>, que lleva representando la <a href="https://www.infolibre.es/temas/italia/" target="_blank" >unidad nacional italiana</a> desde hace más de diez años y ha visto desfilar a varios Primeros Ministros hasta llegar a <strong>la actual (y ultraderechista) Giorgia Meloni</strong>. Mariano de Santis, como Matarella, desearía que su título correspondiera a propósitos más elevados, afianzándose en su carácter de antiguo jurista para que el mandato estuviera marcado por<strong> la ecuanimidad y la templanza</strong>.</p><p>Lo que, obviamente, establece una distancia a varios niveles con <em>Il divo</em> y <em>Silvio</em>. Esas películas se revolcaban en el barro, se regodeaban en <strong>la calculadora maldad</strong> de Andreotti y <strong>la caspa festiva</strong> de Berlusconi, respectivamente. Como a fin, de cuentas, todo es un fenómeno estético para Sorrentino (la política debe serlo en especial, por la atención que le presta), a este díptico podría afeársele que contemplara con <strong>demasiada fascinación</strong> a sus criaturas. Desde luego que había crítica y sorna, pero también una voluntariosa (incluso admirada) inmersión en sus imaginarios. Que es un poco lo que pasa con <em>La grazia</em>, solo que el de De Santis es <strong>un perfil radicalmente distinto</strong>.</p><p>De Santis es un hombre paciente. Un político con años de experiencia que sostiene que la duda es una virtud, que l<strong>a burocracia es necesaria</strong> por cuanto se fundamenta en querer tomarse tiempo para resolver algo. También es un político avejentado, lleno de remordimientos y cuentas pendientes del <strong>índole viril </strong>que no podría faltar en Sorrentino —la eterna duda de si su esposa le fue infiel antes de morir—, así como relativas a <strong>nociones más amplias </strong>como sus relaciones familiares o los legados. Sorrentino, queriendo dejar acotado al máximo este carácter, lo presenta en los últimos meses de su vida política y teniendo que tomar<strong> tres grandes decisiones</strong> por las que siempre se le recordará.</p><p>De Santis es tan distinto de Andreotti y Berlusconi, y están tan sintetizadas las inquietudes que debe resolver, que <em>La grazia</em> parece querer alejarse frontalmente de<strong> los anteriores frenesíes de Sorrentino</strong>. Aunque el esfuerzo termina siendo más orgánico de lo que apunta el planteamiento —de hecho bien podría haberse adivinado en<strong> la melancolía de </strong><em><strong>Parthenope</strong></em>—, y mueve a que no podamos considerar exactamente que Sorrentino esté “vaciando” su estética. Desde luego hay un notable desprendimiento de la energía febril y de la frivolidad —permanecen retazos en forma de cámaras lentas o en el hilarante gusto de De Santis por el rap—, y un esfuerzo por controlar más la narración. Pero la estética no se está vaciando. <strong>Se está elevando</strong>.</p><p>Se eleva hacia los ideales y la filosofía política pre-Maquiavelo, como si Sorrentino buceara en los orígenes de esa terminología que sigue dando legitimidad institucional (una legitimidad estética,<strong> una “legitimidad”</strong>) a los desvaríos políticos de nuestros días.<strong> Y el resultado es magnífico</strong>. Insertar a un hombre bueno en este familiar mundo estetizado lo cambia todo, recaba una grandeza con visos de atemporal que ni siquiera cabría emparentar con artefactos idealistas (hoy tan trasnochados) como<strong> </strong><em><strong>El ala oeste de la Casa Blanca</strong></em>. Si volviéramos la mirada a EEUU, <em>La grazia</em> recordaría más a cuando John Ford depositó todo su ideario humanista sobre los hombros de un alcalde, Spencer Tracy, en <em>El último hurra</em>.<strong> Antes de que nadie supiera qué diantres era el </strong><em><strong>camp</strong></em>.</p><p>Como pese a todo seguimos habitando un mundo estetizado<strong> (o una estética con forma de mundo)</strong>, las decisiones de Sorrentino mantienen la sorpresa y el deslumbramiento, afinadas al compás de un Servillo en la cumbre de sus dotes interpretativas (ganó la Copa Volpi en el <strong>Festival de Venecia</strong>) y de una progresión narrativa con aroma clásico al margen de las extravagancias. <em>La grazia</em> es una película de encuentros y reflexiones. También de<strong> arrebatos líricos</strong> que pocas veces han cuajado tan bien —todo lo que rodea al astronauta—, y que facilitan la constatación de este film como uno de los grandes logros de un cineasta al que le está sentando realmente bien<strong> la llegada del crepúsculo</strong>.</p><p><em>La grazia</em> se apoya en la polisemia de su título (gracia como indulto tanto como virtud) para volver a tallar en piedra <strong>las verdades universales</strong> y aislarse de cualquier ruido contemporáneo o cutre —fácilmente identificable con los excesos de <em>Il divo</em> y <em>Silvio</em>—, en pos de<strong> su confabulación utópica</strong>. Este es el gran punto fuerte del último Sorrentino, que ha replegado su vocación de dandi esteta en aras de <strong>una trascendencia auténtica</strong>, inmanente. Pero aquí está también su mayor debilidad. </p><p>Porque, aunque el rigor de su planteamiento permita darle la espalda a lo que hoy<strong> está sucediendo en Italia</strong> (a lo que De Santis no está sabiendo gestionar), esto fundamenta inevitablemente que <em>La grazia</em> se constituya como <strong>una burbuja de ingenuidad luminosa</strong>. O, peor aún, como el melancólico mausoleo de un mundo que <strong>hace mucho que murió</strong>. Más o menos entre Andreotti y Berlusconi. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 31 Mar 2026 18:55:53 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Corona]]></author>
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