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Crónicas del poder judicial, en 'tintaLibre' febrero

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Un día es Rodrigo Rato; otro, Pablo Ibar; un día es La Manada; otro, Cristiano Ronaldo. Cada hora la mirada de los informativos recala en los tribunales de justicia y observamos desde afuera si el acusado lleva traje o chándal en el paseíllo, si el acusado es de esposas o de carpeta (a lo Villarejo), de género o de número, si va con casco o firma autógrafos al respetable. El desfile no cesa y en la retina se amontonan los legajos de mil procesos abiertos en canal que darían, solo en España, para cubrir con sus vericuetos y ramificaciones un lustro de telediarios de maza y toga. Los juzgados de instrucción, mientras tanto, se colapsan (y el ambiente adquiere algo kafkiano con toda esa masa de carpetas amontonadas) y las cárceles españolas, además de “los comunes”, cuentan desde hace años con ilustres visitantes por todos conocidos.

La justicia, la separación de poderes, Montesquieu, la mirada a la balanza de nuestro Tribunal Supremo, todo son cábalas, sobre todo, después de advertir la porosidad manifiesta de debates como quién paga los actos jurídicos documentados (la banca gana) o quién se atreve a postular en qué consiste exactamente el delito de rebelión en el conflicto catalán (está por ver). Eso por no hablar de afanes todavía de perseverancia religiosa en determinar si la comunidad católica pueda sentirse ofendida o humillada porque un artista decida componer con 200 hostias la palabra pederastia y adivinar si el susodicho peca de mala intención. Es el artículo 525 de nuestro viejuno Código Penal. Es la ley.

En este número de tintaLibre hemos querido reunir un ramillete de causas judiciales, algunas que siguen sin archivarse, pese a los siglos pasados, como la sempiterna reivindicación del Gibraltar español, ajena al color de los gobiernos; o la salida al mar de Bolivia, un sabroso entremés de 1905 que ha condenado al país sudamericano a que el mar sea considerado un espejismo en su idiosincrasia, caso sobre el que ha fallado hace poco el Tribunal de La Haya.

Otro gran frente de la materia que nos ocupa es el juicio a las grandes corporaciones por lo que suele definirse como delitos de guante blanco y que, a la postre, son los más encarnizados, puesto que ahí es donde compiten los gobiernos, los lobbies, los grupos de presión mediática, o sea, los que se tarda en enchironar al culpable. El caso Volkswagen, curiosamente avivado en los Estados Unidos por el tramposo software instalado para burlar los controles medioambientales, sigue echando humo aunque Europa ha hecho la vista gorda y España no digamos.

Disfruten pues de la sesión y manténganse lo más lejos que puedan de los tribunales.

Sesión continua

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