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La esperanza verde

La huelga mundial por el clima sacó a la calle a miles de personas en 150 países.

Aún no es una patología oficial, pero ya se utiliza el término ecoansiedad para definir el miedo ante los desastres que vaticina la crisis climática. Las consecuencias que tendría seguir agotando los recursos naturales del planeta y emitiendo gases de efecto invernadero a este ritmo ya se perciben, se padecen y dibujan un horizonte lóbrego. Entre la lista de calamidades que generan esa angustia se encuentran incendios salvajes, hambrunas, destrucción de ecosistemas, desertificación, huracanes especialmente intensos… Según un reciente estudio de Climate Central, una organización estadounidense que agrupa a numerosos científicos especializados en el cambio climático, alguien que nazca hoy en Huelva tendrá que acostumbrarse a convivir con recurrentes y desastrosas inundaciones en su ciudad cuando alcance la treintena. No es de extrañar, pues, que el último resurgir del movimiento ecologista esté capitaneado por jóvenes de todo el mundo.

La pasada huelga mundial contra el clima marcó un punto y aparte en la lucha contra la crisis medioambiental: las marchas en 150 países demostraron que la protección de la biosfera es una cuestión geopolítica; además de poner de manifiesto la urgencia de un frente común, internacional y transversal para frenar el desafío contemporáneo más importante. Ese impulso, sumado al evidente agravamiento de las consecuencias del calentamiento global (no queda muy lejos el destructivo huracán María en Puerto Rico o las numerosas víctimas mortales de los incendios de Portugal y Grecia en los últimos dos años) y el auge de políticos de extrema derecha que arrasan con consensos aparentemente mayoritarios, han propiciado el despegue de un nuevo concepto político que muchos miran con esperanza. Se trata del Green New Deal o Nuevo Pacto Verde.

Pero, ¿en qué consiste esta propuesta que ocupa cada vez más debates? De origen estadounidense, el primero en hablar de él fue el Pulitzer Thomas Friedman en una columna en el New York Times en 2007 y remite al exitoso New Deal de Franklin D. Roosevelt, que en la década de los treinta impulsó la recuperación de una economía agonizante tras el crac de 1929 con una importante inyección de dinero público. En los últimos meses, la iniciativa ha sido repescada y presentada formalmente ante el Congreso de EEUU, además de traspasar fronteras gracias al impulso de políticos como la congresista estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez. El laborista británico Jeremy Corbyn, tras reunirse con los mismos asesores que Ocasio-Cortez, ya habla también de una transformación verde y Angela Merkel anunció en la Cumbre del Clima de Nueva York un paquete de 54.000 millones de euros para reducir en un 45% las emisiones de gases de efecto invernadero. En España, tanto el PSOE como Podemos y Más País han adoptado algunos de sus principios, con matices, si no se apropian de la marca de manera directa.

Justicia social, la piedra angular del GND

Se podría definir el Green New Deal (GND) como un término paraguas que agruparía diferentes propuestas políticas, en función de las particularidades ideológicas de cada región, bajo la máxima de una transición ecológica combinada con justicia social. El GND es, o debería ser, una redistribución efectiva de la riqueza. De ahí que politólogos como Ignacio Sánchez-Cuenca hablen ya de la medida como unas de las últimas oportunidades de la izquierda para encontrar un elemento articulador del espacio progresista. Sin embargo, aterrizar su programa y la forma en que se lleve a la práctica es harina de otro costal.

A grandes rasgos, los diferentes acercamientos al Green New Deal (GND) contemplan la reorganización del sistema productivo, mayor eficiencia energética, inversión masiva en renovables, hábitos de vida y consumo sostenibles, todo ello creando empleo de calidad que reduzca las desigualdades que previsiblemente la crisis climática agravará cada vez más, con el añadido de ser una fuente de bienestar y crecimiento. “Una de las ventajas del GND es que permite tener un horizonte político propositivo, algo que en el ecologismo se echa mucho en falta, ya que los diagnósticos que solo inciden en lo mal que estamos, que es algo real, pero sin nada más, lo lógico es que produzcan desmovilización política”, valora Emilio Santiago, antropólogo, miembro del Grupo de Investigación Transdisciplinar sobre Transiciones Socioecológicas de la Universidad Autónoma de Madrid y coautor, junto a Héctor Tejero, de ¿Qué hacer en caso de incendio? Manifiesto por el Green New Deal (Capitán Swing). En definitiva, se trata de una llamada de alerta ante la situación ecológica que “conecta con los anhelos de justicia social del ámbito de la izquierda y el progresismo”.

Entre las últimas voces que publicitan las posibilidades de la iniciativa se encuentra la del sociólogo Jeremy Rifkin, asesor, entre otros, de la Unión Europea y China, y autor de ensayos como La tercera Revolución Industrial y La Sociedad de coste marginal cero. “Se están desinvirtiendo millones de dólares en energías fósiles y existe un deseo de invertir en energía verde”, aseguraba Rifkin a su paso por España durante la presentación de su último trabajo, El Green New Deal global (Paidós). El sociólogo defiende que tanto el actual desarrollo de las infraestructuras como de las comunicaciones podría dar pie a una tercera revolución industrial que llevase como apellidos verde y digital. Si la primera se basó en los mercados nacionales y originó los Estados; y la segunda en la globalización, fomentando la creación de instituciones globales; esta tercera etapa estaría definida por la glocalización.

La propuesta de Rifkin se apoya en tres grandes medidas: las energías renovables (con énfasis en el autoconsumo), el coche eléctrico (defiende su abaratamiento y vaticina que el 20% del parque automovilístico mundial sea de este tipo para 2028, lo que supondría un punto de inflexión en el sector) y el llamado internet de las cosas. “Los edificios se tienen que reformar para que sean más eficientes y resistentes a los cambios de la crisis climática”, considera, además de proponer que las comunidades locales gestionen su propio sistema energético, cuyos excedentes puedan poner en el mercado. “En el nuevo sistema económico emergente, la propiedad es sustituida por el acceso, y los vendedores y compradores en los mercados son parcialmente sustituidos por proveedores y usuarios en las redes”, escribe. Y habla de plazos: si la primera revolución industrial tardó 30 años en llevarse a cabo en Estados Unidos y la segunda 25; Rifkin considera que entre 10 y 15 años serían suficientes para desarrollar esta tercera revolución.

En este tiempo se crearían bancos verdes en cada país y se recurriría a los fondos de pensiones —que en 2017 se convirtieron en la mayor reserva de capital de inversión en el mundo— para desarrollar las infraestructuras necesarias, además de dinero público. En este sentido, cuenta, EEUU lidera ya el proceso de desinversión de fondos de pensiones en el sector de los combustibles fósiles para reinvertirlos en empresas verdes. “¿Cómo puede haber otras prioridades si nos encontramos ante la extinción social?”, se pregunta.

No obstante, y pese al entusiasmo de Rifkin, muchos critican su fe en que los avances tecnológicos y el sistema económico que los sustentan puedan salvar a la civilización del desastre ecológico. Y, sobre todo, Rifkin no habla de las limitaciones de materias primas (litio, cobre, silicio, estaño, acero…) para poner en marcha una nueva sociedad con paneles solares en cada tejado y sustituyendo el mismo parqué mundial de automóviles, que ronda los 1.000 millones de coches, por vehículos eléctricos. Para fabricar un panel solar es necesario cobre chileno, indio australiano, galio chino y selenio alemán; eso sin tener en cuenta la huella ecológica de la extracción y elaboración de coches y paneles, aunque el producto final no emita gases nocivos. “El GND tiene que ir asociado a una economía postcrecimiento, ya que no puede haber un crecimiento ilimitado en un planeta finito”, critica Santiago. “No basta con una sustitución de la movilidad eléctrica, sino que hace falta una reducción”.

Más en clave española, los partidos del ámbito de la izquierda han añadido alguna pincelada verde a su discurso, con mayor o menor intensidad, pese a que la urgencia climática no tuvo un hueco en el último debate electoral ni tampoco puedan calificarse como radicales las medidas incluidas en los diferentes programas políticos. “El GND que proponía Más País resultó finalmente bastante descafeinado. Podemos, por su parte, ha renunciado al GND porque no es lo suficientemente radical, algo que no tiene mucho sentido porque ni siquiera está claro qué es”, analizan desde el grupo de estudio contra el cambio climático Contra el diluvio. Asimismo consideran que la propuesta todavía no ha madurado lo suficiente, pese a tratarse de una idea interesante en un momento en el que la izquierda no cuenta con un proyecto grande ni ilusionante tanto a nivel estatal como europeo.

Por su parte, el PSOE, a través de la ministra para la Transición Ecológica, Teresa Ribera, fue pergeñando en la anterior legislatura un plan que se podría situar en la línea de Rifkin y, por lo tanto, del GND. “La manera en la que veníamos pensando en crecimiento y en beneficio ha quedado desfasada”, anunciaba Ribera en el Spain Investors Day, celebrado a principios de año. El paquete regulatorio para hacer frente al futuro se asentaba entonces en la Ley de Cambio Climático y Transición Energética, el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC), la Estrategia de Descarbonización de la Economía Española a 2050 y la Estrategia de Transición Justa, todo ello “en sintonía con el resto de administraciones, el sector empresarial y financiero y los ciudadanos”. Entrando más en detalle, la transición ecológica del PSOE suponía una inversión de 200.000 millones de euros en la próxima década, y resultaba llamativa la confianza en el sector privado: un 80% del capital necesario para construir un horizonte sostenible sería aportado por la inversión privada y un 20% por la pública. “Tanto la ley de transición como el PNIEC van en la buena dirección”, considera Emilio Santiago sobre la propuesta socialista. “Sería un acuerdo de mínimos interesante, pero llega muy tarde y podría ser más ambicioso si apuntase a un nivel de distribución de riqueza y progresividad fiscal mayores que permitiesen inversiones más rápidas”. Con esta propuesta del Gobierno, España podría alcanzar la neutralidad climática en 2050.

El énfasis en la palabra crecimiento que se hace desde el GND —y la persistencia de muchos actores implicados en el diseño del futuro económico que incluya esta variable— es uno de los principales escollos para los críticos con el Green New Deal. La teoría decrecentista, que propone una reducción del consumo y la producción para salvaguardar la sostenibilidad del planeta, incide especialmente en los límites de la propuesta. “Creo que hoy no sería ya el momento de pensar en transiciones (ordenadas y graduales) […]. Lo que necesitamos es una contracción económica de emergencia, junto con una renaturalización masiva del planeta Tierra”, razonaba en un artículo Jorge Riechmann, profesor titular de Filosofía Moral de la Universidad Autónoma de Madrid, en la línea de esta postura. “Lo ecológicamente necesario es cultural y políticamente imposible. Solo un cambio sociotécnico y económico revolucionario en un lustro, piensan investigadores como James Anderson, podría evitar el desenlace catastrófico”.

Solución de urgencia

“El crecimiento no es una decisión política, sino una lógica estructural empotrada en cuestiones muy de fondo”, responde a las críticas Santiago, “nadie sabe cómo se para esto”. Reconoce que el GND no es en sí misma una propuesta anticapitalista, sino que más bien se trata de un instrumento para ganar tiempo y sembrar brotes de conciencia y práctica verde en una década esencial, la que va de 2020 a 2030 (Rifkin sitúa en 2028 el fin de los combustibles fósiles), que eviten las consecuencias más desastrosas del cambio climático. “Tenemos que hacer políticas de transición ecológica justa aquí y ahora, con la sociedad y las instituciones que tenemos, y que la sociedad civil en su definición más amplia trabajen en un cambio cultural que puedan permitir que un día una propuesta decrecentista gane unas elecciones, cosa que hoy es imposible que suceda”.

En un punto intermedio entre estas dos posturas —una más radical, la otra más pragmática, pero con objetivos comunes— se sitúa Contra el diluvio: “Hay posiciones minoritarias en el conjunto de la población, pero que sí tienen fuerza dentro del ecologismo, como es el decrecentismo e incluso el colapsismo, que habla de un colapso civilizatorio inminente que provocará cientos de millones de muertos, pero, en nuestra opinión, estas posturas conducen fácilmente al nihilismo y pueden ser cooptadas por la extrema derecha”. El objetivo de la transición ecológica no puede ser solo energético, sino que, para este colectivo, resulta también fundamental desembocar en una sociedad que pueda vivir con menos recursos. “El GND es un planteamiento relativamente vacío y creemos que hay que disputarlo. Es decir, esta idea fuerza, que probablemente tenga recorrido, tiene que llenarse de contenido desde posiciones de izquierda y anticapitalistas para que al final no nos quedemos con un GND como el que propone el PSOE, que no deja de ser más de lo mismo, pero con energías renovables”, alertan.

Entre los principales problemas del GND, Contra el diluvio subraya que no se trata de un fin en sí mismo, sino de un apaño en el contexto actual “para ganar tiempo”. “Necesitamos rápidamente un descenso en las emisiones de dióxido de carbono en todo el mundo, pero que se haga de forma justa y no a costa de los que menos tienen ni a nivel estatal ni global”, sostienen. De dejar a un lado las exigencias de justicia social, o aligerarlas, los pronósticos tampoco son halagüeños en términos de conflictividad social. La bajada de impuestos a las grandes fortunas y la subida de gravámenes al gasóleo fue el detonante de las protestas de los chalecos amarillos. Otro ejemplo es el de Chile, un país muy afectado por la industria extractivista que tiene en la calle a buena parte de su ciudadanía reclamando una vida digna.

Tampoco hay que pasar por alto en esta reivindicación de justicia que la contaminación va por barrios. Según un informe publicado en 2015 por Oxfam Intermón, el 10% más rico de la población mundial produce el 50% de las emisiones de CO2 debidas al consumo individual, mientras que la mitad de la población más pobre solo es responsable del 10% de las emisiones globales. “Un GND global debería tener en cuenta que hay países que deberían emitir carbono para alcanzar niveles de bienestar suficientes; mientras que otros tenemos que disminuir nuestros niveles”, conceden desde Contra el diluvio. “En cualquier caso hablamos de una solución de transición que nos daría tiempo directamente para sobrevivir y para poder continuar una lucha tanto política como ecológica”.

Frente a todos estos matices sobre la propuesta, lo que sobresale es una evolución del ecologismo, que ha pasado de ser un escenario de activismo más o menos marginal a una herramienta política irrenunciable para la transformación social. A fin de cuentas, aunque los más ricos partan con ventaja para protegerse en caso de emergencia, toda la humanidad respira el mismo aire. Como señala el ambientólogo Andreu Escrivá, “el cambio climático no es un juego de solución binaria en el que se gana o se pierde, y ello implica que, por muchas ganas que tengamos, tirar la toalla no es una opción”.

*Este artículo está publicado en el número de diciembre de tintaLibre. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí.aquí

 

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