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Poder y flaqueza de las falsas verdades

El exasesor de Donald Trump Steve Bannon.

Norbert Bilbeny

  • Este artículo está publicado en el número de febrero de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes suscribirte a la revista en papel aquí o leer online todos sus contenidos aquí

Cuando Colón llegó a América dijo que había llegado a las Indias. Era una noticia falsa, porque había llegado a otro continente que el de las Indias. Pero Colón no mintió, porque la errónea noticia no solo se basaba en la ignorancia del hecho noticiado, sino que carecía del fin interesado de mentir. La historia, y también la vida de cada uno, están llenas de noticias falsas, pero que no son mentiras. Las noticias falsas llenarían muchos libros de historia y muchas biografías.

Somos humanos, y decir la verdad, esto es, hablar con arreglo a la realidad (la verdad como “adecuación entre el intelecto y las cosas”, en definición clásica), puede ser un acto que no esté al alcance de nuestro conocimiento o de nuestra integridad moral, incapaces a veces de asumir el compromiso de decir las cosas tal como son. Ya señaló Nietzsche que el valor del hombre se mide también por su capacidad para soportar la verdad. Engañar y engañarse son comunes, pues, a nuestra naturaleza, siempre expuesta a la ignorancia, de un lado, y al miedo, de otro lado, que nos hace decir una cosa por otra.

Las fake news también son noticias falsas pero, a diferencia de tantas noticias falsas que pueblan la historia y la vida de los humanos, son noticias falsas con un fin interesado. No por miedo ni ignorancia. Pudiendo decir la verdad, o por lo menos callar, se dice en cambio la mentira a consciencia de que lo es y por una finalidad concreta. Claro es que en la historia y en la vida también existe este tipo de falsa noticia, pero no es tan frecuente como las falsas sin intención. En la conducta animal se llama prevaricación. La practican por ejemplo los gorilas y otros simios, incluido ese simio supuestamente superior que es el hombre: hacemos ver una cosa por otra, por ejemplo, para despistar al enemigo o para conseguir un trofeo. Hay intención. 

Pero la prevaricación es infrecuente. Si todos, gorilas o no, viviéramos de falsas noticias interesadas, viviríamos poco. La evolución cultural se hubiera detenido y sería autodestructiva. Sin embargo, las fake news, las noticias falsas con un fin interesado, proliferan hoy más que nunca en el mundo y también en las personas, cuando mienten o se mienten a sí mismas por interés personal. Sea ello para defender algo propio —convicciones íntimas, imagen, ideología, poder— o, lisa y llanamente, para perjudicar a otro. Tradicionalmente a la difusión de falsas noticias con un fin interesado se le llama bulo. El bulo, por ejemplo, de que una élite mundial conspira contra la salud de la gente, o que nos hace creer que el adversario político se ha aliado con la mafia o el diablo. A escala doméstica los ejemplos de bulos o engaño intencionado entre la familia, amigos, compañeros de trabajo o vecinos, más aún desde que existen internet y las mal llamadas redes sociales, oscilan entre lo ridículo y lo criminal. Facebook se convierte a veces en FakebookFakebook

Lo que antes se limitaba al cuchicheo en la escalera de vecinos, en los pasillos de la empresa o en las puertas de los retretes de la universidad, por las que nos informábamos de que tal profesor era miembro de la CIA o tal profesora estaba liada con el jefe de estudios, ahora se prodiga por todo el orbe informático con solo darle a un botón del teclado y asentir: “Fulanito es gay”, “Biden cometió fraude electoral”, “Fulanita se droga”, “El hombre nunca pisó la Luna” o que “Shakespeare era en realidad catalán”. Esto último, por cierto, sostenido por alguien que miente incluso sobre su propio apellido, que por mala suerte es el mismo que el mío. Pero ya nada nos sorprende de las falsas informaciones intencionadas; eso han conseguido los mentirosos. El problema de las fake news no es quién se cree a estos, sino quién se cree ya a quién. Eso es lo peor. Que al final dudemos de las palabras y, con ellas, de los demás. 

Un signo de debilidad

Sin embargo, no hay mal que por bien no venga, y faltar a la verdad hace que esta recobre su valor y su sentido y se vuelva a luchar por ella, como hacen el buen periodismo y la política decente, mientras uno y otro no se dejen comprar por el poder, el dinero o la fama. Es penoso el espectáculo de supuestos periodistas que, por estas tres cosas mencionadas, y en el ring de boxeo sin árbitro en que se han convertido las mal llamadas tertulias televisivas —pena de ver devaluar también el concepto de tertulia—, airean intimidades, difunden sospechas y disfrazan de verdad mentiras y mentirijillas sobre tantos personajes públicos, de honestos profesionales a legítimos gobernantes. No olvidemos que el gran creador de bulos Donald Trump alcanzó y se mantuvo en el poder gracias, en especial, a la televisión basura. Cuando uno oye o lee a todos estos tipos que viven de la fabricación de mentiras, desde un jefe de Estado hasta ese muchacho que lanza bulos anónimos sobre sus compañeros de clase, está tentado de confirmarse en la idea de que el hombre contemporáneo es, por definición, aquel que cree saberlo todo sobre los demás y en cambio no sabe nada sobre sí mismo. Si los mentirosos lo supieran ya no mentirían.

Las fake news ocultan la verdad, pero no al que la desprecia, que queda retratado en su mentira. Cuando uno se hace mayor suele decir más lo que piensa y ve lo feo e innecesario de mentir. Se miente por interés, pero sobre todo por debilidad. No es que los años nos hagan más fuertes, sino simplemente más añosos, es decir, experimentados. Por experiencia sabemos que se miente por interés, pero también por falta de confianza en el otro y en uno mismo. El mentiroso es débil y miente en el fondo por debilidad. Gane lo que gane por mentir, debería dar lástima y dársela a sí mismo. Ha mentido porque no se conoce ni cree en sí mismo; vive en el alambre y con miedo. Si tuviese ese poder sobre sí mismo no mentiría. Ahora es muy poca cosa, por beneficiosa que sea su mentira. A mi juicio hay tres grandes vicios. Los tiranos, esos que ahora, con el populismo, crecen en tantas partes, viven de dichos tres vicios a la vez. Hay un vicio que condenar, el peor de ellos: la crueldad. Otro que prevenir: la indiferencia. Y uno que compadecer: la mentira. Porque mentir es un gran signo de debilidad personal. 

Las fake news son aquellas informaciones falsas difundidas desde las redes informáticas por órganos de prensa y de Gobierno y, anónimamente, por los propios individuos, y a cuyas informaciones se les da intencionadamente un carácter de noticia verdadera. Se falta por ello a la verdad y a la veracidad, que es la voluntad de decir la verdad. La proliferación de esas noticias falsas intencionadas (“hechos alternativos”, en zafio eufemismo de una consejera de Trump) se debe a una triple causa: 1) El interés del emisor por justificar un propósito o esconder un hecho ante un público amplio y de la forma más rápida y eficaz posible; 2) la disponibilidad de potentes y variados medios de tecnología digital para llegar a este público; y 3) la predisposición del mismo público a creerse que la información recibida es verdadera o que bien podría serlo. La postverdad de este tiempo de información sin verdad es útil a los intereses del poderoso y agradable para muchos de los que dependen de él, porque les acaricia sus emociones y les remacha sus prejuicios. Si a aquel le refuerza su poder —por un tiempo solo, antes de la salida a flote de la verdad—, a los otros les alimenta su ego, felizmente desentendidos de la realidad que lo constriñe.

Y aunque no nos creamos afectados personalmente por las falsas noticias, no podemos descartar el haber recibido o estar recibiendo ese tipo de información, incluso por canales solventes que las habrían reproducido sin tener voluntad ni consciencia de ello. Como sea, todo apunta al crecimiento de este tipo de pseudo-información, hasta más allá de los círculos políticos y mediáticos, dado el poder y los intereses de variada índole de los emisores, el aumento de los recursos tecnológicos y la falta de capacidad o, peor, de voluntad, para distinguir entre lo verdadero y lo falso de muchos de sus receptores. La paradoja de la era de la información es la facilidad con que se puede informar y desinformar a la vez. 

Uno de los medios más poderosos para resistir y combatir la falsedad informativa es el periodismo comprometido con la separación entre hechos y opiniones y el sumo respeto a los primeros, sin necesidad de confundir el perseguir la posible y necesaria objetividad con la imposible e innecesaria neutralidad, pues ya la opción por la verdad es una manera de no ser neutral. Este compromiso del periodismo es una garantía de que esta profesión tiene un motivo para existir y, por lo tanto, mucho tiempo por delante. Optar por la verdad es una forma de actuar y, sobre todo, de creer. Una forma superior en fortaleza, eficacia y valor a la de creer en el disfraz de la realidad. Mentir es el talón de Aquiles del que se cree fuerte mintiendo. Por la mentira caerá.

Siervos en lugar de ciudadanos

Al mundo lo mueven las ideas y al individuo las emociones. Y el poder de las fake news lo corrobora, inoculando con éxito falsas ideas y emociones artificiales para mover a los individuos como “seguidores”, consumidores y finalmente siervos, y olvidarse de que son o deberían ser ciudadanos, lo cual exige la verdad. Pero sin respeto a la verdad no hay opinión, sin opinión no hay participación, y sin participación no hay democracia ni ciudadanos que valgan. Todo empieza por no ocultar la realidad y decirla de la manera más clara. La democracia y el logos nacieron juntos en la antigua Atenas.

He dado en una librería de viejo con un texto, Nuevo mundo, del Unamuno joven, a finales del siglo XIX, en que el recio pensador critica el régimen de la restauración borbónica: “El síntoma más claro de que esto se va es que se trata de mantenerlo sobre la mentira. Esto que se va es la vieja máquina, puramente exterior, sobre la que se sustenta toda la monserga de la Restauración española, y todo el lío del altar y el trono. Vivimos en pleno régimen de mentira y de duplicidad. El pecado más grave es aquí decir la verdad. Vivimos en mentira patriotera, porque los mismos chicos de la prensa que soplan en el clarín bélico, cuando se les coge a solas, se ríen de sus desahogos y dicen aquello de que pues el vulgo es necio, es justo hablarle en necio para darle gusto”. Se trata de un texto de tremenda actualidad si pensamos en la cadena Fox, que alentó el trumpismo o, sin ir más lejos, en el circo mediático español, con sus mamarrachos de costumbre cotilleando horas y horas sobre personajes de medio pelo.   

Con las informaciones falsas intencionadas se vulnera la verdad, ya se ha dicho, y con ella, en política y en moral, la democracia. Pero aún se dañan otras dos cosas esenciales: la palabra y la persona, valga la redundancia. Porque el hombre es un “ser de palabra”, como nos recordaba nuestro querido José María Valverde. Y la palabra, de otra parte, solo crece y habita en el hombre; se hace con el hombre. Entonces, si nos mentimos entre nosotros se trunca algo más que la verdad y es el doble sostén de esta, que en realidad es uno: la fusión de la palabra y la persona. Pensamos y nos comprometemos con la palabra; juzgamos y nos perdonamos con la palabra. Hay que creer antes en la palabra y el hombre para creer en la verdad. 

La burla de la verdad nos deja abandonados en un vacío de palabra y de confianza en el otro. Obsérvese que hay una relación entre este tiempo nuestro de tantas palabras sin creencia en la palabra y el uso tan frecuente de imágenes simples y sencillas para comunicarnos, como la invasión de selfies y fotos personales en la red y de emoticonos en nuestros mensajes. Confiamos en imágenes simples y sencillas como agarradero contra la inflación de palabras falsas. Porque si toda información fuera siempre falsa, nadie creería nada, ni a nadie, y quizás ya haría tiempo que no existiríamos. 

Más pronto que tarde los hechos salen a la luz y la palabra y dignidad del ser humano recobran su sentido. La guerra empezó acabando con la verdad, pero la verdad acaba terminando con la guerra y el clima de silencio tras de ella. Los que echan de su casa a la verdad no tardan, ellos o sus herederos, en verla de vuelta y sentir que les da en la cara. 

*Norbert Bilbeny (Barcelona, 1953) es catedrático de Ética en la Universidad de Barcelona (www.norbertbilbeny.com).

* Este artículo está publicado en el número de febrero de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes suscribirte a la revista en papel aquí o leer online todos sus contenidos aquíaquíonlineaquí

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