Lo que la IA no sabe hacer
Cuando Isaac Asimov escribió Yo Robot en 1950 elaboró las tres leyes para garantizar la seguridad humana frente a la tecnología. Un robot no hará daño a un ser humano ni tampoco permitirá que lo sufra; obedecerá las órdenes dadas por los humanos excepto si entra en conflicto con la anterior ley y un robot protegerá su propia existencia, siempre y cuando esa protección no entre en conflicto con alguna de las leyes anteriores. Un estudio del FMI alerta de que en torno al 60% de los empleos podrían perderse por culpa de la inteligencia artificial en economías avanzadas. Otro informe de la OCDE avisa de que un 27,4% de los empleos en España están en riesgo por la IA generativa. El robot estaría incumpliendo la primera ley ética del escritor y bioquímico ruso.
El Wall Street Journal y la BBC alertaron en 2023 de que la IA podría reemplazar hasta 300 millones de trabajos entre Estados Unidos y Europa. Las grandes corporaciones parecen moverse al respecto. Hace unas semanas Meta confirmó un recorte de 8.000 trabajadores y la congelación de 6.000 contrataciones; Amazon despidió a unos 30.000 empleados de oficina en el cambio de 2025 a 2026; Ebay ha despedido al 6% de su plantilla, Pinterest a un 15% y Block –la compañía financiera del fundador de Twitter– ha echado a 4.000 empleados. ¿El motivo? No lo esconden: las crecientes capacidades de la IA. “Un equipo significativamente más pequeño, con las herramientas que estamos desarrollando, puede hacer más y mejor. Y las capacidades de la IA se multiplican cada semana”, reconoció Jack Dorsey, de Block.
El miedo surge casi espontáneo cuando vemos a una máquina agilizar tareas complejas para los humanos. Pero se debe evitar el ludismo. Esclavizar a los robots debería ser una forma de emancipación humana. Pasar menos tiempo trabajando y más disfrutando de la vida. “Estoy a favor de que una máquina haga cosas aburridas que no tienen sentido para mí. Me parece estupendo que los robots realicen tareas de camarero, repartan botellas de agua en un comedor, limpien…”, detalla Margot Rot, filósofa y escritora de Infoxicación (Paidós, 2023). La cuestión, para ella, es “que se crea que una IA pueda traducir mejor un poema de Ashbery que una persona”. El problema de la implementación tecnológica no es tanto su capacidad sino la elección que hacemos sobre al servicio de qué ponemos esa capacidad. Mención aparte a la recopilación de datos personales que hacen empresas como OpenAI o su falta de criterios éticos respecto a cuestiones de salud pública como el suicidio.
Las predicciones laborales de las grandes empresas tecnológicas responden también a sus intereses ideológicos. Otro estudio hecho por economistas del Laboratorio de Presupuestos de la Universidad de Yale y del centro de estudios Brooking Institution contradice a los líderes de las tecnológicas. Indican que desde que OpenAI lanzó el popular ChatGPT en noviembre de 2022, la IA generativa no ha tenido un efecto más drástico sobre el empleo que los avances tecnológicos anteriores. Tampoco encuentran evidencias directas de que estos chatbots estén dejando a la gente sin trabajo. “No nos encontramos ante un apocalipsis laboral que afecte a toda la economía; la situación es, en su mayor parte, estable. Ese debe ser el mensaje”, incidió Martha Gimbel, coautora del estudio en su presentación.
¿Por qué se alimenta el relato de que la IA se come nuestros puestos de trabajo? Si bien es cierto que los empleos repetitivos y de poca complejidad (cajeros, administrativos, operadores…) sí tienen riesgo de ser automatizados, hay voces que lo identifican como AI washing. Esto es, el uso interesado del mito que se ha creado alrededor de esta tecnología para justificar despidos o subidas de precios que iban a hacerse de igual manera. Amazon ha reconocido en varias ocasiones que “sobredimesionó” su plantilla durante el covid y despide a empleados desde 2022. Un exjefe de recursos humanos de Block reconoció a The New York Times que la propia Block había pasado por rondas de despidos durante 2024 y 2025.
Parece que más que un cambio de modelo de empleabilidad hay un cambio cultural. En concreto de intenciones publicitarias. “Desde ChatGPT muchas personas y empresas usan y anuncian su conocimiento en IA para demostrar un alto grado de especialización y actualización tecnológica. Se trata de una exageración de conocimientos”, valora César Fieiras, investigador especialista en las repercusiones transversales de la IA en el sector de la comunicación en la Universidad de Santiago de Compostela. Transformar los recortes en innovaciones tecnológicas suaviza el impacto de los despidos y disminuye la responsabilidad en ellos.
¿Qué pasa con el periodismo?
Aunque el periodismo rehúye la primera persona, voy a usarla: durante meses, entrené a una inteligencia artificial para un medio extranjero en el que trabajaba y acabó quitándome el trabajo. Mis jefes de entonces nos pidieron que supervisáramos y corrigiésemos las torpes noticias que un robot creaba a partir de teletipos y fotos creadas por un prompt. La IA ordenaba la portada, enviaba notificaciones y editaba las noticias. Nuestra misión era verificar que lo hiciese bien y enseñarla. ¿Un espóiler? No era capaz de titular, jerarquizar ni contrastar.
Mi caso no es aislado. La lógica del AI slop, el contenido basura que genera en cadena una Inteligencia Artificial, se está colando en más medios. Un ejemplo es el de Quartz, una revista de negocios. En 2024, todos los redactores, excepto el editor jefe y el editor ejecutivo, fueron despedidos. La producción de noticias quedó en manos de una IA bautizada como Quartz Intelligence Newsroom. No solo falla en la veracidad de sus noticias, sino que el robot también ha llegado a usar como fuente principal a Devdiscourse, otro sitio de slop evidente.
“El peor uso de la IA es el que se está haciendo en periodismo. Es una vergüenza absoluta que la profesión esté en semejante decadencia”, critica Margot Rot. “Es curioso cómo al usar la IA en el periodismo se trata de esconder y hay connotaciones negativas y estigmas”, explica Javier Mayoral, profesor e investigador de Periodismo en la UCM. En marzo de este año, The New York Times despidió a un periodista por usar inteligencia artificial. Eso dice el titular, pero lo echaron porque se había ayudado de ella para escribir una reseña de un libro con similitudes de otra reseña del The Guardian británico. Vamos, lo echaron por plagio, no por usar la IA.
Un estudio publicado por Javier Mayoral analiza cómo perciben la IA los periodistas en España. Casi el 75% de ellos dice que su empresa no le ha ofrecido formación en IA generativa y seis de cada diez afirman que ni siquiera se ha debatido internamente su uso. Más del 85% señala alguna contribución de la inteligencia artificial a sus tareas cotidianas. Otro informe de la Universidad de Stanford señala que la IA facilita mucho el trabajo de los periodistas senior, pero sí dificulta la puerta de entrada a los nuevos. “Cuando directores, editores o jefes de sección hablaban con nosotros se subrayaba lo positivo y se insistía especialmente en que la IA no iba a eliminar puestos de trabajo. Esas mismas personas reconocían que la visión de los redactores era más pesimista, que había mucho miedo”, destaca Mayoral. “La introducción de la IA en las redacciones no ha sido un proceso dialogado y transparente, con una planificación consensuada con los trabajadores y con sesiones formativas previas”.
Las grandes cabeceras de medios de comunicación no esconden el uso de la IA. Sería ilógico negarnos a una herramienta que puede organizar datos, transcribir entrevistas, aportar ideas o detectar faltas de ortografía. El británico The Guardian publicó en marzo un editorial detallando su política editorial sobre el uso de esta tecnología en el periodismo. El principio central establece que el periodista es siempre responsable de lo que firma. Cualquier uso extraño de la IA generativa en una noticia debe contar con la aprobación explícita del editor y estar destacada para el lector. Según el documento, “las audiencias tienen derecho a esperar que lo que aparece bajo una firma fue escrito por un periodista”.
En el estudio de Mayoral los periodistas consideran una línea roja recurrir a la inteligencia artificial generativa para crear un primer borrador de un texto. En España, El País ha puesto en marcha una IA para automatizar tareas repetitivas y de escaso valor dentro del trabajo periodístico para que, dicen, los redactores destinen más esfuerzos a elaborar información propia. “Esto redundará en un enriquecimiento de las noticias”, auguran.
“Este tipo de regulaciones internas en los medios son muy importantes”, destaca Fieiras. “Incluso podríamos abogar por una ley específica del uso de la IA en el periodismo. El conflicto ético siempre estará ahí”. Lo importante estará siempre en el criterio editorial. “Es importantísima la supervisión y la iteración. La IA no deja de ser un intermediario. Es una herramienta potentísima, pero un intermediario más para conseguir algo”, subraya. La IA de forma autónoma y, aún menos sin supervisión, jamás podrá hacer todas las tareas de jerarquizar, sintetizar, contrastar o consultar. “Los medios que consigan gobernarla y hacerla suya, trasladando el criterio ético y periodístico a la producción del día a día, serán aquellos diferenciales”, defiende el investigador.
Si se sustituyera a los periodistas por máquinas para automatizar las tareas disminuiría la calidad periodística, la creatividad o la empatía. Pero también el control, la comprobación o la verificación. “¿Cuántas veces nos ha dicho algo falso o impreciso una herramienta de inteligencia artificial sin el menor atisbo de duda (porque la IA no está pensada para dudar) y luego, cuando le hemos mostrado el error, nos ha reconocido que su dictamen anterior no era verdad? ¿Qué podemos esperar que ocurra si dejamos a la inteligencia artificial a los mandos, sin ningún control humano?”, cuestiona Mayoral.
El periodismo observa, analiza, busca enfoques y luego desarrolla una historia única. La inteligencia artificial parte de algo ya creado por la humanidad. “La IA no llama a una fuente, no es capaz de convencer a una persona para que ofrezca su testimonio, no tiene intuición para descubrir nada nuevo en sentido estricto”, subraya Mayoral. No obstante, si el trabajo periodístico se basa en copiar y pegar un robot sí sabe hacerlo.
La pregunta del millón: ¿Qué va a suceder con los empleos periodísticos? “Si los medios de comunicación quieren producir piezas a bajo coste, se perderán puestos de trabajo. Si los medios de comunicación no buscan abaratar costes, sino mejorar la calidad, se implantará progresivamente la IA sin una pérdida sustancial de empleos, porque los periodistas dejarán de hacer algunas tareas, pero asumirán nuevas funciones”, responde Mayoral. “Los medios podrán ofrecer servicios de valor que partan de informaciones humanas, pero con una mayor calidad. Incluso puede ayudar a generar puestos de trabajo técnicos. Poder centrarse más en el periodismo que en la productividad”, añade Fieiras. El futuro depende de los intereses empresariales.
¿Y mi conclusión sobre el paso por aquella empresa? La IA no parece capaz de sustituir a los periodistas, aunque en ese caso sí lo haya logrado. No tiene curiosidad, no distingue y no contrasta. Ese medio es uno sintético. Por ahora el periodismo está relativamente a salvo siempre y cuando los medios de comunicación apuesten por él. Por ahora, las leyes sobre robótica que Asimov imaginó hace casi 100 años aún aguantan.
*Raúl Novoa es periodista y guionista.