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Manuel Azaña, de Alcalá de Henares, nuevo en esta plaza

Azaña interviene en un mitin de la plaza de toros de Madrid en septiembre de 1930.

Josefina Carabias

Hacia finales de agosto empezó a hablarse de que se iba a celebrar un gran mitin republicano en la plaza de toros. Nadie pensaba que el Gobierno del general Berenguer autorizaría una manifestación de esa clase. Pero la autorizó. ¿Era que al Gobierno le había pillado la cosa en la hora tonta o pensaba que iba a ser un fracaso? Probablemente las dos cosas, o mitad y mitad.

No era lo mismo llenar de estudiantes, de políticos y de intelectuales el Teatro de la Zarzuela para oír a Sánchez Guerra romper con el Régimen aun sin llegar a declararse republicano, que movilizar las masas necesarias para llenar la plaza de toros a la luz del día. 

Azaña, siempre escéptico, siempre pesimista, dudaba de que aquello saliera bien.

—Si vienen los valencianos, tal vez tengamos media entrada. Allí hay “republicanos hereditarios”...

—Se olvida usted de los socialistas madrileños... Recuerde el entierro de Pablo Iglesias... ¡Aquello eran masas en la calle! ¿O no?

Azaña se quedó callado. ¿Los socialistas? De acuerdo. Había que contar con ellos. Ya estaban metidos en el Comité Revolucionario. Pero estaban siempre sujetos a su disciplina. Tenían que contar con sus comités. En el mitin republicano no hablaría ninguno de ellos.

Por otra parte, a Azaña le gustaría que la República la trajeran los republicanos y también que la gobernasen. Él era un “burgués liberal”. Lo decía siempre. Lo dijo incluso en un discurso en momentos, como los de los finales de la guerra, en los que aquello resultaba extravagante y peligroso: “También los burgueses se baten...”.

Él sabía muy bien que a aquellas alturas los burgueses que se batían en las filas republicanas lo hacían con poco entusiasmo. Calificar como burguesía republicana a los intelectuales, a los científicos, a los artistas, a los poetas (aunque se hubieran educado en ambientes de alta burguesía) no era una verdad absoluta. Era sólo un viejo deseo del burgués liberal que él se sentía. 

Siempre le pareció necesario que en España hubiera un partido socialista fuerte, como los que había entonces en Inglaterra, en Francia y todavía en Austria e incluso en Alemania.

Convencer a la pequeña burguesía, y, por supuesto, a la alta, de que no tenía nada que temer de la libertad, o mejor dicho, de que sin ella no podría desarrollarse sobre todo industrialmente y prosperar como había prosperado en el resto de Europa, era, seguramente, su idea más fija.

El socialismo le parecía no sólo útil, sino indispensable para conseguir mejorar la condición de la clase trabajadora. Y no únicamente la condición material, sino su nivel de cultura. Pero el socialismo anteponía los intereses de clase a la forma de Estado. También Azaña anteponía la libertad, la justicia, la cultura y, por supuesto, el progreso a la forma republicana de gobierno. El contenido le importó siempre más que el nombre. Por eso empezó militando en el Partido Reformista de don Melquíades Álvarez, que postulaba “la accidentalidad de la forma de gobierno”. Monarquía o república daba lo mismo. La cuestión era poder conseguir la verdadera libertad, la modernización y el saneamiento de las instituciones. 

Sólo cuando Azaña se convenció, en tiempo de la dictadura, de que la monarquía emprendía un camino que a él —como a otros— les parecía equivocado e irreversible, empezó a trabajar por la república, sin estar seguramente muy convencido de que llegaría a implantarse.

También los socialistas parecían embarcados en la aventura republicana. Tres de sus líderes —Prieto, Largo Caballero y Fernando de los Ríos— figuraban en aquel Comité Republicano y estaban dispuestos a formar parte del equipo gobernante de una república que, por mayoría en quienes pensaban formarlo, habría de ser, o se suponía que el país quería que fuera, el régimen de la burguesía liberal. Una república más o menos avanzada, según lo que saliera de las elecciones. Pero se daba por descontado que no sería un régimen socialista.

¿Acudirían, pues, en masa los obreros socialistas al mitin de la plaza de toros? Podría ser. Pero en sus filas figuraban muchos reticentes. El socialismo español había conseguido grandes avances en las zonas industriales. Había engrosado mucho sus filas durante los años de la dictadura. Era el único partido al que se había permitido seguir funcionando con normalidad, aunque sin alborotos callejeros. Sólo con ocasión de la muerte de Pablo Iglesias —en diciembre de 1925— salieron las masas a la calle, y el Madrid “alegre y confiado” de aquellos años vio con asombro las enormes colas para desfilar ante el cadáver velado en la Casa del Pueblo, así como el imponente entierro en el que la gente —toda a pie— cubría varios kilómetros. Cuando los primeros entraban en el cementerio civil, los últimos no habían podido aún ponerse en marcha en la calle de Piamonte, junto a Barquillo.

Tengo un recuerdo muy vago de todo aquello que me pilló en Madrid por casualidad —aún no había terminado el bachillerato—, pero me dejó bastante impresionada la frase que escuché al padre de unas amigas de mi edad, en cuya casa estaba yo merendando cuando él volvió del Casino:

—¡Más gente en la calle que la tarde que se llevaron a Sevilla el cadáver de Joselito, hace cinco años! Y eso que aquello era en mayo. ¡Estamos apañados!

Precisamente por aquel crecimiento del socialismo, no estaban seguros los republicanos de que el Partido, y mucho menos su central sindical, la UGT, estuvieran dispuestos a jugarse las conquistas conseguidas en la aventura de implantar una república burguesa. La forma de Estado era para ellos cuestión de segundo orden. Bien claro lo decían en aquellas coplas que cantaban cuando se celebraba alguna fiesta, con asistencia de las mujeres y los niños, en el café o en el teatro de la Casa del Pueblo:

El socialismo es de oro

la República es de plata...

—Bueno, hombre, si les parece de plata, no vamos mal... —decía un azañista en el Ateneo, mientras empezaba a verse ya con optimismo que el billetaje de la plaza de toros iba a agotarse con mucha más rapidez de la que habían calculado los más optimistas.

—Siempre que la plata no sea de la que c... la gata —respondió otro de los que figuraban en el grupo. Era uno de los que todas las tardes que había discusión en el salón de actos echaban en cara a los socialistas el haber colaborado con la dictadura de Primo de Rivera.

Las vísperas

Los pesimistas sospechaban que, vistas las perspectivas de afluencia, la autoridad acabaría por prohibir el mitin.

—Es posible que ya esté suspendido. He visto a Azaña salir de la reunión del Comité y llevaba una cara que daba miedo.

—Me gustaría saber cuándo ha visto alguien a Azaña con buena cara.

Don Ramón del Valle-Inclán era el único que se sentía seguro de que se celebraría el mitin.

—¡No tienen más remedio que permitirlo! Si este Gobierno de lo que trata es de volver a poner las cosas como estaban antes de la dictadura, para tratar de afianzar la monarquía, tiene que dejar que se expansionen los republicanos. Lerroux celebró, en tiempos, más de un mitin en la plaza de toros de Barcelona. Casi siempre coincidían con las visitas del rey a aquella ciudad.

—¿Y no pasaba nada?

—Sí; pasaba que el gobernador, el capitán general y demás responsables del orden se encontraban comodísimos. Tener a todos los republicanos, entre los que figuraban muchos anarquistas, encerrados en un recinto equivalía a dejar las calles libres para que se desarrollasen con toda normalidad las aclamaciones del resto de la población.

El propio don Valle-Inclán, seguramente por ser el socio más ilustre de cuantos frecuentaban asiduamente el Ateneo y también el más querido, el más simpático y el más ocurrente, fue el depositario y libre disponedor de la mayor parte de las entradas de los dos palcos que los organizadores del mitin habían reservado para el Ateneo.

—Te invito... —me dijo.

—El caso es, don Ramón, que la directora de nuestra Residencia, la señorita De Maeztu, pretende que para ir pidamos antes permiso a nuestras familias. Es por si pasa algo, ¿comprende?

—¿Y por qué no lo pides?

—No queda tiempo. Y, además, no me lo darían... Es peligroso. Fíjese que los propios amigos, novios y compañeros nuestros no quieren cargar con chicas por si se arma tumulto. Ellos van todos al callejón.

—¡Nada!, ¡nada...!, no te apures. Tú dices que vas conmigo al palco y ya verás cómo nadie te pone ningún inconveniente.

Para mí misma era un gran alivio. Siempre fui miedica. Pero como a don Ramón le conocía todo el mundo, además de lo que me halagaba ir con él, tenía la seguridad de que nadie nos aplastaría suponiendo que se produjera algún lío. Además, en un palco, donde estarían algunas de las señoras de los miembros de la Junta —no todas, puesto que, por entonces, incluso los republicanos más avanzados seguían opinando que donde mejor está la mujer es en casa y, a ser posible, con una pierna escayolada—, estaríamos no sólo tranquilos sino cómodos.

 La libertad no hace felices a los hombres.

“Les hace hombres”.

Hacía un día de otoño que parecía de verano. Llegamos cuando la plaza de toros, que no era la de ahora sino la que derribaron para hacer más tarde el actual Palacio de los Deportes, estaba ya medio llena. En el ruedo habían puesto miles de sillas y no bastaron. Nada más aparecer don Ramón en el palco, le hicieron una ovación tan entusiasta como la que harían poco después a los oradores. Los altavoces multiplicaron el ruido de aquellos aplausos y don Ramón saludó a derecha e izquierda muy contento.

Lo malo fue que, poco después, empezó a hacer comentarios, tan divertidos y originales como era siempre todo lo que él decía, pero peligrosos en aquel ambiente de enardecimiento. Por ejemplo, cuando el primer orador, que era valenciano, mencionó a Blasco Ibáñez y estalló la ovación estruendosa, don Ramón exclamó a grito pelado:

—¡Si empezamos así, más vale marcharse!

Después se puso a gritar todo lo que se le ocurrió, y aunque no se le oía, se notaba, por sus gestos, que mostraba una cierta disconformidad, lo cual era peligroso en aquel ambiente de enardecimiento.

De uno de los oradores más importantes y aplaudidos comentó:

—¡Es un guitarrista de balneario...!

Uno de los ateneístas que estaban con nosotros en el palco no se cansaba, en cambio, de admirar al grupo de oradores.

—Ya sí que empiezo a creer que viene la república...

—¿Por qué?

 —Mírelos. Han cambiado de pinta todos ellos. Ya parecen ministros de verdad.

Cuando le tocó hablar a Azaña, hubo menos expectación. Casi nadie le conocía. Incluso se le oía mal al principio porque muchos hablaban entre sí. La gente estaba pendiente más bien de Lerroux y de Alcalá Zamora, que eran las “estrellas” y hablarían los últimos. 

Sin embargo, y a pesar de ser la primera vez que hablaba ante tanta gente —más de 25.000 personas, pues, aunque aquella plaza era más chica que la de ahora, el ruedo, el callejón, los accesos y los pasillos de fuera estaban abarrotados—, y a pesar también de que no hizo ninguna clase de concesiones demagógicas ni de palabra ni de gesto, Manuel Azaña logró hacerse escuchar con interés y respeto, y al final, con entusiasmo.

—Esta es la cabeza mejor amueblada de la República —dijo don Ramón, sintiéndose conformista por un momento.

Todo terminó bien. Hubo bastante orden a la salida y cuando bajamos a pie por la calle de Alcalá, como casi todo el mundo, porque entonces a la gente le gustaba andar, sobre todo con buen tiempo, nos vimos sorprendidos por la presencia de Azaña a nuestro lado. Habíamos visto pasar a todos los otros “primeros espadas” en automóviles propios o de amigos. Don Manuel había rehusado los ofrecimientos. Vivía cerca y prefería ir andando hasta su casa.

Formamos grupo y la gente que pasaba a nuestro lado sólo se fijaba en Valle-Inclán. Algunos se detenían para dejarle paso y hasta le aplaudían. En Azaña no se fijaba nadie. Es curioso que casi ninguna de las 25.000 personas que momentos antes le habían ovacionado e incluso muchas que recordarían su nombre, muy fácil de retener, no recordaban su estampa ni le miraban, a pesar de ser el más alto y corpulento del grupo.

—Se sentirá usted muy contento —le dijo alguien.

—Sí; contento de haber terminado y de verme en la calle —respondió.

Todos los del grupo le felicitamos diciéndole sinceramente que había estado muy bien.

Pero don Ramón del Valle-Inclán, quien después de saludarle muy afectuosamente, por cierto, se había quedado callado mientras hablábamos los otros, se puso de pronto a gritar:

—Discrepo. ¡Ha estado usted muy mal!

—¿Por qué me dice eso, don Ramón? —preguntó Azaña sin perder el buen gesto que yo le había visto muchas veces, pero que no era en él absolutamente habitual.

—Pues porque ha dicho usted que “la libertad no hace felices a los hombres”. Usted tenía que haber dicho que la libertad y la República nos van a hacer felices a todos. Ya sabemos que no es así, que ni la república ni ninguno de los que estaban hablando allí nos pueden hacer felices. Pero su obligación era decirlo. ¿Se imagina usted a esos pobres hombres que han venido desde Valencia o desde Sevilla o a pie desde los pueblos más cercanos, cuando vuelvan a su casa y les digan a sus convecinos: “Todo estuvo muy bonito, pero de pronto salió un señor calvo con anteojos y dijo que la República no nos va a hacer felices”?

Mientras don Ramón seguía con su tema, le dije a Azaña con disimulo:

—Le aseguro que mientras usted hablaba, estaba encantado. Ha dicho que es usted “la cabeza mejor amueblada de la república”.

—No se preocupe. Cuando usted todavía no había nacido, ya conocía yo a don Ramón. Sé muy bien lo que piensa de mí y lo que dice. Además, es posible que esta vez tenga toda la razón.

Estábamos a la altura de la calle de Velázquez y Azaña se despidió. Tenía que tomar aquel camino para ir a su casa.

—Hasta mañana. Y conste, don Ramón, que me quito de en medio para que pueda usted ponerse a hablar bien de mí, con libertad.

*Fragmento extraído del libro 'Azaña. Los que le llamábamos don Manuel', escrito por la abogada, periodista y escritora Josefina Carabias y publicado recientemente por Seix BarralAzaña. Los que le llamábamos don Manuel

*Este artículo está publicado en el número de febrero de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquíaquí

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