La momia

Ilustración de una mujer cortando una tarjeta bancaria de PVC.

Marta Sanz

1. Antecedentes 

Cuando era una niña, el olor del plástico –colorista, brillante, eléctrico– anunciaba: colchonetas, flotadores, muñecas vestidas de flamenca, patito de goma-amarillo, amarillo-, calcomanías, gominolas fabricadas con derivados de aromáticos del petróleo. Joder, los Hogarines, aquella familia maniquí que tenía hasta una chacha inequívocamente española. Masticábamos las capuchas de los bolis y sacábamos de las máquinas huevos de plástico que encerraban plásticas sortijas de primera calidad. A veces inspiro profundamente en mitad del pasillo de uno de esos bazares que se abren en un inesperado sótano de mil metros cuadrados, y sufro el síndrome de Stendhal y la retrotracción a la infancia. Más tarde, llegaron los preservativos. Aún no se habían hecho famosos sus sabores a chicle.

2. My Card 

Hoy mi relación con el plástico es netamente –elijo con mimo el adverbio– crematística. Mi tarjeta no huele a nada ni brilla. Mate, gris oscuro. Discreta, elegante. Como el uniforme de una fuerza represiva que no quiere llamar la atención. Las informaciones visibles sobre la piel de mi tarjeta se vuelven crípticas a causa de la presbicia. Sin embargo, lo más preocupante no son los signos que recorren la piel de mi tarjeta, sino sus mensajes arcanos. No sé a dónde remiten sus áreas tornasoladas y códigos. No siento My Card como una parte de mi anatomía. My tongue, my liver, my heart. El adjetivo posesivo en inglés me amenaza.

3. Champiñón en la cueva

Mi abuelo materno era cajero en el Banco de España –cajero de ventanilla, no gobernador del Banco– y, cuando compraba algo valioso, sacaba sus billetes, nuevecitos y ordenados, para pagar con categoría. El dinero, que huele a dinero con un olor a moho y papel, a champiñón en la cueva, debe tratarse respetuosamente sobre todo cuando no se tiene en abundancia. Con el dinero no te limpias el culo. Conoces su rareza y su fragilidad: los billetes se estrujan y las monedas se oxidan. El dinero no se puede meter en la lavadora. Llevamos maletas grandes para guardar el botín del atraco. El dinero tiene que pesar para que, de pronto, no se nos vaya de las manos, se evapore, se convierta en deuda externa. Lo ves, ya no lo ves.

4. Mi hucha del cerdito

El dinero fluctúa fantasmagóricamente. Ya no imaginamos el dinero en montones. El tesoro en la cueva de Ali Baba. El concepto del ahorro familiar se desdibuja ante la ectoplásmica acumulación de capitales. Iker Jiménez lo sabe. El dinero es impensable. El dinero, como Dios, existe, pero no existe –y viceversa–, y el plástico es su representación en la Tierra. Me asustan las cosas sin tacto ni olor ni gusto. Lo que no cruje ni tintinea. Las cosas que no puedo ver y, sin embargo, gobiernan mi vida. Quiero mi hucha del cerdito. Desconfío de la estampita de mi tarjeta de crédito, del altar del cajero automático y de los economistas de la Escuela de Chicago. Amén. 

5. Apagón, limosna y propina

Transporto de acá para allá un billete de diez euros y algunas monedas por si hubiese una catástrofe. El gran apagón no me pillará desprevenida. Podré tomar un café latte y una micromagdalena. Siempre llevo algo, aunque sea para fomentar gustosamente la mendicidad. Al salir del supermercado, le doy a Washington, migrante senegalés, un euro brillante. Washington no dispone de terminal para aceptar limosnas con tarjeta y yo me siento avergonzada si no puedo hacer una aportación. También me parece raro dejar la propina incluida en el importe que se paga con tarjeta. Me encantan esos camareros que te miran mal cuando no les dejas dinero contante y sonante en el platillo. A veces, ese dinero de buena voluntad se lo queda el jefe: “¿Pero no tiene suelto?” Soy rancia como la grasilla rancia de la paletilla reseca de serrano. Confío en el género humano al constatar que aún son posibles las pequeñas sisas, las propinas que no pasan por la fiscalización del jefe, el boooooote. También reivindico el derecho a ser condescendiente, piadosa y limosnera. Subespecies útiles de la superioridad. Mi abuela no fue una dama de beneficencia ni organizó rastrillos con garritas de astracán. Fue obrera en una fábrica de perfumes y ama de casa. Luchó contra los explotadores, y nunca le negó unas monedas a quien pedía en la calle ni le reprochó que no hubiera hecho la revolución. Hoy, con el plástico de las tarjetas, Washington no sale adelante y nosotras, virgencita, virgencita, que me quede como estoy.

6. Efectivamente

Lo que asusta es el higiénico latrocinio de la comisión bancaria. El obligatorio importe por tener una tarjeta –crédito o débito– que también es obligatoria. Lo que asusta es cómo, con la excusa de la transparencia, se filtran el control y el robo a gran escala que es un robo gota a gota y también el desplazamiento, vertiginoso y mágico, de masas ingentes de capital. Cada vez que meto el número de mi tarjeta para realizar una compra de esas que ya solo puedo hacer por internet, cada vez que tecleo el dato de mi CVC, me da un repeluco: acabo de poner a disposición de un ser desconocido, de un bot desconocido –no sé qué es un bot, pero seguro que no tiene piedad– los ahorros de mi vida, la confianza en una vejez aseada y con calefacción. Pongo mucho cuidado al marcar los números. Me preocupa pulsar dos teclas a la vez y que todo se vaya a la mierda. Otras veces, creo que sería mejor marcar dos números y que todo se vaya a la mierda. Efectivamente.

Las drogas nunca se han ido, en TintaLibre de abril

7. Caducidad

Mi tarjeta no huele a nada ni brilla, no dispara evocaciones ni nostalgias, pero me abre la puerta al consumo y la diversión. También a los peligros. A veces, olvido mi número secreto. “Mamá, ¿qué quieres por tu cumpleaños? Vamos a la perfumería Rubor y te compro lo que necesites, mamá”. Mi madre mete en el carrito agua de colonia, crema hidratante, carmín, toallitas. Guardo mi ligera tarjeta en el bolsillo. Es la tarjeta que uso para no cambiar dinero cuando salgo de la Unión Europea, viajar en el metro de Londres, comprar una botella de agua por cuatro euros en el aeropuerto, pagar a escote con las amigas en un restaurante, comprar limones, cortarme el pelo. La cajera pasa los productos por el escáner. El precio aparece en el terminal. Deslizo mi tarjeta –a veces, solo la aproximo, a veces la restriego, a veces la meto/inserto: me siento todo un hombre con mi tarjeta–. La máquina me pide mi clave. 3765. No. 6537. No. 5673. No. Me bloqueo, me resisto, me apabullo. “Póngase a un lado, señora. Está bloqueando la cola”. Mi madre saca su tarjeta, la desliza, teclea su número con soltura. Tengo miedo. De esa levedad, ese dominio rutinario del plástico. A mi madre le ha poseído la tarjeta. La nueva textura plástica le sube de las puntas de los dedos hacia el codo. La tarjeta funciona dentro del metabolismo de mi madre resiliente, ágil, juvenil. Mi madre ya no es mi madre, o quizá yo soy la momia. La grasilla rancia de una paletilla de serrano. Una tarjeta deprimida ante la idea de su caducidad.

*Marta Sanz es escritora. Sus libros más recientes son ‘Los íntimos’ (Anagrama, 2024) y el libro de poemas ‘Amarilla’ (La Bella Varsovia, 2025).

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