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La última noche de Pasolini

La última noche de Pasolini

Francisco Chacón

La noche se mueve mientras la periodista Irene Hernández Velasco alquila un automóvil en el centro de Roma, no lejos de Piazza Venezia. Nos subimos con la emoción de vivir una velada histórica. Lo es, no hay duda. Sentimos fascinación, obsesión, adicción por Pier Paolo Pasolini. Anhelamos llevar nuestro fetichismo hasta más allá de los límites que, por supuesto, estábamos dispuestos a cruzar. Si hay sorpresas, las abrazamos. Si no, la oscuridad será nuestra aliada con la banda sonora de una de las divas favoritas del incómodo intelectual italiano: Mina. Su voz nos arropa sin miedo a la madrugada. Sublimes canciones napolitanas (a veces mortuorias).

Aquel 2 de noviembre de 1975 se reverbera en nuestras mentes. Cuatro décadas ya de un asesinato político nunca aclarado… porque ¿alguien puede creerse de verdad que el novelista, poeta, ensayista, crítico y cineasta perdió la vida por un arrebato erótico? Comunista, católico y homosexual. Lo tenía todo para convertirse en blanco de los enemigos posibles de los más diversos bandos, comenzando por la Democracia Cristiana. La Italia moderna nació esa noche, sobre sus cenizas, y fue rematada casi tres años después, cuando las Brigadas Rojas secuestraron y asesinaron al legendario primer ministro Aldo Moro. Italia desgarrada. Italia corrupta. Italia teñida de sangre. Italia sentando las bases para que surgiera un bufón como Silvio Berlusconi, tan castizo como Alberto Sordi en sus comedias.

Sin Pasolini no habrían existido Roberto Saviano, Nanni Moretti o Dario Fo, por citar sólo tres ejemplos. Así que todo ese bagaje nos acompaña mientras realizamos el mismo itinerario que él horas antes de perecer en la playa de Ostia. Llegamos a la Estación Termini, un maremágnum tan macarra como hace 40 años. Los chaperos y traficantes siguen campando a sus anchas. Precisamente por eso se dirigió allí el gran Pier Paolo, rendido siempre a los pies de los chavales que se buscan la vida a bocajarro.

La última cena

Como el jovencísimo Giuseppe Pelosi, a escasos meses de la mayoría de edad cuando vio aparecer un Alfa Romeo de lujo conducido por el exguionista de Federico Fellini en Las noches de Cabiria y La dolce vita. El mozalbete subió al automóvil y arrancó el trayecto sin vuelta. Via Nazionale hacia abajo. Nosotros lo emulamos en un recorrido que se detiene en Al Biondo Tevere, el restaurante (abierto desde 1914) donde llevó a cenar al chico.

La exquisita pizza nos colma para dejar volar la fantasía, tal cual le sucedió al propio Pasolini, ávido de consumar su relación sexual con la efímera pareja. Sus mesas nos dejan asomarnos al río, como también pudieron comprobar en su día Luchino Visconti (que rodó en su terraza una escena de la película Bellísima, con Anna Magnani y Walter Chiari) o Alberto Moravia. No se atisban las hordas de turistas porque tenemos la seguridad de encontrarnos en la Roma genuina que tanto subyugaba al azote de la izquierda y la derecha.

Muy cerca nos aguarda una gasolinera. Y allí los empleados se sorprenden de que ansiemos tomar fotografías. “¿Qué hay de interesante en un sitio como éste?”, refleja el rostro incrédulo de un trabajador con rasgos orientales. Pues que allí repostó el maestro por última vez en su vida. Nos adentramos entonces en los mismos arrabales donde se inspiró el tótem del espíritu a la contra. Barrios deprimidos en medio de la nada. Mina nos sobrecoge a través de Napoli secondo estratto, un CD en el que no falta O sole mio.

Caminos de mala muerte (nunca mejor dicho). Vecindarios improbables. Gentes resignadas. Así nos plantamos en el rincón fatídico. La sórdida playa de Ostia se despliega ante nuestros ojos. “Ahí, en esa casa de la derecha, vivía la mujer que descubrió el cadáver”, apunta Irene Hernández Velasco. Ahora, en esa misma vivienda, se asienta un hombre marroquí a quien preguntamos. Su rostro refleja estupor, pues no tiene ni idea de quién era “el tal Pasolini”. Preferimos sonreír porque, ciertamente, no tiene por qué saberlo. Al lado, una verja con un letrero donde puede leerse: Parque Pier Paolo Pasolini. Está cerrado a estas horas de la madrugada, claro. El lugar no parece tener nada de especial. ¿O sí? Cualquier devoto podría dar fe.

Nos montamos de nuevo en el automóvil para iniciar el viaje de regreso, al tiempo que el feísmo se muestra con resabios de la Italia de los años sesenta. Unos adolescentes transitan a nuestra izquierda. Nos miran agresivos, con dos jovencitas embarazadas a sus espaldas. Un panorama que parece sacado de Accattone, la primera película que dirigió nuestro gurú basándose en su novela Una vida violenta.

Retornamos a la incólume Via Nazionale para devolver el vehículo alquilado cerca del Palazzo delle Esposizioni, segunda parada de la muestra que ya albergó el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona sobre la relación entre Roma y el director de Las mil y una noches o El Evangelio según San Mateo.

Las sombras del asesinato

Italia mira el calendario de manera inquietante. El 2 de noviembre se agitarán muchas conciencias. A lo largo de estos 40 años, las sombras no han dejado de sobrevolar un caso que parece destinado a no cerrarse nunca.Por supuesto que no era extraño que Pasolini aceptase ir a semejante lugar en compañía de un chapero, aunque fuese un desconocido y no uno de sus habituales. Le encantaba ese tipo de compañía y la buscaba muy a menudo.

La ecuación se complicó in situ. ¿Realmente pudo masacrar solito el muchacho al autor de Amado mío? ¿No es más creíble la teoría de un complot con trasfondo político? ¿Apareció alguien más en escena? ¿Se puede hablar de un crimen de Estado? Probablemente nunca sabremos toda la verdad, aunque a Italia le vendría muy bien para poder mirar adelante con un enigma menos en su devenir errático.

Un cineasta visionario

Coincidiendo con el aniversario, acaba de ver la luz Sobre el deporte, una recopilación de sus escritos acerca del fútbol, que le apasionaba sin dejar de arremeter contra el circo en el que ya entonces se había transformado (mucho más ahora, con un calcio intentando recuperarse del colapso que lo ha devastado en las últimas temporadas: Milan e Inter por los suelos, la Juventus capaz de doblegar a los equipos ingleses pero impotente ante el todopoderoso Barcelona de Messi).

Pasolini habla de fútbol como lo que era: un visionario dotado de una agudeza fuera de lo común. Del mismo modo que acertó de pleno al vaticinar el advenimiento de un personaje como Silvio Berlusconi, tan arquetípicamente italiano como Totó. Del mismo modo que clavó sus predicciones referidas a un país en manos de la corrupción endémica.Si leemos hoy los artículos y ensayos que publicó en las páginas del periódico Corriere della Sera, sólo podemos exhibir asombro ante tal grado de exactitud. Él veía venir la debacle democrática de una Italia a la deriva, bipolarizada entre una izquierda multicolor y una derecha voraz.

Hace sólo cinco años que un senador fiel a Silvio Berlusconi desató la alarma de quienes confían en que el asunto se entierre ya definitivamente. Marcello Dell'Utri dijo que obraba en su poder el famoso capítulo perdido de Petróleo, el significativo libro que dejó inacabado el creador boloñés. Un volumen que tuvo muy presente Roberto Saviano cuando escribió Gomorra debido a su investigación de algunos asesinatos selectivos que se produjeron en la convulsa década de los años setenta en Italia. El político, sospechoso de abandonarse a las conexiones mafiosas, desveló que las claves contenidas en el texto inédito serían de gran utilidad para esclarecer el oscuro affaire. Tampoco entonces logramos acceder a una versión definitiva, pero está fuera de toda duda que las explicaciones oficiales suenan cada vez más a cuento napolitano.

Se supone que Pelosi rechazó la propuesta de Pasolini para mantener relaciones sexuales y le empujó. A continuación, el brillante intelectual agarró su bastón para golpearle. Pero el chaval se lo quitó y terminó por ensañarse con el dueño de aquel coche Alfa Romeo que tanto le había impresionado al comienzo de la noche. ¿Nadie sujetaba a Pier Paolo para que él pudiera azuzarle? ¿Un simple golfillo diecisieteañero se las ingenió para cometer semejante barbaridad? ¿Por unas miserables liras?

El atribulado cineasta italoamericano Abel Ferrara no se ha mordido en absoluto la lengua al presentar su película Pasolini por todos los festivales que se le han puesto a tiro en los últimos meses. “Todo el mundo en Roma sabe quién le asesinó”, ha declarado sin cortarse un pelo. Tal es el hedor de las cloacas políticas italianas, enraizadas en los tiempos del dictador Benito Mussolini y recicladas a golpe de surrealismo, más que de neorrealismo. De Arroz amargo a Julieta de los espíritus, de la nostalgia por un pasado glorioso al presente contradictorio convertido en un callejón sin salida.

Los pequeños homenajes se suceden este año en la patria del genio inconformista. Pequeños, sí. Porque la ampulosidad nunca fue su fuerte, porque jamás será reconocido a nivel mayoritario. Pequeños, pero emotivos.

Como el tributo que le ha rendido la mismísima Patti Smith en plena gira europea conmemorativa de los 40 años de su primer disco, Horses. Un álbum muy especial porque ella misma reconoció en su día la gran influencia ejercida por Pasolini en sus postulados iniciales, cuando ni siquiera imaginaba que entraría por la puerta grande en la historia del rock.

Influencia musical

Aquel compendio magistral donde recreaba el clásico Gloria, de Van Morrison, se publicó el 13 de diciembre de 1975, es decir, sólo 11 días después de la muerte del atormentado escritor. Su espíritu se encontraba entre aquellos surcos, envueltos en la mítica fotografía para la portada que firmó Robert Mapplethorpe. Así que Patti Smith, el modelo de cantante que siempre guió a Michael Stipe al frente de los extintos REM, no puede olvidar a Pier Paolo, tan determinante para ella como Paul Verlaine o Arthur Rimbaud.

La musa del punk conoce muy bien los giros registrados en las incesantes pesquisas al hilo de aquella extaña muerte. La propia Oriana Fallaci, la famosa periodista de aquella época, se empleó a fondo para recoger testimonios que ayudasen a arrojar luz sobre el tema, pero por primera vez en su vida no lo consiguió.

El libro Profundo negro, obra de Sandra Rizza y Giuseppe Lo Bianco, comenzó a atar cabos en el año 2012. Para ellos, la clave estaba en los vínculos existentes entre la muerte de Pier Paolo Pasolini y la del periodista Mauro de Mauro. ¿Qué tenían en común el cineasta y el periodista? Ambos investigaban el sospechoso accidente de avión sufrido por Enrico Mattei, presidente de la macroempresa petrolera Eni.

Por fin tomaba cuerpo una teoría con atisbos de lógica política, pero lo importante es que los indicios lleguen a ser tan abrumadores que impulsen una reapertura del sumario sin fin en que parece haberse convertido. No podemos arrinconar en absoluto las palabras pronunciadas por el forense Faustino Durante: “Fue víctima de un ataque en el que intervinieron varias personas”. Por algo se atrevió a lanzar unas insinuaciones de tal calibre, aunque lo cierto es que nunca pudo certificar sus intuiciones con la aportación de hechos concluyentes.

Mientras tanto, seguimos sus huellas en la ciudad de Bolonia, cuna de un hijo ilustre que salió de allí para abrazar el escándalo en los descampados que rodean Roma. Mientras la vecina Ferrara honra a Antonioni, la ciudad roja conserva el mismo aroma que él respiró.

También nos subyugan con fuerza sus películas, a mayor gloria de la anticomplacencia. Anna Magnani nos conquista en Mamma Roma, Teorema retrata la descomposición moral de la burguesía con un espléndido Terence Stamp… Y qué decir de Saló o los 120 días de Sodoma, todo un tratado sobre la decadencia humana que incluso es capaz de escandalizar hoy a propios y extraños.

Secuencia Pasolini

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