El dinosaurio todavía estaba allí

Andrés Lima: "Un sistema que pone el interés económico por encima del puramente humano es un sistema violento"

El actor, autor y director teatral Andrés Lima.

“El apoyo de un Estado es lo que nutre de confianza y de presupuesto la vida cultural de un país”. Andrés Lima (Madrid, 1961) considera indispensable el aval incondicional de los gobiernos de turno al sector teatral y llama la atención sobre las dificultades que están por venir: “Veremos en qué medida se mantendrán los presupuestos de cultura. Y también el dinero que los propios ciudadanos destinan al arte”.

El actor, autor, director y Premio Nacional de Teatro aboga por “estar en continuo diálogo con quien dirige lo público” y por fomentar también el teatro privado: “No sólo necesitamos ayudas, necesitamos voluntad política porque hay materia prima de sobra”. Y hace una apreciación sobre las subvenciones a la cultura, de cuándo en cuándo criticadas desde determinados espectros políticos: “Los bancos están más subvencionados que cualquier disciplina artística”.

Lima cree que el capitalismo es un problema para el progreso de las sociedades modernas porque fomenta la confrontación: “Un sistema que pone el interés económico y empresarial por encima del interés puramente humano es un acto de violencia”. Y precisamente este es el argumento de Shock 2 (La tormenta y la guerra), estrenada el pasado 27 de abril en el Teatro Valle-Inclán (una de las sedes del Centro Dramático Nacional), coescrita y dirigida por Lima, que se centra en el uso de la propia violencia para amedrentar a la población e implementar medidas que favorezcan a grandes poderes económicos, como las guerras, los golpes de Estado y un largo etcétera. He ahí la razón del nombre: se persigue causar un shock colectivo para vulnerabilizar a la sociedad.

Pregunta. Dígame un destino de verano al que soñara con ir durante el confinamiento, para sobrellevarlo, y uno al que irá este año. ¿Coinciden?

Respuesta. Te diría que no, no coinciden. En el confinamiento quería ir con mi hija a Estados Unidos, Nueva York… Y no se va a cumplir. Pero lo que sí es cierto es que muchos de los que soñaba sí se van a cumplir al acabar la pandemia.

P. Ahora que se supone que encaramos (por fin) la salida de la pandemia... ¿tiene miedo de lo que viene? En caso afirmativo, ¿se lo ha infundido de alguna manera el coronavirus?

R. Tengo miedo y también soy positivo. No es que tenga miedo, pero lo que no me gusta es el cariz cada vez más casero que ha caracterizado la pandemia: teletrabajo, poco contacto, poco encuentro, individualismo… Ha habido una ayuda de Internet para ponernos en contacto durante el aislamiento, pero no es algo que me guste.

Y lo que me gusta cada vez menos es el uso que están haciendo las farmacéuticas de este problema. El coronavirus, como otras enfermedades, son imprevisibles, pero poco a poco se irá desvelando qué ha pasado y qué grado de responsabilidad tiene el ser humano con su intervención nefasta en su naturaleza. Esto, por ahora, se me escapa como ser humano y como artista. Una de la cosas más evidentes, que me indigna mucho, es que ese famoso sentimiento de solidaridad que tanto se ha proclamado no es cierto. Los países pobres siguen sin estar vacunados, ha habido un juego de intereses. Quién tiene más recursos tiene más posibilidades de salir

P. ¿Cómo le ha cambiado la pandemia? ¿Ha cambiado de alguna manera lo que considera importante en su día a día o vuelve a ser la de antes?

R. Me ha influido bastante. Ha habido una consciencia de nuestra propia fragilidad. Eso sí que me ha matizado la forma de ver las cosas. Me preocupan más las crisis ahora que antes. Como artista, creo que mi punto de vista se pondrá cada vez más en las zonas de peligro, porque esto me ha alertado bastante sobre ellas. También me preocupa algo bastante intangible: el grado de angustia generado en la gente, sobre todo la más joven. Y cuando se transforma en violencia, hacia otros o hacia sí mismos, es muy preocupante.

Ahora estoy trabajando sobre la guerra civil española. El ser humano no aprende, se siguen reproduciendo los mismos patrones. Una guerra civil es todo lo contrario a la solidaridad, es la rotura de la fraternidad. Y no es que me asuste una guerra, pero sí me asusta ese individualismo que nos hace enfrentarnos hoy en día. Y en los sitios que están en guerra la pandemia ha sido más dura. También estoy trabajando en la violencia en la adolescencia… Todos esos impulsos destructivos los considero “zonas de peligro”. Hay grupos ultraderechistas que se han visto animados por el odio hacia inmigrantes, mujeres… la homofobia está in crescendo. Esto responde a un estado de las cosas que hay que estudiar, criticar y analizar, y hacerse responsable de ello.

P. ¿Y dónde estaría la solución?

R. Educación, cultura, información, filosofía… todas las ramas que cultiva el humanismo son necesarias para eso. Todavía nos falta una educación sexual, nos falta cultura para afrontar problemas, nos falta información que no esté controlada por solamente determinados medios. Como decía un amigo mío: si hay otro Filomena habrá un reportero en cada esquina. Es desproporcionado. Eso responde a una manera de querer informar. Todo eso es lo que sucede, los artistas tienen la cultura como nexo común. Más que nunca es necesaria.

P. Entre 2008 y 2013, las artes escénicas perdieron 7 millones de espectadores. De ellos, 5 millones nunca se recuperaron, y a ellos se suman quienes no han regresado desde marzo de 2020. ¿Cómo hacer que vuelvan?

R. Representando, apoyando a la cultura, desde lo público y desde lo privado… 2008 generó una enorme cantidad de paro y la quiebra de multitud de empresas. Desde la administración no se ayudó, además se atacó bastante la posibilidad de generar infraestructuras donde las pequeñas empresas teatrales pudieran tener una vida sana. La presión administrativa era muy fuerte, y las ayudas al desarrollo y producción, escasas. Y cuando nos estábamos recuperando bastante bien llegó la pandemia. Por fortuna tenemos un tejido de teatros públicos que ha mantenido el espíritu alto, pero no es suficiente. También hay que fomentar lo privado. Hay materia prima de sobra, artistas… necesitamos voluntad política para llegar a ello. No sólo necesitamos ayudas, las subvenciones, porque los bancos están más subvencionados que cualquier disciplina artística.

Necesitamos una política cultural que promocione el arte, que haya algo donde las raíces se puedan formar, y esto se hace en las escuelas y las campañas educativas de los teatros. Eso se puede hacer y si se hace tendrá resultados. Es un camino largo, pero hay que empezar. Y hay que ver si hay interés. Si el único que hay en las sociedades capitalistas el dinero, pues habrá que seguir luchando.

P. Cuando los teatros privados advirtieron de que no podían funcionar con los aforos covid, muchos miraron a los públicos. ¿Cree que estos han estado a la altura? ¿Qué espera de ellos en la próxima temporada?

R. Los espectadores han llenado los aforos, fueran del 30%, 50% o 75%. El público ha confiado y ha respondido para mantener a flote todos estos espacios. Se ha notado en los aplausos, en lo rápido que se acaban las entradas….

P. Con la llegada de la pandemia, muchos trabajadores de la escena se quedaron sin trabajo y sin paro. ¿Qué efectos ha tenido el covid-19 a su alrededor? ¿Cómo lo ha pasado usted y cómo ha visto a sus compañeros?

R. Es muy duro. Sabemos que ha sido muy difícil, muchos profesionales han estado entre la espada y la pared, y las compañías también han sufrido muchísimo para sostener su estructura. Es una tragedia. El hecho de que haya que combatir contra la crisis económica y luego contra una pandemia mundial ha sido doloroso. Ahora iremos volviendo a un escenario paulatinamente mejor, pero veremos en qué medida se mantendrán los presupuestos de cultura. Y también el dinero del propio ciudadano destinado al arte. Ahí vamos a sufrir, y es cuando hay que intentar mantener tanto el interés por el trabajo que hacemos como el trabajo en sí, la estructura empresarial y económica del teatro. Hay que estar en continuo diálogo con quien dirige lo público, el Ministerio de Cultura. Hace falta una política clara que vuelva a reafianzar las estructuras teatrales.

Hemos tenido en España un quórum con el teatro que ha sido excepcional y ha sido ejemplo. Hay que valorar eso, creo que no debe impedir que sigamos avanzando y exigiendo más, porque la cultura aún es insuficiente en nuestro país. Confío en que el arte reflexione bien ahora que tenemos una mínima perspectiva de lo que ha ocurrido y para eso hay que seguir construyendo teatro.

P. ¿Y cómo se protege más al sector cultural y al teatro en particular?

R. Voy a hacer una analogía pretenciosa con la Sanidad: el hecho de que la sanidad pública en gran medida haya evitado una catástrofe mucho mayor, como ha ocurrido en otros países, nos hace valorar más todo el desastre al que estaba abocada la sanidad pública con los recortes que ha tenido. Eso, llevado al teatro, es lo mismo: el apoyo de un Estado es lo que nutre de confianza (y presupuesto) a la vida cultural de ese país. Y dentro de esa estructura, tanto lo privado como lo público podrán desarrollarse paralelamente y en colaboración, para ampliar los circuitos. Que se pueda girar, que se puedan hacer campañas educativas....

También tenemos que poder intervenir la calle, los espacios abiertos deben ser lugares culturales también… Si en la pandemia era peligroso el espacio cerrado, se podría haber explotado el espacio abierto. Pero podemos aprender de eso. Que el teatro sea más adaptable. Y que tenga un apoyo más claro. El presupuesto para la cultura en España es ínfimo comparado con países como Italia, Inglaterra o Francia. Pero en esos países tienen más interés por ello. Y no sólo es presupuesto: unas políticas que hagan más posible la realización de teatro allá donde vayas. Que el teatro llegue hasta el último pueblo de la geografía española.

P. Ha abordado recientemente el concepto de libertad, íntimamente ligado a las sociedades capitalistas occidentales en el imaginario colectivo. Hizo un matiz interesante: “Sólo eres libre si tienes dinero”. ¿Cuál es su idea de la libertad? ¿Cree que la pandemia, o la gestión de la misma, nos ha privado de esa forma de entender la libertad?

R. Mi idea de la libertad es que es un derecho fundamental. Y así quedó reflejado en la primera Declaración de los Derechos Humanos. Sigo creyendo en eso. Como tal, no debe ser utilizada ni manipulada. Y es verdad que estamos en una sociedad donde la libertad es un privilegio que no alcanza a todos, y uno de los inconvenientes es pertenecer a una clase u otra. La desigualdad hace que la libertad sea muy difícil de alcanzar. Y por supuesto esto sucede por una falta de fraternidad. Son tres valores en crisis en las sociedades capitalistas: igualdad, libertad y fraternidad.

No soy crítico con el Gobierno ni la gestión de la pandemia. Ha hecho lo que ha podido, ha metido la pata en muchos casos… y en otros no. Es difícil, me imagino, enfrentarte a un hecho tan brutal como este. Sí que creo que la Comunidad de Madrid, con toda esta publicidad, ha utilizado un derecho fundamental en su beneficio. Poner en práctica la política de favorecer los comercios me parece bien. Lo que critico es que enarbole la bandera de la libertad como si alguien la estuviese suprimiendo. Hay una enfermedad. No utilices políticamente la enfermedad de los demás. Eso me molesta mucho de Ayuso. Enarbolar ese concepto de libertad como si otros te la estuvieran quitando es una gran mentira.

P. En los últimos meses ha llevado al Teatro Valle-Inclán Shock 2, que narra en primera persona el sufrimiento derivado de una guerra. Pone en el foco central la violencia, que según su visión también es una parte intrínseca del capitalismo. ¿Podría profundizar más esa relación entre ambos conceptos? ¿Son inseparables dentro de este sistema?

R. Creo que un sistema que propone el interés económico por encima del interés puramente humano es un acto de violencia. A lo largo de la historia el capitalismo ha utilizado la violencia o las crisis para poder sacar provecho o rentabilidad, y en muchos casos el capitalismo ha sido el causante de esa violencia. Así se legitimiza este sistema. Lo vimos en Chile, lo vimos en Argentina y en todo el Cono Sur latinoamericano. Después se ha visto en Oriente Medio…

Con respecto al coronavirus, se ha insistido mucho en que estábamos “en guerra” desde los medios de comunicación. Siempre me ha gustado matizar: no es una guerra, no es un enemigo, es una enfermedad. En un sentido infantil se puede hacer el paralelismo, pero no hay un sentimiento de odio, de territorio… Ante eso hay que reaccionar como un Estado médico, no como un Estado de guerra. Porque hay varias maneras de afrontar esto. Si encontramos que el enemigo no utiliza las mismas armas vamos a empezar a caer en una dialéctica bélica y vamos a querer hacer conquistas que están fuera de lo que es el combate al coronavirus.

P. ¿Entonces violencia y capitalismo son inseparables?

R. De momento, sí. El capitalismo es uno de los sistemas que utiliza la violencia, pero la práctica totalidad de las políticas instauradas en el mundo han encontrado en la violencia una forma de política útil. No tenemos una mentalidad constructiva que nos haga huir de eso. El hecho de creer que el humano es peligroso y que la hostilidad es una realidad hace que la guerra sea necesaria. No acabo de creerme eso, pero lo han repetido tantas veces que se ha instaurado como una verdad absoluta. Ni creo en dios ni creo en la guerra. Creo en la responsabilidad de las personas y en la solidaridad universal, pero no hay nada en el presente que me lo avale. Es una confianza que tengo, pero nada más. Creo que hay que seguir intentando llevarlo adelante, porque la democracia no tiene tanto recorrido en la historia.

Andrés Lima, Premio Nacional de Teatro 2019

Andrés Lima, Premio Nacional de Teatro 2019

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