Jack antes de JFK: el 'Plan B' de la familia Kennedy

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Cuando, en 1917, nació John Fitzgerald Kennedy –para la família, Jack– en Massachusetts (EEUU), no cayó sobre él ningún tipo de presagio. No se dibujó, desde su nacimiento, un camino de baldosas amarillas que tuviera que conducirlo directamente hacia la presidencia de su país. “Eso ya había sucedido antes”, apunta el profesor Lorenzo Delgado, historiador e investigador en el CCHS-CSIC: “Era su hermano, el primogénito, el hijo en quien Joseph P. Kennedy, su padre, había puesto todas sus esperanzas”. Por eso, y por las frecuentes ausencias cotidianas tanto de Joseph como de su mujer, Rose Fitzgerald, el joven Jack desarrolló una cierta rebeldía. “Pudo criarse, como diríamos hoy, un poco a su aire”, señala Delgado, aunque dentro de las estrictas normas católicas que intentó establecer su madre. Pero Joseph H. Kennedy, el hermano, murió en un lance de la Segunda Guerra Mundial y, de la noche a la mañana, las aspiraciones de la familia cayeron sobre las espaldas de un joven JFK. No había sido un buen estudiante, tenía una salud mediocre y un escaso interés por la política interior, pero iba a convertirse, en pocos años, en el presidente de Estados Unidos.

Aunque el ‘Antes de’ de JFK empieza, valga la redundancia, muchos años antes. “Una de las bazas electorales de Kennedy fue su apoyo a las minorías”, explica el historiador, “y eso tiene un porqué biográfico”. Los orígenes de JFK se encuentran en Irlanda y tanto la familia Kennedy como la Fitzgerald fueron, en algún momento de su historia, inmigrantes. Y “no es fácil pertenecer a una familia de origen irlandés instalada en Boston”, escribe el profesor de la Sorbona André Kaspi en la biografía John F. Kennedy (Biblioteca ABC, 2003). En concreto se refiere a Patrick Kennedy, el bisabuelo paterno de JFK, que fue uno del millón doscientos mil irlandeses que llegaron a EEUU entre 1847 y 1854. En la ‘Tierra Prometida’ encontraría su familia la prosperidad que andaba buscando. Sin ir más lejos, su propio hijo, Patrick J., se convertiría ya en político y sería, junto con John Fizgerald, el otro abuelo –el materno– de JFK, el primer antecedente político de la familia. El hijo de Patrick J. y la hija de John se casarían y tendrían, a su vez, nueve retoños, entre ellos John F. Kennedy, el trigésimo quinto presidente de EEUU y el primero católico.

Había pasado poco más de un siglo desde que el bisabuelo Patrick Kennedy desembarcara en la Isla de Noddle, en East Boston, hasta que la familia colocara a un vástago suyo en el despacho oval. Es el sueño americano por antonomasia. Pero fue algo fortuito que ese papel lo terminara interpretando JFK y no su hermano Joseph. “El padre de familia ya había tenido una cierta presencia política”, apoyando a F.D. Roosevelt, expone Delgado y aclara: “Cuando nació su primogénito, medio en broma medio en serio, dijo que algún día sería presidente”. Nada parecido ocurrió con Jack. Con todas las aspiraciones centradas en Joseph, JFK se interesó, sobre todo, por el inglés, la historia y, más adelante, por las relaciones internacionales, en gran medida por influencia de su padre, que se había desempeñado como embajador americano en Reino Unido. “Lo más probable”, reflexiona el historiador, “es que John F. Kennedy se hubiera dedicado al periodismo, o a escribir ensayos o alguna actividad de ese tipo”. Son empleos que le hubieran permitido llevar una vida más desahogada y moverse con libertad. De hecho, llegó a hacer sus pinitos en algunos periódicos de la cadena Hearst. Hasta la Segunda Guerra Mundial, Jack era un chico de buena familia, deportista, con unas calificaciones universitarias regulares y un futuro más o menos esperanzador en el terreno profesional lejos de presiones de casi ningún tipo. Tras la contienda, la política llegó a su vida. La familia Kennedy no iba a dejar pasar la oportunidad de llevar a uno de los suyos en la Casa Blanca.

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Es cierto que, como escribe André Kaspi en su libro, JFK lo tenía todo para triunfar –”un padre que, en su tiempo, fue uno de los hombres más ricos de los EEUU, amistades en el mundo de la economía, de la política y de la prensa, un pasado heroico forjado en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial y una familia siempre dispuesta a ayudarle con sus consejos, sus recursos y su talento–. También es verdad que Kennedy apenas si se interesó por la política durante su juventud, especialmente por la que tenía lugar intramuros de su país. Fue, precisamente, ese apoyo familiar, ese “clan al servicio del hombre”, en palabras de Kaspi, el que hizo de él el animal político en que terminó convirtiéndose. “Acabó transformándose en cierta medida en el personaje que hicieron de él”, tercia el profesor Delgado, “aunque es innegable que el talento ya estaba ahí”. JFK tenía la materia prima, pero el marketing electoral hizo de él un personaje capaz de ganar a todo un Richard Nixon en los comicios y de ser, todavía hoy por hoy, uno de los presidentes más valorados por los norteamericanos.

Fue ese marketing el que se ocupó de ocultar la maltrecha salud del candidato Kennedy y de magnificar su actuación en la Segunda Guerra Mundial. Ciertamente salvó de la muerte a alguno de sus hombres cuando un buque japonés partió en dos la patrullera que comandaba, pero, como advierte el profesor Delgado, no se trató de una enorme hazaña bélica como para sustentar la popularidad de un político en ella. A JFK se le enseñó a comportarse ante las cámaras, a quedar bien con la prensa y a hablar con sus votantes hasta el punto de convertirlo en uno de los mejores. En los tres años que duró su gobierno hasta que lo mataron el 22 de noviembre de 1963, Kennedy tuvo la habilidad de “elaborar un proyecto que ilusionara a la nación”, en palabras del historiador, “y de sintonizar con un gran número de sectores que, aunque no tuvieran el dinero ni los medios de su familia, se identificaban con la marginación que los irlandeses habían sufrido en los EEUU”.

Kennedy murió antes de poder ejecutar su proyecto, “por eso, la fotografía que queda de su gestión es la de la ilusión, la del término ‘Nuevo Horizonte’, que acuñó para animar a los jóvenes a coger las riendas del país”. Tuvo el talento para transmitir ese coraje y para pintar un gran futuro. La incógnita, sin embargo, siempre será si habría sido capaz de cristalizarlo.

Cuando, en 1917, nació John Fitzgerald Kennedy –para la família, Jack– en Massachusetts (EEUU), no cayó sobre él ningún tipo de presagio. No se dibujó, desde su nacimiento, un camino de baldosas amarillas que tuviera que conducirlo directamente hacia la presidencia de su país. “Eso ya había sucedido antes”, apunta el profesor Lorenzo Delgado, historiador e investigador en el CCHS-CSIC: “Era su hermano, el primogénito, el hijo en quien Joseph P. Kennedy, su padre, había puesto todas sus esperanzas”. Por eso, y por las frecuentes ausencias cotidianas tanto de Joseph como de su mujer, Rose Fitzgerald, el joven Jack desarrolló una cierta rebeldía. “Pudo criarse, como diríamos hoy, un poco a su aire”, señala Delgado, aunque dentro de las estrictas normas católicas que intentó establecer su madre. Pero Joseph H. Kennedy, el hermano, murió en un lance de la Segunda Guerra Mundial y, de la noche a la mañana, las aspiraciones de la familia cayeron sobre las espaldas de un joven JFK. No había sido un buen estudiante, tenía una salud mediocre y un escaso interés por la política interior, pero iba a convertirse, en pocos años, en el presidente de Estados Unidos.

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