Carta abierta a Juan Carlos I, emérito defraudador fiscal

Muy Señor Mío (o no tanto):

Leo estos días en algunos periódicos y escucho en varias emisoras de radio numerosos mensajes dirigidos a usted con gran aparato adulador, felicitándose por su “regreso” a España, revindicando todo tipo de hazañas protagonizadas por Su Majestad Emérita en beneficio de la democracia y hasta calculando la aportación económica que sus generosas gestiones desde la Jefatura del Estado habrían supuesto para la caja común (ver aquí). Esta campaña está coordinada por la denominada Concordia Real Española, y en ella participan desde conocidos empresarios y afamados periodistas muy amigos suyos hasta aristócratas de rancio o reciente abolengo (ver aquí).

Permítame un inciso personal. Como tantos millones de contribuyentes, yo he cumplido siempre escrupulosamente mis deberes con Hacienda. Vengo educando a mis hijas en la cultura de la responsabilidad y la justicia fiscal. Es la base de cualquier otro anhelo democrático para quienes defendemos el Estado del Bienestar como el mejor sistema de convivencia de la historia de la humanidad. Dice literalmente la Constitución en su artículo 31-1: “Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio”.

Llevo casi cuarenta años cotizados y pagando impuestos por una media de más de tres días de cada siete trabajados. Es lo que tiene pertenecer, fundamentalmente, a la clase social de los asalariados (dentro de la cual, por supuesto, hay grados, niveles de ingresos, de bienestar y de precariedad). No me quejo, de hecho me siento un privilegiado en comparación con demasiadas realidades humanas que conozco.

Sin acritud, pero desde una irritación profunda, quiero trasladarle lo siguiente: usted es un defraudador fiscal. No es verdad que la justicia haya dictaminado su inocencia respecto a diferentes delitos, como insisten sus amigotes, aduladores, abrazadores varios y dirigentes de las derechas que pretenden convertir este asunto en un elemento más del siempre pendiente debate entre monarquía y república. La Fiscalía archivó su investigación porque consideró que esos presuntos delitos no se podían juzgar, bien por haber prescrito o bien por una interpretación generosísima de la inviolabilidad de la Corona establecida en esa misma Constitución que decreta la justicia y la progresividad fiscal. Las regularizaciones fiscales que Su Majestad Emérita abonó sólo cubren una mínima parte de los ingresos que por las razones antedichas no han podido ser investigados penalmente, y, además, le fue permitido realizarlas cuando ya hasta en Abu Dabi se sabía que estaba siendo investigado, cosa que no se le habría aceptado a contribuyente alguno, por sólidos que fueran sus servicios a la democracia o sus sufrimientos en la lucha antifranquista (ver aquí).

Si le parece –como le insistirá su queridísimo Carlos Herrera– que el párrafo anterior es fruto de un republicanismo sectario o de un izquierdismo antimonárquico, ciego ante el otro plato de la balanza en el que debemos poner su papel en la Transición, en el 23F o en la consecución de las Olimpiadas (otras historias para desarrollar con calma), le ruego repase no sólo el informe de archivo de la Fiscalía (ver aquí) sino también el comunicado que su propio hijo, Felipe VI, hizo público el 15 de marzo de 2020, el mismo día que España entraba en estado de alarma por la pandemia (ver aquí). Refleja negro sobre blanco la confirmación (muy tardía) de la existencia de un patrimonio opaco en paraísos fiscales y la renuncia (imposible legalmente) a toda futura herencia que tenga que ver con esa fortuna contaminada y clamorosamente irregular.

Deje de ofender a la inteligencia pretendiendo aparecer como víctima y mártir del socialcomunismo o de su propio hijo. Nada ni nadie ha hecho más daño a la máxima institución del Estado que usted mismo

Aunque sé que no es usted muy aficionado a la lectura, le sugiero un simple vistazo a otro documento: el discurso de entronización que pronunció su hijo Felipe VI tras su abdicación en 2014. Comprobará que hizo un hincapié muy especial en el compromiso de “transparencia” y “ejemplaridad” para abrir una “nueva época” (ver aquí). A sabiendas de que la institución monárquica que le llevó al trono tenía el prestigio por los suelos desde el caso Nóos y otras sospechosas andanzas más propias de la prensa cardiaca, su hijo supo ver que estaba obligado a trazar una línea bien gruesa que le alejara radicalmente de los cuarenta años de reinado anterior. No sé si se ha percatado Su Majestad Emérita, pero su ruidoso regreso a Sanxenxo y, sobre todo, esa campaña de blanqueo puesta en marcha por tierra, mar y aire deja de nuevo en papel mojado el compromiso de decencia y transparencia adquirido por su hijo.

A ver si me entiende: si España fuera una república y su presidente hubiera actuado como usted lo ha hecho, ya le anticipo que mi crítica sería exactamente la misma en lo que se refiere a la denuncia de su fraude fiscal y la opacidad de un patrimonio que no surge por esporas ni se justifica por los recursos públicos asignados. Entre otras muchas diferencias entre república y monarquía, como bien sabe Su Majestad Emérita, resulta que quien le ha sustituido tampoco ha sido votado por la ciudadanía, y por eso le afecta y ensucia mucho más su impresentable actuación.

Jamás me atrevería a dar consejos ni a un becario, de modo que no se me pasa por la cabeza hacerlo con un ex Jefe del Estado. Simplemente creo que tengo derecho, como ciudadano y contribuyente, a exigirle que a estas alturas del oscuro culebrón que Su Majestad Emérita ha protagonizado, deje de ofender a la inteligencia pretendiendo aparecer como víctima y mártir del socialcomunismo o de su propio hijo. Nada ni nadie ha hecho más daño a la máxima institución del Estado que usted mismo, y por eso nos debe unas cuantas explicaciones, unas disculpas meridianas y un mutis por el foro que le lleve a una posición discreta desde la que no cause más perjuicios a la higiene democrática (con permiso de la justicia británica que aún mantiene alguna causa abierta).

Atentamente.

 

P.D. Regresa usted a Sanxenxo, camino de la Zarzuela, en la misma semana en que hemos conocido nuevos audios sobre la operación más sucia de las protagonizadas desde el PP en sus tres décadas de existencia: la llamada Kitchen. Lo escuchado no deja lugar a dudas sobre las mentiras de María Dolores de Cospedal o Esperanza Aguirre ante la justicia (ver aquí). Hay un nexo letal entre el caso de Su Majestad Emérita y el de los audios grabados por Villarejo: las cloacas del Estado han funcionado a máximo rendimiento como mínimo hasta anteayer (no son cosa del pasado), y lo peor no son las corrupciones que tapaban, sino la impunidad con la que sus protagonistas (del rey abajo, demasiados) actuaban. Hágase la luz.

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