Que alguien se lo explique a la derecha española Cristina Monge
ANÁLISIS
Tras más de dos años asistiendo al primer genocidio televisado, el de Gaza, en los últimos meses hemos asistido a la retransmisión en directo de la primera invasión estadounidense en Latinoamérica desde la de Panamá, en 1989. Desde septiembre, hemos visto cómo Estados Unidos ejecutaba extrajudicialmente a casi un centenar de personas que viajaban en una treintena de embarcaciones, en clara violación de los principios más básicos del derecho internacional, marítimo y de la más mínima humanidad. Desde entonces, hemos escuchado al presidente de Estados Unidos anunciar, en repetidas ocasiones, que acabaría con el “régimen narcoterrorista” de Maduro a través de las mismas “operaciones encubiertas” de la CIA que durante décadas han impulsado golpes de Estado, dictaduras y cambios de regímenes por otros afines a Washington. Y al contrario de lo que ocurrió en 2003 con el movimiento contra la invasión ilegal de Irak, apenas si ha habido muestras de solidaridad con el pueblo venezolano. Un silencio aún más sorprendente si tenemos en cuenta que Trump no se ha molestado siquiera en inventarse excusas como las armas de destrucción masiva ni en disfrazar la intervención de misión democratizadora como hizo su predecesor, George W. Bush Jr.
Es un signo revelador de nuestro tiempo que mientras que a nadie en su sano juicio se le ocurrió entonces interpretar el rechazo a la invasión de Irak como un apoyo al régimen de Sadam Hussein, hoy son multitud quienes callan por temor a que denunciar la intervención estadounidense sea entendido como un respaldo al régimen venezolano, cuando se trata de la defensa de los consensos legales y los valores humanistas más básicos: el derecho internacional, la carta fundacional de la ONU, la soberanía de Venezuela, las negociaciones, la diplomacia y la paz.
Pero si hay un silencio irresponsable frente a esta vuelta de las guerras imperialistas ha sido el de los líderes de la Unión Europea, incapaces de romper con la sumisión a Estados Unidos y la complicidad con sus crímenes, que en el caso del genocidio de Gaza ha agravado la brecha entre los gobernantes y sus sociedades civiles y, en consecuencia, la crisis de sus democracias.
Los bombardeos estadounidenses en Venezuela, así como el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro, y de su mujer, Cilia Flores, suponen la puesta de largo de un mundo diseñado a la imagen y semejanza de Trump. Uno en el que lo más descabellado, abyecto, irresponsable y peligroso puede ocurrir en cualquier instante porque las únicas lógicas que guían sus decisiones son su propio beneficio y su narcisismo autoritario. Uno en el que el hombre más poderoso del mundo no sólo desprecia públicamente la democracia, el multilateralismo y las organizaciones supranacionales, sino que explicita su desprecio por cualquier norma que no sea su ordena y mando a través del chantaje, la coerción, la amenaza, y legitimando así la ley del más fuerte: es decir, él, que difunde en su red social, Truth, montajes en los que aparece disfrazado de emperador. Un mundo sometido por un pequeño grupo de hombres blancos y ricos que celebran en un Parlamento –la Knésset– la comisión de un genocidio, que se reúnen con dictadores para imponer acuerdos de paz a una nación soberana invadida –Ucrania–; que condenan a cientos de millones de personas al hambre y la enfermedad al retirar de un día para otro la agencia federal para la cooperación y la ayuda humanitaria; que condenan a países enteros a endeudarse para comprarles armas mientras millones de sus habitantes no tienen cómo pagarse un alquiler…
Exigir que la UE haga rendir cuentas a Estados Unidos no es una ingenuidad, sino mera responsabilidad
Hasta ayer, la mayoría de los venezolanos consultados por esta periodista creía improbable una intervención militar estadounidense. No le veían sentido a una operación costosa y de consecuencias imprevisibles cuando Washington cuenta con todos los recursos para imponer otro gobierno y, sobre todo, para quedarse con la mayor reserva de petróleo del planeta.
A partir de los bombardeos en Venezuela, no solo ellos, todos hemos entendido que Trump nos ha robado la posibilidad de interpretar sus acciones bajo ninguna lógica y que, precisamente por ello, deberíamos tener claro que la mayor amenaza para la humanidad, la estabilidad, la paz y la seguridad hoy es la Administración Trump. Y la UE está en la obligación de admitir este nuevo escenario y emprender una transición para paliar sus dependencias estructurales en materia económica, comercial, financiera, militar y defensiva hasta emanciparse de Washington. Hasta entonces, estaremos en peligro –como lo estamos en nuestro flanco oriental por su admirado Vladimir Putin–.
Si la Unión Europea quiere cumplir con su deber, proteger a su ciudadanía y salir de la irrelevancia geopolítica, la única vía es respetar el derecho internacional, los derechos humanos, convertirse en garante de un orden internacional multilateral y acabar con el doble rasero que ha naufragado su ya escasa legitimidad. Para ello, además de adoptar contra Israel las mismas medidas que tomó contra Moscú por la invasión de Ucrania, es crucial que haga valer la legislación internacional contra Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de la ONU y en el Parlamento Europeo.
Exigir que la UE haga rendir cuentas a Estados Unidos no es una ingenuidad, sino mera responsabilidad. Lo contrario, es asumir que nuestros representantes públicos, elegidos democráticamente y asalariados con nuestros impuestos para defender la democracia, la justicia y el orden nos conviertan a todos en colaboradores de la imposición de un régimen autocrático global, dominado por Trump y regido por la violencia, el caos, la arbitrariedad, el miedo, el silencio y la crueldad. Lo iluso es creer que en estas palabras hay un ápice de exageración. Somos muchos los que llevamos más de una década denunciando el auge de la ultraderecha, analizando sus causas, exigiendo medidas para frenarla hasta hoy, cuando cuentan con uno de cada cuatro escaños en el Parlamento Europeo y gobiernan hasta en la Casa Blanca.
Tras la intervención en Venezuela, en Taiwan, en Georgia, en Colombia, en España o en cualquier lugar del mundo resulta más difícil pensar que es imposible que un día nos levantemos sobresaltados por el sonido de los bombardeos y las columnas de humo se alcen a nuestro alrededor. La única forma de impedirlo es exigir a nuestros gobernantes que defiendan con hechos la legalidad, que financien y blinden a la Corte Penal Internacional, el Tribunal Internacional de Justicia, el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, que impulsen una reforma democratizadora de las Naciones Unidas. Pero también que la ciudadanía defienda los derechos humanos, la democracia y a las víctimas civiles vivan donde vivan, e independientemente de la ideología de los victimarios y opresores: sean venezolanas, ucranianas, palestinas o sirias. Igual que no hay invasiones ni ocupaciones legales ni legítimas, tampoco víctimas de primera y segunda categoría. De lo contrario, estaríamos actuando como un Trump o un Putin cualquiera.
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Patricia Simón es periodista especializada en derechos humanos y escritora.
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