Anatomía de un asesinato Miguel Lorente Acosta
Mientras Bruselas se vanagloria de las hojas de ruta, fechas límite y documentos publicados con supuesta solemnidad, la realidad del mercado energético en Europa es muy diferente a la que nos pintan. Esto se parece más a una tragedia griega que a otra cosa: tratamos de huir del enemigo, pero lo necesitamos como agua de mayo. La narrativa europea es heroica, a la par que poco probable: Europa dejará de importar gas ruso para el 2027-2028. Pero basta con rascar un poco y profundizar en el asunto para darnos cuenta de que no es independencia lo que encontramos, sino una toxicidad imperante que nos va a traer, nuevamente, improvisación sobre la marcha y un preocupante estado de "no saber qué hacer".
El primer síntoma de toda esta mentira es la disparidad de fechas límite que se proponen. Los documentos publicados por la Comisión Europea indican un cierre total del grifo para inicios de 2027, con prohibiciones sobre nuevos contratos ya en este año 2026. No obstante, los políticos, bajo la presión internacional, indican que la fecha del embargo total se producirá en 2028. Esta discrepancia no es un detalle menor, sino una prueba clara de que no existe un plan real de escape como tal. Lo que realmente denota esto es una presión internacional asfixiante para que Europa deje de financiar al Kremlin vía compra de gas ruso. Sin ir más lejos, la Administración Trump con el secretario de Energía a la cabeza, ya está exigiendo un corte inmediato de los lazos europeos con Rusia en un plazo máximo de un año. Trump incluso amenaza con aranceles a terceros países para forzar esta asfixia, politizando el mercado hasta el extremo.
La "independencia energética" que nos venden no es más que un cambio de nombre, donde el precio a pagar es la falta de competitividad de nuestra industria y el aumento del coste para el consumidor
Pero lo más grave de todo esto es, una vez más, la hipocresía de la narrativa europea. Mientras nos echamos las manos a la cabeza diciendo que los gasoductos son "herramientas de guerra" de Putin, Europa sigue batiendo récords de importación de Gas Natural Licuado (GNL) proveniente de Rusia. De cara a la galería, la puerta principal está cerrada, pero la puerta entreabierta del patio trasero permite que siga entrando gas ruso en nuestras casas. No contentos con la desfachatez de nuestros políticos, también estamos asistiendo a un blanqueo energético de manual a través de Turquía. El crudo ruso llega a refinerías turcas, se procesa y entra en Europa etiquetado legalmente como combustible turco, sorteando las sanciones con una facilidad pasmosa.
Y como siempre, ¿quién es el damnificado en todo esto? Tú. Porque la alternativa al gas barato proveniente de Rusia no es otro que el GNL llegado de localizaciones mucho más lejanas, como puede ser el caso de Estados Unidos, Azerbaiyán o Qatar. La dependencia sigue estando ahí, pero ahora mucho más cara que antes. Mientras tanto, aunque los efectos financieros sobre las arcas públicas rusas son evidentes, a Rusia no parece importarle mucho (basta con ver que todavía están en guerra para darse cuenta de que mucho daño no le estamos infligiendo con este tipo de medidas). Rusia simplemente ha girado el cuello hacia el este, consolidando sus exportaciones y vendiendo a China e India la energía que nosotros rechazamos.
No es de extrañar que países como Hungría o Eslovaquia se nieguen a firmar este tipo de acuerdos, teniendo en cuenta que, por ejemplo, cortar el flujo del oleoducto Druzhba podría suponer la "muerte energética" para muchos países del este europeo. No es una cuestión política, ni siquiera ideológica. Es pura supervivencia. La "independencia energética" que nos venden no es más que un cambio de nombre, donde el precio a pagar es la falta de competitividad de nuestra industria y el aumento del coste para el consumidor. Si seguimos anteponiendo la foto política a la supervivencia energética, acabaremos siendo un continente museo: muy éticos, muy verdes, pero absolutamente arruinados.
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Antonio Jesús García-Amate es profesor de finanzas en la Universidad Pública de Navarra (UPNA) e investiga sobre energías renovables y gas.
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