Japón refuerza la estrategia de Trump frente a China

De la victoria de Sanae Takaichi en las elecciones celebradas el pasado día 8 en Japón se pueden extraer varias lecturas, tanto en clave interna como en el marco de la región Indo-Pacífico, destacando las que sirven a Donald Trump para reforzar su estrategia de contención de China.

A caballo de una popularidad creciente, y hasta asombrosa si se tiene en cuenta que apenas llevaba en el puesto de primera ministra desde el pasado 21 de octubre, Takaichi decidió convocar unas elecciones a las que formalmente no estaba obligada. Buscaba por esa vía un refrendo popular con el propósito de consolidar su posición personal frente a su propio partido, que la había designado presidenta tras defenestrar internamente a su antecesor, Shigeru Ishiba. Su holgada victoria –con un 68% de los votos– la blindan al menos por un tiempo contra posibles rencillas internas dentro del Partido Liberal Democrático (PLD) y le otorga una base parlamentaria suficiente –con 316 escaños (198 en las elecciones de 2024) de los 465 que componen la Cámara de Representantes– para desarrollar una agenda que vaya más allá de la mera gestión de la herencia recibida. De hecho, con el previsible apoyo del Partido Ishin, partido populista de derechas que ya apoyaba a Takaichi sin formar parte de su gabinete ministerial, podrá superar la barrera de los dos tercios de la Cámara para impulsar reformas estructurales, tanto en el terreno económico como en el seguridad y defensa, y hasta cambios en la Constitución de 1947.

Desde su conocida posición ultraconservadora, ha sabido conectar con las demandas de una sociedad atrapada en un declive tanto demográfico como económico, con la generalizada sensación de haber perdido hace tiempo el tren de la innovación tecnológica y con unos raquíticos resultados económicos. Su lema de campaña –Nihon Dai-ichi (Japón primero)– le ha servido para, a partir de aquí, poder salirse del guion habitual, planteando reformas sustanciales de un modelo agotado. Lo previsible, atendiendo a sus propias propuestas, es que Japón entre en una etapa de significativo aumento del gasto público y recorte de impuestos. Un programa que pronto puede generar dudas en la medida en que Japón ya es un país altamente endeudado, con una deuda pública que ronda el 260% del PIB nacional.

Más allá de su reconocida postura a favor de restringir aún más la política de inmigración en un país en el que apenas el 3% de sus 123 millones habitantes son extranjeros, es en el terreno de la seguridad y defensa donde cabe esperar movimientos más rotundos. En su corta carrera al frente del ejecutivo nipón, Takaichi ya ha tenido tiempo de provocar las iras de Pekín –con alusiones a que la seguridad de Taiwán es un asunto de interés vital para Tokio– y de alinearse aún más con Estados Unidos –Donald Trump ya le adelantó su apoyo y su deseo de recibirla en la Casa Blanca–.

Cabe recordar que desde su derrota en la II Guerra Mundial, Japón se ha visto históricamente limitado en el terreno de la defensa, a la sombra protectora de Washington. Aunque no ha abandonado su tradicional posición pacifista, es un hecho que, desde la etapa del primer ministro Shinzo Abe (2006-2007 y 2012-2020) se viene produciendo una evolución que ahora con Takaichi puede desembocar en un giro geoestratégico de gran alcance. Así, tras haber creado en 2007 un ministerio de defensa (hasta entonces solo había una Agencia de Defensa), los gobiernos del PLD han decidido romper el techo autoimpuesto de no dedicar más del 1% del PIB a ese capítulo, aprobar el despliegue de tropas en el exterior del territorio japonés en el marco de operaciones internacionales de paz, y hasta la exportación de armas a países en conflicto.

En su corta carrera al frente del ejecutivo nipón, Takaichi ya ha tenido tiempo de provocar las iras de Pekín y de alinearse aún más con Estados Unidos

Actualmente, las todavía denominadas Fuerzas de Autodefensa de Japón ya son, según el Global Firepower 2025, el octavo ejército más poderoso del planeta, con un presupuesto de 61.746 millones de euros para este mismo año (1,8% del PIB nacional), camino de alcanzar el 2% del PIB para el próximo.

Esa dinámica que ahora Takaichi va seguramente a reforzar responde, por un lado, a las crecientes tensiones en su vecindad, especialmente en relación con Corea del Norte (que lleva seis pruebas nucleares en lo que va de siglo y ha convertido en rutinario el lanzamiento de misiles sobre el espacio aéreo japonés) y China (con crecientes reclamaciones territoriales en el mar del Este de China y su asedio a Taiwán). Pero también guardan relación con las presiones de Washington para que aumente su apuesta militar, tanto para defenderse mejor como para colaborar más intensamente en la contención de la emergencia de China como principal rival estratégico. En esa línea encaja la incorporación de Japón a la iniciativa estadounidense QUAD (Quadrilateral Security Dialogue), junto con Australia, Estados Unidos e India.

Queda por ver si, en esa misma línea, Takaichi se atreve a impulsar el debate ya en marcha sobre la tradicional postura antinuclear. Es evidente que Japón cuenta tanto con la capacidad financiera, como tecnológica para dar un paso de esa naturaleza, incluyendo su propia planta de enriquecimiento de uranio (complejo de Rokkasho, de la Japan Nuclear Fuel Ltd.) y el combustible que le aseguran sus 33 reactores nucleares.

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Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).

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