No apto para el mando

Es la gente quien con su voto otorga la autoridad al presidente del Gobierno y no hay nada que objetar al respecto. Con todas sus debilidades, no existe en este momento un sistema mejor (más pacífico, más funcional) que la democracia electoral para la atribución del poder político. De modo que, cuando toque, las españolas y los españoles juzgarán si Alberto Núñez Feijóo está capacitado para dirigir el país. Es probable que el “mensaje” de la ciudadanía no sea tan evidente y haya que interpretar más bien qué nos han querido decir “los españoles”. Pero es mi tesis que Feijóo, más allá de sus posiciones ideológicas, en lo que tiene que ver con sus cualidades de liderazgo, no es apto para el mando.

El problema no viene de su poca legitimidad de origen. Recordemos que aterriza en Madrid desde la Presidencia de Galicia (a la que llegó tras una campaña muy marrullera asentada en la gran mentira del “Audi de Touriño”), y lo hace por aclamación, sin elección: le aúpan los suyos –singularmente Isabel Díaz Ayuso– tras la fulminante defenestración de Pablo Casado, que había osado denunciar a su compañera de Juventudes por los tejemanejes del hermano. A pesar de ese poco edificante origen, el liderazgo de Feijóo se ha ido consolidando gracias al aura de supuesta moderación de su gestión en la Xunta y también a los buenos resultados electorales de su partido en España y sus regiones y ciudades.

Nadie discute que Feijóo está ahí, pues, porque los afiliados y los votantes del PP le aprecian. En este momento lidera el partido más votado de España, que controla buena parte del poder territorial y que a corto plazo podría estar presidiendo el Gobierno central.

Sin embargo, Alberto Núñez Feijóo ofrece rasgos personales que a uno le inquietan. El primero de ellos es su frivolidad, su banalidad, su inconsistencia. No se recuerda ni un solo discurso de Feijóo, ni siquiera un gesto, con cierta altura de miras. No hay una visión del país en su oferta: nada que no sea la destrucción del “sanchismo”. En el Aznar de la oposición había una propuesta de liberalización y de ortodoxia económicas (aunque su “milagro económico” luego terminara entre rejas). Zapatero ofreció pactos de Estado en la lucha contra el terrorismo y por la justicia o contra la violencia de género y prometía un país pacífico, de buen talante y derechos. Rajoy nos llamó al rigor presupuestario y a una suerte de “sentido común” como prevención frente al “lío”. No era poco en medio de una crisis que nos puso en casi un 20% de desempleo. Sánchez llegó por sorpresa con una mayoría parlamentaria que quiso echar al PP por corrupto y ha mantenido al país en cotas económicas, sociales e internacionales que son la envidia del mundo. ¿Y Feijóo qué ofrece al país? ¿Qué visión propia? ¿Qué inspiración? ¿En qué rumbo pondría a España?

El segundo rasgo de la personalidad que merma su capacidad para gobernar es la falta de preparación intelectual y, si acaso, profesional. No se exige a los líderes democráticos que sean ingenieros aeroespaciales, pero en la España de 2026 sería de desear que al menos hablaran inglés, mostraran alguna inquietud cultural que no fuera solo ir a los toros, que hubieran escrito alguna página memorable o, no sé, que cantaran o tocaran el piano. Al menos que no confundieran el Atlántico con el Mediterráneo, el título de una obra maestra con el año de su edición, o el lugar de nacimiento de Picasso.

La frivolidad y una preparación intelectual más bien mediocre llevan a Feijóo no solo a cometer errores pintorescos, sino a derrapar con graves consecuencias estratégicas, como esta misma semana, cuando sin encomendarse a nadie, de forma completamente gratuita y espuria, suscita el supuesto problema del “absentismo” laboral y propone que los trabajadores de baja por enfermedad cobren menos. En pleno comienzo del verano, con un país en calma, desde la Pamplona de San Fermín y, lo que es peor, con un Gobierno y un PSOE en momento de bajón, el candidato a presidir el Gobierno saca a la paestra con falsedades un asunto que para nada está entre las prioridades, utilizando además la metáfora del cáncer, que ya hemos quedado –incluso con resolución parlamentaria– que está muy feo. Habla Feijóo sin guion, se le calienta la boca ante los empresarios vascos y tienen inmediatamente que salir a corregirle no solo los sindicatos, los médicos, los expertos en la materia y el Gobierno, sino también el mismísimo presidente de la patronal y su propio partido que, por boca de Juan Bravo, concluye que “a lo mejor no hemos sido capaces de explicarlo muy bien”.

La frivolidad y una preparación intelectual más bien mediocre llevan a Feijóo no solo a cometer errores pintorescos, sino a derrapar con graves consecuencias estratégicas

Feijóo parece sustituir esa carencia intelectual y de criterio propio con una cierta campechanía muy agradable a la vista y al tacto. Sonríe, saluda como un rapero, mano derecha arriba a la altura del corazón. Es muy amable y cercano. Ideal para las relaciones sociales. Pero entonces surge, en el contraste de ese comportamiento más íntimo con su desempeño político, un tercer rasgo de carácter que es acaso el más preocupante. Feijóo ha demostrado ser extraordinariamente cruel en el trato de su adversario político. Sin la más mínima prudencia ha pedido cárcel para la esposa del presidente del Gobierno y para su hermano, sabiendo, porque lo sabe, que ni por lo más remoto esas dos personas merecen tal castigo. Ha roto por completo la comunicación con el presidente desde el momento en que tolera que se celebre el insulto con gracietas sobre la fruta. Ha entrado en asuntos familiares de extraordinaria sensibilidad. Hace una década, España entera se rasgó las vestiduras porque Sánchez se atrevió a decirle a Rajoy: “Usted no es una persona decente”. Rajoy le contestó que Sánchez era “ruin”. Y aquel intercambio, que se produjo en el muy épico contexto de un debate electoral televisado, nos pareció el summum del ataque político. Feijóo ha hecho saltar por los aires aquella marca, que hoy nos parece de parvulitos.

El PP no va a cambiar de caballo ahora. Feijóo promete mucho más que Pablo Casado cuando le echaron. Pero sus seguidores y su verdadera tutora, Isabel Díaz Ayuso, empiezan a torcer el gesto al observar la poca pericia con que se maneja. La crueldad no parece importarles. Más bien la animan y celebran. Pero sí se extiende la idea de que a Feijóo, en realidad, le da igual ocho que ochenta. Que no se prepara. Que no se coordina. Que no es previsible. Cada día que pasa, Alberto Núñez Feijóo parece menos apto para dirigir España. Somos muchos quienes, con nuestros filtros y prejuicios, lo vimos antes. En el PP empiezan a verlo.

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