Desde la casa roja

Cabeza, rodilla, muslos y caderas

Aroa Moreno Durán nueva

Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos. El mismo día en que escribo esta columna, pero en 1843, la editorial Chapman & Hall de Londres publicaba Cuento de Navidad, de Charles DickensCuento de Navidad, autor también de Historia de dos ciudades, la frase con la que arranca este artículo. El escritor británico entregaba un relato que sería leído e interpretado por millones de lectores en el futuro. El día 24 de diciembre de aquel año ya se habían vendido 6.000 copias.

Cuenta la historia de un hombre avaro llamado Ebenezer Scrooge y su conversión tras ser visitado por tres espíritus –los fantasmas de las navidades pasadas, presentes y futuras– en Nochebuena. Scrooge acompaña a los espectros a visitar algunas visiones de su propia vida. Primero, su infancia y juventud, la inocencia. Luego, conoce la situación de pobreza en la que vive la familia de un empleado, cuyo hijo está gravemente enfermo, y finalmente, asiste a su solitaria muerte, tras una vida de desprecio hacia los demás. Esta última visión le lleva a reflexionar y cambiar de actitud y mantener el espíritu de la Navidad durante todo el año.

Scrooge no es nadie y somos nosotros. El avaro de Dickens es el lector de Cuento de Navidad. Quiso que observáramos la tragedia de morir solo, que nos turbara la visión del hombre ante su propio final y que no solo el viejo se transformara en alguien mejor, sino que nosotros, los lectores, también pudiésemos sentir el pellizco del juicio de la vida y decidiésemos girar nuestro timón a tiempo.

En este 2020, el relato de Dickens se ha convertido en una pesadilla. El cuento contiene la visión de millones de muertes por todo el mundo. Y me pregunto si habremos estado atentos a esta narración. ¿Solo la propia muerte nos aterra? ¿Quién es el verdadero lector de este cuento de la pandemia? ¿Quiénes nos han mostrado las visiones de nuestro pasado y presente? ¿Quién nos enseña el futuro?

Recuerdo que una mañana de sábado del febrero de 2020, me desperté y escuché una canción todavía en la cama. Alguien, visitado por otros espíritus de esos tiempos que estaban a punto de virar, el alcohol, la depresión, la soledad, revisaba su vida como el viejo Scrooge. La cantaba Residente y por título llevaba solo su nombre, René. RenéEl vídeo de esa canción es casi un plano único del cantante mirando a cámara, interrumpido por objetos de la vida familiar y fotografías, “la bici encima del barro, con un vaso de plástico en la goma pa que suene como un carro”. Residente recuerda su infancia, narra su presente: “ya no queda casi nadie aquí, a veces ya no quiero estar aquí, me siento solo aquí”, canta, y desea un futuro: “quiero volver a ser yo”. Se repite: cabeza, rodilla, muslos y caderas. Son las palabras que su madre tarareaba para que memorizara con qué partes del cuerpo le daban los indios Tainos en el juego de pelota cuando le ayudaba con las tareas escolares. Esta canción es una de mis mejores lecturas de 2020.

No sé si para René esa canción puso un punto y aparte, pero una semana después de escucharla empezó nuestra supervivencia. Y ahí nos quedamos. Mirando un horizonte que se alejaba de nosotros cuanto más corríamos hacia él.

Es este el peor de los tiempos y es el mejor de los tiempos, el nuestro, no hay otro. Mirar hacia atrás, recordar nuestro primer número de teléfono, las mesas familiares donde nos quisieron, el abrazo urgente en las estaciones y los aeropuertos, las canciones de una madre trajinando por la casa. No podemos evitar, desde este final de 2020, desearnos un futuro. Tramen milimétricamente la alegría de sus cenas para tener otras sobremesas. Somos solo un montón de huesos articulados por la vida: cabeza, rodilla, muslos y cadera. Yo ya tengo un plan de fin de pandemia preparado. Quiero volver a ser yo.

Cuídense todo.

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