La tercera dosis y la vacuna pediátrica se estancan en España entre la pereza y la desconfianza
España comparte con Portugal el trono de la vacunación en Europa contra el covid-19. La tasa de aceptación de la pauta completa en el país es altísima, de más del 90% con respecto a la población mayor de 12 años; y con un movimiento antivacunas prácticamente irrelevante. Sin embargo, el reinado se resquebraja a la hora de hablar de la tercera dosis y la cobertura de los menores de 12 años: en cuanto a la vacuna de refuerzo (booster), nos adelantan la gran mayoría de países de nuestro entorno. Y en cuanto a los niños, solo han recibido el primer pinchazo el 55%, cuando el Gobierno se propuso llegar al 70% el 7 de febrero.
No es un drama. La sexta ola ya está en retirada, la pauta completa sigue protegiendo contra la enfermedad grave, sobre todo a los menores de 60, y es raro que los niños desarrollen un cuadro severo. Pero tanto la vacuna pediátrica como el booster ofrecen beneficios no solo a nivel individual, también a nivel colectivo, aunque no representen tan claramente un antes y un después en comparación a las dos dosis para adultos. En ese sentido, sorprende que el país que batió récords en todo el mundo por su campaña de vacunación se esté quedando rezagada en la segunda vuelta. Los especialistas consultados apuntan a una mezcla de pereza, desconfianza y miedo.
El ritmo de inoculación ha descendido en las últimas semanas, como muestran los datos del Ministerio de Sanidad, en prácticamente todos los tramos. En los mayores de 70, los que más necesitan la tercera dosis por una caída de la eficacia de la primovacunación constatada por los estudios elaborados por el Gobierno, el dato lleva estancado desde mediados de abril y no supera el 90% de inoculados con el booster. Como explican los médicos de Intensiva y demuestran los datos, la tercera dosis está relacionada con una caída en los ingresos tanto en planta como en UCI de las personas mayores. Casi el 100% de este tramo recibió la pauta completa de estos productos anti-covid.
¿Qué está pasando? En primer lugar, la sexta ola y ómicron. Los tiempos de la ralentización coinciden con una bajada de la incidencia. Los contagiados pueden y deben esperar cinco meses para recibir el pinchazo, lo que tiene su impacto en la estadística. Y, además, la percepción de riesgo disminuye, aunque sigue siendo bastante fácil contagiarse en España con una incidencia por encima de los 1.000 puntos y con datos inferiores a los reales. "Al ir mejorando, por suerte, la pandemia, eso hace que las personas más jóvenes que ya de por sí tenían la sensación de que la enfermedad era más leve para ellos... es un factor que no ayuda a que la gente se vaya a vacunar", considera Fernando Moraga-Llop, vicepresidente de la Asociación Española de Vacunología (AEV).
Pero, al margen del impacto de la última onda, el epidemiólogo Mario Fontán señala a que en esta segunda ronda de la campaña de vacunación se ha puesto demasiado en boga el beneficio individual de las vacunas frente al colectivo. "La gente tenía claro que con dos dosis se llegaba a un hito y a unos niveles de protección suficientes y quizás el hecho de añadir una tercera dosis que no estaba contemplada puede que solo convenza a las poblaciones más vulnerables".
Efectivamente, en cuanto a la posibilidad de un cuadro grave, el booster marca unas diferencias discretas en menores de 60 años. Pero las marca. Y además, los estudios que maneja Sanidad, aunque se tomaron con muestras de la variante delta, muestran que la tercera dosis ayuda a reducir la transmisión, sin evitarla del todo. Cuantos más anticuerpos, más difícil lo tiene el patógeno para replicarse y pasar a otro cuerpo. No ofrece ninguna garantía absoluta, pero es un palo más a la circulación del virus. "Hay que tener en cuenta que en un contexto de pandemia y de incertidumbre, lo que buscamos es dificultar en términos poblacionales que haya una transmisión", resume Fontán.
El epidemiólogo es crítico con la postura de muchos inmunólogos que durante las últimas semanas han criticado la tercera dosis por innecesaria, argumentando que la inmunidad celular que genera la primovacunación sigue protegiendo lo suficiente y que la subida o bajada de anticuerpos no puede tenerse en cuenta únicamente para tomar ninguna decisión relativa a la campaña. Han llegado a sugerir la realización de un test que mide la cantidad de linfocitos T antes de inyectar o no el booster, lo que ha sido descartado por la Salud Pública por inviable.
Para Fontán, "en términos teóricos puede tener sentido", pero "uno de los problemas de estos planteamientos es que se basan en una evaluación muy individual". Una campaña de vacunación tiene que dirigirse a la máxima población posible en el menor tiempo posible para poner cuantas más barreras mejor al virus. Y la inmunología no puede ignorar que la tercera dosis ayuda contra la transmisión, aunque sea mucho menos eficaz en este sentido que en otros momentos de la pandemia.
"Cariño, no he vacunado a los niños"
Por otro lado, la vacuna a menores de 12 años está en el 55%, un porcentaje muy inferior a lo que esperaba el Gobierno. Ángel Hernández Merino, miembro del Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría, asegura que la ralentización sigue en la línea que el resto de tramos etarios: menos ritmo a partir de mediados de enero. "Son cifras que no las calificaríamos de malas en conjunto. Sí nos preocupa la ralentización porque, efectivamente, si este ritmo se mantiene no se van a cumplir los objetivos", asegura.
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Para el especialista, el principal motivo es la explosión de ómicron: niños que se han contagiado, en el colegio o de sus padres, y que ahora tienen que esperar, como mínimo, ocho semanas antes de la primera dosis. Los datos muestran que los tramos etarios más jóvenes estaban siendo los protagonistas de la subida de la incidencia en diciembre de 2021, antes del cambio de tendencia alrededor del 13 que marcó la irrupción de ómicron. Y la vuelta al cole, por otro lado, retrasó el descenso de la sexta ola en muchas comunidades.
Pero también hay muchísimos padres y madres que, sin ser negacionistas o antivacunas, sienten desconfianza o miedo hacia estos productos dirigidos a sus niños, sobre todo en los efectos a medio o largo plazo, que aún pueden estar sin desvelar. "Lo primero es entenderlo", defiende Hernández. Lo segundo es explicar no solo los beneficios del producto en sus hijos –menos posibilidad de enfermar aunque sea leve, reducción global de la transmisión, más seguridad en sus interacciones con sus abuelos– sino también los escasos riesgos: la vigilancia farmacológica no ha detectado, ni en España ni en otros países, efectos secundarios relevantes.
El experto de la Asociación Española de Pediatría pide que las comunidades autónomas compartan datos de cómo se ha organizado la campaña de vacunación pediátrica anti-covid: si se han centrado en los colegios o han optado por el sistema clásico de hospitales o centros de salud. Así, explica, los especialistas podrán saber qué funciona mejor y podrán emitir mejores recomendaciones de cara a cumplir las metas.