La conversación social
El dilema de la legitimación: ¿retirarse del debate público es la única respuesta democrática?
¿Merece la pena disputar un espacio público cuando el marco está trucado desde el origen o es mejor retirarse y dejar claro que no todo merece ser legitimado como debate?
Es una pregunta que acompaña la confrontación política y cultural en España desde hace varios años. En particular, desde que ha tomado cuerpo la guerra cultural que la derecha neotradicionalista española libra de forma consciente y organizada para combatir la supuesta ideología woke y la pretendida dictadura de la corrección política progresista.
Es un conflicto que no se libra solo en eventos puntuales, sino que se despliega a través de una panoplia completa de instrumentos: think tanks, organizaciones de movilización, actos masivos y, sobre todo, una red intelectual en la que se dan cita periodistas (Juan Soto Ivars), filósofos (Gregorio Luri) y escritores (Juan Manuel de Prada) que tratan, cada vez más, de atraer nuevas voces.
Así es como muchos interpretan el ya fallido intento de Pérez-Reverte de atraer a sus jornadas a referentes como David Uclés, al que —después de cortejarlo durante semanas— ahora crucifican en público y acusan de cobardía por haberse negado a legitimar con su presencia un debate que él considera trucado en origen.
"No han jugado limpio, han mentido públicamente", declaró Uclés para justificar su decisión de no participar en unas jornadas cuyo aplazamiento considera una victoria "porque parece que no estamos tan dormidos y nos atrevemos a señalar mensajes que blanquean el fascismo y el franquismo, por mucho poder que tenga el organizador".
"No tengo miedo al diálogo (...), pero nunca conversaré con aquellos que desean derribar los derechos sociales que tanto nos costó levantar, tampoco con criminales de guerra, ni secundaré ningún acto en el que participen", razonó el autor de La península de las casas vacías (Siruela, 2025) en alusión a la inclusión en la nómina de participantes de José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros.
Más allá del caso concreto de las jornadas organizadas por Pérez-Reverte, el debate sobre si participar o no tiene ramificaciones que van mucho más allá. Se aplica casi sin ajustes a la permanencia en X, a la participación en tertulias desequilibradas y a cualquier foro donde la presencia crítica corra el riesgo de convertirse en coartada.
Son muchos los que han aplaudido a Uclés. Sostienen que este episodio revela la estrategia de los organizadores de las jornadas de construir marcos equidistantes donde la historia contrastada se presente como una opinión más, invitar a figuras vinculadas a quienes combaten las políticas de memoria, y después apelar a la libertad de expresión cuando llegan las críticas. No se trataba de abrir debate, dicen, sino de normalizar posiciones que buscan reintroducirse en el espacio público con apariencia de legitimidad académica.
Por no hablar de la escasa presencia femenina. La igualdad de género funciona como indicador de la honestidad de un espacio público y, para muchos, un panel sin mujeres —o con presencia meramente residual— no es un accidente logístico: es el resultado de redes de poder cerradas y de una idea muy concreta de quién merece ocupar el centro del escenario.
No hace mucho tiempo, cuando aún formaba parte del Gobierno, la exministra Nadia Calviño llamaba la atención sobre este hecho al retirarse de foros sin presencia femenina relevante con el objetivo de señalar, expresamente, espacios que reproducen estructuras de exclusión de forma acrítica. La ausencia femenina delata un marco ya decidido, igual que la equidistancia falsa o el pluralismo decorativo.
La equidistancia no es equilibrio, sino una falsa imparcialidad, en este caso nada menos que referida a la esencia de lo que significa ser demócrata
Aceptar participar en este tipo de eventos puede convertir esa presencia en coartada: el foro exhibe diversidad mientras mantiene intacta la estructura masculina del poder simbólico. La retirada, en cambio, impugna el marco y obliga a revisar criterios.
Sin embargo, el argumento a favor de acudir no carece de peso. Quedarse fuera supone ceder el terreno, dejar el micrófono a quienes reescriben la realidad y aceptar que una parte del debate público se produzca sin voces críticas. La ausencia, se dice, no deslegitima: simplemente entrega el campo.
Este razonamiento es imbatible cuando existe un espacio imperfecto pero disputable. El dilema surge cuando el foro nace ya diseñado para producir un efecto concreto: equiparar responsabilidades, presentar como opiniones lo que son hechos contrastados, normalizar posiciones que buscan reintroducirse en la conversación con una pátina de respetabilidad.
En esos casos, la presencia crítica corre el riesgo de legitimar el sesgo. El simple hecho de compartir escenario produce un efecto simbólico poderoso: el de la equivalencia. El debate, aunque sea áspero, transmite que hay dos relatos igualmente legítimos enfrentados, cuando lo que existe es una asimetría profunda entre conocimiento riguroso y revisionismo político.
Este es el punto más incómodo del dilema. Participar puede servir para blanquear, aunque no sea esa la intención. Pero es verdad que no hacerlo deja todo el espacio a quienes se quiere desmentir.
El pulso por la credibilidad
Jesús Maraña, director editorial de infoLibre —curtido en mil debates, muchos de ellos incómodos—, defiende la conveniencia de "participar en espacios de debate, por desequilibrados que estén, si eso permite comunicar datos y argumentos que ayuden a desmontar falsedades, desinformaciones o propaganda de parte".
Aunque cada día prime más el espectáculo sobre el análisis respetuoso, explica, "siempre he confiado en que hay mucha gente que distingue perfectamente a quien sirve intereses parciales o insulta en lugar de argumentar de quien intenta aportar datos contrastados que sujeten argumentos sólidos". En su opinión, "el pulso por la credibilidad es clave, y también se gana en espacios donde uno se siente en minoría".
Pero hay líneas rojas, admite. "Lo ocurrido con Uclés es muy significativo. En este caso no se trata ya de un debate sobre distintas visiones de unos hechos compartidos, sino que la propuesta ya partía de una falsa realidad, precisamente la que coincide con esa ola revisionista que se apoya directamente en la desinformación y la manipulación de la historia. Un golpe de Estado es un golpe de Estado y una dictadura es una dictadura".
"La equidistancia no es equilibrio”, remarca Maraña, “sino una falsa imparcialidad, en este caso nada menos que referida a la esencia de lo que significa ser demócrata. No se puede serlo y no ser antifascista. Y ya está suficientemente comprobado que la táctica de los fascismos que están resurgiendo es lograr imponer marcos de conversación en los que se pone en duda lo que es democracia o se defienden las supuestas bondades del autoritarismo. Nadie hace más daño a la verdad que quienes se disfrazan de equidistantes".
Otro periodista, Xabier Fortes, director de La Noche en 24 Horas, defiende lo contrario. “Nos estamos acostumbrando demasiado al abrazo del oso, a los corsés de los marcos ideológicos de los nuestros. Lo más difícil es contrariar a los que en general piensan como tú, pero a veces no solo es necesario, es imprescindible. Si no, estás muerto. Acomodarse a tu zona de confort ideológica es el principio del fin de un pensamiento libre e independiente“, escribe hoy mismo en una columna en infoLibre.
Este mismo debate ha tenido lugar —y vuelve de vez en cuando— en torno a la decisión de permanecer en X. La red social del oligarca tecnológico Elon Musk ya no es una red social con sesgos: es una infraestructura comunicativa intervenida por su propietario, con decisiones explícitas en moderación, verificación y amplificación de contenidos alineadas con la extrema derecha global.
No siempre es conveniente participar en todas las polémicas, en especial cuando están claramente diseñadas para polarizar
El argumento para quedarse es parecido al anterior: X sigue siendo central en la circulación de información política. Irse implica renunciar a contrarrestar bulos en tiempo real. Pero este razonamiento ignora que X no es un ágora neutral. Su diseño algorítmico premia la polarización y la agresividad. La visibilidad no se reparte por calidad argumental, sino por capacidad de generar conflicto.
Son muchos quienes han impugnado seguir en X. Desde periodistas como Àngels Barceló —"El algoritmo de la plataforma te arrastra inevitablemente hacia contenidos tóxicos, independientemente de tu voluntad; lo que estamos haciendo es engordar el negocio de un demente", llegó a decir— a escritores como Stephen King, que intentó quedarse pero acabó dejándolo porque, dijo, el ambiente se había vuelto "demasiado tóxico" para permanecer.
Quienes se han ido tienen un argumento común: no se trata de censura ni de huir del debate, sino de reconocer que la arquitectura misma de la plataforma —su algoritmo, su moderación, su diseño— hace imposible una participación que no acabe legitimando o alimentando un entorno incompatible con sus valores.
Aun así, hay también usuarios, algunos muy autorizados, como la periodista y especialista en redes Carmela Ríos, que defienden quedarse. "X y todo lo que sucede en ella es relevante desde el punto de vista de la comunicación política y, como periodista, me interesa comprender y conocer esa realidad en profundidad. Las redes sociales son una gran historia contemporánea que contar. Pero necesito hacerlo de una forma profesional, intentando que el algoritmo no condicione lo que veo".
Ríos, a preguntas de este diario, defiende abiertamente que "no podemos dejar espacios tan importantes a los discursos extremos". En su caso, no planteando batalla, pero sí "haciendo periodismo y divulgación", aun a sabiendas de que el alcance de sus publicaciones está más limitado por el algoritmo. "Lo asumo. Salir sería dejar en manos de indeseables la máquina de la creación de los estados de opinión, y eso, para un demócrata, no es opción".
Presencia ‘decorativa’
Pasa algo parecido en algunas tertulias de televisión y de radio —no en todas— en las que la presencia de voces discrepantes es testimonial o decorativa. Cuando un medio coloca cinco contertulios conservadores y una voz de izquierdas —o al revés—, no busca pluralismo: lo escenifica.
La trampa, de nuevo, es que una presencia minoritaria confirma el sesgo. Quienes denuncian estos formatos y se niegan a participar en ellos creen que la igualdad formal de turno de palabra no equivale a igualdad real de condiciones. El moderador, los tiempos, los temas, el tono general y la línea editorial operan como fuerzas invisibles que inclinan el terreno. La voz disidente entra ya derrotada, no por la debilidad de sus argumentos, sino porque el marco no permite desarrollarlos. Pero no acudir, de nuevo, tiene costes. Supone renunciar a una audiencia amplia.
Miren Gutiérrez, investigadora principal en Comunicación, Universidad de Deusto, concede que "no siempre es conveniente participar en todas las polémicas, en especial cuando están claramente diseñadas para polarizar y generar espectáculo, más que para dialogar, razonar y entenderse".
La portavoz de Podemos, Ione Belarra, recuerda en conversación con infoLibre que, en ocasiones, hay "mejores cosas que hacer y, desde luego, asuntos más acuciantes. Dejarse arrastrar al barro puede ser contraproducente y da alas a mensajes que no son honestos o que buscan solo explotar la atención".
Y luego "ya sabemos cómo los algoritmos de las plataformas promueven este tipo de mensajes con fines de monetización de la atención. A veces, por tanto, no responder puede ser una estrategia ética y política para evitar hacerles el juego a quienes fomentan y se benefician de la confrontación y la rabia".
La idea de negarse a sostener debates es perversa e invita a la izquierda a instalarse en una superioridad moral. Para mí la izquierda es superior por la calidad de sus ideas, no por su virtuosismo inherente
Pero no siempre, advierte. "No todo debate puede dejarse sin respuesta, por ejemplo, en temas en los que la equidistancia o la falsa neutralidad pueden tener consecuencias graves". Y pone como ejemplo el periodismo que reparte espacio al 50% a la hora de hablar de cambio climático. "Hubo un momento en el que se les otorgó un espacio igualitario tanto a posturas negacionistas como a la ciencia, lo que ha resultado nefasto para la comprensión pública de la crisis climática y para la acción política".
Que todo asunto tenga al menos "dos puntos de vista", concluye, no es universalmente válido. "Hay temas en los que la evidencia científica, la verdad de los hechos, marca claramente quién tiene razón y quién no, y hace que las 'opiniones' no tengan mucha validez ni sean igualmente atendibles". Cada polémica, añade, "debe valorarse atendiendo a si la participación contribuye a desmontar marcos falsos y manipuladores o, por el contrario, acaba otorgándoles una apariencia de legitimidad que no merecen".
En cambio, Lidia Valera, profesora de la Universitat de València, cree que es un falso dilema. "La fuerza de los discursos o de los marcos en un espacio y en un contexto determinado, siempre es una relación de fuerzas desigual. Los discursos se manifiestan y se articulan en el espacio público con una gran desigualdad de fuerza o de poder". Algunos son más hegemónicos y otros más minoritarios, razona.
En opinión de esta especialista en discurso mediático, consumo de medios y redes sociales, el problema nace de la creciente hegemonía de este planteamiento en la izquierda actual, "que algunos llaman woke, y que ha hecho suya esta idea de silenciar al otro o de retirarse de un espacio para debatir. Yo no creo en eso. Cada uno, legítimamente, tiene derecho a participar o no, como buenamente le apetezca. El espacio público es un lugar para la confrontación de ideas".
Retirarse para no confrontar tiene, a su juicio, "algo de impostura. Lo suyo es intentar exponer las ideas de uno y debatir y atacar las ideas del otro desde un intercambio ilustrado. Las ideas deben ser expuestas y defendidas públicamente: es ahí donde se mide su calidad, en las buenas razones que las sostienen". Porque "si no hay comunicación posible", advierte, "tampoco creo que haya democracia posible".
Valera discrepa de quien piense que no se debe hablar con el otro "porque el otro sostiene algo que es indecente. Yo estoy condenado a hablar con el otro en democracia", aunque sus ideas sean "terribles". La idea de negarse a sostener debates "es perversa e invita a la izquierda a instalarse en una superioridad moral. Para mí la izquierda es superior por la calidad de sus ideas, no por su virtuosismo inherente".
Una decisión personal
Esta profesora entiende "la decisión individual de cada uno" y se muestra comprensiva con cualquiera que diga: "Yo en ese foro no me voy a sentir cómodo" o "esto veo que es una pantomima". Hay argumentarios o ideologías por "los que a lo mejor no acudiría, porque una acaba harta de según qué cosas. Eso lo entiendo perfectamente y no creo que a nadie se le pueda exigir que asuma un compromiso de esas características: es una decisión personal".
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No obstante, confiesa ser una creyente "en las buenas intenciones, antes de que se demuestre lo contrario. Si alguien me invita al matadero, pues hombre... Pero si se me invita y hay unas garantías mínimas de que voy a poder expresar con libertad y con respeto mi opinión, yo entiendo que es una oportunidad para defender lo que pienso". Por el contrario, hacerse “el estupendo” cuando se recibe una invitación a debatir, “no creo que tenga nada de edificante".
El dilema no admite soluciones automáticas. No es posible establecer una regla general —siempre acudir o nunca hacerlo—, pero sí evaluar qué tipo de foro es, quién lo organiza y con qué objetivos. Hay debates imperfectos que merecen ser disputados. Y hay otros concebidos para convertir la disputa en simulación.
Quizá la pregunta de fondo sea qué entendemos por debate público. Si lo concebimos como intercambio ritual de opiniones, incluso cuando una niega hechos básicos, acudir parecerá siempre obligación democrática. Si lo entendemos como ejercicio de responsabilidad con la verdad, habrá ocasiones en que no participar sea la forma más clara de intervenir.