El contrapoder

Eduardo Vázquez Martul

Con los procesos judiciales de la mujer del Presidente Sánchez —que es el de todos, incluidos el PP y sus votantes— y de su hermano, una vez más se demuestra la acción de "el que pueda hacer que haga". Pero lo más grave es que los que hacen, están actuando sin escrúpulos y a cara descubierta. Ni les preocupan los sondeos recientes de la ciudadanía que consideran que algo huele mal dentro de una institución tan importante como es la Justicia.

Es un claro pulso contra el ejecutivo y el Parlamento. Van derribando peones en un juego macabro y peligroso hasta llegar a la torre, Pedro Sánchez, que será el siguiente movimiento en esta partida de ajedrez que desean ganar haciendo trampas. Su objetivo, desde el primer momento en el que el parlamento dio su voto de confianza al actual Ejecutivo, es tumbar a un gobierno progresista que salió de las urnas.

La ley de amnistía del procés catalán, y el apoyo vasco, han sido la chispa para poner en marcha un contrapoder. La no penalización del juez que acosa o hace indagaciones prospectivas de forma anticonstitucional, el aceptar denuncias de asociaciones basadas en bulos, el emitir sentencias con argumentos que conllevarían un suspenso a cualquier opositor a juez, es un alarmante signo de que la democracia española está muy enferma, casi tocada de muerte.

Es la evidencia de que los tentáculos del contrapoder infiltran y manejan una de las instituciones imprescindibles en una democracia, el poder judicial. Están por encima de la ley. El mensaje es claro y contundente: aquel que intente descubrir el entramado del contrapoder puede encontrarse con la cabeza de un caballo en su cama. No pararán hasta sentar en el banquillo al presidente de la nación elegido democráticamente. 

El mensaje es claro y contundente: aquel que intente descubrir el entramado del contrapoder puede encontrarse con la cabeza de un caballo en su cama. No pararán hasta sentar en el banquillo al presidente de la nación elegido democráticamente

Van paso a paso, sutilmente, para que no haya contestación ciudadana. Cuentan con muchos súbditos, acríticos o miedosos, o quizás corruptos potenciales, que esperan la recompensa del señor o la colocación de un hijo en el ayuntamiento. Son conscientes de que las instituciones más importantes del Estado les pertenecen. Es la consecuencia de los cuarenta años de dictadura y de una Transición que han creado una mentalidad de súbditos y no de ciudadanos, en los que prima el concepto del orden y paz antes del derecho de democracia o de libertad, la paz de la mentira antes que la crítica acusadora.

Aún persiste en amplias capas de la población el miedo que paraliza los cambios necesarios para eliminar privilegios de una vetusta aristocracia empresarial que sigue vitoreando en una tarde de toros a un emérito fugado. Ocupan la burocracia de las principales instituciones del Estado, colegios oficiales de profesionales, asociaciones de fiscales o jueces que se manifiestan con sus togas con claros pensamientos politizados que los alejan de la independencia que debe tener los órganos de justicia.

Se sienten protegidos por ese dios ultracatólico personificado en una iglesia que se permite criticar al Estado que le da de comer, vehiculizado por el OPUS que se disfraza de tecnócrata. Este contrapoder incluso maneja a una oposición que ni siquiera cumple con su principal responsabilidad, que es explicar a los contribuyentes cómo sería su programa alternativo. No lo tienen, o lo peor, desean hundirnos en un pasado gris e injusto. Es la involución de la política. Pero ellos tienen el poder y lo ejercen. La democracia para este contrapoder es solo un disfraz. Lo estamos comprobando.

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Eduardo Vázquez Martul es socio de infoLibre.

Eduardo Vázquez Martul

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