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Por qué Bob Dylan vale lo que cuesta la entrada

El músico Bob Dylan, que suele limitar la toma de imágenes en sus espectáculos, en un concierto anterior.

Ver a Bob Dylan vale lo que cueste la entrada, sea lo que sea. Asistir a uno de sus conciertos es como sentarse en el estudio de Picasso a verle pintar uno de sus lienzos; es como entrar en una máquina del tiempo, aparecer en el estudio de Miguel de Cervantes y observar por encima de su hombro cómo escribe un capítulo del Quijote. Siempre lo digo: si en lugar de cantar, el autor de Like a rolling stone saliese al escenario y se sentara en una silla a leer el periódico, yo también pagaría por contemplar eso durante hora y media. A estas alturas de su historia, con tenerlo delante ya sirve. Es verdad que, igual que tantos de los asistentes, a mí me costaron dos entradas cuatro veces su precio, porque esa empresa llamada Viagogo acapara los boletos a través de la red, cobra unas comisiones descomunales y nadie hace nada por evitarlo, así que en España ese es otro de los espacios en blanco de la legislación y los timadores campan a sus anchas. Porque eso es lo que es cobrarte cuatrocientos cuarenta euros por dos entradas de sesenta y seis.

Pero resulta que, además, al Bob Dylan que apareció el lunes ante el público del Auditorio Nacional, en Madrid, le apetecía cantar, cosa que no siempre ocurre, se lo dice alguien que lo ha visto casi cincuenta veces y en todas partes, de Nueva York a París, de Londres a Dublín y en media España. El genio salió a las tablas sin sombrero, otra cosa poco frecuente, con una camisa dorada a lo B. B. King, unos pantalones de fiesta que en él parecen de deporte y unas botas blancas que resulta de todo punto imposible saber si son de montar a caballo o de agua. Y, por encima de todo, con una voz fantástica, mucho más limpia de lo habitual, mucho más potente a ratos, sobre todo cuando interpretó algunos de sus clásicos, que ya echábamos de menos tras asistir a algunas otras actuaciones recientes en las que se centraba en sus últimos discos de canciones originales, Tempest, Together through life Modern times —que son magníficos— y en los tres que ha dedicado a las canciones popularizadas por Frank Sinatra Triplicate, Fallen Angels Shadows in the night. Los seguidores que ya estaban un poco cansados de ese Dylan crooner, esta vez sólo dejaron de aplaudir para frotarse las manos al oírle hacer versiones fantásticas de “Highway 61 revisited”, “Simple twist of fate” o la que abrió el espectáculo, “Things have changed”, la canción con la que ganó un Oscar, que sirvió para recordarnos a los presentes que estábamos ante el único ser de este planeta que ha ganado un Oscar, un Nobel y un Pulitzer. Que sus canciones, además de en Hollywood merecen haber triunfado en Suecia y lo mismo en los teatros que en las librerías, queda demostrado, por ejemplo, con ese poema con banda que es la mencionada “Simple twist of fate”. Todas ellas las interpretó el genio al piano. Dicen que un problema de cervicales le tiene vetada la guitarra, aunque también podría tocarla sentado. Y esta vez, su otro instrumento característico, la armónica, no lo usó. Dylan es así, se mueve por impulsos, hace cada vez lo que le pide el cuerpo. Sólo se levantó de su asiento, una banqueta que pone frente al piano no en paralelo, sino formando una té, y en la que por alguna razón se sienta en una esquina, cuando no lo toca de pie. El piano de cola del Auditorio Nacional, que desde tan cerca como pudimos ver al maestro, se podía apreciar lo que le estaba gustando utilizar, lo abandonaba únicamente para las de Frank Sinatra. Es increíble y resulta encantador comprobar la poca soltura que tiene este hombre que lleva casi sesenta años sobre los escenarios y todavía no sabe qué hacer con las manos ni cómo moverse ante la multitud, más bien da la impresión de que está pisando el suelo de un barco, trata de guardar la estabilidad a duras penas y no ve el momento de volver a sentarse. Su timidez lo hace más cercano.

Porque a Dylan, a pesar de su fama de huraño, su gente lo queremos tal como es, y de hecho, nos decepcionaría si se volviera simpático: ni él ni Van Morrison ni Neil Young lo son, desde luego, pero igual es que no se puede ser normal y ser tan grandes. Por cierto, que al hablar del respetable, como se lo llamaba cuando existía el respeto, me refiero a personas de todas las edades, porque como suele ocurrir, aquí pasó lo de siempre, que los seguidores veteranos se mezclaban en las butacas con jóvenes de todas las edades, y era fácil deducir que en algunos casos estaba la familia entera asistiendo a esa liturgia que es un concierto del autor de “The times they are a-changin'”. Él, a su modo, tampoco repartió saludos ni agradecimientos, pero cuando un fallo en el micrófono que usaba para cantar, ese mismo que él mueve y ajusta, sube y baja, acerca y aleja una y otra vez, lo mismo que si nunca terminase de estar completamente a gusto con él, lo dejó mudo, la reacción del público fue magnífica, todos dieron palmas de ánimo, jalearon el quite de los músicos que lo acompañan desde hace media vida, Tony Garnier, George Recile y compañía, y cuando la pieza rota fue sustituida, estallaron en una ovación atronadora, una de las muchas que se escucharon en esa noche inolvidable, por ejemplo tras las interpretaciones avasalladoras de “Honest with me” o “Summer days”, de Love an theft, o tras el cierre, antes de los bises, con “Love sick”, uno de los números fuertes de su obra maestra Time out of mind. 

Dylan volvió, tras la pausa y los ¡otra, otra! habituales, con su himno Blowin'in the wind, puso boca abajo el Auditorio Nacional y al salir, miró hacia arriba, a los que estábamos justo encima de él y su piano de cola, y nos saludó con las dos manos en alto, en un gesto un poco de torero que da la vuelta al ruedo. Se le veía todo lo contento que puede estar un tipo que ha llegado a declarar que “la felicidad no está entre sus prioridades”. Nadie volvería a verlo hasta el día siguiente, otra vez bajo los focos. Para todo lo demás, es inaccesible, como siempre. La última vez que había estado en España, asistió al concierto la reina Leticia, pidió que se lo presentaran y la recibió en su camerino, un poco a regañadientes. La conversación fue tan inaudita que ninguno de los presentes la olvidará nunca, entre otras cosas porque demuestra que su dylanísima vive en el mismo lugar del que vino: otro planeta. Y que allí lo de la monarquía suena raro.

—Ah, de modo que eres una reina.

—Eso es.

—¿Una reina de verdad?

—Sí.

—¿La reina de España?

—Claro. Le quiero dar la bienvenida a nuestro país y felicitarlo, ha sido un concierto magnífico.

—Pero, lo que quiero decir es: ¿tienes una corona, y todo eso?

—Pues… sí, aunque se usa sólo en ocasiones excepcionales.

—¿Y un castillo?

Ya lo ven. Es único. Es Bob Dylan. Nunca ha habido ni volverá a haber nadie como él. Y ya tiene casi setenta y siete años. Perdérselo sería un crimen.

*Bob Dylan toca los días 26, 27 y 28 de marzo en el Auditorio Nacional (Madrid) y los días 30 y 31 de marzo en el Liceo de Barcelona. Auditorio NacionalLiceo de Barcelona

 

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