Arquitectura

Calatrava, auge y caída

Calatrava, junto al Palacio de Exposiciones y Congresos de Oviedo, en una imagen de archivo.

El suyo es el trencadís más mediático de la historia (con permiso del Parque Güel). Sus puentes, desde el resbaladizo Zubi Zuri de Bilbao al poco accesible de la Constitución en Venecia, están entre los más criticados de los últimos años. A su apellido se asocian las palabras "sobrecoste", "paralizado" e incluso "demandado". Se ha convertido casi en una figura pop, hasta el punto de que la expresión "Calatrava te la clava" no es ya solo una web que recoge algunas de sus "pifias", sino una expresión bastanta común. No hay ningún arquitecto español tan célebre como Santiago Calatrava (Benimámet, 1951). Y no siempre por buenas razones. 

El periodista Llàtzer Moix, que durante veinte años fue responsable de Cultura en La Vanguardia y hoy ejerce como subdirector del diario y crítico de arquitectura, ha analizado los pormenores del auge y caída del valenciano. Su libro Queríamos un Calatrava. Viajes arquitectónicos por la seducción y el repudio (Anagrama) recorre sus trabajos en 15 ciudades —por Valencia se ve obligado a pasar dos veces— y habla con decenas de colaboradores, clientes, contratistas y colegas del arquitecto. Aunque el relato no es cronológico, abarca así desde sus primeras obras en los años ochenta, como la estación Stadelhofen en Zúrich, a la última, el intercambiador de transportes de la Zona Cero de Nueva York, por la que ya está siendo criticado

El "queríamos" del título es fundamental. Pretérito imperfecto. Porque sus clientes, como explica el periodista "entraban con una alegría que, durante el desarrollo posterior de la obra, se iba convirtiendo en insatisfacción por retrasos, modificaciones y presupuestos que se podían triplicar". Son muchas las fuentes consultadas y sobre proyectos de naturaleza y fecha dispar. Pero la conclusión se repite de capítulo en capítulo: colaboradores descontentos por el trato recibido, clientes más o menos escaldados por las dilaciones y sobrecostes, constantes fallos de previsión y construcciones siempre célebres, por uno u otro motivo. El problema es que la seducción de Calatrava tiene efectos a largo plazo: "No solo enamora en las fases iniciales del cortejo, sino que luego envuelve al cliente en una red que no le deja escapatoria, con unas cláusulas legales que para él resultan extremadamente garantistas y que ponen a la otra parte en aprietos".

Sin proyecto, sin personal

No hace falta esforzarse mucho para recordar varios casos en España. El más polémico ha sido, por supuesto, la Ciudad de las Artes y las Ciencias valenciana, que ha costado 1.300 millones de euros y genera aún 700 millones en déficit de explotación. El Palacio de las Artes comparte el dudoso honor, junto al Ágora, de ser el más conocido de sus habitantes. Ocho años después de su inauguración, el trencadís trencadís (una especie de mosaico cerámico) que recubría el edificio, se arrugó como "una gigantesca camisa arrugada", y a finales de 2013 comenzó a desplomarse. ¿El problema? El metal de la cubierta y la cerámica no se dilatan de la misma forma por el calor. "Las constructoras estaban horrorizadas con el trencadís sobre metal, sabían que no iba a funcionar, y así lo manifestaron, pero el arquitecto se empeñó en ponerlo", declara un ingeniero en el libro de Moix. En ese caso, el arquitecto y las constructoras se han encargado de la reparación, con un coste de 3 millones

No son los únicos fallos en apariencia de base que han mostrado los proyectos del arquitecto. Las baldosas del Zubi Zuri que se quiebran con la presión de un bastón o un paraguas, y que provocan caídas cuando hay lluvia, las goteras del Hemisférico y el Ágora, el derrumbe parcial del Palacio de Congresos de OviedoPalacio de Congresos de Oviedo durante su construcción, la falta de movimiento en los mecanismos supuestamente móviles del propio Palacio o en el madrileño Obelisco de la Caja...

Hay dos motivos a los que Moix achaca tanto algunos de estos errores —otros vendrían a ser consecuencia del propio ego del protagonista— como los frecuentes sobrecostes. Por un lado, un equipo "insuficiente", "que va reventado, a tope de sus capacidades". Por otro, la falta de proyectos ejecutivos detallados, el plan que describe al detalle la materialidad de la obra. "¿Qué ocurre cuando se llega con un grado bajo de definición, a lo mejor porque al cliente le han entrado las prisas de cara a las próximas elecciones, o porque el proveedor del proyecto está saturado y dice 'de momento te envío esto'? Que la misma constructora dice: si esta parte de la obra no está detallada, los planos lo hacemos nosotros y luego habrá que modificarlos. Esto aumenta la cuenta final".

Reincidencia del cliente

Moix, a través de las declaraciones de los consultados y también de sus propias observaciones —cuando visita, por ejemplo, el puente del Alamillo en Sevilla, o cuando analiza las "pintorescas" declaraciones del arquitecto— no es condescendiente con Calatrava. Pero tampoco lo es con las administraciones, a las que el libro no presenta como simples afectadas por la mala praxis del valenciano. "Cuando todo esto ha ocurrido en lugares como Valencia, que ha sido una vez, y dos, y tres, y cuando se ha visto que esas piezas han dado problemas, ¿qué ha pasado?". "¿Quién es el responsable, el arquitecto que tira millas y que para que sus obras sean todo lo excelentes que él cree que tienen que ser se salta plazos, modificados y presupuestos? ¿O el cliente que, trabajando con recursos públicos, permite todo tipo de excesostodo tipo de excesos?", sigue preguntándose, después de cinco años de investigación. "Me cuesta mucho entenderlo. Y está claro que la responsabilidad es compartida".

Calatrava figura ya, defiende sin embargo el periodista, entre los diez primeros arquitectos del star system mundial star system, junto a Zaha Hadid, Normal Foster o Jean Nouvel: "Tiene garantizada su entrada en las enciclopedias de arquitectura". Otra cosa es cómo se recuerde su obra. Cuenta que entre clientes suele comentarse que, si pasan 10 años y la obra aguanta, nadie se acuerda de lo que costó. "Pero me parece que cuando se ha dado esa reiteración", objeta, "es inevitable que al arquitecto le cueste desprenderse de esto". Calatrava figurará, además de por "innovación formal muy notoria", por ser el símbolo de la burbuja del ladrillo. En términos puramente arquitectónicos no suena mejor: "Será recordado como uno de los principales exponentes de este modo de hacer arquitectura en el que la obtención de una forma muy espectacular primaba sobre cualquier otra consideración, incluidas las de funcionalidad".

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