Los diablos azules

El acto de admirar

30 maneras de quitarse el sombrero, de Elvira Lindo.

Sonia Asensio

Disculpen que me repita. Pero una y otra vez vienen a mi cabeza las palabras que Paul Auster escribió a J. M. Coetzee: “Se admira a alguien por lo que hace, por lo que es, por cómo se las arregla para andar por el mundo”. Es cierto que estas palabras nacen de una reflexión sobre la amistad y que yo no soy amiga ni he visto nunca a Elvira Lindo. Y aún así siento que es como debo empezar a hablar de su último libro.

Después de una lectura absolutamente entregada a las 30 maneras de quitarse el sombrero (Seix Barral) no me queda más remedio que hacer una puesta en escena, en clave de humor, por supuesto: me visto con la ropa última que me compré (en las rebajas) y que me queda estupendamente y me pongo mi sombrero nuevo, que es maravilloso. Me planto en medio de la cocina, que es el territorio de mis desvelos y lecturas, y me quito y me pongo treinta veces el sombrero. Por cada una de estas mujeres que han estado conmigo estos últimos días (pocos, estas vidas te atrapan sin remedio, sólo es posible leer) mientras hervía la sopa y centrifugaba la lavadora.

 

Elena Poniatowska dice en su prólogo lo que resume mi lectura: “Escribir sobre otras novelistas, músicas, poetas, intérpretes, actrices, periodistas, escritoras, reporteras es un acto de generosidad del que muy pocas son capaces. Leer las 30 maneras de quitarse el sombrero de Elvira ante treinta mujeres me ha conmovido”. Así es como me siento: conmovida. Por esta generosidad de la que habla Poniatowska y que se deja ver en cada una de las semblanzas tan personales que Elvira Lindo escribe sobre sus mujeres, mis mujeres, Elena y Elvira incluidas.

Hace un tiempo reseñé en este suplemento cultural El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers y de la “vocación desatada” de una joven narradora de tan sólo 23 años. Encontrármela aquí de nuevo me ha devuelto al tiempo de su lectura. Cada libro abre una zanja nueva en el pensamiento.

El capítulo dedicado a María Guerrero comienza así: “No sé qué sería de mí sin el acto de admirar”. Se darán cuenta de que todas las palabras confluyen en el mismo verbo, quizás el más precioso de los diccionarios. Nuestra Elvira Lindo actriz nos desvela la personalidad de esta guerrera y algún secreto que yo no conocía. Y se encienden las luces de los teatros y el espectador aplaude en pie la vida de todas las actrices que creyeron firmemente en la magia del escenario.

Hace un tiempo leí también La ciudad solitaria. Aventuras en el arte de estar solo, de la escritora inglesa Olivia Laing. Y recuerdo esa lectura con placer y con amargura. La soledad es un tema del que nadie habla. Quien no se siente solo no lo necesita. Y quien vive enmarañado en sus redes se sabe tan culpable, tan distinto, que va agrandando sus metros cuadrados y empequeñeciendo sus personas. No he estado nunca en Nueva York pero he sentido esta ciudad al ponerme y quitarme el sombrero estos días. Porque además de Olivia Laing tenemos el testimonio de Elvira Lindo en los años donde The Big Apple fue su hogar. También hay tiempo para la sonrisa de nuestra gran humorista. Su visita al MoMA es desternillante.

Disfrutar del piano de Marjorie Eliot y rebuscar las fotos de Sally Mann. Releer Tristana ahora con convencimiento. Volver a ver El Sur con nuevos ojos. Venerar la belleza extraordinaria de Mary Beard. Asombrarse, pasmarse con la incansable Grace Paley que me arranca del sillón de lectura hacia la calle. Flipar y mucho con Lucia Berlin.

Si Elvira Lindo nos jura que vio a Louisa May Alcott en su mesa de trabajo escribiendo Mujercitas para ella, yo también les doy mi palabra de que he sentido que estas 30 mujeres hablaban para mí. Y la que más me ha gustado, la que ha hecho que salten mis lágrimas de emoción, de admiración y de agradecimiento, ha sido la última. Elvira Lindo es una mujer muy conveniente y conviene tener siempre presente su letra y su sonrisa.  Treinta (y mil) veces gracias. _____Sonia Asensio es profesora de Literatura.

Sonia Asensio

Las Cenicientas de Louisa May Alcott

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