Cómo mirar de frente las heridas

Juan Manuel Romero

Los daños

Lorenzo Oliván

Tusquets (Barcelona, 2022)

Una de las preguntas poéticas fundamentales es la pregunta por la propia necesidad de la poesía, su utilidad, su pertinencia principalmente "en tiempos de miseria" (Hölderlin) o tras la devastación (Adorno). Ante esta recurrente duda ontológica, no han faltado las respuestas: en medio del desánimo, la poesía es un productor de "energía", ya que nace del "entusiasmo" y genera "entusiasmo" (Longino); en épocas difíciles es precisamente más urgente como "acelerador de la conciencia, del pensamiento, de la comprensión del universo" (Brodsky); cuando todo se acerca a un abismo, la poesía no nos insta a alejarnos de él sino a experimentarlo como tal, porque "lo que al fin nos resguarda / es nuestra desprotección" (Rilke leído por Heidegger); por último, sin agotar la lista, quizás la poesía no se proponga resucitar la esperanza, pero, mientras "el volcán ruge", hay tiempo para "la danza, el canto, la Poesía, y si viene la lava nos cogerá en nuestro mejor momento" (Westphalen).

Todas estas tentativas de respuesta laten al fondo de Los daños, el libro de Lorenzo Oliván que con más vehemencia se interna en los territorios del dolor en busca de un sentido. Desde el propio título, el objeto de investigación no se presta a confusiones: escrito atravesando nuestros aún inconclusos días de pandemia, Los daños no solo nace de la herida, sino que analiza sin miedo la herida y mira el mundo desde la herida. La convierte en el núcleo de una cosmovisión. No hay  patetismo sentimental, ni morbo confesional, ni masoquismo de escaparate: el dolor está integrado conscientemente, problematizado sin sublimaciones ni falsos apósitos, a través de la experiencia íntima, social y existencial. Para airear la herida, para sacarla a la luz, es necesaria, sin embargo, una fuerza que sea "producto de lo vivo", como señala la cita de Juan Ramón Jiménez que inicia Raíz, la segunda sección del volumen. Ahí se hallan poemas que celebran la energía de cuanto nos nutre (el mar, una música, un cuadro, una luz, alguien que llega a nuestra casa y la renueva). Así sí es posible asumir la aflicción, a la vez que se ilumina un poco, o mucho, el sendero de quienes han transitado el mismo extravío: "Vivir consiste en aprender la pérdida".

En esa línea, el poema Perder la creación, écfrasis de La Anunciación de Fra Angelico, con su enumeración in crescendo de cuanto dejamos atrás en la expulsión de "cualquier Edén", es epítome de la veta esencial del libro al mostrar esa llaga que sangra en nosotros desde el origen: "perder la creación, / perder el mundo". Otro botón de muestra sería Tierra, que revisa igualmente un dolor primigenio: al nacer, se cruza "de la rotación, en la que todo vuelve, a la linealidad, que en su principio anuncia ya su fin". ¿Cómo vivir después de esos golpes? La consecuencia la plantea otro poema central, "no haya quimera mayor que el equilibrio" y ya para siempre estés "perdido, confundido, / allá en tus contrapesos". Conjugando la abstracción y la imagen plástica reveladora, el calado reflexivo y el fervor de mirar las cosas desde el asombro ("Piensas mucho mejor con los ojos abiertos, / fundiéndolos / con las líneas de fuerza / que abren la realidad a una abstracción"), Oliván disecciona con un bisturí metafísico los conflictos psíquicos, emocionales e interpersonales que se alojan detrás de las apariencias; una "metafísica cercana" (término empleado por el propio autor en una poética), lo cual no significa ni más ni menos que aventurarse a nombrar el misterio, lo irreal dentro de lo real, con energía intuitiva y palpitación del espíritu, que diría Machado.   

La incisión especulativa de Los daños se atreve con los tejidos más delicados. La identidad y el yo, sus procesos de disolución; los vínculos personales y sus fracturas; la naturaleza como fuerza telúrica y como símbolo; el lenguaje como apertura y como cierre, como movimiento que acelera los sentidos; el arte que es mirada interna y búsqueda de "el corazón salvaje de las cosas"; la memoria, la belleza, el deseo, la distancia, el silencio... Cada poema supone un examen intelectual de conceptos que, al mismo tiempo, importan emocionalmente. Eclosionan a veces como tesis sorprendentes: "Lo explica todo / siempre mejor la fluidez que el choque", "El silencio en la luz / no es el silencio a oscuras" o "Todo es un caos en un orden". Son textos que arriesgan argumentativamente, porque suelen plantear dicotomías rotundas, impresiones que podrían ser muy personales, pero que, por la fuerza de la paradoja, de la metáfora con vuelo imaginativo, de la capacidad de pensar lo humano desde lo concreto (un árbol, una piedra, un perro, la noche, un viaje) y de hacer del pensamiento una música vertiginosa y plena, terminan poniéndote de su parte.

Destacan especialmente los poemas sobre la muerte del padre, sobre las huellas que deja una madre en lo que somos, sobre la donación de vida que supone la paternidad, o los textos que abordan las consecuencias de la pandemia: Los rostros, Cementerio marino, El gran desprendimiento o Maldito tiempo van directos a rasgar la fibra emocional y lo consiguen a pesar de su voluntaria falta de patetismo. Llaman la atención asimismo el uso del poema en prosa, las reflexiones casi ensayísticas sobre arte (Bach, Chillida, Balthus, el citado Fra Angelico o Turner), el nutrido grupo de textos metapoéticos (Movimiento y sentido, La rama desgajada, Las cáscaras o Funciones del lenguaje), las metáforas por momentos más desbocadas; pequeños giros estéticos que evidencian que la trayectoria de Lorenzo Oliván, uno de los poetas fundamentales de los últimos lustros, sigue en marcha, ampliando horizontes. Por la energía iluminadora de su visión lírica, valiente y compleja, que no elude sino que mira de frente las heridas, no para dejarse resbalar en el solipsismo sino en busca de nuevas realidades dentro de lo real; por su fría inteligencia apasionada, oscura a veces, tortuosa ("como un construirse destruyéndose, / igual que un encontrarse / en un querer borrarse"), potente acelerador de la conciencia; por enseñarnos finalmente a permanecer junto al abismo, Los daños es una honda experiencia de reapertura del pensamiento y del lenguaje. Y uno de los principales acontecimientos del año para la poesía.

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Juan Manuel Romero es poeta. Su último libro, 'Contra el rey' (Hiperión, 2020).

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