Luis Goytisolo: casi 70 años de literatura

El novelista, ensayista y articulista Luis Goytisolo Gay, en una imagen de archivo de 2017.

Luis Goytisolo ha muerto con 91 años y su Antagonía, compuesta por cuatro novelas que son una —Recuento (1973), creo que la gran novela sobre Barcelona, Los verdes de mayo hasta el mar (1976), La cólera de Aquiles (1979) y Teoría del conocimiento (1981)— forma ya parte de la historia de la mejor narrativa de nuestro país. Se trata de uno de los empeños más ambiciosos y logrados de la novela española en la segunda mitad del siglo XX. Véase la edición de Carlos Javier García en Cátedra, con epílogo de Gonzalo Sobejano, uno de sus mejores valedores. No es, sin embargo, su única obra de mérito, pues habría que tener en cuenta también Las afueras (1958), primer Premio Biblioteca Breve, de Seix Barral, aunque más que una novela, como hemos venido diciendo, se trate de un ciclo de cuentos; las Fábulas (1981), que entendía como hilos sueltos que salen de su tetralogía, y Estatua con palomas (1992), con la que obtuvo el Premio Nacional de Narrativa. Del conjunto de sus ensayos se desprende una concepción personal de la novela (véase su Naturaleza de la novela, 2013, Premio Anagrama de ensayo), aunque no siempre atinada, pues se empeñó —como Eduardo Mendoza— en la desaparición del género, tal y como lo entendíamos;  algo que, varias décadas después, no ha ocurrido. Buena prueba de ello es que se declaró admirador de las últimas novelas de Rafael Chirbes, una admiración que era recíproca. 

La muerte aparece en varias de sus obras, empezando por Las afueras, y como un tema de fondo en Estela del fuego que se aleja (1984). Pero sus primeras obras, publicadas en la revista del colegio de los salesianos, donde estudió el bachillerato, fueron las necrológicas de Chesterton y Pedro Salinas. Luis Goytisolo, dada su precocidad, formó parte de la denominada generación del 50 y de la gauche divine, aunque siempre de manera heterodoxa, periférica. Sí compartió con ellas la ambición literaria, la exigencia y el gusto por un cierto experimentalismo; pero también la complicidad con pintores, escultores y arquitectos, como Joan Ponç (suya es la cubierta de la edición de Las afueras de 1971, en Seix Barral; y con él compuso Ojos, círculos, búhos, 1970, y Devoraciones, 1976), Ricardo Bofill y Xavier Corberó. Se trata, no en vano, del último eslabón de un grupo de grandes escritores en el terreno de la poesía y de la prosa narrativa. 

Cuando más lo traté, Luis vivía en la calle Balmes, de Barcelona, junto a María Antonia, su primera mujer, y sus dos hijos, Fermín y Gonzalo

Cuando más lo traté, Luis vivía en la calle Balmes, de Barcelona, junto a María Antonia, su primera mujer, y sus dos hijos, Fermín y Gonzalo. Este último, buen pintor, excelente retratista (véanse sus cuadros sobre Carmen Balcells, Pere Gimferrer o Juan Marsé, aunque este nunca se llevó bien con Luis, y el que retrata a su tío Juan; estos dos últimos están colgados en la Biblioteca Nacional, en la Galería de Premios Cervantes), se ha convertido en el último eslabón de una extirpe. Después, ya viudo, Luis se trasladó a Madrid, con su nueva pareja, la periodista Elvira Huelbes y, finalmente, al campo, en el Molí del Salt, la finca que tenían en Vimbodí, cerca de Poblet, en la provincia de Tarragona.

Fueron también los años de mayor actividad de la Fundación Luis Goytisolo, en El Puerto de Santa María, ciudad a la que estaba vinculada la familia de su primera mujer, donde se creó una Fundación que lleva su nombre, de la que fui fundador y patrono durante muchos años, aunque hace tiempo que permanece inactiva. Los congresos que organizamos allí durante una década fueron, si me permiten que lo diga de esta manera, un éxito por su acogida y recepción, pues no solo participaron en ellos algunos de los mejores escritores del momento (Francisco Ayala, Alain Robbe-Grillet, Guillermo Cabrera Infante, Ana María Matute, Esther Tusquets, Carlos Castilla del Pino, José Manuel Caballero Bonald, Almudena Grandes, Rosa Montero...); filólogos, como Fernando Lázaro Carreter; y críticos de la época; sino que también tuvieron una importante acogida por parte del público.

Luis Goytisolo había nacido en Barcelona, se declaraba barcelonés, en una familia burguesa, venida a menos tras la guerra. La muerte de Julia Gay, la madre, en uno de los bombardeos italianos sobre Barcelona, precipitó el decaimiento del padre. Sus hermanos, también escritores notables, José Agustín y Juan, han contado estos avatares en su literatura. Hicieron obras muy distintas y se mantuvieron distantes, sobre todo de José Agustín, pero Juan y Luis acabaron reconciliándose. El prestigio internacional de Juan fue como un tapón que impedía que la obra de Luis tuviera un mayor reconocimiento, tanto dentro como fuera de España; o, al menos, eso creía su hermano. Miguel Dalmau les dedicó un estudio biográfico, Los Goytisolo (1999), no del todo satisfactorio, que debería poner al día.

En 1993 fue nombrado miembro de la Real Academia Española, apoyado, sobre todo, por Francisco Ayala y Lázaro Carreter, de la que fue un miembro activo, llegando a ser secretario de la institución

Gran parte de su actividad política la desarrolló durante su juventud, entró en el PSUC en 1957, creando la primera célula comunista en la Universidad de Barcelona, donde estudió Derecho. En 1961 fue detenido tras asistir como invitado a un congreso del PC checo en Praga. Su encarcelamiento en Carabanchel, donde planificó y empezó a escribir Antagonía, produjo un movimiento de solidaridad internacional al que también se sumaron los escritores españoles del exilio republicano, encabezados por Max Aub. Pero como él mismo ha recordado, su paso por el partido fue breve, porque los jóvenes universitarios como él eran, sobre todo, antifranquistas. Con posterioridad, durante la Transición, se sintió cercano al PSOE, dirigió la revista Letra Internacional y obtuvo el Premio de la Fundación Pablo Iglesias. En todo ello debió de tener algún papel su viejo amigo Salvador Clotas. Pero siempre se mostró muy crítico con el nacionalismo catalán, con el procès, lo que quizá lo llevó a alejarse de Barcelona, para refugiarse finalmente en el campo de Tarragona.     

A Luis siempre lo tentó lo experimental, ya desde su primer libro, sobre todo en obras como sus heterodoxas fábulas; pero también el trastueque de géneros, la autoficción, cuando todavía no era una moda complaciente y narcisista; la importancia del azar y el humor cervantino, lo metaliterario y el erotismo, cuyo uso resultó más atinado en sus novelas de la Transición que en las posteriores, como Placer licuante (1999), menos lograda, un intento creo que fallido de llegar a un público mayoritario. También cultivó el artículo de opinión en diarios como El País.

Fue compañero de colegio de Jorge Herralde, quien siempre apoyó su obra, y no por casualidad formó parte de los jurados de los premios que concedía la editorial. Gozó siempre del amparo de Carmen Balcells, y fue uno de los primeros representados por la agente, hasta que la relación se enfrió por un comentario poco afortunado de la agente sobre un miembro de su familia que no le hizo ninguna gracia al escritor. La pitonisa de la agente, a quien visitó por recomendación de ésta, pues le tenía mucha fe, le pronosticó que ganaría el Premio Nobel, y estuvo cerca de que ocurriera cuando su nombre apareció entre los finalistas en alguna ocasión.

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Quizá la parte de su obra menos conocida y valorada sea la de viajero y —digamos— documentalista, a pesar de que los programas que hizo por encargo de televisión española, Índico (1991) o Mediterráneo, el origen (2000), tuvieron éxito, e incluso alguno de los guiones fue publicado como libro. Luis había recorrido gran parte del mundo, por lo que una vez le pregunté qué país le había impresionado más, y me contestó que Sri Lanka, la antigua Ceilán.

En 1993 fue nombrado miembro de la Real Academia Española, apoyado, sobre todo, por Francisco Ayala y Lázaro Carreter, de la que fue un miembro activo, llegando a ser secretario de la institución. Gozó siempre del favor de la crítica, que se mostró benévola con sus postreros libros, menos logrados, y de un público exigente, aunque minoritario. Si tuviéramos que definir su programa literario, repetiría el consejo que le dio a un escritor novel: rehúya los modelos existentes y busque su propia voz. Luis ha confesado que con Antagonía encontró su propia voz.   

Luis Goytisolo ha sido para mí un amigo al que he apreciado mucho y un escritor admirado. Ganó el Premio de la Crítica con Estela del fuego que se aleja (1984); en esta ocasión, creo que no atinaron los críticos; y en el 2013, el Premio Nacional de las Letras Españolas, por el conjunto de su obra. Siempre me ha parecido una grave injusticia, y un desprestigio para el premio, que no ganara el Cervantes, pero seguiremos leyendo Antagonía cuando la obra de algunos Cervantes haya caído en el olvido.

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