OBITUARIO

En la muerte de Toni Marí: el bailarín ibicenco

Antoni Marí

Hacía un puñado de años que estaba recluido, que no solía contestar a los correos, quizá porque los dolores de espalda y las depresiones le habían quitado las ganas de relacionarse con el mundo. Tampoco se veía por La Central de la calle Mallorca, donde solía encontrarlo y charlábamos un rato. Pero nunca lo olvidamos y siempre, los amigos, nos preguntábamos qué había sido de él, aunque apenas nadie supiera darte noticias, ni siquiera los más cercanos, que solo nos contaban algunos detalles. Toni, así lo llamábamos, nació en Ibiza, en 1944, a la que estuvo siempre muy vinculado. La pérdida de la casa de Ibiza fue para él un duro golpe. Su madre, de apellido Muñoz, procedía de Salamanca, donde él había cursado la carrera; por eso El vaso de plata lo escribió en castellano, versión que —a petición del autor— leí mucho antes de que llegara a la imprenta, para luego reescribirlo en catalán, lengua en la que primero apareció (El vas de plata, 1991).

Como profesor, sus estudiantes lo recuerdan con entusiasmo, aunque algunos de ellos me parece que no lo llevaron por los mejores caminos; fue catedrático de Teoría de las Artes en la Universidad Pompeu Fabra tras pasar unos años en la Autónoma, de Bellaterra; cultivó la poesía (El preludi, 1979; Un viatge d’hivern, 1989; Han vingut uns amics, 2010), que ha sido calificada de meditativa, reflexiva y elegíaca; el ensayo (L’home de geni, 1984; La voluntat expressiva, 1987; y el excelente prólogo a Matemática tiniebla. Poe, Baudelaire, Mallarmé, Valéry, Eliot, 2011); mientras que el pasado año apareció su último libro, Quatre costats. Poema en quatre cants, una especie de testamento literario, dedicado al pintor Luis Marsans; también cultivó la narrativa (El camí de Vincennes, 1996, mi preferida, que narra la confrontación entre Rousseau y Diderot) y la crítica literaria, y dirigió una de las colecciones de poesía en castellano más importantes de las últimas décadas: Nuevos textos sagrados, de la editorial Tusquets, fundada en la época en que los dueños de la casa eran Beatriz de Moura y Toni López Lamadrid. En ella se publicaron libros de Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, José Ángel Valente, José Manuel Caballero Bonald, Ángel González, Francisco Brines, Claudio Rodríguez, Alfonso Costafreda, Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Juan Luis Panero, Ida Vitale, Manuel Padorno, Andrés Sánchez Robayna, María Victoria Atencia, Guillermo Carnero, Pere Gimferrer, Francisco Ferrer Lerín, Antonio Gamoneda, José Corredor-Matheos o Eloy Sánchez Rosillo, por solo citar una parte de un catálogo impresionante.

Se ha escrito estos días que ha sido una de las voces más rigurosas de la cultura, de la literatura catalana contemporánea, olvidando el importante papel que también ha desempeñado en el conjunto de la cultura española, su función de puente entre una y otra, en ambas direcciones; su admiración por María Zambrano o Rosa Chacel. Su apuesta, en ambos ámbitos, fue por la modernidad, por el rigor, la exigencia y la renovación, por la relación entre las artes: la música, la ópera (sentía una fascinación especial por la soprano noruega Kristen Flagstad), la pintura, la filosofía y la literatura.

Si Barcelona e Ibiza fueron dos lugares para él fundamentales, habría que añadir también Calaceite, donde tenía una pequeña casa, muy cerca de las de Maria Girona y Albert Ràfols Casamada, Francesc Parcerisas, el diseñador suizo Zimmermann, la pianista Sira Hernández y el escritor Juan José Flores, y la de Pilar Gómez Bedate y Ángel Crespo. En la casa de estos últimos, solíamos pasar temporadas la escritora Gemma Pellicer y yo. No lejos, en Calaceite nada está lejos, tenía una hermosa casa Natacha Seseña, a quien Toni apreciaba y en cuyo homenaje en Madrid participó. Y podría citar a más gentes, aunque me he limitado a recordar a aquellos que recuerdo más cercanos a Edith y Toni. Como ven, una pequeña Atenas, permítanme la hipérbole, aunque José Donoso y Didier Coste hacía tiempo que no vivían en el pueblo.

Toni Marí era un hombre simpático, cordial y cariñoso, de sonrisa fácil, muy amable cuando la compañía le resultaba cómoda, amigo de sus amigos. Calaceite era para él un lugar de reposo, donde escribir y leer. Recuerdo las cenas en su casa o en las de otros amigos, las conversaciones y risas, mientras Toni desplegaba su cultura e ingenio. Pero donde quizá lo he visto disfrutar más era en las reuniones que hacíamos al atardecer en la cercana ermita de San Hipólito, situada cerca del pueblo, mientras dábamos cuenta de una cena fría, durante la llegada del ocaso. Le gustaba bailar, sobre todo la vieja música italiana de los 60 y 70, como “Tu Vuo' Fa L'Americano”, de Renato Carasone, la de su juventud. Lo recuerdo en la casa de Sira y Juanjo, en Sardañola, durante las noches de fin de año, disfrutando de los manjares italianos de la anfitriona y bailando hasta la extenuación, hasta donde otros no podíamos seguirlo.     

De Toni podría decirse que era varios tonis, pero todos ellos confluían en el hombre culto y sensible, muy dado a la amistad, a la conversación y al aprecio. Se jubiló muy pronto, a los 60, en unas condiciones inmejorables, hoy impensables, pero en los penosos años del procès defendió —en privado, no en público, que yo sepa— a quienes no debía, mostrándose vehemente partidario de la independencia, con lo que debió de perder no pocos amigos y llevarse no pocos desengaños, a la vez que se amparaba en el círculo de Oriol Bohigas. Su época, más de una década, formando parte del comité asesor de Cultura/s, suplemento de cultura de La Vanguardia, durante los peores años del diario, cuando lo dirigió José Antich, tuvo un poco de todo, entre lo excelente y lo olvidable.

Toni Marí forma parte de una generación irrepetible, de aquí y de allá, cosmopolita (Argullol, Comadira, Marías, Azúa, Molina Foix, Giménez-Frontín, Gimferrer, Mendoza, Vallcorba…), fascinados por la cultura; de un mundo que se ha ido, y que visto lo visto, me temo que no volverá. Habría que añadir el gran poeta y traductor Francesc Parcerisas, con quien escribió su primer libro (Variacions sobre un tema romàntic 'Ombra i llum', 1978), de quien me cuentan amigos comunes que se ha ocupado de él, en los momentos más duros de estos últimos años. Se les llamaba, con ironía, los divinos, aunque unos eran más divinos que otros.

La salida de EINA, que había dirigido, debió de echarle sal a la herida, dadas las malas formas que suelen utilizar algunas instituciones. Ha muerto a los 81 años, pero lo recordaré, junto a Edith siempre, que lo mejoraba, como al amigo inteligente y cariñoso, al gran escritor al que creo que no se le ha hecho la justicia que merecía dados sus méritos, ni en Cataluña ni en el resto de España.

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