Coronavirus

Mensajes de personajes famosos delatan la desigualdad de clases en el confinamiento

Fotograma de 'Parásitos', película de Bong Joon-ho.

Javier Padilla, autor de ¿A quién vamos a dejar morir?, contradecía al presidente del Gobierno en una entrevista publicada en infoLibre. Pedro Sánchez ha repetido con asiduidad en sus últimas intervenciones que el coronavirus "no entiende de fronteras, de géneros o de clases sociales". Pero en este último punto, señala Padilla, es donde yerra el líder del Ejecutivo.

Para el médico, esto es algo que “solo se puede decir desde las clases altas”. “No me imagino a un sintecho o a una familia de cinco personas que vive en una sola habitación diciendo que el coronavirus no entiende de clases”, explica. Aunque su argumentación sobre clasismo y coronavirus se centra en una perspectiva sanitaria, aquí Padilla deja entrever otra drástica muestra de que este virus tampoco es inmune a la diferencia de clases: las circunstancias en las que se afronta el confinamiento.

Jennifer López difundía la pasada semana una criticada publicación en Twitter e Instagram. En ella su hijo, montado en un patinete eléctrico, le sirve unas bebidas tanto a ella como a su pareja, el exjugador de béisbol Álex Rodríguez. La cantante acompañaba el vídeo con el siguiente mensaje: “No podemos salir a ningún restaurante ni a ningún sitio, pero el servicio y el entretenimiento aquí es bastante bueno”. Finalizaba su tuit con un hashtag en el que nos recomienda a todos mantenernos a salvo.

Aunque seguramente esta no era la intención de la artista, las redes no tardaron en subrayar lo inoportuno de un mensaje tan ostentoso, especialmente cuando millones de personas en todo el mundo soportan el aislamiento en unas condiciones precarias. Muchos usuarios, además, remarcaron el curioso parecido de la casa y de su espectacular jardín con los que poseen la familia acaudalada de Parásitos. Los personajes de clase alta de la película surcoreana, Jennifer López y Pedro Sánchez tienen algo en común: una desconsideración, por omisión o desconocimiento, hacia los estratos más vulnerables de nuestra sociedad.

La desigualdad espacial y lumínica en el encierro

El portal inmobiliario api.cat recogía en 2015 datos sobre las dimensiones medias de la vivienda en distintos países del mundo. En el caso de España, es de 96,4 metros cuadrados. Pero solo es una media que ha ido reduciéndose en los últimos tiempos. El tamaño medio de las viviendas en Madrid es de 82,9 metros cuadrados, aunque la superfice real es de 75 metros cuadrados. Según el Instituto Nacional de Estadística, casi 14.000 hogares en Madrid son viviendas con menos de 30 metros cuadrados útiles.

Estos días estamos asistiendo a emocionantes manifestaciones de agradecimiento hacia todos aquellos que siguen velando por el bien común durante la cuarentena. Sin embargo, para muchos ciudadanos no es posible aplaudir desde los balcones y terrazas. No por falta de iniciativa, sino porque simplemente carecen de ellos. Pero no es ni mucho menos la consecuencia más drástica de soportar estas semanas en un piso interior. La escasez de luz natural tiene consecuencias drásticas.

El cuerpo humano precisa de esa luz para cumplir con los ritmos circadianos, oscilaciones biológicas en intervalos regulares de tiempo. Cuando estas "rutinas corporales" no se satisfacen la salud puede resentirse. No cumplir con los ciclos de luz y oscuridad altera estos ritmos de la misma manera que lo hace, por ejemplo, reducir sensiblemente el número de horas de sueño. A ello hay que sumar una caída en los niveles de vitamina D, imprescindible para que el cuerpo absorba el calcio.

Apatía, depresión o fatiga son algunas posibles manifestaciones de la ausencia de fuentes lumínicas naturales. Por ello, no resulta extraño que al cantante británico Sam Smith le lloviesen las críticas tras compartir unas imágenes en las que se "rompe emocionalmente" a causa del aislamiento en su casa de 12 millones de dólares.

Cuando el teletrabajo no es una opción

Pero la diferencia de clase social va mucho más allá de las posibilidades que nos ofrece nuestra vivienda. A las cuestiones del espacio, la luz, las terrazas, los jardines o las alternativas lúdicas y deportivas hay que sumar otra desigualdad clave en un momento de confinamiento como el que nos ha tocado vivir: la tecnología.

Mientras el Gobierno insta al teletrabajo y las clases que continúan lo hacen virtualmente, muchas familias deben compaginar ambas circunstancias con unos recursos limitados. Todo ello en los casos en los que es factible trabajar desde casa, una posibilidad que no está al alcance de cualquier empresa ni tipo de empleo.

 

Cuando por fortuna esta opción está sobre la mesa, muchas familias se enfrentan a dificultades para llevarla a cabo, ya que sus hijos también necesitan un ordenador para estudiar o atender a la clase que su profesora imparte por videollamada. Pero no en todas las casas hay dispositivos tecnológicos suficientes.

Por mucho que lo demos por sentado, miles de hogares siguen viviendo sin acceso a Internet. Según el INE, el 8% de ellos no puede acceder a la red. De estos, un 28% (y por tanto algo más del 2% del total) admite que la razón es el alto coste de los equipos. Una problemática que adquiere una mayor gravedad ante el cierre de bibliotecas y otros centros públicos que podrían paliar esta desventaja. Mientras, influencers como María Pombo presumen en Instagram de sus numerosas compras realizadas en el portal online de Zara. De paso, cómo no, dedica un profundo agradecimiento a Amancio Ortega.

 

Es importante solidarizarse con quienes luchan contra la enfermedad, tanto contagiados como personal sanitario, pasando por cualquier empleado que acuda a su puesto de trabajo para mantener los servicios esenciales. Pero también con aquellos que están atravesando esta situación bajo unas condiciones habitacionales desfavorables. En pisos diminutos, sin apenas luz, sin acceso a Internet o a dispositivos digitales. O directamente sin hogar, 23.000 personas en toda España según el INE y 40.000 de acuerdo a Cáritas, que dependen de las actuaciones de las distintas autoridades.

La crisis del coronavirus ha servido para unirnos como sociedad en unas circunstancias duras y complejas. Sin embargo, no todos somos iguales en esta unión. Las personas con más recursos deben tener en cuenta que, por difícil que les resulte el encierro, su situación es privilegiada. Que reunir a un grupo de celebridades para cantar Imagine desde sus acomodadas casas y subirlo a las redes puede hacerles sentir bien consigo mismos, pero ayuda mucho menos que la más diminuta donación desinteresada (y que pagar todos sus impuestos). Aunque en estos momentos todos y todas nos sentimos algo más solos y aislados que nunca, resulta imprescindible no dejar atrás a quien ya padecía su día a día confinado en una ratonera.

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