¿Renta básica para un mundo con menos empleo? El debate fiscal que trae la automatización

La empresa británica de tecnología Dyson presenta sus robots domésticos en la Conferencia Internacional sobre Robótica y Automatización en EE UU.

Al influyente economista John Maynard Keynes le atribuyen una frase en 1930 con cierta actualidad: dijo que para el año 2030 la jornada de 40 horas se reduciría a 15 gracias a los avances tecnológicos. En España la jornada media estaba en 2024 en 38,4 horas, y muchas empresas, sobre todo las más grandes y con mayor implantación tecnológica, se mueven en las 37 horas. Y, aunque lejos de las predicciones de Keynes, es una realidad que los ensayos para reducir la jornada laboral han tomado cuerpo en los últimos años. En España decayó una propuesta del Ministerio de Trabajo para fijarla en 37,5 horas, pero hay países que prueban con la jornada laboral de 4 días. Estos ensayos, además de cumplir con un reclamo sindical y social, van un poco más allá.

La automatización de diferentes tareas profesionales y la implantación de la inteligencia artificial han puesto sobre la mesa las consecuencias que podría tener una hipotética disminución de la demanda de mano de obra y un consiguiente impulso del desempleo. Las preguntas que surgen resultan radicales y, por el momento, parecen un ejercicio de prospectiva. ¿En qué trabajaremos si el empleo deja de ser mayoritario? ¿Se deben implantar menos horas por trabajador para que haya más trabajadores? ¿Cómo se grava la producción de un robot que sustituye a un trabajador? ¿Qué rentas nos sostendrán si la producción de valor es tecnológica y no humana?

Por el momento, cabe señalar que la inteligencia artificial (IA), aunque ha tenido efectos en el empleo, no ha provocado la hecatombe que muchos pronosticaban. Un informe de Goldman Sachs Research estima que el desempleo aumentará en medio punto porcentual durante el periodo de transición de la IA mientras los trabajadores desplazados busquen nuevos puestos. Lo que en Estados Unidos, uno de los países con mayor aplicación de IA en las empresas, puede desplazar a entre el 6% y el 7% de la fuerza laboral. Si la implantación es lenta, señalan, el golpe será más moderado.

En el desplazamiento del empleo y en el ritmo al que lo hace está la clave, según apunta Josep Ginesta, economista y profesor de OBS Business School. "A medio plazo las corrientes que vaticinan el fin del trabajo no son demasiado realistas, pero sí se está dando un desplazamiento de los perfiles laborales y eso exigirá políticas públicas que respondan, por ejemplo, a puntuales bolsas de paro elevado", explica Ginesta.

“Lo más preocupante para un sistema donde la creación de valor ha sido históricamente humana (a través del trabajo) es que los cambios lleguen de golpe”, coincide Javier Lorente, economista y profesor de EAE Business School. Y en este escenario es en el que se empieza a hablar de alternativas al modelo social laboral establecido. “El problema de fondo, aunque ahora suene un poco distópico, es qué hacer con la gente que genera valor con su trabajo y cobra por ello, si dejan de tener una ocupación”, apunta el profesor y autor del libro Nosotros, digitales. Manual para sobrevivir a la hiperconectividad (Erasmus, 2026). Aquí, explica, se abren posibilidades que supondrían “revisar nuestro contrato social”, como una renta básica universal o un sistema impositivo que grave la producción de robots o procesadores automáticos.

La renta básica

"Si hay menos gente que trabaje y menos gente que perciba un salario, esas personas, para mantener su estilo de vida solo tienen dos opciones: o bien que los servicios se los dé el Estado, o bien que reciban un salario de mantenimiento, la famosa renta mínima universal", explica Lorente. Esta idea de una renta básica universal tiene un recorrido académico largo, pero las propuestas más recientes plantean la posibilidad de apoyarla en un gravamen aplicado a las plataformas digitales, que obtienen beneficios a partir de los datos producidos por nuestras interacciones en la web. Una propuesta que, curiosamente defienden personajes como Elon Musk. "Habrá una renta universal alta (no solo una renta básica).Todos tendrán la mejor atención médica, alimentación, vivienda, transporte y todo lo demás", defendía en su red social X, en respuesta a una usuaria que se preguntaba por lo que ocurriría si la IA reemplazase a los trabajadores.

Aunque la academia siempre suele hacer hipótesis más allá del presente, la renta básica ha tenido algunas tentativas en la realidad. En Alaska el Estado creó una fundación para repartir parte de los beneficios que da el petróleo a todos los ciudadanos, que reciben en torno a 2.000 dólares anuales por persona. Otro ilustre economista, Thomas Piketty, proponía algo más radical: otorgar 120.000 euros a cada ciudadano cuando cumpla 25 años para asentar una base patrimonial con la que podría vivir y financiar esa medida con un impuesto a las grandes fortunas. Otras propuestas, señala el economista de EAE Business School, apuntan a un fondo soberano que financiaría esta renta mínima universal, aunque, por el momento, casi todo es teoría.

Ginesta puntualiza que en los debates sobre la influencia tecnológica, el optimismo de los principales representantes del sector debe tomarse con relativa cautela ya que, al fin y al cabo, "están vendiendo sus productos", pero insiste en la importancia de que las políticas públicas se muevan rápido. "La Universidad de Stanford apunta que la robótica duplica su capacidad cada dos años y eso inevitablemente terminará por impactar en la productividad tecnológica y en el empleo porque habrá profesiones que se queden obsoletas", concluye.

¿Y la fiscalidad?

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Otro de los puntos sensibles sería cómo gravar unas rentas del trabajo que obtienen máquinas y no obreros. En el Foro de Davos, que finalizó el pasado 23 de enero, Elon Musk, dueño de Tesla y de la red social X, anunció que su empresa comenzará a enfocarse más en la fabricación de robots humanoides y menos en producir vehículos eléctricos. El giro estratégico en su modelo de negocio pasa por dejar de producir dos tipos de automóvil que tenían bajos niveles de ventas (Model S y Model X) para invertir 16.700 millones de euros en la producción de un robot de nombre Optimus. Y, aunque los expertos coinciden en que aún es una realidad muy lejana, sí que se ensayan respuestas a las problemáticas que plantearía.

"Cuando empezamos a tener una desviación tan grande entre la creación de valor y la creación de empleo, de alguna forma, esa creación de valor adicional, habría que sustraer una parte para que los seres humanos puedan mantener un estatus de vida adecuado", explica Lorente. A ese punto van las teorías que piden llevar la cotización a las máquinas y no solo por persona trabajadora. "Hay propuestas que piden que cuando una empresa introduzca un sistema que sustituya a los empleados, cotice o pague un impuesto por esa máquina, porque al final termina siendo una fuerza productiva". Pero este es un escenario, apunta Ginesta, que solo se daría si los perfiles profesionales no se adaptasen a las nuevas formas de trabajo lo suficientemente rápido. "Los desplazamientos de la fuerza laboral han existido toda la vida —desde la misma Revolución Industrial—; la diferencia es que ahora se dan con mayor aceleración", concluye.

Para ninguno de los expertos es un escenario cercano, pero ambos advierten del impacto social que tendría "porque el trabajo al final es una forma de redistribuir la riqueza y redistribuir la riqueza quedándonos en casa se antoja muy difícil", puntualiza Ginesta.

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