Investigación

La violación de menores o los otros crímenes de guerra del régimen sirio

“¡Me quitaron la ropa!”. En las calles de su lugar de residencia, cerca de Deraa, al sur de Siria, la niña de 11 años grita, sin ni siquiera percatarse. Como una loca, la pequeña Nora grita palabras entrecortadas, frases sin sentido, repite sin cesar: “¡Me quitaron la ropa, me quitaron la ropa!”. Al girar la esquina, Fátima se la encuentra. Esta siria de 35 años llevaba horas buscándola [1], desesperada, desde que oyó rumores de que su hija, que permanecía detenida, podía haber quedado en libertad junto con otros niños.

Una vez frente a la adolescente, a la madre le cuesta distinguir unos rasgos que conoce de memoria. Se acerca. Nora, en estado de shock, no la reconoce. Sin embargo, apenas ha pasado mes y medio desde que se vieron por última vez. Cuarenta y cinco días. Una eternidad desde aquella tarde del 3 de mayo de 2011. Entonces, recién estallada la primavera árabe siria, el régimen trata de acallar las manifestaciones, cada vez más numerosas que se suceden por todo el país. La ciudad de Deraa –epicentro de las protestas populares– y la región se ven sometidas a una ola de represión más sangrante si cabe.

A comienzos de mayo de 2011, los shabibas, las milicias progubernamentales, y los militares rodearon la localidad. Mientras los helicópteros sobrevolaban los barrios, los soldados registraban las casas en busca de “terroristas”. Entre ellos, a Karim, el marido de Fátima, acusado de prestar ayuda a los heridos de bala de las concentraciones populares. Esa noche, no está. Los soldados ordenan a la mujer que se ponga en contacto con él. Aunque Fátima repite que están “prácticamente divorciados”, no atienden a razones.

Un oficial se fija entonces en los dos niños presentes en la habitación. Fátima entra en pánico. Para protegerlos, niega ser la madre de Nora y del hermanito de ésta, de 5 años. Pero la niña, aterrorizada, grita: “¡Mamá!”. “Vamos a llevarnos como rehén a su hija hasta que su marido se entregue”, anuncia el oficial. Cogen a Nora y ponen rumbo a una base militar de Deraa (cuyo nombre no desvelaremos por razones de seguridad). Es misma noche, el padre de Nora se presenta ante los servicios militares de inteligencia para entregarse. Sin embargo, la niña permanecerá encerrada 45 días. Y Karim nunca volverá.

En esta mañana de septiembre de 2016, es Fátima la que rememora la historia de su hija. La familia hace casi cuatro años que dejó Siria para instalarse en una inmueble de un barrio pobre de Ammán, la capital jordana. Nora se ha convertido en una adolescente frágil de 16 años. Su abaya púrpura de flores blancas no logra esconder la fragilidad de su cuerpo. Fátima habla con voz queda, pero no oculta su determinación a la hora de narrar lo sucedido. Mientras muchos padres sirios deciden ocultar la violencia que sufrieron sus hijos, para protegerlos de la vergüenza de la exclusión social que puede acarrear, esta madre de familia ha decidido dar a conocer lo que les hizo “Bachar Al Asad”.

Muy despacio, saca cajas de fármacos de un bolso desgastado por el uso. “Nora toma tranquilizantes”, explica en voz baja. “No puedo hablar delante de ella de lo que le pasó, sino...”. Sino podría lesionarse, la joven ya ha intentado quitarse la vida varias veces. Pacientemente, relata lo ocurrido, una vez que su hija terminó por contárselo todo.

Cuando Nora llegó a la base militar a la que fue conducida, se percató de que no era la única niña. En su celda había más de 45 presos, en su mayoría menores y mujeres. Desde primera hora de la mañana, a las prisioneras les suministraron píldoras y, a las más jóvenes, también inyecciones. Nora se deja hacer y los 39 primeros días transcurren entre golpes de sus carceleros. El 40º día de encierro, a los menores les ordenan que “se preparen”. Los pequeños creen que ha llegado la hora de la liberación.

A Nora la condujeron fuera de la celda. Unos soldados la desvistieron y la metieron en una habitación. Allí, la esperaba, desnudo, “un hombre de pelo canoso”, el director de la base. Para Fátima, el relato es doloroso: “Me dijo: ‘Me cogió. Y me violó. Se acostó conmigo’. Gritó y trató de huir, forcejeó para que la dejase marcharse”. El relato que sigue es desconcertante: “Le dio una pequeña píldora amarilla y le puso una inyección en el brazo derecho. La golpeó tan fuerte que todo a su alrededor empezó a dar vueltas”. Al día siguiente por la mañana, la niña despertó en una sala de interrogatorios. Estaba llena de sangre... Había varios oficiales a su alrededor. ¿De dónde sale esa sangre, qué pasó? Nora desconoce lo que le han hecho los otros hombres. “Vio al hombre que la violó, se acordaba de él, pero de los otros no sabe nada”, puntualiza la madre.

Después de la agresión, a mediados de junio de 2011, varios soldados de la base militar desertaron. En su huida, ayudaron a los niños a escapar. Fátima encuentra a su hija errando por las calles. La lleva al médico. La doctora le informa de que Nora no sólo había sido violada, sino de que también presenta importantes daños en la vagina”. Debe ser intervenida.

Además, los análisis médicos revelan que a la niña le inyectaron hormonas. Según Agnès Afnaïm –médico generalista del centro Primo Levi, especialista en víctimas de torturas y de violencia, que precisa que se desconoce las dosis y los productos que le fueron administrados a la menor– esas inyecciones, en el plazo de un mes y medio, podrían haber desencadenado alteraciones físicas en la adolescente. ¿Para qué? Sin lugar a dudas para que su cuerpo perdiese cualquier rasgo propio de la adolescencia, para acto seguido ofrecérsela como pasto a los oficiales. Fátima sólo tendrá la versión de la doctora. Su hija se niega entonces a hablar del asunto.

No fue hasta enero de 2013, año y medio después de la agresión, cuando Nora habló. “Cuando huimos a Jordania, lloraba. Pensé que estaba triste por salir de Siria, pero me respondió: ‘No, estoy feliz de irme de este sitio’. Le pregunté el motivo y me lo confesó todo”, espeta Fátima.

Cinco años después de los hechos, la familia permanece aterrorizada y Nora no soporta presencia masculina alguna en su entorno. Tanto ella como su hermano pequeño reciben asistencia en un centro para huérfanos de Jordania. Hace cosa de un año que se ha convertido en la protegida de una de las coordinadoras del centro, Lubna. “Cuando conocí a Nora, se comportaba como una mujer, no como una niña. Decía: ‘Sé todo lo que pasa entre un hombre y una mujer’. Y realmente lo sabía. ¿Cómo era eso posible?”, recuerda Lubna. A su confidente, Nora le desveló más detalles. “El director de la prisión le dijo que era guapa, le mostró una mujer que estaba siendo torturada. ‘Si no quieres sufrir así, deberías venir conmigo’. No comprendió lo que significaba, tenía 11 años. Era una niña”. Una niña, drogada, violada, mutilada. Como otros menores en Siria, Nora se convirtió en un objetivo y fue raptada por ser hija de un “terrorista” señalado por el régimen.

Las agresiones sexuales perpetradas contra niñas y niños son difíciles de cuantificar. Violaciones, amenazadas y simulaciones, mutilaciones, descargas en los órganos genitales... En casi seis años de guerra en Siria, estos crímenes, que se encuentran entre las “seis violaciones graves” del Consejo de Seguridad de la ONU, nunca han sido objeto de ninguna estimación para determinar su alcance. La documentación es escasa, aparece en informes generales, pero no se ha dedicada ninguna investigación específica a la cuestión.

“Existen pruebas de que niñas y niños de apenas 12 años sufren agresiones sexuales, incluida la tortura física en sus órganos genitales, y violaciones”, constataba en 2013 Save The Children, una de las principales organizaciones internacionales, en su estudio Childhood under Fire [2]. La ONG Human Rights Watch también aborda la cuestión en dos publicaciones más generales dedicadas a la detención de niños [3] y a las agresiones sexuales en la cárcel [4]. La Comisión de investigación internacional independiente de la ONU (OHCHR), que documenta las violaciones de derechos humanos en Siria, le dedica también algunos párrafos a la cuestión en sus numerosos informes.

En 2014, en una publicación del secretario general de la ONU sobre “los niños y el conflicto armado en Siria”, los investigadores afirman que “la ONU ha recabado pruebas de la violencia sexual que sufren los niños detenidos por las fuerzas gubernamentales en lugares de detención oficiales y clandestinos [5]”. Los investigadores de la ONU no dudan a la hora de afirmar que “esta violencia [contra los niños] sirve para humillar, herir, obtener confesiones forzadas o presionar a los padres para que éstos se entreguen”.

En Siria, la violación de niños –indistintamente, niños y niñas– se ha convertido también en un “arma” al servicio de la maquinaria represiva del régimen. También se utilizó por primera vez contra un niño sirio.

Fue el 29 de abril de 2011. Mientras las protestas iban a más en todo el país, Hamza El Khatib, de 13 años [6] era detenido durante una manifestación. Murió detenido. El régimen entregó los restos mortales a los padres un mes más tarde, en señal de aviso a los revolucionares de Deraa. El cuerpecito presentaba signos de tortura y le habían extirpado el sexo. La sórdida advertencia se vuelve contra sus autores, el país se incendia. Hamza se convirtió en el primer mártir de la primavera de Damasco.

Para comprender hasta qué punto estas violencias son la norma, hace falta dirigirse a otra frontera siria, a Antioquía, en el extremo sur de Turquía. Allí, se encuentran algunos de los antiguos responsables de la maquinaria represiva. Entre ellos, Bassam Al Aloulou, de 54 años, exdirector de la prisión civil de Alepo. En esta mañana de octubre de 2016, será la primera vez que cuente a unos periodistas cómo era el interior de “su” cárcel.

Desde 2012, este general vive con los suyos en el campamento militar de Apaydin, reservado a los otro cinco mil oficiales desertores del Ejército sirio y a sus familias. El campamento está cerrado y las condiciones de vida en él son menos duras que en los campos jordanos y griegos donde se hacinan las decenas de miles de refugiados sin título ni medallas. Después de tres décadas de servicio al régimen de Asad, primero como director de la academia de Policía, después como director de las prisiones de Deraa y de Alepo, el poderoso general terminó por desertar. Sucedió el 18 de julio de 2012, un día que permanece grabado en su memoria.

Con el inicio de la revolución, la prisión civil de Alepo, teóricamente menos represiva que los centros de retención de los servicios de inteligencia y de otras secciones militares, se llena a toda velocidad. Tiene capacidad para 4.500 personas, pero había “registrados” 7.500 prisioneros. Una parte de los detenidos “sobre los que no se hace pregunta ninguna” no existen oficialmente. El viejo funcionario que siempre ha sido leal a la maquinaria represiva de los Assad empezó a temer... la voluntad divina: “Me dije que tenía que aplicar la ley porque el día que muriese Dios me iba a castigar”.

Actualmente, Bassam Al Aloulou ha conseguido un permiso de salida para ir a Antioquía, a una hora del campamento. No da un paso sin sus guardaespaldas, una unidad militar de las fuerzas especiales turcas que velan por su seguridad. Aferrado nerviosamente a su misbaha (rosario musulmán), el exgeneral hilvana el relato con la precisión militar de un hombre acostumbrado a rendir cuentas. “Cuando me fui, en la cárcel civil de Alepo había mil menores. La mayoría de ellos eran verdaderos criminales, los demás permanecían retenidos con el fin de presionar a sus padres. Hasta donde yo sé, el más joven tenía 13 años”, cuenta.

Desde la primavera de 2011, en su opinión, las órdenes de Damasco sobre los niños detenidos fueorn claras. “El comité de Damasco [que reúne a los altos dirigentes de cada departamento de seguridad] nos dio órdenes de no hacer distinciones entre menores y mayores de edad. Nos dijeron: ‘Ya que están en las manifestaciones con los adultos, hay que tratarlos del mismo modo”. Los prisioneros ya no tienen una celda específica para ellos, están encerrados con los mayores, a menudo con los presos ordinarios.

Los efectos de esta medida son devastadores. “Los prisioneros mayores comenzaron a explotarlos, a ordenarles que les hicieran las diferentes tareas, lavar los platos, hacer la colada... y los violaban”. Bassam jura que trató de solicitar que se separaran a menores y mayores y que incluso llegó a conseguirlo. Resulta imposible comprobar si es cierto. Por el contrario, Sema Nassar, activista que trabaja contra la violencia sexual ejercida contra las mujeres en Siria, confirma sus últimas palabras: “Las violencia contra los niños no sólo la ejercen los guardias o los verdugos, también los detenidos, los responsables de las celdas que tienen poder y que se aprovechan de ellos”.

Bassam termina por admitir que el centro penitenciario que dirigía también dispone de unas celdas especiales donde se encierra a una treintena de mujeres y de niñas, en su mayoría familiares de opositores al régimen, y a los niños “de menos de 13 años”. “A veces las órdenes son, literalmente: ‘Sacad a este individuo de su casa’. Si no está, podéis llevaros a quien sea, a su mujer, a sus hijas... Y les retenemos hasta que el hombre al que buscamos se entregue”. Exactamente lo que le pasó a Nora, la niña de Deraa.

El arrepentimiento sincero del exdirector de la cárcel no tarda en encontrar sus límites. Según un activista de Alepo, efectivamente Bassam Al Aloulou era conocido por las violencia que ejerció en contra de las detenidas y de las mujeres de los detenidos. Así lo admite el que fue su asistente en la prisión, un coronel también desertor, al que logramos localizar. “Tenía la costumbre de abusar sexualmente de las criminales y de las mujeres de los detenidos que iban a pedir clemencia para sus maridos”, dice. Son sólo rumores, de demostrarse, podría abrirse un proceso internacional en su contra.

Abdelharim Mihbat, también de 46 años, puede ser interrogado algún día. Este lugarteniente de los servicios de inteligencia militares, por más que repite que sólo cumplió órdenes, que “tiene conciencia tranquila”, que “nunca ha hecho mal en sus 28 años de servicio”, resulta poco creíble... Antes de desertar, el suboficial, entrevistado junto con el director de la prisión de Alepo, ejercía de mukhabarat. Abdelharim era uno de los agentes del servicio de inteligencia militar del servicio 290, una verdadera casa de la muerte, donde “torturar era tan banal como tomarse un té”. ¿También a los niños? “La palabra clave es: ‘No hagáis distingos”, responde, rotundo, este hombre, que desertó hace cinco años.

Para el mukhabarat, al eliminar la distinción entre mayores y menores de edad, en los albores de la revolución, el régimen perseguía una estrategia clara: “Decir que se han acabado las diferencias entre hombres, mujeres y niños, es una manera más de aterrorizar a la población para que deje de manifestarse”. De modo que, tanto en la cárcel de Abdelharim Mihbat como en la de Bassam Al Aloulou, los adolescentes mayores de 13 años permanecen arrestados con los adultos. Una vez más: “En estas celdas, se producían numerosas violaciones, muchas, a diario”, cuenta. ¿Damasco sabía juntar a mayores y a menores desencadenaría esos abusos? ¿Lo hizo a sabiendas? Sí, remarca el mukhabarat. “Esta medida llegó con la ley contra el terrorismo [en vigor con el decreto presidencial aprobado por el Parlamento sirio, el 28 de junio de 2012 [7]]”. La misión permanente de Siria en la ONU, a la que solicitamos en reiteradas ocasiones una entrevista, no respondió a nuestras llamadas.

En Siria, encarcelar a niños no es nuevo. Se trata incluso de una práctica “habitual [8] desde hace tiempo”, según reconoce Wladimir Glassman, un gran conocedor del país [9], ya fallecido, en un blog llamado un ojo a Siria, en Le Monde. Entre 1980 y 1983 [10], según sus cálculos, 600 niños fueron prisioneros políticos. ¿Su error? Que algún miembro de su familia perteneciese a los Hermanos Musulmanes, entonces enemigos acérrimos de Damasco. “Todas las personas sospechosas de formar parte de esta organización eran machadas”, tanto física como psicológicamente, recuerda el periodista Christian Chesnot, coautor de la obra Los caminos de Damasco.

No sólo en los centros de detención se viola a los niños sirios. Al otro lado de los barrotes, en los puntos de control, durante los ataques, en su propia casa, niños y niñas a veces se convierten en juguetes de los agentes del régimen. Abdelharim, el mukhabarat de Alepo, formaba parte de una unidad encargada de los arrestos y de los registros en los barrios sospechosos de apoyar a los rebeldes.

“Al comienzo de la revolución, el director general de los servicios de inteligencia militares, Abdulfatah Homsi, dio órdenes a nuestro director general. Ahora teníamos libertad’. Antes, por lo menos alguien nos vigilaba. Con la resolución, ya no había límites”. Según el exagente cuando había que ir a buscar a alguien “la orden llegaba por escrito o verbalmente”. Sin embargo, “cuando se trataba de verdaderos opositores políticos que iban a las manifestaciones”, los mukhabarats tenían autorización para “coger a la familia, a la mujer y a los niños, si ellos no estaban allí”.

Y cuenta una de las operaciones llevadas a cabo en una casa en Assoukari, un barrio de Alepo: “El hombre no estaba allí, así que mis colegas regresaron al casa, amenazaron a la mujer y cogieron a sus tres hijas, en edad de ir a la escuela”. Abdelharim, “que se conformó con mirar”, las metió a todas en el mismo coche y las llevó a la división militar y, de ahí, a la sala de interrogatorios. Nadie sabe la suerte que corrieron las tres niñas de Assoukari.

En el banco contrario, en las filas del Ejército sirio libre de Deraa, se encuentra el coronel Khaled. A comienzos de 2012, desertó y se unió a la oposición al régimen. En el verano de 2014 y durante todo un año, él y sus hombres interceptaron las comunicaciones de las fuerzas gubernamentales en el walkie-talkie. “Oímos a los mukhabarats dar órdenes a los shabihas. Les decían: ‘Todo lo que caiga en vuestras manos, os pertenece. Podéis hacer lo que queráis”, violaciones incluidas. Sabían que les estaban escuchando, se mostraban casi orgullosos, hablaban de violación de mujeres y de los demás para minarnos la moral”.

El responsable de todo, según él, es Louay Al-Ali, jefe del servicio de inteligencia militar sirio en Deraa. “En la región, todo lo controla él. La estrategia de decir a los shabihas que hagan lo que quieran es suya. Son ellos los que violan a las mujeres y a los niños”, insiste el excoronel. Una vez señalados los objetivos, los niños se convierten en arma con la que aterrorizar a los rebeldes. A veces también los niños son víctimas de abuso, simplemente porque se encuentran en el lugar equivocado, en el momento equivocado.

La noche cae sobre Ammán y reina la calma. En su salón, Abdul Hamid Kiwan, de barba canosa y camiseta blanca, sirve el té, a la espera de su amigo Bassam Sharif. Los dos padres de familia, sirios, se conocieron en la cárcel y viven en el mismo barrio de la capital jordana.

“En prisión, se escuchan muchas historias sobre violaciones de niños”, dice Bassam Sharif, de tez pálida por los años pasados en prisión. Encarcelado en agosto de 2011, en los Servicios de inteligencia del Ejército del Aire, allí conoció a dos adolescentes de 16 años, Mourad y Nourredine [nombres supuestos], capturados en el barrio de Deraya, a las afueras de Damasco. “Dos chicos muy guapos, ¡mashallah! Al primero, le metieron una botella de Pepsi en el... Y al otro, una especie de palo de madera”. ¿Cómo puede estar tan seguro? “Al volver a la celda, ya no podían sentarse. Así que nos lo imaginamos. Y nos lo dijeron, sin vergüenza ninguna. Para ellos no se trataba de una agresión sexual, sino de un método de tortura al uso porque los investigadores utilizaron objetos”.

Sentado al borde del sofá, Abdul Hamid Kiwan reflexiona: “Se hace así para dividir a la sociedad. Cuando te encuentras con antiguos detenidos, el tema del que más se habla es de las violaciones. Porque antes de la revolución, estábamos acostumbrados a la tortura, pero no a esto”. Bassam Sharif añade: “Las agresiones sexuales empezaron cuando los rebeldes tomó las armas. Para aterrorizar a la gente. Cuando las historias salieron de la cárcel, los sirios temieron miedo que sus hijos fueran violados”.

Caso seis años después del comienzo del conflicto sirio, la luz verde que recibieron los verdugos sigue destruyendo a los niños sirios, en medio del silencio y la impunidad [12]. Desde los primeros levantamientos, con el suplicio de Hamza El Khatib, el régimen de Damasco trató de aplastar a esta generación. El activista siria Sema Nassar recuerda que en 2012, el Gobierno llegó a instalar cámaras en la división Palestina de los servicios de inteligencia, a raíz de la denuncia de una “persona de arriba”. “Pero eso no detuvo las violaciones. Simplemente, los autores evitaron cometerlas en lugares que pudieran quedar registrados por las cámaras”:

La impunidad es tal que los refugiados sirios a menudo aluden al miedo a la violación como “uno de los principales elementos que han influido a la hora de salir de Siria [13]”. “¿Violar niños? Provoca el caos”, resume Omar Guerrero, psicólogo clínico del centro Primo Levi, dedicado a las víctimas de la tortura y de la violencia política. “Todavía no hemos pensado en cómo será la Siria de mañana. Pero, ¿sobre qué se va a construir una sociedad? ¿Qué lugar van a tener los niños víctimas de abusos? ¿Cómo van a convertirse en hombres y en mujeres? ¿Recuperarán su dignidad algún día?”.

Con las bombas, las torturas y las violaciones, el régimen ¿habrá conseguido acabar con la generación futura? “Los niños son resilientes. Mientras nosotros pensamos que las repercusiones de semejantes actos van a destruirlos, ellos encuentran la manera de salir adelante”, responde una mujer de los servicios humanitarios que trabaja con niños, en zona de conflictos. La mujer es optimista: “Son más fuertes de lo que creemos”.

El régimen no es el único que comete violaciones

El régimen de Damasco no es el único que practica la violencia sexual. El horror que han vivido las yazidistas, capturadas por el Estado Islámico, ha conmocionado al mundo entero. Además, los testimonios recabados en 2013 por la Comisión de investigación internacional independiente sobre la República Árabe Siria de la ONU “sugieren que la violencia sexual se ha convertido en una rutina en las operaciones de las fuerzas de seguridad [14]”, llevadas a cabo por las fuerzas armadas antigubernamentales. Algunos afirman que niñas y mujeres víctimas de agresiones sexuales han sido obligadas a casarse con combatientes del ASL después de ser violadas [15] para tratar de “poner fin a la crisis de la violencia sexual [16]”. Sin embargo, más allá del caso específico del Estado Islámico, la Comisión precisa que “las violaciones y los abusos cometidos por grupos armados antigubernamentales no han alcanzado la intensidad y la amplitud de los cometidos por las fuerzas gubernamentales y las milicias aliadas [17]”.

Investigación realizada por Cécile Andrzejewski y Leïla Miñano, con información de Daham Alasaad 

[1] Por razones de seguridad, Fátima no ha querido que figure el nombre de la localidad. 

[2] Save the Children, Childhood Under Fire. The impact of two years of conflict in Syria, marzo de 2013.

[3] Human Rights Watch, Extreme measures : Abuses against Children Detained as National Security Threats, julio de 2016.

[4] Human Rights Wacth, Syria : Sexual Assault in Detention, 15 de junio 2012.

[5] Informe del Secretario General sobre la cuestión de los niños y los conflictos armados en la República Árabe Siria, 27 de enero de 2014, párrafo 35.

[6] Le Monde, Les enfants de Deraa, l'étincelle de l'insurrection syrienne – 15 de marzo de 2013.

[7] Ibidem.

[8] Ibid.

[9] Human Rights Watch, Siria: Revelaciones sobre los centros de tortura, 3 de julio 2012.

[10] Un œil sur la Syrie, La détention, l’instrumentalisation et la torture des enfants, pratiques courantes dans la Syrie du « docteur » Bachar al-Assad (2/2), 22 de octubre 2013.

[11] RFI, Wladimir Glasman, exdiplomático, autor del blog « Un oeil sur la Syrie »,13 de diciembre 2012.

[12] The Arabic Network for Human rights Information.[13]The Arabic Network for Human rights Information

The Journal of Conflict Studies, Syria's Intelligence Services: Origins and Development, 1996.

[14]Un œil sur la Syrie, La détention, l’instrumentalisation et la torture des enfants, pratiques courantes dans la Syrie du « docteur » Bachar al-Assad (2/2), 22 de octubre 2013.

[15] Report of the independent international commission of inquiry on the Syrian Arab Republic – 5 de febrero de 2013 – párrafos 106, 107 et 108.

[16] Report of the independent international commission of inquiry on the Syrian Arab Republic – 5 de febrero de 2013 – anexo X párrafo 5.

[17] Informe de la Comision de investigación internacional independiente sobre la República Árabe Siria – 13 de agosto de 2013, párrafo 75.

EL PROYECTO ZERO IMPUNITY

infoLibre forma parte del proyecto internacional Zero Impunity (Impunidad Cero). Este consorcio, integrado por varios medios de comunicación internacionales, documenta y denuncia la impunidad que ampara a los autores de agresiones sexuales en conflictos armados. 

El pasado 29 de enero, Zero Impunity fue galardonado con el primer premio Smart FIPA, que otorga el Festival Internacional de Programas Audiovisuales (FIPA) y que promueve la creación digital con el fin de anticipar "el futuro del audiovisual apostando por la escritura, las nuevas tecnologías y el talento futuro".

Este consorcio publicará seis investigaciones que desentrañan los mecanismos de impunidad existentes en el seno de nuestras instituciones públicas, de nuestras organizaciones internacionales e incluso de nuestros Ejércitos. Además, Zero Impunity es un trabajo de investigación que incluye una verdadera acción ciudadana.

infoLibre publica en exclusiva en España dichas investigaciones, que se pueden consultar en estos enlaces: El ADN de 'Sangaris': las tropas francesas en misión humanitaria en la República Centroafricana, investigadas por abusos sexuales y Estados Unidos y la violencia sexual como método de tortura.

Traducción: Mariola Moreno

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