Francia revive los incendios de 2022 con miles de evacuados: "El fuego viene directo a nosotros"
La prefectura de Gironda ha ordenado “la evacuación progresiva de toda la península de la bahía de Arcachon, pueblo a pueblo, desde Claouey hasta la punta de Cap-Ferret”, en un comunicado difundido el viernes 24 de julio, hacia las 8 de la mañana. El esfuerzo de los bomberos no ha logrado contener el incendio, que desde el miércoles ha arrasado más de 10.000 hectáreas y ha provocado la evacuación de más de 40.000 personas.
En el municipio de Lège-Cap-Ferret, el cielo ha adquirido el tono ocre de los grandes incendios. El sol no es más que una bola rojiza. El jueves, una excavadora araña el suelo arenoso y abre un contrafuego al pie de los pinares. Una veintena de bomberos mojan los árboles, desde las copas hasta las raíces. Esa será su efímera línea de frente: una franja de tierra empapada de unos cien metros, en el límite de la urbanización de Les Chanterelles, al noroeste de la ciudad.
Una columna de humo negro anuncia que el incendio está muy cerca. El fuego ruge, impulsado por los vientos cambiantes. “Viene directo hacia nosotros”, advierte un bombero. Según el último balance de la prefectura, hay 800 bomberos movilizados en esta zona tan turística de Gironda. En el departamento vecino de las Landas, han ardido unas 2.500 hectáreas y se ha evacuado a más de 25.000 personas.
Menos mal que habéis vuelto, porque nosotros no habríamos aguantado
En Les Chanterelles, los pinos se incendian uno a uno como cerillas. Todo el bosque arde a pocos pasos de las viviendas. Pero los bomberos con las mangueras aguantan el tipo.
El aire está saturado de gases irrespirables. Pronto entra en acción la segunda línea: una multitud de hombres vestidos de rojo trabaja entre las furgonetas aparcadas en el callejón, antes de desaparecer entre el humo, mientras van llegando más vehículos para salvar lo que se pueda. Han acudido desde toda la zona suroeste y más allá: de los Pirineos Orientales, de Charente-Maritime, de Loira-Atlántico e incluso de la región parisina.
Pero el viento les lleva ventaja. Las chispas han sobrepasado a los camiones-cisterna que bordean todo el barrio.
Las aproximadamente quince casas que forman esta punta avanzada del municipio de Lège-Cap-Ferret se ven alcanzadas por las llamas. Un seto aquí; una caseta allá. A lo lejos se oyen botellas de gas explotar.
Tras media hora infernal, llega la tregua. “Menos mal que habéis vuelto, porque no habríamos aguantado”, le dice un voluntario de la zona a uno de sus compañeros. El fuego se ha detenido en seco, a unos treinta metros de las viviendas.
Muchos de los que están aquí vivieron el gigantesco incendio del verano de 2022, cuando quedaron reducidas a cenizas más de 30.000 hectáreas. “Luché contra el de Landiras: los retrovisores del camión se derritieron, la junta de mi casco se derritió”, recuerda un bombero.
Entonces, ¿podemos comparar ese infierno con el fuego que amenaza a Lège-Cap-Ferret? “Ahora mismo es complicado detenerlo porque no para de saltar”, confiesa el bombero voluntario. “El problema es que aquí hay muchas parcelas boscosas”.
Un barrio evacuado
Toda la ciudad está rodeada de bosques. Y, por todas partes, la sequía ha preparado el terreno para el incendio. El suelo está cubierto de hojas secas, como en pleno otoño.
Negruzco y humeante, el pinar está ahora irreconocible. Los gritos de los bomberos, enzarzados en una carrera contra las llamas, han sustituido al canto de las cigarras. Las aves rapaces, desorientadas, siguen volando en círculos entre la niebla.
El incendio ya ha pasado, pero todo acaba de empezar. Aún hay que apagar las columnas de humo, pero ya empieza a escasear el agua. “Ahí hay una piscina”, señala Édouard, tapando nariz y boca con un paño de cocina. Junto a otros tres vecinos, ha decidido echar una mano a los equipos de rescate.
La mayoría de las casas del barrio fueron evacuadas la noche anterior. “Los bomberos pasaron una primera vez para decirnos que preparáramos nuestras cosas, y luego nos fuimos hacia las 2:30 de la madrugada”, cuenta David, cuya familia se ha ido a casa de los suegros. Después mojó las paredes de lu casa como ha podido para frenar las llamas.
Durante todo el día, los vecinos evacuados han intentado mantenerse lo más cerca posible, esperando a que las autoridades les dieran permiso para volver a sus casas. Es el caso de Mattéo y Naomie, una pareja de veintitantos años. “¿Podremos ir a dormir a casa? ¿Podremos siquiera dormir?”, se pregunta entonces la joven, mientras los aviones Dash y Air Tractor lanzan agua y retardante para contener las llamas. “Ya de por sí, esta noche ha sido complicada… “
Y cuanto más avanzaba el día, más complicado parecía su regreso. A última hora de la tarde, el incendio se había extendido hacia el norte y el este.
Una naturaleza aún devastada
Según un balance de la prefectura, al menos seis viviendas han sido devoradas por las llamas. En una de ellas, un bombero resultó herido por la explosión de una bombona de gas. “La situación no es favorable”, estimaba hacia las 18:00 horas el alcalde de Lège-Cap-Ferret, Philippe de Gonneville, durante una rueda de prensa. Y advertía: “La situación puede cambiar rápidamente.”
Las calles se van vaciando a medida que un espeso humo negro invade la ciudad. Al caer la noche, solo unas pocas luces delatan la presencia de vecinos que permanecen confinados en sus casas. Mientras el campanario de la iglesia da las 10 de la noche, Lège-Cap-Ferret parece sumida en una noche de angustia.
En la carretera D106, al este, unos cincuenta vecinos del pueblo vecino, Arès, se enfrentan a un horizonte en llamas. Las furgonetas de los bomberos salen del pinar a toda velocidad. “Podéis quedaros ahí por ahora”, ordena un socorrista con casco, entre los ánimos de la multitud. “Pero si el viento cambia de dirección, id rápidamente a refugiaros. Esto puede ir muy muy rápido.”
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Serge observa la escena, contrariado. “Pensábamos que se iba a calmar, pero está empeorando…” Tras diecisiete años a orillas de la bahía de Arcachon, este jubilado ve cómo los veranos se suceden y se parecen entre sí: “Hace tanto calor que basta un pequeño destello para que todo se incendie”.
En 2022, durante los grandes incendios que arrasaron la Gironda, se logró detener las llamas a unos veinte metros de allí, junto a la D106. Cuatro años después, la vegetación apenas empezaba a renacer de sus cenizas.
Traducción de Miguel López