"Es el mayor trauma de mi vida": cuando la prensa expone a las víctimas de violencia sexual

Una persona sostiene un cartel frente al tribunal penal antes del juicio de Dominique Pelicot, en Aviñón, sur de Francia, el 19 de diciembre de 2024.

Lénaïg Bredoux (Mediapart)

Les ha pasado a todos y a todas. Quienes en algún momento decidieron confiar en un periodista o prestar testimonio ante la justicia, temían que “se filtrara”, que se rompiera su anonimato y que su relato fuera servido en bandeja en la prensa sin su consentimiento. A veces, incluso sin haber sido advertidos, sin ningún respeto por su vida personal, su reputación profesional y su salud mental.

La actriz y cantante Helena Noguerra acaba de vivir esta amarga experiencia. Dos medios de comunicación franceses, RTL y Paris Match, han revelado su nombre a pesar de que ella había decidido testificar de forma anónima en el caso de Patrick Bruel, ante Mediapart (en la investigación de Marine Turchi y en un artículo de opinión de libre acceso bajo seudónimo) y ante la justicia. Es este último testimonio el que, evidentemente, ha sido filtrado a periodistas sin escrúpulos.

Aunque “desde hace varios años, animamos a las mujeres a hablar, a testificar, a acudir a la justicia cuando lo deseen”, “no podemos exigirles el valor de romper el silencio sin garantizarles que las declaraciones que han decidido confiar a la justicia no se filtrarán para hacerse públicas en contra de su voluntad”, ha declarado Jade Dousselin, la abogada de la artista belga. Ella es consciente del riesgo de que estas revelaciones desanimen “a aquellas que aún dudan en testificar, tanto en este proceso como en otros”.

En Mediapart lo hemos constatado durante los diez años que llevamos investigando los casos de violencia sexista y sexual: el anonimato es una condición que muchas personas —en su mayoría mujeres—, ya sean víctimas o testigos, atesoran. A menudo es la condición imprescindible para que hablen.

No es ni por amor al secreto ni para hacer una comedia de espionaje con las violencias sexuales y sexistas. La realidad es mucho más trivial. Las víctimas —denunciantes o testigos— temen las repercusiones de que se haga público su nombre: el ciberacoso en las redes sociales, la reacción hostil de sus allegados, la obligación de hablar de ello con esos mismos allegados… A veces, ni siquiera ellos sabían nada al respecto: los padres o la pareja suelen desconocer por completo lo que ellas vivieron hace cinco, veinte o treinta años.

Temen sufrir reveses profesionales como perder contratos, ser apartadas de un partido o un sindicato, dejar de ser invitadas a un plató de televisión o de cine. Los apoyos de los acusados, sobre todo cuando se trata de hombres poderosos, ocupan puestos de poder con ramificaciones a veces insospechadas.

También está el miedo, que persiste: el que el agresor ha infundido en su víctima, el que a menudo permite la impunidad y sella el silencio. El trauma sigue ahí, palpable, sensible. Las mujeres que dan testimonio suelen temer a quien denuncian: no hacen falta amenazas ni golpes, basta con el recuerdo de la violencia sufrida.

En el artículo de opinión que Helena Noguerra escribió en mayo en Mediapart, decía: “Aplaudo el valor de quienes hablan a cara descubierta y las apoyo de todo corazón. Se necesita mucha fuerza para hacerlo y yo no la tengo. [...] El precio que pagan las mujeres que hablan contribuye al silencio de todas las víctimas. [...] Cuando hablan, corren el riesgo de desaparecer —aún más— de la vida social. La vida de las mujeres, créanme, es devastadora.”

Las consecuencias de la exposición mediática forzada

Las que han visto cómo su nombre se hace público de forma brutal y sin su consentimiento lo viven con gran dolor. Es el caso de la actriz Sand Van Roy: en mayo de 2018, presentó una denuncia por violación contra el director Luc Besson el mismo día de los hechos (denuncia que finalmente fue archivada). Mientras aún se encontraba en la comisaría, Europe 1 reveló la denuncia presentada por “una actriz”. Al día siguiente, Le Journal du dimanche (Le JDD) divulgó su identidad y una foto de ella “sonriendo junto a aquel” a quien acusaba.

También se publicaron en la prensa noticias falsas: se la presentó como “chica de compañía” en Le Point (que luego fue condenado por difamación) y como si hubiera afirmado haber sido “drogada” por el director de Léon. Todo era falso, pero la palabra de Sand Van Roy quedó inmediatamente desacreditada.

Desde entonces, la joven libra una batalla judicial contra Le JDD por vulneración de la intimidad: el Tribunal de Casación debe pronunciarse el 23 de septiembre y determinar si el derecho francés justifica, o no, hacer pública la identidad de una denunciante en nombre del interés general. En otros países europeos eso sería imposible. En Francia, el debate —jurídico y ético— existe.

“Con la mediatización forzada, la víctima vuelve a ser víctima por segunda vez”, opina Sand Van Roy. “La gente no se da cuenta. Pero tu vida ya nunca vuelve a ser la misma, te bloquea la vida, incluso en las pequeñas cosas del día a día. Así que te dan ganas de esconderte.” Y cita un ejemplo revelador: “Hace poco, en el grupo de WhatsApp de los inquilinos, que cuenta con 136 miembros, le pedí a un vecino que bajara el volumen de la música, y me respondió: Ve a denunciar a Luc Besson y no molestes” La captura de pantalla de los mensajes lo corrobora.

Florence Porcel, denunciante en el caso de Patrick Poivre d’Arvor (conocido como PPDA), no eligió que su foto apareciera en portada de Le Parisien en 2021… Al ser preguntada cinco años después, la autora denuncia una “victimización terciaria”, que se produce tras los hechos denunciados y la victimización secundaria provocada por el proceso judicial (y que a veces es objeto de condenas, como en el caso Depardieu).

El mismo periódico parisino también se hizo eco de unos mensajes de texto, calificados de “inquietantes”, que desacreditaban el testimonio de Florence Porcel. “No tengo ningún problema con que los periodistas traten un caso desde la culpabilidad o desde la inocencia. Es la libertad de prensa y siempre la defenderé”, explica a Mediapart. “Lo que me molesta es la forma en que se trata la información”. La escritora, que en aquella época también se dedicaba a la divulgación científica, sufrió posteriormente un doloroso acoso en Internet y perdió gran parte de sus fuentes de ingresos.

“No se gana ninguna gloria denunciando a una figura pública”, concluye. En el mismo caso PPDA, otra denunciante vio cómo se publicaban los detalles de su denuncia por violación en un libro de investigación, también sin su consentimiento.

Denunciar a un famoso

Algunos periodistas argumentarán que la identidad de ciertas denunciantes es de interés público debido a su notoriedad, por ser actrices o escritoras. Pero mujeres desconocidas para el gran público, y que nunca han estado expuestas, han sido víctimas de prácticas similares, descubriendo de forma brutal que su denuncia aparece en un artículo de prensa por el mero hecho de que la persona a la que acusan es famosa… Sin embargo, estas mujeres habían seguido la recomendación del Gobierno de acudir a los tribunales para obtener justicia, en lugar de a la prensa.

Es lo que ocurrió en el caso Adrien Quatennens, el exdiputado del partido La Francia Insumisa por el departamento del Norte, revelado por Le Canard enchaîné sin el consentimiento de su exmujer, víctima de violencia doméstica. O en el de varias víctimas del depredador Jeffrey Epstein, cuya declaración se ha divulgado en un libro publicado recientemente en Francia. “Este descubrimiento supone un nuevo trauma”, denunció entonces su abogada, Anne-Claire Le Jeune. Sus clientas “nunca se habían pronunciado durante los más de seis años que duró el proceso; habían decidido no informar a sus allegados”.

Paola es una de las mujeres que presentaron una denuncia contra el presentador y agente inmobiliario Stéphane Plaza (condenado a un año de prisión condicional en primera instancia). Le había costado tiempo dar el paso, atreverse. Le daba miedo, temía las represalias de su fiel público… Cyril Hanouna reveló su nombre en el plató del programa “TPMP” de la cadena C8.

“Me sentí traicionada”, recuerda Paola. “No veía ningún motivo para revelar mi nombre, ya que no soy una figura pública. Viví esa revelación como un ataque personal, lo que me hirió profundamente”. Vio su nombre publicado en una página de Facebook con miles de seguidores de Stéphane Plaza, acompañado de insultos.

La exposición mediática forzada me ha costado la paz y la serenidad. Incluso mi entorno se ha visto afectado 

Miranda, que ha presentado una denuncia contra el rapero Lomepal

Jeanne*, la joven que presentó una denuncia contra Achraf Hakimi, el futbolista estrella del París Saint-Germain, por violación un sábado, aún no se ha recuperado. Su declaración se filtró el lunes siguiente en Le Parisien, sin su consentimiento y sin que siquiera se le hubiera avisado. “Es el mayor trauma de mi vida”, afirma.

A la agente de policía que la escuchó el 1 de marzo, Jeanne le dijo: “Cuando los hechos salieron a la luz en los medios, tuve que tomarme un ansiolítico, entré en pánico, lloré”. “Lo que más me duele es la repercusión mediática, más que el acto en sí mismo”, añade.

La prensa se ha convertido en su pesadilla. Su número de móvil figura en el atestado policial y lo tienen en varias redacciones. “Me han llamado un montón de veces. Han llamado a mi familia. Han llamado a mis amigos”. Ya el martes, un periodista llama al timbre de su casa. Un familiar suyo abre la puerta. “No entendía por qué un periodista me buscaba. ‘Veo que no está usted al corriente, pero [Jeanne] ha presentado una denuncia por violación contra Achraf Hakimi’, le explicó”.

Fue también Le Parisien quien reveló la denuncia por violación presentada por Miranda contra el rapero Lomepal (que ha sido archivada sin más, pero el procedimiento sigue en curso, ya que se ha presentado una nueva denuncia con constitución de parte civil). De inmediato, la joven “temió por su seguridad”. “Tuve que marcharme inmediatamente de Francia. Cuando volví, hablé con un especialista en seguridad que vino a casa a darme consejos sobre mi rutina: cuándo salgo de casa, cuándo vuelvo, esperar unos minutos antes de encender la luz por si me siguen, etc. Me aconsejó sobre dispositivos que podía comprar por si alguien intentaba entrar en mi casa”. Un servicio recomendado y financiado por el Colectivo Feminista contra la Violación.

“Además de mi condición de víctima, la mediatización forzada me ha costado la paz y la serenidad. Incluso mi entorno se ha visto afectado, continúa Miranda, que vivió de forma muy diferente la divulgación —voluntaria esta vez— de su relato en Mediapart y en Libération. “Eran crisis de angustia repetidas, insomnio… Es encerrarse en una misma a pesar de la ayuda de los tuyos. Es tener dificultades para ver la luz al final del túnel. Y, sobre todo, es, una vez más, una falta de consentimiento sobre una historia en la que ya me habían robado el consentimiento”.

Contactada por Mediapart, la abogada Rachel-Flore Pardo resume la exigencia contradictoria que pesa sobre las víctimas: “Sea cual sea el contexto, la palabra de las víctimas de violación siempre se menosprecia. Cuando se expresan en los medios de comunicación, se les reprocha no haber acudido a la justicia. Y cuando presentan una denuncia, si el tema interesa a la prensa, se las sirve en bandeja, sin tener en cuenta en absoluto su consentimiento. Ya es hora de respetarlas de una vez por todas.”

Caja negra

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* Se ha modificado el nombre de pila.

Sarah Brethes y Marine Turchi han colaborado en este artículo.

Traducción de Miguel López

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