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Jenny Odell: "La versión neoliberal de la libertad es la libertad de trabajar todo el tiempo"

  • En su ensayo Cómo no hacer nada, la artista estadounidense propone un ejercicio de resistencia ante la invasión mental y emocional de un sistema económico basado en la producción continua
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Publicada el 19/04/2021 a las 06:00 Actualizada el 19/04/2021 a las 12:16
La escritora y artista estadounidense Jenny Odell.

La escritora y artista estadounidense Jenny Odell.

Ryan Meyer

Cómo no hacer nada. El ensayo de Jenny Odell, publicado en 2019 en Estados Unidos y traducido ahora por la editorial Ariel, tiene título de manual... pero de manual imposible. Odell, que cuenta con una formación más artística que literaria y da clases en la Universidad de Stanford, identifica un problema: la economía de la atención, aquella que comercia con nuestra concentración y nuestra capacidad de asimilar la información (las redes sociales, la publicidad, los medios de comunicación... pero no solo) y que nos está arrebatando nuestro tiempo, nuestra energía e incluso nuestra identidad. Pero Odell no propone lo que otros: dejar Facebook, Twitter o Instagram y apagar el móvil por las tardes es una solución irresistiblemente sencilla, pero poco realista. La economía de la atención no está en nuestro móvil, está en todas partes. Es una manifestación del capitalismo y de la lógica neoliberal en la que vivimos. Y esa no puede apagarse. 

Odell no denuncia las redes sociales o Internet —que de hecho es una parte central de su trabajo—, sino la cooptación del yo por la lógica capitalista de la eficiencia. Lo que Odell propone es redirigir nuestra atención hacia tareas que subviertan la idea de productividad que rige nuestro día a día, tareas que nos conecten con el mundo físico que habitamos, con nuestro entorno, los demás o nosotros mismos. El ensayo de Odell podría parecer, de entrada, un libro de autoayuda, pero su inusual estructura pronto revela que hay algo más: va del paseo por un jardín a las lecciones del sabio Diógenes, de su relación con dos cuervos —sí— al sindicalismo de los años treinta. Cómo no hacer nada acaba configurándose como una llamada a la resistencia por medio de la sustracción, de la retirada, de la negación de un sistema —económico, pero también de valores interiorizados— que nos empuja a la producción continua y a una expansión aparentemente ilimitada. Odell contesta a esta entrevista desde Oakland, California, donde reside y donde escribe su próximo libro. 

P. ¿Cuál ha sido su relación con la atención en el último año? Nuestras vidas se han detenido o ralentizado, pero mucha gente dice haber sentido ansiedad después de ver las noticias, a veces compulsivamente, o haberse sentido culpable por no estar haciendo nada.

R. Una de las cosas que intentaba sugerir en el libro es que, además de retirar tu atención de esta economía de la atención, necesitas otra cosa a la que dedicársela, algo que pueda retenerla. Esos momentos en los que no estás mirando al reloj o pensando en la productividad. Mis ejemplos en el libro tienen que ver con la observación de aves... pero también puede ser tener una larga conversación con un amigo o dar un paseo. Creo que, porque estas cosas han estado fuera de nuestro alcance, era más difícil contrarrestar la economía de la atención. Y creo que esta se alimenta de miedo, indignación, desesperanza... emociones que están muy justificadas. Cuando sientes que estás en peligro, o que la gente a la que quieres está en peligro, parece que lo correcto es estar pendiente de las noticias todo el tiempo. El pasado verano sufrimos unos incendios enormes, uno llegó casi hasta la casa de mis padres, y creo que nunca he estado tan conectada a Internet como entonces, porque sentía que tenía que saber lo que estaba pasando. Pero en otras ocasiones es un círculo autodestructivo. Hay algo interesante sobre las emociones: cuando entras en una, parece que solo quieres más y más, incluso cuando la emoción es negativa. Si te sientes feliz, quieres seguir estándolo, pero si entras en este consumo compulsivo de malas noticias en redes sociales, incluso si te sienta mal, sigues buscando más y más. Esa ha sido mi experiencia, en cualquier caso.

P. Por otra parte, después del confinamiento estricto, cuando empezamos a volver poco a poco a nuestras vidas, mucha gente tenía miedo de hacerlo, porque sentía que por primera vez en su vida había dejado de hacer cosas que en realidad no quería hacer. ¿Por qué no nos sentimos dueños de nuestro tiempo?

R. Creo que depende de tu posición. Yo estoy en una posición privilegiada, así que para mí tiene que ver con algo que he interiorizado: tengo a un jefe capitalista en mi interior, incluso si no tengo uno cerca. Podríamos hablar del modo en que educamos a nuestros hijos en los colegios, de ese lenguaje de la productividad, los logros y la competencia, que es algo cultural. Pero el motivo también está en los elementos externos: ahí está la gente que realmente no controla su tiempo, debido al trabajo sobre todo. En el libro que estoy escribiendo ahora mismo intento que esta diferencia quede clara, porque estas dos cosas están relacionadas, pero son distintas. Para la gente que, en teoría, tendría que estar disfrutando del tiempo libre que sí tienen: creo que llevamos con nosotros toda una vida de aprendizaje sobre cómo valorar nuestro tiempo y cómo valorarnos a nosotros mismos que no puede deshacerse en un mes. ¡Yo misma he escrito un libro sobre esto y todavía me supone un esfuerzo!

P. Cuando hablamos de economía de la atención, inmediatamente pensamos en Facebook o Instagram, pero su libro tiene más que ver con nuestra percepción del tiempo y con el yo. ¿Cómo podemos enfrentarnos a una deconstrucción como la que plantea cuando esta tiene que ver con el valor que nos damos a nosotros mismos, que normalmente está asociado al trabajo, asalariado o no, y la productividad?

R. Depende de cuán lejos quieras ir. Una versión más sencilla o amable de esto es que si piensas en los momentos de tu vida que consideras valiosos, significativos, no están necesariamente relacionados con el éxito o la acumulación, sino con momentos en los que sentiste que estabas en comunidad con alguien o con tu entorno, en los que sentiste que estabas presente, y en los que no te estabas evaluando a ti mismo. Incluso puede que te sintieras abrumado por la belleza, por la gratitud, algo así. Pensar en esos momentos puede ser útil. Pero si sigues por ese camino, en última instancia tienes que lidiar con la idea de la muerte. Es otra idea en la que estoy pensando mucho ahora: toda gestión del tiempo tiene que ver con la mortalidad. Tienes poco tiempo en la vida, y van a surgir preguntas como a qué quieres dedicarlo. Creo que mucha gente se enfrentó a estas ideas durante la pandemia, porque son el tipo de preguntas de las que normalmente es fácil huir. Si realmente te tomas en serio el propósito de verte a ti mismo y a tu tiempo de manera distinta, creo que tienes que enfrentarte a los límites de tu propia vida: no puedes hacerlo todo y no puedes hacerlo bien. Entonces, si el objetivo no tiene que ver con la productividad y los logros... ¿entonces cuál es? Yo tengo mi propia respuesta a eso, pero creo que cada uno tiene que encontrar la suya.

P. En su libro explica que no es una tecnófoba, y no cree que la clave sea simplemente abandonar las redes sociales. ¿Por qué cree que cuando debatimos sobre esta economía de la atención, y sobre no tener tiempo o no estar presentes, terminamos a menudo hablando de Internet y no de, por ejemplo, el trabajo?

R. Creo que hay un par de razones que explican esto. Lamentablemente, vivimos en un mundo en el que la gente quiere respuestas fáciles, quizás porque todo es muy complicado. Es fácil señalar a una sola cosa y pretender que has resuelto el problema, es más difícil alejarse y ver que las redes sociales son solo una parte de un puzle más complejo: las redes sociales no son así por casualidad, son empresas con accionistas, igual que otras empresas que existen en esta misma estructura. Empatizo mucho con ese deseo de simplificar el problema, porque mientras escribía yo misma me dije: bueno, este libro no puede ir sobre todo. Pero hay algo en medio de esos dos extremos, y creo que podemos al menos expandir un poco la cuestión y buscar el contexto en el que se producen estos problemas, particularmente el contexto histórico, que puede ser muy útil. Pero también me parece que si tendemos a culpar a las redes sociales y no al trabajo o a tu jefe es porque así sentimos que tenemos más control. Mi relación, como individuo, con el capitalismo es difícil de comprender, ¿cómo actúo en este enorme espacio? Si lo reduzco a algo muy pequeño, creo que puedo controlarlo.

P. Cuando habla de una “retirada imposible” de la economía de la atención, defiende que no se trata de dejar Facebook o dejar Twitter, sino más bien una forma de decir no, de rebelarse. Y uno de los ejemplos que incluye es el trabajo de los sindicatos. ¿Cómo explicaría la relación entre aprender a decir no y la recuperación de algo, como el tiempo o la habilidad de estar presentes, que hemos podido perder?

R. El ejemplo que uso en el libro, la huelga general de San Francisco [1934], es muy interesante porque muestra los lazos entre legislación, individuo y grupo. Por entonces, existían los sindicatos, pero no de una manera en que pudieran ser realmente útiles: en teoría, cualquiera podría haberse negado individualmente a aceptar las condiciones de trabajo, pero eso hubiera resultado solo en que otra persona ocupara su puesto. Entonces se aprobó una ley [la Ley Nacional para la Recuperación de la Industria, de 1933, que protegía la negociación colectiva] que permitía a los sindicatos funcionar de manera distinta, y muy rápidamente llegó la huelga. Se puede ver que se requiere la relación entre la acción individual, que esta estuviera organizada, por supuesto, pero también que esa organización estuviera sustentada por la ley. No es esto o esto, no es solo el individuo o solo el grupo, no es la Política con mayúsculas o la acción personal, todos esos elementos tiene que jugar su papel.

P. Aquí, en España, hace algún tiempo que se tiene en redes un debate cíclico: ¿necesitas un psicólogo o necesitas un sindicato? Por una parte se señala que mucha gente que va a terapia lo hace por su trabajo o por la falta de él, y por otra se defiende que el trabajo no es la única preocupación humana. ¿Cuál es su respuesta?

R. [Risas] Es muy interesante. Creo que es arriesgado ir con cualquiera de las opciones, pero sobre todo con la del psicólogo, sin prestar atención a lo demás, porque puedes acabar dando una respuesta muy centrada en ti mismo e ignorando todos los condicionantes estructurales que pueden ser una gran parte de tus problemas. Una amiga mía me dijo hace poco: sí, por supuesto que existe la depresión, pero no es como si la depresión existiera en el vacío. Durante la pandemia leí un par de libros que no sé si se considerarían autoayuda, pero quizás sí sean el tipo de libros que un terapeuta recomendaría. La razón por la que los leo no es para sentirme mejor y punto, para, de alguna forma, esconder la cabeza en la tierra, sino como una forma de entrenamiento para otra cosa. Que es, en realidad, como he concebido mi libro: este libro no es activismo, pero puede ser una manera de ponerte en forma. Audre Lorde, a la que cito en el libro, habla del autocuidado como preparación. Entonces creo que pueden tenerse ambas cosas. Tienes que reconocer primero que vives en un mundo que es un éter de optimización y productividad, y que hay una gran labor de mantenimiento que tienes que hacer simplemente para estar bien en medio de todo eso. Eso será, con suerte, lo que te dé la posibilidad de hacer cosas significativas, ya sea organizarte con otras personas, investigar... lo que sea que tú sientas que tienes que hacer.

P. El título del libro puede parecer provocativo. ¿Por qué cree que tenemos tanto miedo de ser acusados de perezosos, y nos sentimos tan avergonzados de la idea de no hacer nada? ¿Y cómo se relaciona con el miedo a la desobediencia, el miedo a decir no?

R. Para mí, hay mucho de la influencia del protestantismo, que dice que la pereza es inmoral. Incluso si no eres religioso, te has criado en una sociedad que sale de eso, y lo has internalizado. Es muy entretenido leer sobre la ética del trabajo protestante en el contexto de Silicon Valley, porque ves cómo van cumpliendo todos los requisitos de la lista: no presumen de su riqueza, se matan a trabajar incluso si son súper ricos... Pero hay más cosas. Para este libro, me he preguntado por mi tendencia a asumir demasiado trabajo. Pero preguntándome realmente por qué, siempre desde mi posición privilegiada. Y he leído varios estudios sobre la imposibilidad para las mujeres de decir no en el ámbito laboral, porque esto tendría consecuencias reales en su vida, podrían ser despedidas o no tener un ascenso. A menudo, sobre todo a las mujeres racializadas, se les pide hacer trabajos como ir a por cafés o hacer fotocopias, y si se niegan se les dice que están sobrerreaccionando. Entonces hay algo interiorizado sobre la inmoralidad de rechazar trabajo, pero también ocurre que si rechazas trabajo puede tener consecuencias graves. Si he incluido en el libro figuras como la de Diógenes o las comunas es porque creo que es necesario tener otros modelos. Con respecto a las comunas, mi tesis es que son una imposibilidad, pero también que son valiosas en sí mismas, en tanto que son personas intentando hacer algo distinto. El otro día hablaba con unos amigos sobre cómo Thomas Pynchon nunca da entrevistas, y les decía que me gustaría ser así algún día... aunque no creo que me lo pueda permitir ahora mismo. Pero para mí es importante tenerlo como modelo, aunque solo sea uno. Solo tener una sola persona en tu vida que se niega, que rechaza algo, es muy valioso. Te hace sentir que no estás loca.

P. En una conferencia, mostraba las viñetas utilizadas en la campaña por la jornada de ocho horas de 1886 (“Ocho horas de trabajo, ocho horas de ocio, ocho horas de sueño”)... y otra viñeta, cómica, sobre las interminables jornadas laborales hoy (“24 horas... por $$$$$*emojis*???”), en un sistema que concibe al individuo como emprendedor de sí mismo. No hemos avanzado demasiado desde 1886, hay cierto bloqueo colectivo. ¿Por qué?

R. Mucho tiene que ver con la estructura del trabajo: muchos sociólogos han escrito sobre cómo la desincronización del trabajo, porque no tienes que estar en una silla o en una fábrica de nueve a cinco, hace que puedas ser llamado potencialmente a cualquier hora. Esto, combinado con la tecnología, porque llevamos aparatos con los que podemos ser localizados y a través de los cuales se puede requerir nuestro tiempo en cualquier momento, cosa que no sucedía antes. Pero hay algo curioso: en los años setenta, en Estados Unidos, empezó a darse lo que llamaron el blue collar blues [la tristeza del obrero]. En ese momento, los sindicatos eran bastante fuertes, no había mucho miedo al desempleo y los salarios eran buenos, y resultó que los trabajadores se dieron cuenta de que querían más. Y lo que querían era la liberación del trabajo asalariado. Tiene lógica: no quieres que tu tiempo pertenezca a otra persona, quieres libertad. Lo interesante es que el neoliberalismo cogió ese deseo y lo retorció hasta convertirlo en algo como: vale, pues hazte conductor de Uber y sé tu propio jefe. ¡No hay ninguna libertad en eso! Pero es la versión neoliberal de la libertad: la libertad de trabajar todo el tiempo. La imagen de esa persona con los pies en la arena de las Bahamas diciendo: estoy trabajando desde el paraíso. ¡Pero estás trabajando, es una cosa terrible que hacer en el paraíso!

P. ¿Cree que hay espacio para una reacción colectiva ante esto?

R. Creo que durante este año hay gente que ha tenido una epifanía sobre la necesidad de parar esa rueda de hámster en la que estaban. Quizás estas circunstancias extraordinarias le han dado a la gente una oportunidad de pensar en el trabajo de manera distinta, de cuestionar cosas que antes no cuestionaban. Esto se podría traducir en una reexaminación de lo que realmente queremos de la vida. E incluso si esos deseos se ven frustrados, el hecho de articularlos es poderoso. El otro día estaba dando el mismo paseo que doy siempre y me preguntaba: ¿por qué siento que nunca tengo tiempo suficiente? Paso mucho tiempo en casa, no trabajo tanto como otra gente, no tengo hijos... Y creo que es porque es muy difícil tener acceso a esas cuatro cosas que todo el mundo quiere: quiero ver a mis amigos, quiero sentir que estoy haciendo algo por mi comunidad (ya sea trabajo remunerado o no), quiero poder disfrutar de mi entorno y quiero poder aprender algo nuevo. Ya está, no hay mucho más, pero hacer esto en estas circunstancias es prácticamente imposible. Me dije: esto no va sobre el tiempo, esto va sobre la vida que quiero llevar y por qué no puede ser. Quizás otras personas estén teniendo esta misma sensación. Es interesante pasar de sentirse abrumados y pensar que tienes que organizarte mejor el tiempo a decir: no, es que estamos en una situación muy jodida, es que la vida no es como tendría que ser. Y me parece una conversación necesaria, porque va más allá de la pandemia y es una pregunta fundamental: ¿cómo puede ser que estés vivo pero tu vida no te pertenezca?

 

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