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Los libros

Casa y colegio

  • El Colegio de México fue fiel reflejo de la postura de México ante la República española, caracterizada, como es sabido, por un apoyo inequívoco e insólito
  • El país mostró al mundo que la estrategia nacional no tiene porqué estar reñida con la justicia universal y que la fraternidad puede ser una virtud política

Antolín Sánchez Cuervo Publicada 28/07/2017 a las 06:00 Actualizada 27/07/2017 a las 20:34    
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Esta pieza pertenece a un monográfico sobre el exilio, coordinado por el profesor Antolín Sánchez Cuervo. Consulta todos los temas en el número 75 de Los diablos azules.
__________________________

Los empeños de una casa. Actores y redes en los inicios de El Colegio de México 1940-1950
Edición y coordinación de Aurelia Valero Pie

El Colegio de México
México

2015
José Gaos en México. Una biografía intelectual
Aurelia Valero Pie
El Colegio de México
México
2015
  En 2015 se publicaron dos volúmenes destacados sobre la obra intelectual del exilio español republicano de 1939 en México, ambos con el sello editorial de El Colegio de México. Los empeños de una casa. Actores y redes en los inicios de El Colegio de México 1940-1950, en primer lugar, es un libro conmemorativo del propio Colegio con motivo de su 75 aniversario, en el que han colaborado más de una veintena de autores bajo la coordinación de Aurelia Valero Pie. Como es sabido, dicho colegio fue una de las realizaciones institucionales más emblemáticas con motivo del exilio en cuestión, si es que no la más importante de todas ellas en el ámbito académico. Se fundó en 1940, aunque en realidad ya funcionaba desde hacía dos años aunque con otra denominación y otro perfil: el 8 de agosto de 1938 Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas habían puesto en marcha La Casa de España, con el propósito de ofrecer asilo (supuestamente provisional) a un contingente de intelectuales, científicos, profesores y creadores leales a la República, para entonces ya agonizante, desangrada y abandonada a su suerte. Reyes había vivido más de una década en Madrid siguiendo muy de cerca algunos compases de la llamada Edad de Plata y a Cosío le había sorprendido el estallido de la guerra durante un viaje a España. Aun de manera desigual y desde diferentes ángulos, ambos tenían experiencia y conocimiento de la realidad española, de su pasado reciente y de su tragedia actual, que asumieron como propia.

En 1940 la Casa de España se transformó en El Colegio de México para satisfacer las necesidades derivadas de su propio crecimiento: mayor flexibilidad administrativa, una denominación más integradora, menos exclusiva y más abierta a otros colectivos, mayor enraizamiento en México a la vista de que el asilo inicial podía convertirse en un exilio de larga duración, una contribución más profesional a las políticas científicas y educativas de la nación… En todo caso, la nueva institución fue fiel reflejo de la postura de México ante la República española durante y después de la guerra, caracterizada, como es sabido, por un apoyo inequívoco e insólito en medio de una comunidad internacional que se había dejado intimidar por el nazi-fascismo. No es necesario idealizar esta postura para reconocer su valor político y moral, y son innumerables los matices y contrapuntos que obligan a evitar cualquier mitificación al respecto, pero siempre quedará ese apoyo diáfano y único. México mostró al mundo que la estrategia nacional no tiene porqué estar reñida con la justicia universal y que la fraternidad –la pata rota de la Revolución francesa, no olvidemos, desbancada del lugar que estaba llamada a ocupar junto a la libertad y la igualdad— puede ser una virtud política y de proyección internacional. Las políticas de asilo a los republicanos españoles salieron al paso de una de las grandes contradicciones de la ciudadanía moderna como es la invalidez absoluta de los derechos humanos sin la previa pertenencia a un Estado-nación que los compulse, misma que muy pocos años después teorizaría Hannah Arendt a propósito del totalitarismo. La imagen del féretro de Manuel Azaña en Montauban arropado por la bandera de México sigue dejando sin palabras, hoy día, a quien la contempla.

El Colegio de México fue, probablemente, una de las principales plasmaciones institucionales de este espíritu fraterno y por eso constituye un “lugar de la memoria”, tal y como afirma la coordinadora del volumen en la Introducción. Memoria de la enorme obra científica, cultural y artística del exilio republicano en México y de su contribución al desarrollo y a la profesionalización de algunas de sus tradiciones académicas; algo, por cierto, que siempre habrá que precisar y matizar con rigor, a contrapelo de numerosas visiones eurocentristas aún predominantes de este lado del océano. Quizá la historiografía española y europea en general del exilio en cuestión, y especialmente el hispanismo, no se hayan desprendido del todo de enfoques un tanto adánicos, que tienden a infravalorar las óptimas condiciones de recepción de dicha obra en el México de entonces, posibles gracias a su propia riqueza cultural, a las políticas que allí se habían ido activando durante la década anterior, y a la iniciativa de actores concretos empezando por los mismos fundadores del colegio, Daniel Cosío Villegas y Alfonso Reyes; sin olvidar, por supuesto, ciertas redes que, aun de manera incipiente, se habían ido construyendo entre la política cultural española –al hilo, sobre todo, de las iniciativas institucionistas- y la mexicana –en la estela, por ejemplo, del movimiento ateneísta-. Los dos primeros capítulos de Los empeños  de una casa, a cargo de Javier Garciadiego y Lorenzo Meyer, se centran en esas condiciones de posibilidad a propósito, sobre todo, de ambos emprendedores. Y tras los anfitriones, hablan los invitados: primero los historiadores Silvio Zavala –discípulo mexicano de Altamira en el Centro de Estudios Históricos de Madrid, con quien se reencontrará en el homónimo centro creado en 1940 en el propio Colegio de México-, Agustín Millares Carlo, José Miranda, Ramón Iglesia y José María Miquel i Vergés, a través de la pluma de Andrés Lira, Alberto Enríquez Perea, Bernardo García Martínez, Álvaro Matute y Virginia Guedea. De estos tres últimos historiadores llama la atención su interés por la historia de México, especialmente por momentos tan decisivos y traumáticos como la Conquista y la Independencia; y más aún el enfoque crítico y la sobria empatía con los conquistados y los insurgentes, tan distante de nacionalismos o hagiografías patrióticas.

Sigue un apartado con dos trabajos de Laura Angélica Moya López y Eva Elizabeth Martínez Chávez sobre el sociólogo José Medina Echavarría y el filósofo del derecho Luis Recasens Síches, respectivamente; un apartado que nos hace presentes, entre otras muchas cosas, la creación del Centro de Estudios Sociales en 1943 y la celebración, en sus recintos, de un importante seminario sobre la actual guerra cuyos resultados nutrieron la colección Jornadas. Era una fiel concreción de la vocación crítica y del sentido vital que esta casa de estudios quería impulsar, lejos de la erudición vanamente academicista.

Esa vocación también se plasmó en la obra de varios filósofos, ya fueran habituales de la casa o residentes de paso, académicos estables o expuestos a la zozobra. En todo caso, algún aire de familia tenían José Gaos, Joaquín Xirau, Juan Roura-Parella, Eugenio Ímaz, Juan David García Bacca y los mexicanos Leopoldo Zea y Juan Hernández Luna. De las trayectorias de estos autores dan cuenta las aportaciones de Luis Arturo Torres, Antolín Sánchez Cuervo, Alejandro Estrella, Iñaki Adúriz Oyarbide,  Aurelia Valero Pie, Ana Santos Rui y Diana Roselly Pérez Gerardo.

Pero El Colegio de México no sólo albergó a investigadores, sino que también reservó un lugar a los creadores, al que está dedicado el siguiente apartado, con trabajos de Luis de Pablo Hammeken, Carlos Villanueva, Miriam Alzuri, María José Ramos de Hoyos, Rebeca Saavedra Arias y Miranda Lida. Conocemos entonces los perfiles de los músicos Adolfo Salazar y Jesús Bal y Gay; del crítico de arte Juan de la Encina; del escritor y crítico literario Enrique Díaz Canedo, autor del célebre poemario El desterrado; de otro escritor y crítico, fino observador de la realidad mexicana como José Moreno Villa, autor de Cornucopia de México y del filólogo Raimundo Lida, a caballo entre Argentina, México y Estados Unidos.

Un apartado dedicado a la obra de los científicos Antonio Medinaveitia y José Giral, a cargo de José María López Sánchez y Francisco Javier Puerto Sarmiento, cierra este recorrido por un laberinto de historias y memorias, realizaciones y fracasos, actores y redes en el que tampoco están, por supuesto, ausentes, las disputas, los desencuentros y las tensiones propias de toda aventura colectiva de envergadura.

En el ámbito de la filosofía, fue Gaos uno de los grandes autores de referencia, no ya del Colegio de México, sino del exilio español del 39 en su conjunto. A su trayectoria intelectual durante los años de su exilo, que sumaron más de treinta años y la mayor parte de su obra, está dedicada la biografía arriba citada. En José Gaos en México. Una biografía intelectual (1938-1969), la propia Aurelia Valero construye una narración compleja en la que confluyen planos diversos, en un constante equilibrio entre la fidelidad a las fuentes y la recreación hermenéutica, entre la arqueología y la teleología. Se trata además de una biografía con un cierto don de la oportunidad, pues desde hacía largo tiempo se echaba de menos un trabajo sólido sobre Gaos que aunara e integrara enfoques parciales, a menudo desconectados entre sí. Se ha escrito con relativa abundancia sobre el Gaos promotor de la historia de las ideas en general y en lengua española en particular, y sobre su relación con la filosofía mexicana; de manera más escueta sobre el Gaos creador de una filosofía propia, o sobre su faceta de traductor y estudioso de Heidegger y otros pensadores contemporáneos ligados a la fenomenología y el existencialismo, o de discípulo de Ortega, entre otras. Gaos sembró semillas diversas, cada cual con su propio abono, y el resultado fue una herencia plural, tendente a veces a una cierta fragmentación. Por eso hacía falta un estudio que recogiese e integrase estas perspectivas, y también otras menos conocidas como su reflexión sobre la actualidad de la guerra y el totalitarismo, o su visión de la institución universitaria. Oportunidad también porque llega esta biografía cuando parece que el interminable proyecto de las Obras completas de Gaos está a punto de concluir. A falta sólo de los volúmenes I y XVIII, resulta muy pertinente disponer de una visión de conjunto, amplia y precisa, que pueda introducir en la inmensa obra de Gaos a quien quiera sumergirse en ella. Bien es cierto que no abarca la totalidad de su vida ya que se inicia con su exilio, pero sí comprende su itinerario intelectual más relevante, sin menoscabo de los escritos españoles que conformarán el volumen I, actualmente en prensa.

El libro se estructura en cuatro partes, que al mismo tiempo constituyen cuatro grandes núcleos vitales e intelectuales de ese itinerario. La primera, titulada “José Gaos en el exilio”, recorre los momentos cruciales de su llegada a México invitado por La Casa de España, las vicisitudes de su adaptación a su “patria de destino” como él mismo la denominará, y sus esfuerzos y estrategias para lograrlo; todo ello en la estela de la guerra civil española y del magisterio de Ortega, dos referencias muy presentes en esta primera parte y que de hecho identifican al recién llegado de una España asolada por la guerra y una Europa intimidada por el nazi-fascismo. Se nos muestran así algunos aspectos de Gaos muy poco conocidos, tales como su faceta más política y militante. Al hilo de un amplio material inédito, sabemos cómo se fue concretando su compromiso con la República española en las trágicas circunstancias de la guerra. Conocemos entonces al Gaos rector de la Universidad Central de Madrid responsable de su evacuación, delegado en Suecia y Noruega para contrarrestar las políticas no intervencionistas en diversos foros internacionales, o comisario de la Exposición  de París en la que se expuso el Guernica de Picasso. Paralelamente, se trazan algunas aproximaciones al perfil ideológico de Gaos que permiten entender la lógica de sus actos y decisiones durante aquellos años turbulentos. Reconocemos entonces su talante liberal en un sentido amplio del término, escorado hacia el socialismo no marxista en el que de hecho militaba (hacia un “liberalismo socialista” o un “neo-socialismo”, como él mismo lo denominará pasados los años y a propósito de otros escenarios como la guerra fría y la revolución cubana); un talante que le permite ubicarse en un punto intermedio entre los derechos del individuo y la demanda de bienestar colectivo o de justicia social, así como asimilar y reconducir la influencia de su maestro Ortega.

La segunda parte reconstruye los procesos de adaptación de Gaos a su nuevo medio y de inserción en el mismo con una voz propia y una autoridad intelectual cada vez más consolidada. Es decir, se recorre aquel trecho que media entre el exilio y el “transtierro”, célebre neologismo acuñado por el propio Gaos del que tanto se ha abusado para identificar al conjunto del exilio y en cuya semántica no se ha reparado lo suficiente. En esta ocasión sí, lo cual se agradece. La biógrafa dedica algunas reflexiones a esta cuestión, advirtiendo la incompatibilidad del término con la experiencia de compañeros de viaje cuyo exilio fue mucho más duro y amargo.

Para Gaos, la vivencia del exilio fue en todo caso fecunda. A ella estuvo ligado uno de sus proyectos filosóficos más genuinos, sus Jornadas filosóficas, concebido en forma de diario desde 1935 y que encontrarán una suerte de expresión gemela en las Confesiones profesionales publicadas casi dos décadas después. Sus páginas traslucen todo un ejercicio de desmitificación de la propia pretensión filosófica, reduciéndola a su autenticidad más simple y desnuda, aquella que, despojada de toda máscara, ya no tiene otro asidero que el sujeto decepcionado ante la búsqueda de certezas y un discurso autobiográfico consecuente. Propia de un “transterrado” fue, por otra parte, su visión de Hispanoamérica en términos de una comunidad de pensamiento, sobre la que reflexionó haciendo aportaciones importantes y de largo alcance. Gaos fue uno de los promotores de eso que hoy día se denomina “pensar en español”, recorriendo un lugar común al que insufló complejidad y al que liberó de viejos lastres hispanistas y de prejuicios eurocentristas. O al menos late esta intención en un buen número de cursos y conferencias, libros, ensayos y antologías que Gaos ofreció a sus alumnos, lectores y colegas desde los años del seminario que impartiera sobre esta temática en El Colmex, como resultado de su interés, tan estratégico como genuino, por ubicarse con nombre propio en el panorama actual de la cultura mexicana. Hasta qué punto lo lograra siempre será motivo de debate, pero el caso es que el transtierro, como creciente estimación de esa cultura, como posibilidad de continuar una vocación interrumpida y proyección en el destino de aquello que no pudo ser en el origen –no sin momentos de desencanto y decepción- fue el motivo y al mismo tiempo la expresión de una renovada visión del pensamiento de lengua española que, dicho sea de paso, llevaba el perspectivismo orteguiano más allá de sí mismo.

La tercera parte, “Gaos, filósofo y traductor”, retoma una de las líneas de fuerza que pueden distinguirse en la parte anterior. Concretamente, la búsqueda de una filosofía propia que, aun a pesar de su tendencia radical al escepticismo y al personalismo autobiográfico logrará la paradoja, casi milagrosa, de una expresión sistemática. Tal será la que conformen sus dos grandes libros de madurez, De la filosofía y Del hombre, dos libros a menudo soslayados por su aridez y dificultad, no en este caso como era de esperar. Pero en esta parte también se rescatan un buen número de reflexiones gaosianas que fueron de la mano de esta búsqueda, empezando por un curso sobre Marx impartido en la UNAM al poco tiempo de llegar a México y que, si bien no fue exitoso en cuanto a público, tuvo algo de novedoso al centrarse en su obra filosófica de juventud, una faceta que en Europa aún no había sido redescubierta con claridad. Otras aportaciones significativas giraron en torno a problemas de gran actualidad como el irracionalismo y el nihilismo, la publicidad y el totalitarismo, la razón instrumental y la tecnocracia, o la autonomía del intelectual, su compromiso con el mundo y su relación con el ámbito público.

“Gaos, maestro de maestros”, la cuarta y última parte retoma la otra línea de fuerza que se había distinguido anteriormente, centrada en la recuperación del pensamiento de lengua española con especial atención a la filosofía mexicana, y que en 1951 dio lugar a su obra El siglo del esplendor en México, escrita en 1951 para conmemorar el IV Centenario de la UNAM. Ahora bien, la contribución de Gaos como historiador de las ideas desbordó el contexto mexicano e hispanoamericano hasta convertirse en referente de la nueva historia intelectual y de los debates que por entonces se desarrollaban en México en torno a nuevas maneras de concebir y rescatar el pasado. Su nombre se hacía así presente entre las discusiones mantenidas por O’Gorman y Zavala, entre otros.

Ya fuera como historiador de las ideas, promotor de una filosofía “nacional” o auténtica (que no nacionalista), tentador de una filosofía propia o riguroso conocedor de tendencias contemporáneas como la fenomenología, el historicismo o el existencialismo, Gaos se distinguió también por su faceta de transmisor del saber. Esta es, precisamente, la principal faceta que se explora en esta última parte, en la que se revisa su proyección en el Grupo Hiperion o su reflexión sobre la educación sentimental, entre otras cuestiones, hasta llegar a los incidentes de 1966 que motivarán su polémica renuncia, así como una amplia reflexión sobre la misión de la universidad y el retorno a El Colegio de México. Allí, en la que fuera su primera casa, transcurrirán los tres últimos años de su vida, durante los que retomará el antiguo seminario sobre pensamiento de lengua española e inaugurará un programa de historia de las ideas. A esta cuestión dedicará diversas lecciones en 1966, las cuales conformarán uno de sus libros más voluminosos y quizá también más importantes, su Historia de nuestra idea del mundo. Su muerte en 1969, en plena faena como bien es sabido, cierra esta apasionante recorrido por los laberintos de una de las vidas más fecundas del pensamiento contemporáneo en lengua española y del exilio español del 39. Su final fue el principio de una memoria que, casi medio siglo después, no deja de interpelarnos.

*Antolín Sánchez Cuervo es profesor del Instituto de Filosofía-CSIC de Madrid.
 
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