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Los libros

Cocina fusión

  • Wenceslao-Carlos Lozano presenta una serie de artículos, conferencias y entrevistas donde reflexiona sobre sus experiencias de traductor veterano
  • La cocina del traductor incluye modelos de cartas, anecdotario y alocadas conclusiones de editores metidos a creativos

Publicada el 15/09/2017 a las 06:00 Actualizada el 14/09/2017 a las 14:15
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La cocina del traductor
Wenceslao-Carlos Lozano

Esdrújula Ediciones
Granada

2017
  La traducción ha sido la más maltratada de las artes literarias. Tiene el más alto de los fines como objetivo, ya no la creación por la creación de la hermosura, sino la transmisión del conocimiento, de la hermosura literaria pergeñada en otras lenguas: poner al alcance del ignorante el pensamiento del que habla y escribe de otra manera.  Y aun así, en ese sacrificio, ha de tener el estilismo del creador, la humildad del artesano y la capacidad de camuflarse hasta hacerse desaparecer. Los traductores y los intérpretes han movido el mundo de Babel, han construido la gran biblioteca accesible y han puesto en comunión mundos dispersos.

Hace bien poco hablábamos un grupo de amigos acerca de anécdotas desgraciadas de traductores de hace décadas, malpagados por los editores, con reediciones escamoteadas, y del mucho descuido que en tantas ocasiones se comete cuando el editor no cuida la traducción y recurre a algunas de deslavazado estilo que pueden además sufrir a un corrector creativo en exceso. Llegábamos a algunas conclusiones interesantes: cuando leemos lo mejor de Faulkner leemos a un traductor que fue capaz de traernos al autor hasta la puerta de nuestro idioma; que por suerte y justicia, el oficio del traductor ha obtenido legítimo reconocimiento en los últimos años; y, por fin, que es tan importante para nosotros mirar el nombre del traductor –o traductora— como el título del libro.

En La cocina del traductor, Wenceslao-Carlos Lozano presenta una serie de artículos, conferencias y entrevistas donde reflexiona, tras una carrera como traductor, sobre sus experiencias de veterano. No es casual que el libro se inicie con un artículo sobre Madame de Stäel, prerromántica y feminista, rebelde y traductora, la ginebrina que aún desterrada por el emperador Napoleón, fue capaz de establecer en Coppet, junto con su inseparable Constant, un lugar de encuentro donde la cultura alemana se hizo con la francesa, y la francesa con la alemana. Todo ello en Suiza. Es decir, que Stäel es quien procura el primer entendimiento europeo de escala que no reside en la guerra o la herencia real sino en la lengua y la cultura.

Lozano es originario de Tánger, ciudad cosmopolita e internacional, y se nota. Es traductor del francés, y la ubicación del idioma, su situación geográfica e histórica, determinan algunos de los artículos: una crítica de la traducción de Charmes de Paul Valéry o sus propias reflexiones en el trabajo de su propia traducción de Cécile de Constant y los criterios técnicos aplicados. El libro es poliédrico, incluye desde una interesante introducción y conversación con diversas traductoras mediterránea (de Israel, Marruecos, Croacia…), donde se hinca también el estandarte de la traducción para poner en relación a las culturas que se asoman al mar Mediterráneo y donde aparece la poderosa figura de Chukri; hasta una divertida comparativa de la traducción de locuciones francesas y españolas estableciendo una conversación que supera la lengua y entra de lleno en las referencias culturales y en los modos diversos de mirar la vida y sus efectos.

También ahonda en el reto de la traducción, en la transmisión de la experiencia de traducir a los jóvenes que se embarcan en este proceso de conexión. Es destacable la didáctica del artículo “La cocina del traductor” que da título al volumen, tanto en sus reflexiones sobre la relación del autor con el texto traducido a través del traductor, como la relación de este con el editor, como curador de la lengua y la comprensión lectora. Incluye modelos de cartas, anecdotario y alocadas conclusiones de editores metidos a creativos. El libro se remata con un recorrido por los viajeros románticos que recalaron en Granada en el siglo XIX, donde el autor se concede la merecida licencia de mirar la historia de la ciudad en la que vive. Cruzan por estas páginas Merimée, Carmen y la familia de la emperatriz Eugenia, un juerguista Dumas padre, Chateaubriand y Gautier. El artículo sirve para elaborar un catálogo imprescindible, ya no solo para comprender la visión que de la ciudad nazarí se tuvo –y tiene— en Europa, sino en general la visión de España cuando conocemos qué dijeron otros en su idioma y podemos ponerlo en el nuestro.

El compendio de artículos no solo es de interés para el traductor en ciernes, sino también para el amante de la cultura francesa o, sencillamente, para aquel que se interesa por los caminos que debe discurrir la cultura de las ideas para llegar de un remoto lugar  a otro. Por ello, gracias, traductores.

*Alfonso Salazar es escritor.

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