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Los libros

Cara y cruz de la esclavitud

  • Yaa Gyasi sigue a dos hermanas que nunca llegan a conocerse, una de ellas casada con un traficante de esclavos en Ghana y la otra vendida en América
  • Volver a casa cuenta cuenta, a lo largo de menos de 400 páginas, una historia que se inicia en el siglo XVIII y llega hasta el momento actual

Carmen Peire Publicada 15/12/2017 a las 06:00 Actualizada 14/12/2017 a las 20:16    
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Volver a casa
Yaa Gyasi
Traducción de Maia Figueroa Evans

Salamandra
Barcelona

2017
  Volver a casa es la primera novela de esta escritora, Yaa Gyasi (nacida en Mampong, Ghana, en 1989 y afincada en Estados Unidos), donde cuenta, a lo largo de menos de 400 páginas, una historia que se inicia en el siglo XVIII y llega hasta el momento actual.

Arranca con dos hermanas, Effia y Esi, que nunca llegan a conocerse, una de ellas obligada a casarse con un traficante de esclavos blanco en Ghana y la otra vendida como esclava rumbo a América. Esto da pie a poder contar la cara y la cruz de la colonización africana y de la situación de los negros desde entonces en Estados Unidos, pasando por la Ley de Esclavos Fugitivos de 1850, las grandes migraciones al norte, la lucha por los derechos civiles, el Harlem de los años veinte, la heroína de los setenta, así como el reverso: el tráfico de esclavos en el continente africano, el papel de las tribus en ello, la colonización, la imposición de una religión y un idioma ajenos, la lucha por la independencia, los primeros gobiernos títeres, la corrupción actual y las contradicciones de unos países que pugnan por salir adelante.

Yaa Gyasi se trasladó a Estados Unidos con sus padres y dos hermanos cuando apenas tenía dos años. Ha vivido en Ohio, Illinois y Tenessee, para establecerse con posterioridad en Alabama. En 2009, mientras estudiaba Literatura en Stanford, consiguió una beca de investigación y se trasladó durante unos meses a su país natal. Esta novela se gestó durante aquel viaje y concluyó su redacción en el taller de escritura creativa de la Universidad de Iowa. La solapa del libro nos dice que en la actualidad vive en Berkeley (California).

La estructura del libro es compleja y al principio asusta pensar que se puedan abarcar tantos siglos y hechos históricos en 376 páginas, pero el recurso utilizado lo permite, así como el uso de la elipsis y de los saltos temporales. Me ha parecido muy original el que, en vez de tener un índice, lo que la escritora nos propone al principio del libro es un árbol genealógico, las dos ramas que se desprenden de ambas hermanas, con sus matrimonios y su descendencia y, desde él, va alternando los capítulos empezando por Effia, casada con James Collins y que permanece en Ghana. El segundo capítulo nos cuenta la historia de Esi, de quien no nos dicen quién es el padre de Ness, su descendiente, por haber sido violada, y nos adentra en el viaje hacia Estados Unidos en un barco lleno de esclavos. El tercer capítulo nos pone ya en el hijo de la primera, Effia, en Ghana, y el cuarto capítulo nos cuenta la vida de Ness,  la hija de Esi ya en Estados Unidos. De manera sucesiva alterna un capítulo en Ghana y otro en América, focalizando en una generación posterior y, con el recurso del flashback, nos resume lo que fue pasando. A su vez el libro consta de dos partes: la primera abarca hasta el capítulo siete y la segunda desarrolla la historia más actual.

Nos presenta unos personajes llenos de vida y contradicciones, con esperanzas y proyectos que se van frustrando porque el contexto en el que viven lo impide. Plasma historias de mujeres fuertes, de hombres débiles, de mestizos que no encuentran su lugar en ninguna sociedad, de esclavos que añoran la vuelta a sus raíces. Y también aborda, sin pudor, sin maniqueísmos, cómo las tribus africanas participaron en la trata de esclavos: las tribus guerreras hacían incursiones a otras tribus y se llevaban su población para ser vendida,  mientras que las tribus africanas comerciantes hacían el negocio con ellos. No es pues, una historia al uso en el que los malos son los blancos que esclavizan, sino que nos cuenta cómo los colonizadores aprovecharon y dividieron a tribus para que participaran del botín y obtuvieran réditos económicos con él. Así, uno de los personajes de la novela dice en un momento dado:
 

“En la costa de la tierra de los fante hay un lugar que se llama el castillo de Costa del Cabo. Allí es donde metían a los esclavos antes de enviarlos a Aburokyire: América, Jamaica. Los comerciantes asante llevaban allí a los cautivos. Había intermediarios fante, ewe y ga que los tenían presos un tiempo y después los vendían a los británicos, a los holandeses o a quien pagase el mejor precio en aquel momento. Todo el mundo tenía su parte de responsabilidad. Todos la teníamos… y la tenemos”.

“El dios del hombre blanco –continuó ella— es igual que el hombre blanco. Se cree que es el único dios, de la misma manera que el hombre blanco se cree que es el único hombre. Pero solo hay un motivo… porque nosotros se lo permitimos. No nos rebelamos. Ni siquiera lo cuestionamos. El hombre blanco nos dijo que él era el camino y lo aceptamos”.


Estas son las dos vertientes que aborda del tráfico de esclavos: la participación de los jefes de los clanes africanos y la sumisión o aceptación del resto.

La parte americana quizá la conocemos más porque ha habido muchos libros al uso, y por eso me inclino por todo lo que se desarrolla en África, como me viene sucediendo desde hace años cuando leo este tipo de literatura. Sin embargo, los personajes son tan vivos, tan humanos, tan cercanos, tan contradictorios, que también rompe los estereotipos a los que nos hemos acostumbrado acerca de la literatura esclavista americana.
Creo que Yaa Gyasi, pese a su juventud —solo tiene 28 años y confieso que he calculado su edad  tres veces debido a mi incredulidad—, tiene un potencial literario impresionante y este libro ha sido uno de los que mejor se han vendido relacionados con la literatura llamémosla afroamericana en este año. Al menos eso dicen mis amigos libreros.

Quiero realzar algo que me da, en el fondo, mucha envidia y se refiere al funcionamiento de los talleres de escritura en las universidades norteamericanas, por varios aspectos: por estar institucionalizados dentro de ellas, porque los talleres de escritura no son algo ajeno a la enseñanza o que se realice de manera privada; y también porque funcionan de manera distinta: aquí en los talleres de escritura,  el rol de profesor-alumno está asentado en el funcionamiento, y para aprender está bien, pero echo en falta ese otro tipo de talleres en el que los participantes sean todos escritores que contrastan su proceso creativo con el de los demás, que colaboran, ayudan, apoyan y sugieren lo que otros escritores hacen. Creo que sería un buen método para abrir un proceso creativo tan individual y cerrado como es la escritura. Es significativo que en la solapa de este libro se resalte precisamente esto, que el libro lo terminó en el taller de escritura creativa de la Universidad de Iowa.

Yaa Gyasi pertenece a una nueva generación de autores de origen africano que están pisando muy fuerte y, me aventuro a predecir, van a marcar y dejar su huella en la literatura actual. Este libro así lo demuestra.

*Carmen Peire es escritora. Su último libro, Cuestión de tiempo (Menoscuarto, 2017). 
 
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