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Los diablos azules

Aixa de la Cruz: "Por negar la opresión, la opresión no desaparece"

  • En Cambiar de idea, la escritora aborda su relación con la misoginia internalizada y su acercamiento al feminismo a partir de su propia biografía
  • "Lo que acaba relacionando nuestra experiencia es que todas hemos visto y sufrido violencias parecidas", defiende la autora en este autoensayo

Publicada el 05/04/2019 a las 06:00 Actualizada el 05/04/2019 a las 12:14
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La escritora Aixa de la Cruz.

La escritora Aixa de la Cruz.

Isabel Wageman (Caballo de Troya)
En 2009, un periodista de un importante diario nacional preguntaba a una escritora debutante de 21 años: "¿Hay feminismo en tu novela?". Ella respondía: "Cuando escribo, soy un poco misógina". En esa entrevista, el reportero se interesaba por si su entrevistada consumía drogas y por si tenía novio, y esa misma escritora se planteará una década más tarde cuánto tuvo que ver esa recepción de la prensa, aparentemente más interesada en su biografía o en su personaje de chica insultantemente joven que en su obra, con el hecho de que estuviera años sin publicar tras ese inicio precoz. 

Esa escritora es Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988), que en Cambiar de idea, su última ¿novela? recorre la distancia que media entre aquella que se confesaba “misógina” casi como una travesura, sin percibir siquiera la gravedad del asunto, y la autora que no dudaría en responder que sí, que por supuesto que hay feminismo en su novela. Tras ese despertar hay, claro, un despertar colectivo. Cuando Aixa de la Cruz habla de 2017, el año en que se gestó este título publicado por Caballo de Troya, habla del año en que comenzó el juicio a La Manada. Y, como dice ella misma, no es casualidad. 

Pregunta. ¿De dónde sale la necesidad de recurrir al género de las memorias [más adelante, la autora define el libro como autoensayo]?

Respuesta. Creo que no era consciente en su momento, que lo he visto más a posteriori, pero no es casual que escribiera este texto en el año 2017, que fue un año, y creo que nos pasó a muchas, en el que escuchamos muchísimos testimonios de mujeres cercanas, de amigas, de desconocidas en redes… Fue un año lleno de testimonios de mujeres que se atrevían a dar el paso de contar sus experiencias, muchas veces difíciles, asociadas con la violencia. Y fue un año, por tanto, en el que me di cuenta de lo importante que podía ser lo confesional a nivel político, que genera esta especie de cadena: yo comparto algo, y esto hace que tú te sientas segura para compartir algo. Fue un año en el que me sentí muy agradecida de la cantidad de testimonios honestos que escuché, y ahora veo que igual fue un intento de devolver esa honestidad.

P. ¿Es esto una confesión, un acto de contrición?

R. El objetivo era que fuera todo lo contrario. Este texto proviene de uno mucho más grande, que no tenía una vocación literaria clara. Era más bien una especie de diario que yo llevaba y en el que me puse a escribir sin saber a dónde iba, por hacer casi lo que haces en terapia: voy a ponerme a hablar y luego voy a ver qué patrones se crean. Ahí me di cuenta de que estaba escribiendo algo absolutamente culposo, muy centrado en mí misma, y que cuando eso se mezclaba con temas de violencia estructural estaba cayendo en cosas cuyas implicaciones ideológicas no me gustan. Creo que si intentamos contar un relato de violencia estructural como algo que sale de uno y acaba en uno, y es todo súper ensimismado, al final le estamos quitando la dimensión política que tiene dicha violencia. Cambiar de idea, de alguna manera, intenté que fuera también el proceso por el que cambio de idea con respecto a esto, con respecto a cómo contar mi historia. Intento pasar del hecho individual de sentirme culpable y alimentar mi culpa, esta cosa tan egoísta, para dar el paso a entender que las violencias que me han atravesado, como a muchas o a casi todas, tienen un origen estructural.

P. Pero la Aixa que aparece en el libro no queda especialmente bien retratada…

R. No, no [ríe]. Yo quería sobre todo… No sé cómo decirlo. Si nos vamos a poner a hablar de complicidades y de responsabilidad colectiva, me parece muy importante decir que las mujeres hemos sido puestas en una situación paradójica, que es la de haber sido víctimas y también responsables, porque vivíamos en un entorno en el que se normalizaba, y no hemos ayudado o hemos escuchado. O al menos es algo que me ha pasado a mí, y por tanto quería reflexionar sobre este doble rol, y cómo es doblemente jodido verte retratada en ambas posiciones. El riesgo de partida era ser honesta, y no quería embellecer al personaje en el que me convierto en el texto. Pero para acabar resaltando que, por mucho que me dé golpes a mí misma, lo importante es no quedarse en la culpa individual, sino intentar ir más allá.

  P. En el libro se habla de la sensación de ser one of the boys [uno de los chicos], de no pertenecer al club de las mujeres. ¿Cuándo tiene conciencia de que eso quizás era un engaño?

R. Una de las ficciones del libro es que sitúo en un momento muy preciso ese cambio. Ha sido, como casi siempre ocurre, un proceso, y es difícil situarlo en una fecha concreta. Pero fue a raíz de empezar a sentir—creo que por eso, por esos testimonios de otras mujeres— que, me guste o no me guste, pertenezco a esa genealogía de violencias, y si estamos buscando una salida colectiva, lo que no sirve para nada es decir: “Yo no quiero saber nada de ser mujer, porque yo pertenezco a un club aparte y por tanto me puedo desligar de todo este sufrimiento”. Hablo mucho en el libro de las barreras que nos ponemos para afrontar el dolor y la violencia que sufren los otros, y fue aprender a quitarme esta barrera lo que me obligó a sentirme parte de un grupo. Yo me decía: si ser mujer es solo una etiqueta de opresión, yo no quiero ser la oprimida. Pero al final te das cuenta de que por negar la opresión, la opresión no desaparece.

P. ¿Qué consecuencia ha tenido para usted haber creído que estaba fuera de ese grupo?

R. Creo que, para empezar, supuso una negación de lo corporal muy importante. No digo que esté necesariamente relacionado, pero si te obsesionas con la idea de que mujer es un constructo cultural, a mí eso me llevó a negar todo lo relacionado con mi cuerpo. Estaba tan obsesionada con negar cualquier tipo de diferencia que al final había negado hasta lo que nos diferencia a ti y a mí. En el libro hay una vuelta al cuerpo, a escuchar al cuerpo. Esa es una de las consecuencias. Y, en general, hablaría de una situación de negación y de impostura, y de miedo a que al final te miren detrás de la máscara. 

P. ¿Cree que tener ese pasaporte ha tenido algún beneficio?

R
. Supongo que sí, que en su momento fue una estrategia de supervivencia. Me cuesta trabajo imaginar cómo habría sido mi vida si me hubiera comportado de una forma distinta, si me hubiera sentido más o menos cómoda con respecto a estas cuestiones. Pero sí fue durante mucho tiempo una forma de sentir que yo sí estaba al margen de las violencias que veía a mi alrededor, que podía mantenerme al margen.

P. Resulta especialmente dura la parte de dedicada a la relación amorosa o sexual con otras mujeres, quizás porque ahí la misoginia internalizada se antoja particularmente evidente. ¿Cómo ha sido hacer ese repaso?

R
. Pues doloroso, y por eso digo que en el texto que no está aquí el foco estaba más en fustigarme, y ahora me siento un poco más indulgente conmigo misma. Es jodido ver de qué manera nuestro deseo está condicionado por estructuras tan misóginas que de alguna manera nos han enseñado a desear con los ojos de un hombre machista. No me había parado a pensar en ello, pero mi forma de mirar a las mujeres era con los ojos de un hombre machista. Y no digo “oh, qué culpable”, sino “oh, qué tragedia”. Realmente es trágico que, por inercia, los sistemas culturales funcionen así, construyendo nuestra fantasía de esta forma. Por una parte me siento culpable y por otra me siento orgullosa de haber abierto los ojos y ser capaz, lo que está en mi mano, de deconstruirlo y de cambiarlo.

P. El personaje del libro hace y piensa cosas misóginas, ¿cómo ha sido hecho para mostrar esa misoginia sin que eso resultara en un libro misógino?

R
. Ya… Buena pregunta. Creo que me planteé que se iba a notar tanto que estaba arrepentida, o que estaba ironizando con crueldad sobre mi propio comportamiento que, en ningún momento —¡no me asustes!— se me ocurrió que pudiera caer en eso. Creo que la intención era desmontar mi propio comportamiento y en ningún momento se me ocurrió que pudiera caer en esa paradoja, que es cierto que existe, de estetizar las violencias que quieres denunciar.

P. Normalmente, para distanciar al lector de estos comportamientos, se utiliza la distancia que media entre narrador o personaje y autor. En este caso, la distancia era mucho menor…

R
. Claro, aquí la distancia es temporal. Estoy en un momento en el que he desmontado esas actitudes, y sí siento que hay una distancia entre la voz que narra y lo que narra.

P. ¿Cómo ha influido este proceso en la propia concepción de la literatura? Se habla en un momento dado de qué es lo que se quiere que las mujeres escriban, cuál es la que se considera buena literatura escrita por mujeres.

R
.  Ese fragmento quizás tenía más sentido hace seis meses que ahora, es un fragmento que positivamente ha caducado muy rápido, porque estamos en un momento en el que leer lo mejor que se está haciendo en este país es leer a mujeres. Estas divisiones entre literatura masculina y femenina se están desmotando por su propio peso. Pero he notado muchas veces una presión social que jugaba con que las mujeres nos sentíamos casi culpables de caer en lo femenino a la hora de escribir. Recuerdo, con los miedos que tienes cuando publicas tu primer libro, que una de las peores cosas que te podían decir eran lacras asociadas a lo femenino: que sea sentimental, cursi, otra de esas novelas en las que se habla de la menstruación… Eran miedos que tenían que ver con que te encasillaran en ser femenina. Yo tenía la sensación de hacer estas escenas de violencia súper cruda… to be safe [para estar a salvo]. Creo que en esto no estaba sola y que el tipo de literatura al que daba pie era algo que se premiaba a nivel editorial.

P. Con La línea del frente hablaba de un cierto desgaste de la ficción, o de intuirle los límites a sus posibilidades. Con el Diccionario en guerra [su anterior libro] y con Cambiar de idea, eso ha tenido su desarrollo. ¿Tiene que ver con la conciencia de cuál es la literatura que se premia o se considera válida desde el punto de vista del género? ¿La literatura del yo considerada como algo femenino y la ficción pura, como algo masculino?

R
. Totalmente. Yo el año pasado estaba bastante enfadada con esta idea de que, qué pasa, que ahora que los hombres hacen el género considerado históricamente femenino, ahora se llama autoficción y tiene prestigio. Cuando antes era menospreciado y considerado literatura menor. Sí, seguro que en el hecho de que me haya atrevido a escribir este libro tiene peso este proceso de resignificar y revalorizar un género que no lo estaba. Pero el libro creo que va desde fragmentos más narrativos a otros mucho más ensayísticos, y creo que me siento más cómoda con el género en el que estoy en la última parte del libro. Me comentaba un colega por Twitter que más que autoficción era autoensayo, y me gustó mucho la etiqueta de cara al futuro. Creo que esto tiene que ver con mi contaminación académica, con que me gusta mucho leer ficción y me gusta mucho escribir pensamiento, y no sabía bien cómo coordinar ambas cosas. Lo que me interesa para el futuro es escribir ensayo desde el yo, sin caer en esta postura muy macha de hablar siempre con pasivas, fingir que el autor no está presente y que solo hay grandes ideas objetivas.

P. ¿Dónde ha puesto el límite de cuánto se podía modificar narrativamente lo biográfico?

R
. El texto es más ficción que realidad, porque aunque tu voluntad de partida sea contar solo la verdad, te das de bruces con la literatura. Necesariamente las propias formas literarias acaban transformando la experiencia. En lo que compete a mi relato, en lo que más se notan los cambios es en lo que he omitido por concisión: yo no soy la persona que está en el libro porque faltan muchos pedazos que me explican. Y luego me he peleado bastante con los límites éticos que tiene este tipo de escritura. Me parece necesario ser consciente de que tu relato implica a terceros, y, por tanto, a las personas a las que no les he podido pedir permiso para que aparezcan, su historia aparece totalmente deformada porque no tengo derecho a hacer que se sientan identificadas o que se vean en el texto. A la gente a la que le he pedido permiso muchas veces me ha pedido que tal cosa no sea muy evidente, y ha habido modificaciones de ese estilo. Entre lo que te exige la estructura literaria y lo que me ha exigido la gente que se veía afectada, el texto dista mucho de los hechos, pero sigue siendo cierto.

P. ¿Qué referentes ha tenido? ¿Alguna autora, algún libro de cabecera?

R. La verdad es que no… No me voy a meter en líos, pero quizás tenía más presente lo que no me gustaba que lo que me gustaba. Tenía claro que no quería caer en el error de un primer borrador de hacer que todo fuera sobre mí, darle un empaque algo más ideológico en el sentido amplio. Sé que si esto merece ser publicado es porque mi experiencia puede bifurcarse en algo que tiene que ver con lo colectivo.

P. Si se miran solo los hechos o las experiencias de este personaje, se podría decir que no son las comunes: el desplazamiento geográfico, casarse tan joven, el divorcio… ¿Dónde había visto el lazo de unión entre la suya y otras experiencias?

R. Lo que me interesó fue eso: con una veintena que no se parece mucho a la veintena de la mayoría de las personas, al final los lazos de unión sí que son comunes a mucha gente, y lo que acaba relacionando nuestra experiencia es que todas hemos visto y sufrido violencias parecidas. Da igual que vayas a México, que te cases o no te cases… Da igual. Y esto lo estoy comprobando con asombro y con horror con la recepción del libro. Podemos deslocalizar o exotizar una historia todo lo que queramos, que al final hay una esencia compartida.

P. Venía a preguntar si con un libro considerado dentro de los límites de lo femenino se podía perder caché itinerario con respecto a la ficción que está más en el canon, pero veo que no necesariamente... [Cambiar de idea va por su tercera edición.]

R. No, ha pasado todo lo contrario. Y también pensaba: a ver, si me ha ido mal siempre, por lo menos voy a hacer lo que me apetezca. Son tonterías, pero ante comentarios de que cierta literatura solo interesa a las mujeres, yo pensaba: maravilloso, si interesa al 52% de la población, me doy con un canto en los dientes. Quiero decir que una vez que cambias el chip y te das cuenta de que no hay tal cosa como lo universal, y que no me interesa nada la opinión de los más prestigiosos de su ámbito en los grandes temas, no hay ni riesgo en el cambio.
 
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2 Comentarios
  • Damas Damas 14/04/19 12:27

    Con esta entrevista, un disfrute y un descubrimiento, no sólo de la autora, lo más llamativo sobre cuestiones personales sobre mi.

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  • mrosa mrosa 05/04/19 19:03

    Felicito a la autora por su honradez.

    Responder

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    1

 
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