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Atxaga, el konstante

  • En Casas y tumbas, su nueva novela, podemos encontrar muchos de los intereses poéticos del escritor vasco, Premio Nacional de las Letras
  • El escritor estudia cómo vivimos con la muerte presente (las tumbas del título), que unas veces llama y pasa de refilón y otras se lleva a los seres queridos

Publicada el 01/05/2020 a las 06:00

Casas y tumbas
Bernardo Atxaga
Traducción de Bernardo Atxaga y Asun Garikano 
Alfaguara
Madrid
2020

Vaya título: fue lo primero que pensé en esta situación de aislamiento preventivo. La nueva novela de Bernardo Atxaga, tras haberle sido otorgado el año pasado el Premio Nacional de las Letras por el conjunto de su obra literaria, no va del coronavirus, por supuesto, pero el título se podría aplicar: quédate en casa si no quieres ir a la tumba. Escrita inicialmente en euskera, idioma al que sigue siendo fiel mal que les pese a los que niegan los idiomas del Estado, ha sido traducida al castellano por él y su traductora oficial, Asun Garikano.

He seguido a Atxaga desde los tiempos de Memorias de una vaca, no solo por lo que me gustan sus historias, sino también por una querencia especial hacia lo vasco de índole familiar y de amistad: mi abuela era de Bilbao y me enseñó al piano el primer zortzico; y como muchas otras de mi generación, aprendimos a amar los idiomas minoritarios del Estado español a través de las canciones, en el caso de Euskadi, de Mikel Laboa, Imanol o Ruper Ordorika, quien me dio a conocer algunos poemas del escritor, como el del puercoespín, ese pequeño animal que si sale a la carretera, no sabe que los faros del camión que lo alumbran le ocasionarán la muerte. Bella metáfora para el futuro de un idioma minoritario pero resistente, como se va mostrando en estos años.

Atxaga siempre ha sido consecuente: escribe en euskera (¿o euskara?, nunca sé como ponerlo, lo mismo que no sé si decir Euskadi o Euskal Herría) y luego se traduce al castellano, como ha hecho en esta última novela, donde podemos encontrar muchas de las constantes poéticas del escritor vasco, que, por cierto, se llama José Irazu Garmendia, sin haber sabido nunca, yo al menos, el porqué de su seudónimo.

Con un narrador omnisciente que permite saltos temporales e ir de unos personajes a otros, la novela está dividida en varios capítulos que podrían funcionar autónomamente, siendo el nexo algunos protagonistas que se repiten y otros que desaparecen para volver al final y de refilón. Así empezamos en el año 1972 con "Érase un pequeño barco…" (en francés), para saltar después a 1970, "Cuatro amigos". Continúa en el año 1985-1986 "La historia de Antoine" y la relación con algunos de los personajes anteriores. Saltamos al 2012 con "El accidente de Luis" y finalmente al 2017 con "Orquídeas". Entre estos dos últimos hay un capítulo: "Daisy en la televisión", que no lleva fecha pero que está relacionado con el último. Cierra el libro con un epílogo.

El primer capítulo, "Érase un pequeño barco", nos sitúa en Ugarte, un pueblo, una panadería, dos hermanos gemelos, Luis y Martín, que se hacen amigo del sobrino del panadero, mudo traumático que consigue volver a hablar para que no maten a un jabalí, animal fetiche del campo; como los bosques de Obabakoak, como la novelita de Dos hermanos, la dualidad, los gemelos, la amistad. Y mientras sabemos qué le ocurrió a ese niño llamado Elías para que dejara de hablar, aparecen otros personajes adultos, Eliseo, el Gitano rubio, el Viejo, la madre de los gemelos, el panadero… Algunos desaparecen, como Mateo y Elías en Francia, en un colegio internos, una bellísima historia que pide más y no se desarrolla, ni sabemos qué pasó con ellos, solo sirve para aclararnos lo que el escritor quiere.

Vivían encandilados, pendientes de la noche. Cuando se acostaban y, a oscuras, como por dentro de una cueva, Mateo buscaba la cama de Elías, la pesantez de todas las horas anteriores, de toda su vida anterior, incluso, desaparecía de sus mentes y de su ánimo”

 

Atxaga es un maestro de los espacios rurales, del campo, de los pueblos (Memorias de una vaca, Obabakoak). También aquí, cuando habla de Valdesalce, o El Pardo o Ugarte, el pueblo del norte donde se sitúa la panadería y donde ocurre la mayoría de la acción.

En el segundo capítulo, un personaje secundario en el primero se convierte en principal: Eliseo. Y cuenta su regreso a Valdesalce porque su padre se está muriendo. Alguien le cuida el rebaño de ovejas mientras él está en la mili. Y aparece Donato, con el acordeón o la armónica, de ahí viene su amistad, de la mili, tanto que lleva a Eliseo a Ugarte, donde ocurre casi toda la trama de la novela, aunque también en El Pardo, donde hacen la mili:

Eliseo necesitaba silencio. Si había silencio, tomaba conciencia del lugar y sentía la presencia de los árboles de El Pardo, y la de los gamos, zorros y gatos monteses, la de los conejos, liebres y jabalíes que poblaban el bosque. Permanecía así veinte minutos, o treinta, o cuarenta, y de pronto, como si todos aquellos seres se hubieran concentrado en uno solo, presentía la cercanía de un enorme jabalí que, oculto tras un matorral de la orilla, lo vigilaba con sus ojillos.

 

Porque Eliseo es cazador. Pero no de monterías ni cacerías de las que Franco y sus amigos organizaban en El Pardo. Él no se dedicaba a la cacería, considerada una aberración. Él era cazador.

Y así sucesivamente se van hilando los capítulos. Aparece un tal Antoine en sus sesiones psicoanalíticas y solo a través de ellas vamos entendiendo la vinculación con algunos de los personajes anteriores. Lo mismo pasa con Daisy en la televisión, el único capítulo escrito en presente, para plasmar mejor el reality show que posteriormente están viendo otros personajes en el capítulo ulterior.

Todos los que aparecen en el libro son personas corrientes en diferentes momentos de su vida —en la infancia, haciendo la mili, como padres—, con sus preocupaciones, dejándonos ver cómo es la vida la que los arrastra hacia un lado o a otro, cómo vivimos con la muerte presente (las tumbas del título), que unas veces llama y pasa de refilón y otras se lleva a los seres queridos. Y cómo vivimos todo eso desde las familias, desde los hogares, haya divorcios o no, haya desavenencias en las parejas o se lleven bien (de aquí la otra parte del título: casas)

Hablaré ahora del epílogo, donde aparece Atxaga como tal, su inspiración, las cosas que ha introducido en el libro, como la urraca aquella de su mili, o bien otros motivos, eso sí, con más humor que en la novela. Está compuesto en forma de alfabeto, como aquel "Poema con alfabeto" que se encuentra en Nueva Etiopía, un disco-libro con poemas y canciones de Atxaga, de la serie que lanzó El Europeo, con Ruper Ordorika, Itoiz, Mikel Laboa o Jabier Muguruza entre otros. Mientras que en aquel poema cada letra era una persona que había tenido un encuentro policial y había muerto o salido herida, —salvo las tres últimas, a partir de la X, las incógnitas de los próximos en la lista—, en la novela actual juega con los temas que, según el autor, recorren el libro, o los posibles títulos que pensó para él. Así nos desvela, en la H de hospital, la peritonitis de su hija, la I es para Inazio Mari, homenaje a los bertsoak que le dedicó su madre. Lo pongo en castellano aunque en el libro viene en los dos idiomas:

Te buscamos en la vida y en la muerte, a eso se reduce nuestra existencia…”.

 

Y Atxaga añade:

Hay quien se asombra de que en el mundo rural, muchas veces iletrado, brillen la finura espiritual o la inteligencia. Piensan así sobre todo los clasistas que, careciendo de ambas cualidades, ven el mundo como una geografía piramidal en la que ellos, ¡qué casualidad!, ocupan la cúspide. Pero no: su lugar es la isla de los Fanfarrones, de insoportable ruido”.

 

La J está dedicada al jabalí y la K es de constante:

Hay escritores que se valen siempre de los mismos elementos y de los mismos motivos. Yo soy uno de ellos. Animales, cuestiones de familia —siempre con el tema del doble de por medio: dos amigos, dos hermanos, gemelos…—, paisajes solitarios, minas, ingenieros, luchas políticas, torturas policiales, laberintos mentales, canciones, gags…No hay nada premeditado. Uno percibe sus constantes cuando repasa sus trabajos, o cuando algún benévolo se olvida por un momento de su naturaleza benevolente y, haciendo un extraño, nos lanza su cuerno de punta malevolente: ‘¡Otra vez hablando de jabalíes! ¡Qué manía!”.

 

Tentada estoy de poner un párrafo de la U de Universo, o de la Z de su apellido o de zigzag, pero me contengo, para que el lector lo descubra.

Cuando iba leyendo, en estos tiempos de reclusión, y lo que he disfrutado haciéndolo, iba pensando en la importancia de la creación, de que haya autores que nos muestren su alma, nos cuenten las historias que llevan escondidas, en lo duro que es escribir y lo poco considerado que está. Es en estas situaciones cuando eres más consciente que nunca de cómo puede pasar el tiempo con un libro en las manos, cómo puedes viajar a otros mundos, aunque estés encerrado, identificarte con esos personajes, querer saber qué habría pasado luego en las vidas de todos ellos. O cómo la angustia de un padre ante la enfermedad y hospitalización de su hija te hace revivir la angustia vivida cuando el tuyo tuvo un accidente y llegas al hospital y lo ves indefenso, lleno de escayolas, con la columna rota, la cadera, la pelvis, el tobillo, el cúbito y el radio, la lesión en el hígado, los seis meses inmovilizado, sus amigos solidarizándose y acabando con las existencias de la nevera, las cervezas, los porros, todo para que se entretuviera. La amistad, en definitiva, esa amistad de la que Atxaga nos habla desde el principio hasta el fin del libro, la amistad incluso entre hermanos gemelos, distintos y a veces rivales, pero amigos desde el minuto cero de su existencia.

Leamos. En este momento, es la mejor manera de salir, es la mejor manera de viajar.

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Carmen Peire es escritora. Su último libro es Cuestión de tiempo (Menoscuarto, 2017).

 

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