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Los diablos azules

Felipe Benítez Reyes, sin cabeza y sin sombrero

  • Felipe Benítez Reyes se vale a lo largo del libro de un humor paradójico y sorprendente, a menudo atrabiliario, y de una imaginación desbocada
  • Estamos ante uno de esos libros atractivos, en donde hay más literatura que en la mayoría de las novelas que se jalean en los medios de comunicación

Publicada el 20/11/2020 a las 06:00

Resulta oportuna la reedición de Por regiones fingidas (Renacimiento), un libro que Interrogante editorial, de Rota, había publicado en el 2017, con una tirada de 175 ejemplares firmados por el autor, por lo que debió de circular muy poco. La única diferencia que aprecio entre ambas ediciones consiste en las distintas cubiertas y que, en la presente, se le añade un “Epílogo. El dato final” (p. 163) y unos paratextos en la contra. El epílogo resulta significativo, pues podría decirse que allí se formula la poética del libro sustentada en la fabulación, en el tránsito por regiones fingidas que anuncia el título del conjunto, durante una época en que tantos narradores solo parecen querer contar episodios ficcionalizados, en distintos grados, de su propia existencia. Así, en esa pirueta final que es el epílogo, el narrador relata que el mismísimo Dante le confesó que en el octavo círculo del Infierno habitaban los fabuladores. Sea como fuere, si Harry Block encarnado en Woody Allen descendió a los infiernos en Desmontando a Harry, por qué no ha podido hacerlo el narrador, quizás en esta ocasión alter ego de Benítez Reyes.

El libro se compone de cuatro partes diferenciadas que se complementan. Utiliza el autor dos géneros: el cuento breve (narraciones a caballo entre el microrrelato y el cuento, por lo general más extenso) y el microrrelato. En la tercera parte, nos encontramos con un conjunto de textos breves acompañados de collages, a la manera de Max Ernst, Hannah Höch, Joseph Cornell o como antes había hecho Adriano del Valle y el poeta y prosista José Luis Jover. En este caso, el autor ha contado que han sido las imágenes el punto de partida para componer los microrrelatos.

En la primera parte del volumen, subtitulada “Laboratorio de procedimientos narrativos”, Benítez Reyes remeda y trastoca formas conocidas, asentadas en la tradición, como puedan ser el apólogo árabe, el cuento chino (con ironía en la denominación), los episodios bíblicos, aunque en este caso se trate de un atípico cuento de Navidad (subgénero –digamos— del que nos proporciona en el libro varias muestras de interés), la alegoría, la crónica victoriana (se trata de un cuento dividido en nada menos que 27 partes), la fábula rusa o el relato de viajes. Sin que nos sorprenda toparnos con una fantasía kafkiana, pues el checo es uno de los autores más remedados por los cultivadores de la narrativa más concisa.

De todos los textos que componen esta parte inicial, destacaría “El sabor”, la historia de un talabartero que para ser feliz necesita encontrar a una mujer cuyo sexo tenga el sabor de las brevas. Para ello cierra su negocio y recorre el mundo en su búsqueda, hasta dar con Chidra, mientras los Reyes adoran al niño dios. Se trata de un cuento de Navidad, que además puede leerse como una antología de los sabores del sexo femenino, con un final significativo. No menos atípico resulta, como cuento de Navidad, el titulado “Repostería irresponsable”. Y, además, quiero llamar también la atención sobre “Las transformaciones (Una fantasía kafkiana)”, donde se cuenta qué podría pasar si una cucaracha apareciera convertida en Gregor Samsa y un día recibiera la visita del joven Nabokov. El humor, la ironía, la intertextualidad y los personajes extravagantes son los componentes principales de este hilarante cuento.

En la segunda parte, titulada “Las ficciones en vilo”, y que como anuncia el subtítulo recoge sueños ejemplares, que no son otra cosa que microrrelatos, destacaría “Sueño y seguido”, en la que un individuo se enfrenta en una pesadilla a un dragón y a un hombre sin cabeza, quien al despertarse y encontrarlo en un parque le pregunta por el dragón (¿lo mató, acaso?), creándose una continuidad entre sueño y realidad. En “El servicio secreto” se burla del conocimiento inútil de un espía presumido, destacando el comienzo y el final del relato, así como el tono general disparatado. “Las edades del hombre” es otro atípico cuento de Navidad dividido en tres partes tituladas, valga el ripio, “La magia”, “La nostalgia” y “La neuralgia”, en la que se recuerda que nunca llegamos a perder del todo la ilusión, ni siquiera en la vejez, de la presencia de los Magos de oriente. En “La amenaza”, la historia de una advertencia y del consiguiente crimen, juega con la sombra y con el sentido del plural mayestático.

Pero quizá mi preferido, por motivos no estrictamente literarios, sea “Las dos fases”, un homenaje a Fernando Quiñones y Carlos Edmundo de Ory, escritores gaditanos muy distintos, que oscila entre el sueño y la realidad, y que concluye de manera enigmática. En “La tómbola inesperada” se cuenta una historia sobre las posibles mutaciones de unos tatuajes, trastornando los hábitos de los padres que esperan el nacimiento de sus hijos, pues ya no importa el sexo, sino qué tipo de tatuaje hayan heredado. “La novela” trata de la historia de un autor de microrrelatos a quien le insisten para que escriba una narración extensa, que acaba teniendo solo tres palabras. En “El consumista” se relatan los avatares de una bola de cristal que acaba decepcionando a su poseedor y “Suspensión de pagos” puede leerse como la historia mínima de tres fracasos y una muerte, en las que simetrías y paralelismos compiten, adobado todo ello por un humor disparatado que nos hace reír. Por último “El cervantista” (había aparecido en el 2017 en El País Semanal bajo otro título y algunas variantes), se burla de las obsesiones de los eruditos, un microrrelato que podría incluirse con todos los honores en las antologías de MicroQuijotes que viene recopilando Juan Armando Epple, y en él se exponen dos nuevas teorías: que las historias contadas por Cervantes en su magna obra provienen de Cide Hamete Benengeli, quien se las vendía en exclusiva, hasta que apareció Avellaneda, quien también quiso adquirir esos textos; que la verdadera identidad de Avellaneda es el mismo Avellaneda y que Pasamonte, a pesar de lo que diga Riquer, acabó sus días loco, por lo que Cide Hamete no quiso contar su historia, que quedó en manos del interesado. La única pega que le pondría a esta sección es que las narraciones aparecen amontonadas, pues debería darse una por página.

De la tercera parte, en la que los relatos dialogan con imágenes, voy a comentar tres de ellos, y siento no poder detenerme en el jugoso prólogo que la encabeza. Se trata de “El mar”, “La novia” y “La fantasiosa”, en los que el autor se vale de otras lógicas, otras concepciones menos ortodoxas de la realidad, más dislocadas. En el primero utiliza Benítez Reyes lo sorprendente y lo artificial para relatarnos los deseos de Leopold, un joven con dos cabezas, lector empedernido. Los singulares amores de Pablo y Paulina, él no tiene cuerpo y ella es invisible y se muestra celosa, se relatan en el segundo. Mientras que en el tercero se cuenta cómo Lucrecia, hermana de Matilde Urbach, personaje de un célebre poema de Borges (“Yo, que tantos hombres he sido...”, El hacedor), a la que le sacó mucho partido Juan Bonilla, primero se dedica a robar identidades y luego a regalarlas, hasta que un día se observa en el espejo como aparece en el imprescindible collage que completa el texto.

En la cuarta parte se recogen tres historias vinculadas con la provincia de Cádiz (“milagros urbanos de los que ha quedado constancia en el Archivo Histórico Provincial”, dice el subtítulo), pero solo destacaré aquí una de ellas: “La insignia sin origen”, en la que le da otra vuelta de tuerca, insuflándole misterio, a una historia de corte costumbrista.

El autor se vale a lo largo del libro de un humor paradójico y sorprendente, a menudo atrabiliario, y de una imaginación desbocada, así como del ingenio e incluso de la inverosimilitud y del disparate, que podrían tener su origen remoto en las Vanguardias, si bien me parece que proviene en esta ocasión de Gómez de las Serna y de alguno de sus discípulos, ya sea Jardiel Poncela, ya Miguel Mihura. En el caso de los microrrelatos, poseen muchas de las características más notables del género. Y los cuentos destacan por su brevedad, acercándose por tanto al género narrativo más breve, si comparamos con la dimensión habitual que suelen tener. Llama la atención el profundo conocimiento de la historia literaria, de sus procedimientos retóricos y estrategias, de los que a veces se burla, por el abuso que se ha hecho de ellos. En ambos géneros el narrador juega con las frases hechas o se toma las expresiones al pie de la letra, con el consiguiente trastorno de la realidad. Hay ejercicios de estilo y juegos con el lenguaje, pero el autor no se regodea en ellos, puesto que los trasciende, intentando indagar, conocer.

Estamos, por tanto, ante uno de esos libros atractivos, en donde hay más literatura que en la mayoría de las novelas que se jalean a menudo en los medios de comunicación.

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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

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