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Los diablos azules

'Vindictas', una defensa de las escritoras latinoamericanas contra el prejuicio machista

  • La UNAM recupera en su colección Vindictas obras injustamente olvidadas, y la antología del mismo nombre da a conocer cuentos de decenas de autoras
  • La escritora Socorro Venegas y el editor Juan Casamayor defienden el proyecto: "Necesitamos hacer un ejercicio interior de descolonizar la mirada"

Publicada el 08/01/2021 a las 06:00
Socorro Venegas y Juan Casamayor, antólogos de 'Vindictas'.

Socorro Venegas y Juan Casamayor, antólogos de 'Vindictas'.

Isabel Wagemann

Vindictas es un ambicioso proyecto literario, puesto en marcha por la Universidad Autónoma de México (UNAM), para rescatar trabajos de escritoras latinoamericanas. Ahora se publica en España una antología de cuentos con ese mismo objetivo, en coedición UNAM-Páginas de Espuma, a cargo de la escritora Socorro Venegas y el editor Juan Casamayor.

Carmen Peire. ¿Cómo surge este proyecto de Vindictas?

Socorro Venegas. Nace en el corazón de la Universidad Nacional de México, la más grande de México y una de las más importantes de Hispanoamérica. Una iniciativa de la UNAM siempre es importante en la región y en el idioma. Desde un espacio que es formativo, que es el lugar de la crítica y la reflexión, estamos buscando llevar la mirada de los lectores hacia lo que injustamente se llevó a las orillas, marginalizando a escritoras. Comenzamos a trabajar el año pasado con la idea de rescatar la obra de escritoras latinoamericanas del siglo XX. Es un trabajo que iniciamos en el 2019. Y empezó por una novela que una joven y talentosa escritora, Ave Barrera, nos comentó que le resultó difícil encontrar y a partir de ahí reflexionamos sobre esta dificultad, la de encontrar autoras del siglo XX, escritoras que nos habían podido marcar, y no entendíamos por qué había que descubrirlas, por qué no podíamos tener acceso a ellas en forma más directa. Tuve varias conversaciones con escritoras nacidas en los ochenta. Era un momento en el que estaba muy activo el movimiento #MeToo, se extendía la marea verde desde Argentina y ya venía el movimiento potente de Las Tesis desde Chile. Fue como muy natural pensar: no solo se invisibilizó a Luisa Josefina Hernández, esto le ocurrió a más creadoras. Llegamos a otras reflexiones y empezamos a trabajar en el proyecto editorial, acotándolo al siglo XX. A partir de ahí, otras escritoras empezaron a recomendarnos autoras y novelas, ha sido una experiencia maravillosa conocerlas y leerlas. Tenemos ya siete novelas publicadas y es un proyecto con clara vocación latinoamericana. Decidí en esta colección, después de las conversaciones que tuve con las escritoras de los ochenta, que una narradora joven de esa generación presentara la novela rescatada con un texto que abre el libro. Así construimos un puente intergeneracional. Estas obras tienen una gran actualidad, siguen hablándonos, como la mejor literatura lo hace, de algo profundo; nos muestran el tesoro que está ahí, pese a que el sistema y las condiciones machistas consiguieron oscurecer sistemáticamente la visibilidad de estas obras. De este proyecto y metodología, que involucra otras miradas y otras experiencias de lecturas, se desprende la antología Vindictas. Cuentistas latinoamericanas, sobre una idea del escritor Jorge Volpi que Juan Casamayor acogió con mucho entusiasmo. Me subí a una barquita virtual con Juan y hemos atravesado la pandemia rastreando por todo un continente.

Juan Casamayor. Jorge Volpi ha sido el muelle de esta idea desde la UNAM. La propuesta se hizo en el estand de la UNAM de la FIL de Guadalajara justo el año pasado. Cuando la UNAM te hace este ofrecimiento ya sabe que vas a decir que sí, porque es una oportunidad importante para una editorial independiente con una gran vocación latinoamericana, como es Páginas de Espuma. Socorro, además, es autora de la casa y yo conocía su capacidad lectora, que me ha unido mucho a ella. Hemos hablado sobre qué leíamos y ella me ha recomendado constantemente libros. Era, en definitiva, un reto maravilloso. Lo que no nos imaginábamos era que ese recorrido iba a ser una salvación en mitad de la pandemia, reuniones a través de Zoom, lecturas, investigaciones, leer semanalmente, intercambiar opiniones, dificultades, hablar de lo que nos iba llegando. Ha habido una red muy amplia de corresponsables, gente muy joven, muy preparada, con una inquietud ante una nómina de lecturas exclusivamente masculina, perpetuada bajo los mismos nombres. Esto genera un hartazgo y una curiosidad por profundizar. Ellas nos han entregado nombres y títulos, una luz, como subraya la ilustración de la portada. De ahí ha partido nuestra búsqueda, casi de arqueología, porque los libros o no están o no son fácilmente encontrables. Fueron tiradas muy pequeñas en editoriales muy frágiles. Se ha buscado también en librerías de viejo, en bibliotecas especializadas. Si un cuento de una autora nos interesaba, buscábamos su obra para leer y seleccionar. Así, decidimos que hubiera una escritora por país. Con el transcurso del trabajo, lo que fue un encargo de antología por parte de Jorge Volpi se fue diluyendo: el criterio de antologar fue sustituido por el de mostrar, abrir una puerta para empezar a descubrir toda esa mitad ignorada que no tenemos en nuestra lectura ni nuestra educación sentimental.

CP. ¿Con cuántas autoras habéis trabajado para esta selección?

JC. No menos de 150 o 200 autoras. Hemos comprado hasta únicas ediciones, aunque hayan quedado fuera, porque no podíamos incluir a todas.

CP. ¿Qué criterios habéis seguido para ordenar el libro y las biografías del final?

SV. Lo que parecía importante era no seguir un orden cronológico ni alfabético ni de geografía. Pensábamos en los lectores, que pudieran encontrarse con una lectura apasionante, como lo había sido para nosotros, con el mismo impacto que nos había producido. Explorar en las profundidades de los relatos, leerlos con emociones ambivalentes: por un lado, frustración por lo que te has perdido, algo irrecuperable, que ya no alcanzaste en el momento que hubiera sido fundamental para tu crecimiento como lectora o escritora. Pero ganaba el gozo de compartir, de decir: esto tiene que maravillar como lo ha hecho con nosotros. Yo pienso que lo armamos como yo hubiera armado un libro mío, concediéndole un ritmo, una cadencia a esa lectura, engarzando historias con temas que pudieran espejearse, historias que pudieran dialogar. Por ejemplo, el cuento de Rosario Ferré, un cuento de una desmesura que nos muestra lo mejor del barroco latinoamericano, ese cuento, donde encuentras a dos mujeres, a Isabel la Negra, tan dueña de su sexualidad, y a la otra Isabel que es como su némesis, y luego lees el cuento de Marvel Moreno, donde también vemos a una mujer que se va apropiando de su deseo, además comparten una exploración por las raíces africanas en Latinoamérica, pasas de emociones abrumadoras y de un territorio a otro, pero existen conexiones en esas historias. Las escritoras presentan personajes que van revelándose muy dueñas de sus cuerpos, de sus fluidos, de sus olores… No es tanto una antología para el ámbito académico, que funcionará para eso también, pero lo primero fue pensar en el lector y la lectora.

CP. El libro se acompaña al final con una serie de biografías que no se ordenan con el criterio del libro. ¿Podéis explicar un poco cómo surgió el hacerlo de este modo?

JC. En este caso fuimos más técnicos y utilizamos un orden alfabético. Socorro fue la que dio instrucciones para hacerlo. El trabajo de Víctor Cabrera es en sí una pieza literaria. Se podían haber hecho biografías similares, pero se ha hecho una valoración literaria singular para cada escritora y cada biografía es diferente a la anterior. Leído seguido parece que una escritora tiende la mano a la siguiente. Se puede leer como un ente autónomo. En las semblanzas de mujeres hay una tendencia a que marque la pauta algún accidente biográfico de las mismas. Por ejemplo, María Luisa Elío tiene un libro magnífico, Tiempos de llorar (qué pena no haberlo leído con 17 años), en cambio, al hablar de ella lo que se dice es que fue amiga de García Márquez. Huimos de eso.

SV. Es muy necesario trascender lo anecdótico cuando hablamos de las escritoras. Todavía encontramos el rastro de chismes cuando se habla de ellas. Hace un par de años en la FIL de Guadalajara se presentó un libro de Elena Garro con una banda terrible: esposa de, amante de… Tal escritora se codeó con tal. Es como si ellos no se codearan, como si ellos no fueran sus maridos. Eso podría implicar a su vez otra cosa: que ellos no las leyeron. Podían ser sus amigos, sus amantes, pero no leerlas. El prejuicio perpetúa la visión de las mujeres que necesitan una tutela permanente. Uno de los objetivos de esta antología, más allá de encontrar lectores que disfruten, es que sirva para conocer y llegar a otras autoras, necesitamos hacer un ejercicio interior de desprejuiciar, descolonizar la mirada, desnudarla, es como empezar a leer por primera vez, sabiendo que la literatura la escriben hombres y mujeres.

JC. Al hacer este tipo de antologías, nos encontramos con un discurso que te etiqueta con que procuras crear un espacio literario donde no lo había. Y esto es falso, porque sí lo había. Estas escritoras aquí recogidas no eran escritoras marginales de la periferia que no interesaban. Estaban en una posición sólida intelectual y literariamente hablando, se inventaban de la nada revistas literarias, trabajaban en el cine, tenían galerías de arte, doctoras algunas de ellas por la Sorbona, o por la UNAM, pero hay un momento en que se comete la fractura, se invisibiliza y se silencia el discurso y, cuando intentas mostrar estas opciones de lectura, las reacciones te responsabilizan de forzar la lectura, de crea un espacio lector donde no lo había, de volver a construir un canon a partir de la nada. Y contra esto hay que luchar porque esto no es cierto, no se parte de la nada. La pelea por lo tanto no es solo publicar el libro. La colección Vindictas me llamó la atención porque surgía en una universidad, un espacio para crear un espíritu crítico, un espacio para comunicar, un espacio que trabaja con gente joven. El proyecto puede profundizar e incluir a las escritoras en nuestro modelo lector. Vindictas es parte de un trabajo a desarrollar con medios de comunicación, organizadores de ferias del libro y festivales literarios, mundo universitario. Vindictas forma parte de todo este universo.

CP. ¿Por qué el nombre de Vindictas?

SV. Cuando trabajábamos en la colección de novela y memoria en la UNAM buscábamos un nombre que fuera provocativo, poderoso, que al mismo tiempo nos diera una noción de esperanza, trabajar para que algo cambie. El nombre de la colección es fruto de una reflexión colectiva, con las escritoras Ave Barrera y Lola Horner. Al desarrollarse la colección se ha ido alimentando el significado de Vindictas, es un nombre muy generoso, significa vengar pero también proteger, resguardar. Resguardar la obra de estas escritoras y volver a ponerla en manos de lectores. Es una reivindicación. Es una tarea colectiva. Se necesita que el ecosistema del libro funcione para que esas escritoras, pensadoras, científicas, sean mejor conocidas. El que no se publique en las mismas condiciones que ellos no significa que la obra de ellas sea de menor calidad, significa que no hay condiciones de igualdad.

JC. Conocí el nombre en el 2019, al inicio de la colección. Yo soy subjetivo, soy heredero de este nombre, que tiene un impacto sonoro fuerte, vindicar, reivindicar, pero a poco que se profundice, vindicare en latín significa muchas cosas, desde vengar hasta proteger. Tiene un gran arco semántico. Es lo que hay que hacer: vengarse de invisibilidades, de los silencios y proteger a estas voces para que se mantengan y sigan siendo leídas. Siempre cuesta más, denota más esfuerzo. Mientras yo buscaba como un topo en librerías de viejo primeras ediciones, Socorro hacía un trabajo sistemático con antologías. Todas tenían un elemento en común: no había escritoras.

SV. No sé si es peor que haya ausencia de autoras en las antologías o la manera en que, en la mayoría de los casos, las incluyeron con un tono condescendiente, abriendo una especie de gueto para escritoras feministas, es como decir que se abre la puerta porque has protestado, no porque tu obra valga.

CP. Hablemos de las ilustraciones que acompañan el libro y la portada.

SV. El trabajo de Jimena Estíbaliz, la ilustradora, nos gustó muchísimo. Encontró el tono perfecto para traducir lo que significa este proyecto. Al finalizar cada cuento, lo mismo que al principio, hay mujeres que portan una luz. Representa el trabajo literario de estas escritoras y también el esfuerzo colectivo de mujeres que nos han ayudado a construir este libro y han traído de su acervo lector, de su memoria lectora, esa luz, que pasa de una mano a otra hasta encontrar a los lectores, y ellos mismos también pueden compartir sus hallazgos. Las ilustraciones nos muestran muy bien la metáfora de cómo trabajan las mujeres, cómo se tejen las redes, como puede haber este apoyo que es lo que hemos estado viviendo con esta colección: cómo podemos sostener nosotras una lucecita pasándola, compartiéndola y reconociendo un linaje literario. Antes de nosotras hubo escritoras que lucharon, trabajaron, que tuvieron muchas veces todo en su contra. Son caminos arduos en los que no estamos solas y no podemos pensarnos solas en adelante.

CP. ¿Queréis comentar sobre algún cuento en concreto de los que haya en la antología?

SV. Uno que me parece estremecedor es el de la chilena Marta Brunet, Soledad de la sangre. Para mí es una revelación esa autora, quiero leerla más, todo. Fíjate que cuando hablo con colegas de Chile la ubican muy bien. Es un fenómeno de escritoras conocidas en su país, pero no fuera. ¡Y son magníficas! Lo que me atrae mucho en este cuento es la exactitud de cada frase, un trabajo de orfebrería narrativa. Y esa exploración tan vigente alrededor de una mujer que se enfrenta sola a la sociedad patriarcal, la cual le asigna el único destino posible para ella, y cómo, desde lo más profundo, va naciendo en ella un grito que atraviesa este libro; cómo tiene que elegir entre la muerte o proteger un recuerdo precioso. Hay más de un grito recorriendo esta antología, todos terminan señalando la desigualdad en nuestras sociedades. No necesitamos que se legisle como una concesión, como un favor; no podemos estar inmersos en unas condiciones en que hay que pedir permiso para decidir sobre nuestros cuerpos.

JC. Yo hablaría de un cuento que habla también de este grito y sobre la capacidad de decidir sobre el propio cuerpo. Tuvimos las mayores sorpresas literarias. Pensamos que era evidente encontrar buenas escritoras en Colombia, Argentina o en México. pero pensamos que en Centroamérica iba a ser más difícil y nos llevamos la sorpresa de la calidad de esas escritoras. Bertalicia Peralta, de Panamá, tiene un cuento sobre cómo una mujer construye espacios de decisión, el ámbito laboral, cómo saca adelante varias vidas, la capacidad de decidir sobre su cuerpo. Es un cuento, Guayacán de marzo, que aglutina mucho de los elementos que se cruzan en este libro. Este libro es sin duda una acción social y política. La mayoría de estas escritoras han nacido en los treinta, cuarenta y cincuenta y escriben desde la década de los sesenta y setenta, años en que por primera vez se pone sobre la mesa el divorcio, el aborto, la revolución sexual, los anticonceptivos… Todo este pensamiento se refleja y, precisamente por eso, en sociedades muy conservadoras, las cuestionaron y algunas de ellas, incluso, dejaron de escribir. María Virginia Estenssoro, de Bolivia, ha sido una gran sorpresa. Toca los temas por los que fue relegada y al final dejó de escribir. Hilma Contreras escribió un cuento de un pasaje de lesbianismo, siendo ella heterosexual, y la sociedad la crucificó en vida.

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Carmen Peire es escritora. Su último libro es Cuestión de Tiempo (Menoscuarto, 2017).

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