El Ojo Público

Apaga la tele

"Apaga la tele". El consejo, contenido en frase, se debe a mi compañero,y sin embargo amigo Javier Valenzuela. Ha sido insertada en redes sociales en estos días en que la pantalla ha estado dominada, casi en exclusiva, por la zozobra tras el secuestro del niño Gabriel, culminada por la noticia de su trágica muerte, que fue dada a conocer el pasado domingo, y la detención de la, a esta hora, autora confesa del crimen.

Todos los medios han recogido los avatares del suceso, pero han sido las cadenas de televisión las que se han volcado en el tratamiento exhaustivo durante estas dos semanas. Informativos, espacios de actualidad de mañana y tarde, programas especiales improvisados al efecto, han copado la programación con las noticias, sí, pero también con las especulaciones más o menos disparatadas y siempre aventuradas. El paroxismo llegó con la confirmación de la cruel muerte del niño; a partir del domingo las cadenas se vuelcan en la cobertura de la noticia, los telediarios se convierten en monográficos sobre el asunto, y se montan en minutos programas especiales que desarrollen lo que es, ante todo, un horrible crimen y una tragedia para sus progenitores y allegados. Hay que llenar horas de programación y para ello no se ahorran, de nuevo, las especulaciones sobre cada una de las circunstancias y los posibles autores de lo que califican desde el primer momento como asesinato.

Las pantallas se saturan con testimonios de cualquiera que conociera a la víctima y familiares; tertulianos low cost opinan desde la distancia y el desconocimiento; se busca a presuntos especialistas, mientras quienes llevan la investigación callan y trabajan. No se descarta ningún detalle, por truculento o morboso que sea, siempre que pueda atraer audiencia. Se usa –incluso en medios públicos– la foto del pequeño, difundida durante los días de búsqueda, pero que es indecente –e ilegal– exhibir cuando ya se conoce su muerte.

La ignominia, mal disfrazada de información, escala nuevas ruindades tras la detención de la autora confesa. Es mujer, inmigrante, negra: los mal llamados equipos de investigación se lanzan sobre su pasado vital, destacan sucesos anteriores en los que estuvo involucrada, a pesar de que la Justicia nunca la acusó; se pone de relieve todos los aspectos de su historial que puedan ser controvertidos; se habla de su ideología; de su participación en movilizaciones ciudadanas...

Las cámaras recogen, y se emiten y repiten hasta la náusea, las secuencias en que ciudadanos transformados en turbas se arremolinan frente a las fuerzas del orden mientras profieren gritos de "asesina", insultos, piden para ella la ilegal pena de muerte, o demandan que les sea entregada para tomar venganza...

He trabajado durante décadas en televisión. He editado miles de Informativos, y permitan que les descubra, desde dentro, falacias y presiones ordenadas desde las direcciones de Informativos y programas para exigir y justificar este atentado a la ética del periodismo y –lo que aún es más grave– a la propia declaración de derechos humanos:

–"Esto lo va a dar todo el mundo". Muletilla favorita ante imágenes banales, cuando no truculentas, que nada -o muy poco- aportan a la información, pero que son llamativas para el espectador. Este apartado reúne sucesos intrascendentes, planos cercanos y sangrantes de todo tipo de víctimas, secuencias de violencia en las que, bajo la excusa de denuncia, se exhibe la brutalidad a la que puede llegar el ser humano...

–"Seguimos, mientras siga la competencia". No les descubro nada si digo que en los controles de realización de Informativos y programas se dispone de varias pantallas conectadas con la señal de las cadenas de la competencia. La consigna de buena parte de los directivos es no verse superados en audiencia por los competidores,de modo que no tienen empacho alguno en ordenar que se siga con el asunto, aunque ya se haya ofrecido toda la información obtenida; órdenes a los presentadores de  "enrrollate", "improvisa", o "repregunta a fulano" son habituales, mientras se observa el minuto a minuto de la audiencia, y se prepara un nuevo –o repetido– ingrediente.

–"Repite la secuencia, y cállate para que se oiga bien a la gente". Se trata de una orden muy habitual desde el control a los presentadores. Se hace para dar relevancia los gritos frente a las voces, no importa si la secuencia refleja las más bajas pasiones y emociones de los seres humanos, cuando se convierten en masa primitiva, agresiva e irreflexiva, como ha ocurrido con el acoso a las fuerzas del orden antes citado.

Lo anterior no son sino algunos ejemplos, sufridos en carne propia, de la realidad que se vive, puertas adentro, en la mayor parte de las cadenas, donde cualquier objeción es despreciada por presuntos responsables con un único objetivo: aumentar la audiencia, para que aumente frecuencia y precio de la publicidad y poder ofrecer los buenos resultados económicos a los accionistas. En mi opinión, esta deriva sensacionalista hasta la vergüenza es especialmente grave en los medios públicos.

Diré más: es ilegal, ya que este práctica está específicamente prohibida en los estatutos aprobados para las radios y televisiones de titularidad pública. A todo lo anterior quiero sumar una realidad más: en las últimas horas las distintas cadenas han hecho pública su satisfacción en redes sociales por los excelentes datos de audiencia obtenidos. Al margen de que realizan lecturas parciales e interesadas de los datos, se trata de una autocomplacencia obscena, que pone en evidencia el incumplimiento del papel social para el que nacieron.

Tras lo hasta ahora escrito, se me puede acusar de "predicar en el desierto". Nada más lejos de la realidad. En principio (aunque no sea lo más relevante) porque no predico, opino en base a muchos años de vivir esa experiencia. Además,no hay tal desierto, son muchas las voces indignadas por lo que antecede. Quiero sumarme a profesionales, de trayectoria y decencia periodística contrastada, que están dejando en redes sociales su repulsa a actuaciones que sustituyen la información por el morbo, y sacrifican el rigor y el contraste de las noticias por el sensacionalismo amarillista.

También escribo por un deseo, quizás ilusorio pero en el que quiero confiar, de que llegue el día en que los cientos, miles, de periodistas que comparten estos criterios, que sienten vergüenza y rabia por el mal uso de la información, se alcen contra esas direcciones y obliguen a la utilización de criterios profesionales y, por tanto, éticos, que impongan a sus jefes una práctica proporcionada, decente y objetiva de estos y lo demás asuntos informativos, que impongan el derecho de la sociedad a recibir información de una realidad variada, jerarquizada, contextualizada y veraz, lejos de monográficos sensacionalistas.

Por último, debo añadir a quienes hoy cursan estudios para integrarse en la profesión, y que tienen el derecho de aspirar a un ejercicio decente presidido por la ética individual y colectiva.

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