¡A la escucha!

Educar sexualmente es responsabilidad de todos

Quedan todavía dos semanas para el chupinazo pero en Pamplona ya huele desde hace días a Sanfermines. Las cuadrillas hacen la cuenta atrás, sacan papel y boli y empiezan a hacer el calendario de cenas, almuerzos, meriendas de los toros. Se reparten encargos, quién compra quién y desde hace ya semanas, se tiene reservada mesa para la cena de amigos, la comida familiar del 7, la reunión de primos, la de vecinos. Los de Pamplona disfrutamos de Sanfermines. Disfrutamos mucho hasta que te haces padre o madre y tus hijos llegan a esa edad en la que te anuncian “Mamá, este año yo quiero salir con mis amigos”. Ahí, te echas a temblar.

El otro día vino una amiga de Pamplona a Madrid, quedamos a tomar un café muy rápido. Su hija y la mía se llevan meses y me contaba que, efectivamente, ese temido momento había llegado y no sabía muy bien cómo gestionarlo.

El caso de La Manada desde luego no ayudó a mitigar en nada esos temores. La sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Navarra y de la Audiencia de Navarra después había dejado desprotegidas a las víctimas. Denunciar no era suficiente, no servía para nada. El auto de los jueces navarros decía que la víctima tenía que haber gritado, huido, forcejeado con sus agresores para, de verdad, haber demostrado que lo que pasó en aquel portal de Pamplona sí fue una violación, sí fue una agresión sexual.

Este viernes, casi tres años después, el caso volvió al Supremo. Los abogados de la defensa, las acusaciones y la Fiscalía volvieron a relatar qué pasó aquella noche, cuáles fueron los detalles que podían decantar la balanza entre demostrar que a aquella chica la violaron o abusaron de ella. Esta vez sí pudimos escuchar en directo los argumentos de cada una de las partes, y aunque parte ya la conocíamos por lo que habían ido contando en los medios, el relato del abogado defensor de los acusados indignó a muchos. Habló de consentimiento, de que si se había besado antes con un chico, ella ya sabía cómo iba a terminar aquello. Pidió la absolución porque, en su opinión, todo lo que pasó en aquel pasillo entre los trasteros de una casa del centro de Pamplona, fue consentido. El miedo que paralizó a la víctima, acorralada entre cinco hombres, no era miedo. La fiscal fue demoledora en su respuesta: le preguntó si lo que se estaba pidiendo es que a las víctimas les exigiéramos un arranque de heroicidad extra para demostrar que fueron forzadas.

Los magistrados del Supremo lo han tenido claro: en su auto, en la parte que de momento se ha hecho pública, dicen que el relato de lo que allí ocurrió demuestra “un auténtico escenario intimidatorio”, la víctima mantuvo una actitud de sometimiento por el miedo (yo diría que por el pánico) de lo que estaba pasando. Pero hay algo que al Alto Tribunal le ha parecido un agravante como para elevar las penas de prisión: los cinco se grabaron en vídeo mientras violaban a aquella chica que acababan de conocer, alardeaban y se jaleaban entre ellos. Es curioso porque estoy convencida de que ninguno de ellos es todavía consciente a estas alturas de que lo que allí pasó fue una agresión. Que violaron a una chica como si tuvieran allí un objeto del que disponer a su gusto, haciendo con ella lo que quisieron en todo momento y durante casi 20 minutos.

No fueron conscientes y de hecho cuando terminaron se fueron de nuevo de marcha, a sacarse más fotos, a enviar en su grupo de WhatsApp mensajes a sus colegas adelantándoles que la noche había sido memorable y que tenían mucho que contar. Ni esos amigos, ni ellos, ni sus parejas, han entendido en estos tres años que aquello fue una violación.

Hace unos días se hacía público un informe que alertaba sobre la edad en la que los chavales empiezan a consumir porno: de forma continuada, de media, sobre los 14, pero es que se ha detectado que ya con 8 hay muchos niños que de forma accidental, llegan a ver ese tipo de contenidos. Lo peor es la percepción que ellos tienen de lo que es tener sexo, de lo irreal que supone todo eso que ven y lo más grave, de cómo se “utiliza” el cuerpo de la mujer, el sometimiento que casi siempre hay en este tipo de contenidos. Se cosifica a la mujer, se veja, se le trata como un trozo de carne con el que jugar y con el que satisfacer casi siempre las exigencias sexuales de ellos, sólo de ellos.

Educar sexualmente es responsabilidad de todos, de los padres, de la sociedad, de los medios. Sé, soy consciente porque me pasa, que cuesta un mundo abordar este tipo de temas con adolescentes que no quieren hablar de nada y menos de sexo con sus padres. De nada nos servirá avanzar en derechos que protejan a las mujeres si no sabemos explicarles la diferencia entre amar a una persona, respetarla y tener sexo con ella.

Espero que mi hija, cuando salga por Pamplona en Sanfermines, disfrute tanto como lo hice yo con su edad. Que se divierta conociendo a gente de diferentes lugares, hablando durante horas con sus amigas tendida en el césped, bailando con las charangas, viendo los fuegos o tomándose un caldo antes del encierro. Y espero que el resto de chicas de su edad lo hagan tranquilas, seguras y libres. Este viernes el Supremo les protegió un poco más.

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