¡A la escucha!

¿Nos reímos o lloramos?

Helena Resano nueva.

Algunos medios hablaron de ocultación, de que ni delegación de gobierno, ni policía ni otros compañeros de profesión estaban hablando sobre la nacionalidad de los agresores de Vitoria para evitar contar que eran menores migrantes de origen magrebí. Titulares a todo trapo a los que se agarró Vox para señalar la pasividad de algunos partidos e instituciones y acabar culpando a los mismos de siempre. Santiago Abascal tuvo más información que nadie y llegó a saber incluso cuántos agresores habían sido, 4. Cuatro hombres que, supuestamente, habían dado una paliza a una mujer, en Vitoria, cuando volvía de madrugada a casa. Acusó al PNV de haber convertido el País Vasco en el paraíso de las “paguitas para inmigrantes ilegales” y a Pedro Sánchez de ser el flautista de Hamelín de la inmigración ilegal. Abascal tuvo incluso tanta información que sabía cuál había sido el móvil de la agresión: le habían destrozado la cara porque no iba tapada con un hiyab.

Sus medios afines llenaron páginas y minutos a costa de esta agresión que la Ertzaintza seguía investigando y de la que apenas había datos confirmados. La mujer relató la agresión con pelos y señales: habló de un grupo, “manada”, de hombres que la interceptaron cuando volvía a casa. En su declaración hablaba de insultos, aseguró que le llamaron fascista y que le dijeron que sólo querían reventarle la cara. La Ertzaintza inició una investigación, revisó cámaras de seguridad de la zona, pero ni rastro de esa agresión, ni rastro de ese grupo de hombres, nada. Volvió a tomar declaración a la mujer y empezó a detectar que ella caía en varias contradicciones. Su relato empezaba a no cuadrar y pasados unos días, los agentes han confirmado que no hubo delito y que la mujer mintió. Se puede enfrentar a una pena por simulación de delito. Pero ¿alguien ha salido para rectificar, para pedir disculpas? No. Y no esperen a que lo hagan. Circulen porque aquí no ha pasado nada. Una denuncia falsa no oculta el problemón del paraíso de paguitas.

Esto es lo que hay y con esto es con lo que convivimos. Y discúlpenme, pero no hay dilema aquí posible: esto lo tenemos que contar, hay que decirle a la gente que lo que se dijo no fue verdad y que el discurso del odio que promueven algunos políticos es muy peligroso.

El problema es cuando ese tipo de discursos se desvinculan cada vez más de la realidad, generan su propia verdad, su propia realidad y se alejan del debate político. Cuando esto pasa, puede ocurrir cualquier cosa. Ahí tienen a los señores de QAnon. Hace unos días convocaron a cientos de seguidores en Dallas. Habían difundido el mensaje, en realidad la mentira más gorda posible, de que el hijo de JFK, John John, en realidad nunca había muerto en aquel accidente de avioneta. Seguía vivo y estaba a punto de reaparecer para unirse a Donald Trump y presentarse con él a las elecciones de 2024. Esto que a cualquier persona sensata le suena a “estos tíos están como auténticas regaderas” hay gente que lo creyó. Sí, que les cree, a pies juntillas. Y que, con toda su moral y su convencimiento, se fueron hasta Dallas y se concentraron en la calle a esperar lo que jamás iba a ocurrir.

Esto está pasando y esas técnicas de mentir y mentir que algo queda se están copiando a este lado. Y ahí está el peligro. Evidentemente el hijo de JFK no apareció. No hace falta que ni lo diga, pero, claro, ¿cómo se explica a ese ciudadano ingenuo que te ha creído y que ha estado horas esperando en la calle a que se cumpla lo que le prometiste? Pues con otra mentira un poquito más gorda y a seguir “pá lante”.

Podríamos reírnos a carcajadas de todo esto, pero hace tiempo que esta forma de hacer política dejó de hacer gracia.

Mirémosles a los ojos

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