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Diario de una confinada

Y yo que nunca me apunté a un 'flashmob'…

Raquel Martos

¿Recuerdan cuando se pusieron de moda los flashmob? Esto también sucedió en el calendario A.C.–antes del coronavirus–. Los flashmob eran aquellas acciones en las que un montón de gente que se había puesto previamente de acuerdo a través de diferentes canales se reunía en un lugar público y ejecutaba la performance correspondiente: después se dispersaba rápidamente y cada uno volvía a confinarse en su vida habitual.

El motor de estas acciones a veces respondía al deseo de protestar, otras al de apoyar y muchas de ellas a eso tan vital que es celebrar. Esta última sería una suerte de "bailar por bailar", una expresión que parece describir un acto frívolo e inútil y que, sin embargo, tal y como sucede con el hecho de hablar por hablar o el de reír por reír, resulta tan necesario para la vida como cualquiera de los de indiscutible trascendencia.

Nunca me apunté a un flashmob y mira que me habría gustado probar la experiencia. De hecho, si me lo hubiera propuesto en firme alguien de mi entorno, me habría sumado fijo, pero no surgió la ocasión. Y, ahora, fíjate por dónde, a mis años, estoy dentro de uno sin haberlo pretendido y tú también. Porque esto es un flashmob, ¿verdad?

Esto de que todos a la vez hayamos dejado de lado lo que estábamos haciendo para vestirnos los guantes y la mascarilla de baile y reproducir esta coreografía siniestra que combina el miedo con la solidaridad, la ira con la paciencia, el dolor con el humor y el silencio con el aplauso. Esto de que se combinen en una sola melodía las sirenas con las canciones inspiradoras y que el talento y la imaginación vaya saltando de salón en salón y de balcón en balcón, esto si lo ensayamos no nos sale tan redondo. ¡Esto es un flashmob! ¿No?

No sabemos hasta cuándo va a durar nuestra acción dolorosa y colectiva, ni cuántos de nosotros llegaremos hasta el final: ya nos faltan muchos del grupo inicial, demasiados. Y faltan, sobre todo, los más experimentados, los que nos enseñaron a bailar, los que más pasos habían dado por la pista… aquellos a los que les debemos todo. Desconocemos también si al recordar esta performance tan sacrificada, cuando ya estemos o estén otros en el calendario soñado: D.C –después del coronavirus–, descubriremos, descubrirán, que esta acción ha servido para algo, si es que en este "sufrir por sufrir" hay alguna carga viral, aunque sea mínima, de utilidad para la vida, como en el hablar por hablar o en el reír por reír. Ojalá.

Mi canción de hoy es un regalo que me hizo uno de mis maestros, experto en abrir puertas y encender luces, Juan Herrera. Ojalá sea la banda sonora de un nuevo flashmobflashmob, para bailar por bailar, para vivir por vivir.

Luis Pastor, Por los días que vendrán:

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