Aquí me cierro otra puerta

La jodida empatía de las eléctricas

Quique Peinado nueva.

En 2014, Hovik Keuchkerian, el actor que anda en los cielos patrios por sus papeles en dos series de éxito absoluto, La Casa de Papel y Antidisturbios, publicó un disco libro en el que él y Pájaro Sunrise ponían música y voz a los poemas del propio Hovik. Se llamó Resiliente. Recuerdo que tuve que ir al diccionario a ver qué significaba semejante palabra, que de aquella no me sonaba. Se me hizo un término fantástico, muy incorporable a mi léxico, fabuloso en lo que definía y en su sonoridad. Pocos años después, estaba tan harto de escuchar hablar de resiliencia que aborrecía el término. Esta semana, el propio actor nos comentaba, en unas cañas, que él estaba, literalmente, hasta los cojones de la palabrita.

Lo bueno y lo malo del lenguaje es cómo puede sorprendernos y hastiarnos. Cómo puede hacernos cambiar hasta los marcos de nuestro pensamiento o retorcerse hasta servir para los peores intereses. De retocar el lenguaje, pervertirlo, resignificarlo y estrangularlo nacen algunas de las peores fechorías que se pueden cometer. En Madrid lo sabemos bien con la palabra libertad.

La ministra de Transición Ecológica y vicepresidenta tercera del Gobierno, Teresa Ribera, decidió pedir "empatía social" a las eléctricas, en un error de fondo y forma en el mensaje tan atroz que conllevó una indignación popular que podía intuir cualquiera, incluso hasta quien decidió utilizar la palabra empatía en ese contexto. Añadió, además, que básicamente no se podía hacer gran cosa para controlar el precio de la luz y que iba a subir un 25% de aquí a final de año. Un "No se puede" tan caricaturesco que dejó al "Sí se puede" en la categoría de tesis doctoral.

A aquello de que no se podía hacer nada respondió magistralmente Yolanda Díaz afirmando que eso era decirle a la gente que daba igual votar a un gobierno que a otro, y tan es así que el Gobierno de Teresa Ribera acabó tomando algunas medidas razonablemente ambiciosas (que se pueden y deben criticar, quizá, por coyunturales, pero ya veremos) y la ministra desapareció de la comunicación de esta cuestión de la luz. A lo de la empatía le respondieron las propias eléctricas, como si no lo hubieran hecho ya antes con toda su trayectoria, amenazando a un país entero con paralizar las centrales nucleares si el Gobierno no se aviene a cambiar su plan. Como si las centrales las hubieran construido estas eléctricas con sus propias manos y no se las hubiera regalado el Estado. Es bastante paradójico que el capital privado pueda amenazar a la ciudadanía con parar lo que la propia ciudadanía decidió regalarle. Pero bueno, qué sabré yo, si solo soy un titiritero.

Pero de lo que va esta columna es de retorcer el lenguaje. De utilizar palabras en lugares que no son, de colocar términos emocionales en espacios donde no caben, de querer colarnos que hay entes que pueden practicar la empatía cuando no es posible. Los cocodrilos lloran, pero no es de pena. Las eléctricas actúan, pero tienen la empatía de un cocodrilo.

Que desde el Gobierno se siga intentando que a la gente le cuele que según qué estamentos, según qué personas y según qué colectivos se preocupan por nosotros es tan baldío que conducirá, no sé si a la melancolía, pero seguro al desafecto. Si la izquierda no nos defiende y lo que pretende es que creamos que se puede pasar la manita por el lomo y pedir por favor según qué cosas, hará que, efectivamente, creamos que da igual un gobierno que el otro. Desde esta humilde columna me permitiría pedirles, ya que de política no sé mucho pero de comunicación algo más, que endurezcan el lenguaje. La autoestima del que les vota también es importante. Y la jodida empatía de las eléctricas, créanme, no la espera nadie.

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