LA PORTADA DE MAÑANA
Ver
La pregunta que el Supremo no responde: ¿Con qué criterio se decide qué jurista tiene "reconocido prestigio"?

El ataúd trashumante

Un cadáver recorre Europa. Desde Balmoral hasta Westminster, en riguroso directo en cada pantallita del Occidente, el ataúd de Isabel II se pasea para gozo de adeptos y curiosos. Es todo fresquísimo: señores con falda dando bramidos, un batallón de arqueros poniendo cara larga y el habitual pelotón de señores con gorro que no les deja ver. Tras todos ellos, los herederos de madre vestidos de almirante sin haber hecho la mili. Mucha solemnidad y expresión de apio.

Hace unos días, un chaval le gritó al príncipe Andrés (que no va de uniforme por aquella minucia de los abusos sexuales, ¡justísimo castigo!) que era un asqueroso viejo verde. La multitud, conmocionada, prorrumpió en vivas al rey: el verdadero espíritu monárquico, destilado en frasco pequeño. Los cronistas reales se lamentan: Carlos está exhausto. El pobre ha tenido que firmar unos papelotes y se ha enfadado con los tinteros. No lleva una semana y ya está harto. A ciertas edades, los cambios son muy complicados. Llevas toda la vida cobrando por aparecer y ahora te piden que sepas usar un bolígrafo. ¡Cachis! Un periódico inglés ha publicado que el nuevo monarca va a despedir al personal que tenía cuando era príncipe. Los asistentes se lo han tomado regular, porque les ha pillado en turnos de treinta y tantas horas a costa del entierro de la doña. El impávido Charles no entiende las reticencias: ¿Acaso al populacho le gusta trabajar?

Carlos está exhausto. No lleva una semana y ya está harto. A ciertas edades, los cambios son muy complicados. Llevas toda la vida cobrando por aparecer y ahora te piden que sepas usar un bolígrafo. ¡Cachis!

Debemos elogiar este esfuerzo por reducir gastos. El buen rey ha heredado, sin impuestos, la fortuna de mamá, sus latifundios de la corona, su patrimonio inmobiliario, sus castillos y todos los cisnes, delfines, ballenas y esturiones del imperio. Además, le han subido el sueldo, cortesía del contribuyente. En un regio ademán ahorrador, ha permitido que la pompa y el funeral lo paguen los súbditos.

En Londres, los ciudadanos echan la mañana haciendo cola. En una de las salas del parlamento han colocado un catafalco como de Ikea y encima el ataúd, el pabellón real y una corona de brillantes. Alrededor, señores con chaqué y cacharrería en la pechera, oficiales de caballería de casco coleteado, beefeaters con las lanzas bocabajo, el trepidante batallón de arqueros reales (boina y plumón) y un propio que da bastonazos en el suelo para el cambio de guardia. Es un espectáculo tedioso, sumamente británico, ideal para dormir la siesta. Ayer, de mañana, el gobierno tuvo que cortar la cola por exceso de concurrencia. Las plañideras corrían el peligro de caerse al Canal de la Mancha. Pero, a ver, ¿quién no tiene catorce horitas para desfilar delante de un cajón de roble y gritarle a un fiambre aquello de «viva mi dueño»?

Mientras tanto, el flamante y septuagenario monarca continúa su titánica tourné a bordo de su avión privado y el Rolls Royce de protocolo. No va a quedar ni una pedanía sin proclamarlo su legítimo señor feudal. Leo en la prensa que Carlos tiene un asistente que le pone pasta en el cepillo de dientes: los ingleses miran a nuestro «preparado» con ojos golosones y envidiosos.

Que no se preocupen, Felipe ya está planchándose la camisa para el funeral de la tita Lilibeth. Me chivan por el pinganillo que lo mismo don Juan Carlos se presenta en chilaba. ¡Caramba! Se está preparando la mayor reunión de haraganes que verá nuestro siglo. Será como el cometa Halley de los herederos de las naciones a cuenta del azar y el fornicio. Va a ser precioso, no se lo pierdan. Por fin van a poder decir con propiedad aquello del «Dios guarde a la reina»: a dos metros, bajo tierra. 

Más sobre este tema
stats