Desde la casa roja

Frío de vivir

Uno de los libros de relatos más hermosos que he leído lleva ese título, Frío de vivir, y es de Carlos Castán. Recuerdo su lectura en mitad de este invierno. No tanto llevada a él por su contenido ahora sino por la selección de las tres palabras, frío-de-vivir, precisamente hoy que remontarán algunas de nuestras ridículas mínimas temperaturas, varias heladas nocturnas seguidas, pero suficientemente gélidas para colapsar los albergues que no dan abasto para dar techo a las 2.200 personas que duermen en las calles de Madrid a la intemperie. O las mujeres de la colonia Marconi sujetando una vez más la oscuridad del polígono hasta que se detiene un coche, otro coche, otro coche, y sucede un calor y lo que sucede.

Desde aquellos días en que los mineros bajaron a un pozo de Málaga para buscar a un niño que ya no estaba pero se seguían diciendo palabras irresponsables como “final feliz” y el país entero se puso una extraña condecoración en emoción y heroísmo, un estar a la altura en lágrimas y en sordidez, intento no hacer esto: no comparar los fríos. Quiero decir, no analizarnos como consumidores de información. Como gate keepers independientes, porque hay una responsabilidad última y privada –comprar, consumir o no– frente el espectáculo de las noticias. Usted elige. Pruebo a no desentrañar al emisor de esto: mejor con imágenes, eficaz con vídeo, contarlo en directo, hagan zoom al corazón como sea. Dinero. Si hay un niño, Gabriel, Julen, Mari Luz: lo cebamos. Quiero saber por qué lo recibimos en nuestra mesa y nos lo tragamos sin masticar.

Me quedo absorta mirando un vídeo que llega a mi teléfono: un joven sale a su terraza alta en la ciudad de Chicago, va desprotegido para el frío, pero no se preocupen por él, arroja al vacío un cazo de agua hirviendo. El agua, sin tocar ningún suelo, se convierte en nieve. Magia natural. Es Estados Unidos y una ola, un vórtice de aire polar que como una mancha púrpura ha tocado la región de los Grandes Lagos. Vemos las imágenes. El lago Michigan convertido en un espejo violento. Unos pantalones vaqueros que se congelan en el aire y se clavan sobre la nieve de un jardín. Divertido. La ola polar se ha llevado por delante a más de 20 personas en la ciudad.

El mismo frío, el que baja la temperatura y produce hipotermia y destruye infraestructuras, inundaciones, mató a 32 niños, entre ellos algunos recién nacidos, en Siria hace unos días. Huían junto a sus familias del combate en Deir al Zur para llegar al campo de desplazados de Al Hasaka en el extremo noroeste del país, que alberga ya a más de 23.000 personas y está desbordado. Llegan en camiones descubiertos y a la intemperie. 5,6 millones de niños dependen en Medio Oriente de la asistencia humanitaria, dice UNICEF y a veces es imposible acceder a ellos. Los héroes no siempre consiguen acceder hasta los que los necesitan. No se preocupen si no lo han leído, esto no se manda por Whatsapp, corta el buen rollo y la frivolidad que reina habitualmente en los grupos.

¿Podemos comparar sin contextos ni coordenadas los números de muertos? ¿Debemos medir o, al menos, cuestionar, nuestra atención sobre las noticias y el impacto que recibimos entre los niños que mueren en uno y otro lado del mundo? ¿Debimos decir que la atención prestada a Julen fue excesiva cuando el Mediterráneo tiene hundidos 400 niños en solo un año? ¿Respondo o entiendo a ese amigo que me dice que tiene el corazón encogido tras diez días de rescate en Totalán?

Escribo la columna de esta semana, adelantada, el sábado por la tarde en el sótano de mi casa, junto a la chimenea. Escucho el ruido del pequeño tren de juguete dando vueltas por encima del forjado entre las dos plantas. Afuera los copos de nieve pelean revueltos por la ventisca. Deseo que la nieve cuaje. Intento sentirme afortunada porque ese niño de arriba no tiene frío, frío físico, no va a morir de frío, estamos a salvo de morir de intemperie, pero lo consigo solo a veces y pierdo la perspectiva y sufro por nimiedades. Sí tengo miedo de que caiga por un pozo ilegal que yo no advierto durante algún paseo. “Que vivir es un ejercicio triste lo he sabido desde siempre”, arranca Castán uno de los cuentos, titulado La vida por delante.

¿Tenemos derecho a ser madres y padres?

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