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Desde la casa roja

Siluetas de la naranja mecánica

Voy en un tren cuyo destino es el Este. Me sorprende lo verde del lateral del país que atravieso. Y lo disfruto. Voy mano sobre mano. Qué paz. Pero mi teléfono empieza a temblar dentro de la mochila a mis pies. Decido mirarlo y veo que formo parte de una conversación privada de Twitter. He debido ser incluida en la charla más tarde que los otros porque no la entiendo y no veo el mensaje donde debe estar el tema en torno al que hablan. Quieren denunciar perfiles. Pregunto. Somos cinco ahí. Y de respuesta me llega un enlace con la fotografía del portal donde La Manada. Me llega una imagen donde la mujer. Me llega de espaldas ese hombre tatuado. Y ya está: lo he visto. A continuación, y ahora nadie me empuja, me meto en hilos donde la gente basquea un bucle de mismas palabras: borregos, feminazis, Carpe Diem, orgía, podemitas, yo no o yo sí.

Me ha sido imposible zafarme. Y, estando ya ahí, adentro de la náusea, me siento sola en el vagón, y me parece como si la vida entera estuviera partida en dos mitades: nosotros y ellos. Da igual: ellos y nosotros. Como si existiese una necesidad de odiar de forma colectiva todo lo que se ponga por delante y cada mecha inicie un fuego. De cruzar o no una línea rabiosa. De tomar posición únicamente como mecanismo de estar frente al otro. Un otro deforme y de líneas muy imprecisas pero que reconocemos emocionalmente porque tenemos una raíz, una podredumbre bien instalada adentro. Como si esa rabia se hubiera convertido en una necesidad básica de ser humanos y no construida culturalmente. Racionalmente. Políticamente.

Odiamos en grupo y mejor contra un grupo para refrendar nuestro odio. Para no detenernos a pensar y sentir el vértigo de la elección. La ruptura se ha producido. Aquí poco tendrían que ver las ideologías de cada uno ni las adhesiones personales. No mezclemos: es cuestión de justicia humana y no de banderas, no ser puestos en peligro por nuestro sexo. Como lo fue antes, y nos costó entenderlo pero entendimos, que nuestro origen racial no debería clasificarnos. Como no debería estratificarnos esa antigua lacra transversal que es el clasismo.

La naranja mecánica, la adaptación de Stanley Kubrick de la novela de Anthony Burgess, fue suspendida en los cines de Reino Unido. Juristas, medios y sociedad analizaron como estrecha la relación entre la violencia de la historia y una serie de crímenes juveniles que tuvieron lugar en 1971. En el libro, y así lo vimos después en la película, Alex conduce a sus amigos por un desenfreno de violencia que incluye violaciones colectivas.

Yo no quería ver esa imagen. Pero la he visto. Las cuatro siluetas en tinta: Alex, Pete, Georgie y Dim en el cuerpo del hombre. Y también esas otras donde una mujer dentro de un coche en Pozoblanco, quieta y sin respuesta ante los abusos, es grabada y compartida en un chat. Y siento que esos espacios representados hoy por ese hueco de escalera, por ese rincón angosto de madrugada, son un no lugar. Una coordenada por la que no deberíamos haber pasado. Un umbral protegido que no debimos cruzar. Ni siquiera, al ver la imagen, llego a ser consciente de si estoy cometiendo o no un delito. La detonación fue en mi mano. Y yo no estaba preparada ni para eso ni para la guerra que vino después. El total desacuerdo. El insulto.

Las noticias pasan dejando una estela en el fango donde quedamos separados a uno y otro lado. Incapaces del acuerdo en lo básico. Sin pudor y sin medida: niñata, turba, tu padre, yo mismo. Ellos y nosotros. Nosotros y ellos. Pedro y el lobo. El lobo y su manada.

Dijo Burgess: «Comunicarse a través de las ideas es cada vez más difícil».

Habrá que intentarlo. No habitemos su distopía.

Cuando regreso a la ventana, el paisaje es seco. Bajo la persiana. Molesta la luz.

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